Nacionalismo y secesionismo

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Con el colapso del comunismo por toda Europa del Este, los movimientos secesionistas se encuentran en un proceso de crecimiento vertiginoso. Hoy por hoy existen más de una docena de estados independientes en los territorios de la antigua Unión Soviética, y muchos de sus más de 100 grupos étnicos, religiosos y lingüísticos diferentes están luchando por ganar la independencia. Yugoslavia se ha disuelto en varias unidades nacionales. Eslovenia, Croacia, Serbia y Bosnia existen hoy como estados independientes. Los checos y eslovacos se han separado y formado países distintos. Hay alemanes en Polonia, húngaros en Eslovaquia, húngaros, macedonios y albanos en Serbia, alemanes y húngaros en Rumanía, turcos y macedonios en Bulgaria, y todos ellos quieren la independencia. Los sucesos de la Europa del Este también han dado un nuevo impulso secesionista a la Europa Occidental: a los escoceses e irlandeses en el Reino Unido, a los vascos y catalanes en España, a los flamencos en Bélgica, y a los tiroleses y padanos en Italia.

Desde un punto de vista global, sin embargo, la humanidad se ha acercado más que nunca al establecimiento de un gobierno mundial. Ya incluso antes de la disolución de la Unión Soviética, los EEUU han logrado un estado hegemónico sobre la Europa del Este (especialmente sobre Alemania del Este) y los países de la cuenca del Pacífico (especialmente sobre Japón), tal y como indica la presencia de tropas americanas y sus bases militares, la OTAN y los pactos de la SEATO, el papel jugado por el dólar americano como reserva mundial definitiva y el sistema de la Reserva Federal como “garante de la liquidez” y “prestamista de último recurso” de todo el sistema bancario occidental, e instituciones tales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. Además, bajo la hegemonía americana la integración política de la Europa del Este ha avanzado con pie firme. Con el establecimiento de un Banco Central Europeo y el Euro, la Comunidad Europea estará completa antes de que acabe el siglo. En ausencia del Imperio Soviético y su amenaza militar, los EEUU han emergido como la única potencia militar indiscutible del mundo entero.

A través de una mirada a la historia todavía es posible poner en evidencia otros enfoques. A comienzos del milenio, Europa estaba formada por cientos de unidades territoriales independientes. Hoy, sólo quedan unas pocas docenas de tales unidades. No cabe duda de que también existían fuerzas descentralizadoras. Entonces se dio la progresiva desintegración del Imperio Otomano, desde el siglo XVI hasta la Primera Guerra Mundial, y el surgimiento de la moderna Turquía. El imperio diverso y discontinuo de los Habsburgo se encontraba en un periodo de desintegración paulatina desde tiempos de su mayor expansión bajo Carlos V hasta su desaparición y sustitución por la moderna Austria en 1918. Sin embargo, la tendencia dominante iba por un camino opuesto. Por ejemplo, durante la segunda mitad del siglo XVII, Alemania consistía en unos 234 países, 51 ciudades y 1500 territorios señoriales independientes. Rondando el comienzo del siglo XIX, el número total de entre todos estos dominios cayó por debajo de 50, y para 1871 la unificación ya fue un hecho. El panorama en Italia es muy similar. Los estados pequeños también tienen una historia de expansión y centralización. Suiza surgió en 1291 como una confederación de tres estados cantonales independientes. Para 1848 esta asociación era un país (federal) único con unas dos docenas de provincias o cantones.

¿Cómo debería uno interpretar esos fenómenos? De acuerdo con la visión ortodoxa del asunto, la centralización representa generalmente un movimiento “positivo” y de progreso, mientras que la desintegración y secesión, incluso cuando ésta es inevitable, constituye un anacronismo. Se asume que las unidades políticas más grandes (y en última instancia un único gobierno mundial) implica mayores mercados y, por ende, una mayor riqueza. Como evidencia de esto, se señala que la prosperidad económica ha aumentado dramáticamente con el aumento de la centralización. Sin embargo, más que representar ninguna verdad, esta visión ortodoxa es más ilustrativa del hecho de que la historia siempre la escriban los vencedores. Las coincidencias o correlaciones temporales no prueban causación alguna. De hecho, las relaciones entre la prosperidad económica y la centralización es de hecho muy diferente de lo que postula la ortodoxia.

