La izquierda progresista y la consagración de la culpa

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A principios del siglo XX, el movimiento progresista – en aquella época, liderado por la izquierda americana – entró en escena pregonando el fascinante y seductor evangelio de la Liberación de la Culpa. Los individuos – proclamaban audazmente los progresistas – estaban reprimidos, inhibidos y repletos de un masacrante sentimiento de culpa por el simple hecho de estar cediendo constantemente a sus deseos e impulsos naturales. La función autoproclamada de los progresistas era la de realizar una jubilosa remoción de todos y cada uno de los sentimientos de culpa, sentimiento este que había sido forzadamente inculcado en las personas por la “opresora moral religiosa”, de padres y pastores.

El hedonismo, la entrega irreprimible a los deseos y el fin de cualquier sensación de culpa pasaron a ser el comportamiento recomendado. Plasmado en una típica frase de la Revolución Sexual de la década de 1960, “Si algo se mueve, acarícialo y demuéstrale afecto”. El sexo, finalmente, sería “apenas un sorbo de agua”, algo natural e inofensivo.

No obstante, esa era de inocencia y ausencia de culpa propugnada por los progresistas duró, por lo que recuerdo, aproximadamente seis meses. Después las cosas se invertirían totalmente.

Actualmente, toda la cultura progresista se caracteriza por un fuerte sentimiento de culpa colectiva. Aquel ciudadano que no se rige por los cánones políticamente correctos y no profesa (aunque sea de boca para afuera) una larga lista de culpabilidades solemnemente declaradas es automáticamente señalado como “reaccionario” y naturalmente será tenido como un paria en su vida pública.

El sentimiento de culpa es hoy omnipresente, todo lo permea y es un fenómeno presente en todas las culturas y clases sociales. Y lo que resulta aún más irónico: todo esto nos fue impuesto por los mismos charlatanes que otrora nos prometieron liberarnos de todo sentimiento de culpa.

Un breve resumen de los sentimientos que un individuo está en obligación de tener: sentimiento de culpa por el asaltante en la calle, sentimiento de culpa por siglos de esclavitud, sentimiento de culpa por la opresión y violaciones a mujeres, sentimiento de culpa por el Holocausto, sentimiento de culpa por la existencia de paralíticos, ciegos, de enanos y de deficientes mentales, sentimiento de culpa por comer animales, sentimiento de culpa por estar gordo, sentimiento de culpa por fumar, sentimiento de culpa por no reciclar la basura, sentimiento de culpa por trasladarse con su automóvil y generar polución, sentimiento de culpa por existir personas negras con una renta inferior a la suya, sentimiento de culpa por estar “violando la santidad de La Tierra” y por ahí sigue.

Observe que esta culpa jamás está confinada a individuos específicos – por ejemplo, aquellos que realmente esclavizaron o asesinaron o violaron personas. La eficacia en inducir la culpabilidad en las personas deviene justamente del hecho de que la culpa no es específica, más sí colectiva, pudiendo ser extendida y ampliada por todo el planeta y, aparentemente, a lo largo de varias épocas, de forma incesante.

Anteriormente despreciamos a los nazis a causa de su doctrina de colectivización de la culpa (la que ellos impusieron a judíos y gitanos); hoy, abrazamos ese mismo concepto nazi como si esta fuese una característica vital de nuestro sistema ético. Confinar la culpa solamente a criminales específicos sería una actitud que no generaría el efecto deseado justamente porque no entraría en nuestra vigente doctrina del “victimismo acreditado”.

Algunos grupos ya han adquirido el estatus de “víctimas oficiales” – son aquellos que tienen derecho a todo, principalmente al bolsillo de los demás ciudadanos, los cuales, justamente por no estar en el grupo oficial de las víctimas, están consecuentemente en el grupo de criminales y son los “victimarios oficiales”, normalmente hombres blancos, heterosexuales y exitosos.

A estos victimarios se les exige que sientan culpa y remordimientos por las víctimas, y consecuentemente – ya que no tiene sentido sentirse culpable sin pagar por ello – asuman diversas obligaciones y concedan interminables privilegios a las “víctimas acreditadas”, ya sea dejándose asaltar pacíficamente en la vía pública, ofertando puestos de trabajo o en universidades por medio de cuotas o bien concediendo salarios sin ninguna relación con la productividad.

Simplemente no hay manera de que un determinado individuo evite ser culpado. Y fue eso lo que nuestros libertadores progresistas nos impusieron.

Para empeorar las cosas, toda esta victimología hizo que hasta el sexo dejase de ser visto como algo libre de culpa: con la implacable diatriba feminista de que “el sexo explota a las mujeres”, y la furiosa manía de “debe usarse preservativos en nombre del sexo seguro”, sería mejor simplemente abolir todos estos modernismos y retornar a la buena y vieja culpa cristiana en relación al sexo. Ciertamente sería algo más simple y pacífico. Gran parte de la actual moda políticamente correcta no pasa de ser una demente tentativa de justificar y dar continuidad a un comportamiento repugnante al mismo tiempo que se intenta sustituir el comportamiento decente por una cornucopia de reglas formales dictadas por los progresistas. El problema es que esas reglas formales son lo contrario a las buenas maneras, dado que son utilizadas como pretexto para imponer el deseo de unos pocos sobre todos los demás – y todo en nombre de la “sensibilidad”.

Pero la hipersensibilidad es una de las mayores barreras que pueden ser impuestas al desarrollo de la civilización y las relaciones sociales, y solo sirve para que las relaciones humanas voluntarias y sinceras sean virtualmente imposibles.

Como en todos los otros aspectos de nuestra podrida cultura, la única manera de remediar esta situación es ofrecer resistencia y realizar un ataque frontal y total contra estos progresistas de izquierda inductores de culpa. Y es en este ataque que yace la única esperanza de reasumir el control de nuestras vidas y retomar nuestra cultura de control de estos tiranos maliciosos.


El artículo original se encuentra aquí. Traducido del portugés por Jose Manuel García.

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