La integración política (centralización) y la integración económica (mercado) son dos fenómenos completamente diferentes. La integración política afecta a la expansión territorial del poder del gobierno sobre los impuestos y la regulación de la propiedad privada (expropiación). La integración económica depende de la extensión regional de la división del trabajo y la participación de mercado. En principio, al regular y fiscalizar (expropiando) la propiedad privada e ingresos de sus titulares, todos los gobiernos son contraproductivos. Estos reducen la participación de mercado y la formación de riqueza. Una vez asumida la existencia de un gobierno, sin embargo, no existe una relación directa entre su extensión territorial e integración económica. Tanto Suiza como Albania son países pequeños, pero el primero exhibe una gran riqueza y el segundo no. Los EEUU y la antigua Unión Soviética son países grandes. Sin embargo, mientras que en los EEUU se da una gran participación de mercado y división del trabajo, en la Unión Soviética, donde prácticamente no existía la propiedad privada del capital, prácticamente no había integración económica alguna. La centralización, por lo tanto, puede ir de la mano tanto con procesos económicos progresivos como regresivos. El progreso ocurre cuando los gobiernos más laxos en el cobro de impuestos y la regulación del mercado se expanden a costa de los más impositivos. En los casos en que se dé un proceso contrario, la centralización conlleva la desintegración y el retroceso.

Sin embargo, existe una relación indirecta muy importante entre el tamaño y la integración económica. A ningún gobierno central que gobierne sobre grandes territorios, y mucho menos un gobierno mundial, le resulta posible surgir por sí mismo. En su lugar, todas las instituciones con el poder de gravar y regular la propiedad privada deben empezar en pequeño. La pequeñez contribuye a la moderación , sin embargo. Un gobierno pequeño tiene muchos competidores, y si éste sobre-regulara y gravara de forma visible la propiedad privada de sus ciudadanos más que sus más cercanos competidores, se vería obligado a sufrir por la emigración y la pérdida de ingresos fiscales. Digamos por ejemplo que una casa o pueblo particular constituye un territorio independiente. ¿Podría un padre de familia hacer a su hijo, o un alcalde a su pueblo, lo mismo que el gobierno de la Unión Soviética hacía con sus ciudadanos (i.e., negarles todo derecho a la propiedad privada) o lo que los gobiernos europeos y los EEUU hacen con los suyos (i.e., expropiarles hasta el 50% de su output productivo)? Por supuesto que no. La gente, o bien se revelaría derrocando a su gobierno o bien emigrarían a otra localidad.

De forma contraria a lo que piensa la ortodoxia, es precisamente por causa de la alta descentralización europea compuesta de infinitas unidades oficiales independientes lo que explica el origen del capitalismo, la expansión de la participación de mercado y el crecimiento económico, en la civilización occidental. No constituye casualidad alguna que el capitalismo haya surgido en sus orígenes en tales entornos descentralizados: en las ciudades Estado del norte de Italia, en el sur de Alemania y en los Países Bajos secesionistas. La competición entre gobiernos pequeños por captar sujetos para gravarles los pone en conflicto entre sí. Como resultado del conflicto interestatal, unos pocos estados tuvieron éxito a la hora de expandir sus territorios, mientras que otros fueron eliminados o absorbidos por los más grandes. Por supuesto, qué países ganan y cuáles pierden en este proceso competitivo es algo que depende de muchos factores. Pero al final, el factor decisivo viene representado por la cantidad relativa de recursos económicos a disposición del gobierno. Al gravar y regular, los gobiernos no contribuyen a los procesos de creación de riqueza. Por el contrario, estos viven de forma parasitaria a partir de la riqueza ya creada. Sin embargo, los gobiernos tienen una influencia negativa sobre la cantidad total de riqueza.

Ceteris Paribus, cuanto menor sea la presión y regulación fiscal impuesta por el gobierno sobre su economía doméstica, tanto mayor será la tendencia a crecer por parte de la población (tanto por razones internas como por causa de la inmigración), y tanto mayor será también el PIB del que el gobierno podrá extraer sus impuestos en competición con otros estados. Es debido a esto que la centralización suele ser progresiva. Esos estados que tienden a regular y gravar sus pequeñas economías domésticas liberales suelen derrotar y expandir su territorio a expensas de los menos liberales. Esto es lo que explica el surgimiento de la “Revolución Industrial” en la Inglaterra y Francia de la centralización. Esto explica por qué en el transcurso del siglo XIX Europa Occidental acabó por dominar al resto del mundo (en lugar de lo contrario), y el por qué este colonialismo fue generalmente progresivo. Además, esto da cuenta del surgimiento de los EEUU con el rango de súper potencia mundial durante el siglo XX.

Sin embargo, en la medida en que los países más liberales derrotan a los menos liberales en este proceso (i.e., cuanto mayor sea el territorio, menores serán también los competidores y más lejos se encontrarán, lo que por turno afecta al poder inmigratorio del individuo), también se reduce el incentivo de contribuir al liberalismo por parte del gobierno. Y cuanto más cerca nos encontremos de un gobierno mundial, tanto más difícil será votar contra el gobierno con los pies. Se marche uno donde se marche, existirá el mismo tipo de regulaciones y estructura impositiva. Liberados así del problema de la emigración, desaparece también una de las riendas de contención frente al gobierno. Esto explica el curso de los acontecimientos durante el siglo XX: con la primera guerra mundial, y con más razón con la segunda guerra mundial, los EEUU lograron su estatuto hegemónico sobre Europa Occidental llegando a convertirse en el heredero económico de su vasto imperio colonial. Con el establecimiento de la Pax Americana, por lo tanto, se dio un paso decisivo en aras de un gobierno mundial. Y no cabe duda de que a lo largo de todo el periodo los EEUU, Europa Occidental y la mayor parte del mundo han sufrido de forma continua un dramático crecimiento por parte del poder del gobierno, los impuestos y las expropiaciones.

¿Cuál es, por lo tanto, el papel jugado por la secesión en este proceso? En principio, la secesión no es más que un cambio en el control del poder sobre la riqueza de la nación desde una unidad central más grande a otra más pequeña o regional. Si esto ha de llevar a una mayor o menor riqueza e integración económica dependerá de las políticas del nuevo gobierno. Sin embargo, la mera separación, ya tiene de por sí un impacto inmediato positivo sobre la producción, pues una de las razones más importantes de que se den movimientos secesionistas reside en el hecho de que la gente considere que ha sido explotada por otros. Los eslovacos creían que habían sido robados de forma sistemática por los Serbios y el gobierno serbio de la antigua Yugoslavia, y los ciudadanos bálticos se resintieron frente al hecho de que estos tuvieran que pagar tributos a los rusos en la época de la Unión Soviética. Gracias a la secesión, las relaciones domésticas hegemónicas fueron reemplazadas por relaciones contractuales mutuamente beneficiosas entre los países. En lugar de una integración forzosa, se da el efecto contrario de la separación voluntaria.

La integración forzosa, ejemplificada por el transporte, los controles sobre la renta, las leyes antidiscriminación y la “inmigración libre,” siempre crea tensiones, odio y conflicto. Frente a esto, la separación voluntaria lleva a la paz y harmonía social. Bajo una integración forzosa cualquier equivocación puede achacarse a grupos y culturas extranjeras mientras que los éxitos se reclaman como propios; y cuando esto pasa también se eliminan todos los incentivos que tienen la culturas de aprender entre sí. Bajo un régimen de “separación pero igualitario,” uno tiene que encararse frente a la realidad, no sólo en cuanto a la diversidad cultural, sino también de forma particular frente a los distintos grados de avance cultural. Si un movimiento secesionista deseara mejorar o mantener su posición cara a cara con sus competidores, sólo el aprendizaje selectivo nos podrá ayudar en este sentido. Éste debe imitar, asimilar y, en lo posible, mejorar la capacidad, carácter, prácticas y reglas características de los movimientos culturales más avanzados, pero también evitar sus rasgos menos avanzados. En lugar de promover una nivelación de las culturas hacia abajo bajo el yugo de la opresión, la secesión estimula procesos cooperativos en cuanto al avance y la selección cultural.

Además, aunque todo lo demás dependa de las políticas domésticas del nuevo gobierno regional, y aunque no exista una relación directa entre el tamaño y la integración económica, se da una relación indirecta importante. Justo en la medida en que la centralización política lleva en última instancia a la desintegración económica, los movimientos secesionistas tienden a promoverla. Primero, la secesión siempre conlleva una ruptura por parte de una población más pequeña en relación a otra mayor y, de esta manera, representa un voto contra los principios democráticos y la titularidad mayoritaria a favor de un sistema de propiedad privada descentralizado. Lo más importante es que la secesión siempre aumenta las posibilidades emigratorias interterritoriales de la población, y los gobiernos secesionistas siempre se verán amenazados por el espectro de la emigración. Para evitar la pérdida de sus ciudadanos más productivos, estos nuevos gobiernos siempre se encuentran bajo presión constante a la hora de adoptar políticas domésticas comparativamente más liberales que el resto permitiendo una mayor titularidad de la propiedad privada e imponiendo una menor presión fiscal o impositiva que sus vecinos. En última instancia, con tantos territorios como núcleos domésticos, pueblos y aldeas existen, las oportunidades de que se dé una emigración motivada por factores económicos se maximizaría, mientras que el poder del gobierno sobre la economía doméstica se reduciría.

De manera específica, cuanto menor sea un país, tanto mayor será la presión sentida para adoptar un sistema de libre empresa frente al proteccionismo. Toda interferencia del gobierno frente al mercado exterior limita de manera forzosa el rango de relaciones mutuamente beneficiosas en los intercambios interregionales y, de esta forma, lleva al empobrecimiento relativo, tanto en casa como de puertas afuera. Pero cuanto menor sea un territorio y su mercado interior, tanto mayor será el impacto sufrido. Un país con el tamaño de Rusia, por ejemplo, puede lograr de forma comparativa un alto nivel de vida incluso en el caso de que renunciase al comercio exterior si se pudiera garantizar un mercado interno sin restricciones para los movimientos de capital y productos de consumo. Frente a esto, si las ciudades o condados predominantemente serbios se secesionaran de la vecina Croacia, se acabaría en el desastre en caso de que estos persiguieran el mismo tipo de proteccionismo. Considérese el núcleo familiar como la mínima unidad de medida secesionista. Por medio de dedicarse al libre comercio no restringido, hasta el más pequeño de los territorios puede integrarse y disfrutar de las ventajas obtenidas a partir de la división del trabajo, pudiendo llegar incluso hasta convertirse en la gente más rica del planeta. La existencia de cualquier rico es una prueba palpable de este hecho. Por otro lado, si esa misma familia decidiera renunciar a toda forma de comercio con sus vecinos, de ahí surgiría una pobreza extrema o la muerte. De forma acorde, cuanto más pequeño es un territorio y su población, tanto más probabilidades habrá de que se promuevan los sistemas de libre empresa. El secesionismo, por lo tanto, y el crecimiento de movimientos regionales separatistas en Europa Occidental, no representan ningún anacronismo, sino que representa en potencia el más progresivo de los movimiento. La secesión aumenta la diversidad étnica, lingüística y cultural. Mientras que a lo largo de años de centralización cientos de culturas han sido erradicadas, ésta siempre acaba por eliminar la integración forzada surgida de la centralización, y en lugar de estimular una nivelación social y cultural, promueve la competición pacífica y cooperativa entre varios territorios y diferentes culturas. En particular, ello elimina los problemas relativos a la emigración que hoy día plagan a Europa Occidental y los EEUU. Hoy por hoy, siempre que un gobierno central permite la inmigración, se deja que los extranjeros puedan usar las vías públicas del Estado hasta llegar prácticamente a las puertas de casa de uno sin importar si se quiere o no vivir en tal proximidad. La “inmigración libre” se vuelve de esta manera una integración forzosa en gran medida. La secesión resuelve este problema dejando que territorios más pequeños tengan sus propias reglas de admisión y puedan determinar de forma independiente con quién quieren o no juntarse en su propio territorio, o con quién se prefiere cooperar desde la distancia.

En último lugar, la secesión promueve el desarrollo y la integración económica. El proceso de centralización ha resultado en la formación de un cartel internacional dominado por el gobierno americano que controla la inmigración, el comercio y la moneda FIAT, gobiernos que cada vez son más agobiantes y pesados, un estado global estatista de guerra/bienestar, y el estancamiento económico e incluso la disminución del nivel de vida. La secesión, si fuera los suficientemente grande, podría cambiar todo esto. Una Europa que consistiera en cientos de territorios y ciudades independientes (tal y como pasa hoy día con casos tan atípicos como San Marino, Mónaco o Andorra), con el aumento de las posibilidades migratorias motivadas por causas económicas, estaría gobernada por gobiernos pequeños pero integrados por medio de la cooperación económica, el libre comercio y un dinero de mercado internacional como el oro. Ésta sería una Europa que disfrutaría de un progreso económico y prosperidad sin parangón en la historia.


Traducido del inglés por Jorge A. Soler Sanz para El Austroliberal.

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