Mitos y lecciones de la “crisis de divisa” argentina

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El desplome del peso argentino el mes pasado cierra otro experimento condenado al fracaso del populismo izquierdista en Sudamérica. La precipitada “devaluación” del peso en un 15% frente al dólar de EEUU en enero, representa su declive más acusado desde la devaluación de 2001, cuando Argentina impagó su deuda externa. Desde el 21 de enero al cierra del mercado el 23 de enero, el peso cayó de6,88 por dólar a 8,00 por dólar en el mercado oficial. En el mercado negro, el peso cayó un 6% el 23 de enero hasta 13 por dólar. A lo largo del pasado año, el peso ha caído un 35%.

En un absurdo e inútil intento de mantener su sobrevalorado tipo de cambio, el banco central argentino ha vendido reservas de dólares al ritmo de 1.100 millones al mes a lo largo del año pasado, comprando los pesos en exceso desparramados en los mercados de moneda extranjera. En total, las reservas de dólares se han desplomado de un máximo histórico de 52.600 millones en 2011 a un mínimo en siete años de 29.300 millones. Asimismo desde 2011, el gobierno de Fernández de Kirchner ha implantado controles de cambio altamente restrictivos, incluyendo retrasos en la aprobación de repatriación de dividendos de empresas extranjeras, así como restricciones a compras por turistas, impuestos a compras con tarjeta de crédito y, recientemente, límites en el gasto en línea que ha hecho casi imposible para los ciudadanos argentinos normales obtener dólares para atesorar o invertir en el exterior. Por supuesto, estas medidas draconianas no han conseguido restañar el flujo de salida de dólares a la vista de la saludable operación del mercado negro en el que había dólares disponibles al precio de equilibrio de 13 pesos por dólar. El gobierno finalmente tiró la toalla el 22 y 23 de enero, rechazando intervenir en los mercados de moneda extranjera para apuntalar el peso, que bajó un 10% solo el 23 de enero. El 24 de enero, el gobierno fue más allá y anunció una relajación de los controles de cambio. Ahora a los argentinos de les permitirá comprar pesos en proporción a su renta, mientras que el impuesto redimible sobre compras de pesos se ha reducido del 35% al 20%.

Hasta aquí los hechos tal y como se han reportado, pero muchos comentaristas han errado en sus interpretaciones de la situación. [1]

Primero, el brusco declive en el valor del peso no representa el inicio de una supuesta “crisis de divisa”, sino más bien el propio medio de resolver una crisis que lleva mucho tiempo en marcha. Pues la “devaluación” del peso por parte de las autoridades monetarias argentinas se refiere nada más que a la eliminación de los controles de precios que han mantenido el precio del dólar de EEUU en relación con el peso por debajo del precio de equilibrio y, por tanto, han generado una demanda permanente excesiva de dólares en Argentina. En otras palabras, la devaluación es simplemente el reconocimiento de que el peso ya había perdido una parte importante de su valor por medio de la inflación. Esto se había ocultado por el hecho de que el precio controlado de los dólares, los precios de las importaciones extranjeras eran artificialmente bajos en términos de pesos, mientras que las exportaciones argentinas se hacían más caras y menos competitivas en los mercados exteriores. El gobierno argentino trató de eliminar el déficit comercial resultante y la escasez de dólares mediante controles de cambio, es decir, con medidas pensadas para racionar los dólares disponibles para sus compinches. Además, la gente aumentó su demanda de dólares para atesorar e invertir en el extranjero porque preveía la inevitable “devaluación” del peso y la consecuente pérdida de poder adquisitivo en términos de bienes. Al permitir que la tasa de cambio aumentara del precio controlado de 6,88 al precio de mercado de 8,00 pesos por dólar, los productos extranjeros se harán más caros para los argentinos y los productos nacionales menos caros para los extranjeros (porque se pueden comprar más pesos con la misma cantidad de dólares).

Si el gobierno mantiene el rumbo de su cambio de política, el resultado será que disminuirá la cantidad de importaciones hasta que se aproxime a la igualdad. Así que el déficit comercial desaparecerá o se hará tan pequeño como para poder financiarlo por el flujo de entrada de inversiones del sector privado extranjero. En realidad, dado que Argentina todavía necesita atender unos 6.500 millones de dólares de deuda morosa con naciones acreedoras, es más probable tenga un superávit comercial, con el exceso de importaciones generando los dólares necesarios para pagar estas deudas. Repito que no es el inicio de ninguna crisis, sino la resolución de una crisis existente causada por controles de precios ordinarios.

Segundo, muchos comentaristas de los medios e incluso economistas insisten en que la devolución sí precipita una crisis interna, porque genera un gran aumento en los precios en pesos, tanto de los bienes importados como de los productos nacionales exportables, que ahora se venden en el extranjero en mayores cantidades, reduciendo los suministros disponibles para compradores nacionales. Este aumento general en los precios daña los consumidores argentinos, afirman. Pero esta respuesta olvida los consecuencias invisibles y beneficiosas de la eliminación de todo control de precios. Es evidentemente cierto que, por ejemplo, la abolición de los controles de rentas reduce el bienestar de los arrendatarios existentes, que deben pagar rentas superiores, y beneficia a los propietarios de pisos. Pero también es verdad que hay muchos otros que se benefician, incluyendo todos esos arrendatarios que estaban fuera del mercado, debido a la escasez de pisos, a pesar de que estuvieran dispuestos a pagar rentas superiores o que consiguieran alquilar pisos por rentas muy superiores en el mercado negro. Igualmente, la abolición de un control de precios que sobrevalora el peso beneficia a las empresas exportadoras argentinas y sus trabajadores, así como a aquellos consumidores a los que se les impedía importar bienes o hacer las inversiones en el extranjero que desearan o que solo fueran capaces de hacerlo pagando un precio mucho mayor por dólares en el mercado negro.

Así que el ajuste de los precios de Argentina de acuerdo con el valor real de mercado del peso no hace más pobre a toda la nación. Simplemente redistribuye la renta real de quienes se estaban beneficiando de la distorsión del sistema de precios mediante tipos fijos y controles de cambio, es decir, funcionarios del gobierno, empresas favorecidas y sindicatos, a los que no tenían conexiones políticas, que se veían perjudicados por la intervención. Además, en el caso tanto de los controles de rentas como la fijación del tipo de cambio, la abolición de los controles genera una mayor eficiencia en la asignación de recursos y la maximización del volumen de intercambios mutuamente beneficiosos en el precio de equilibrio.

Siguiendo esta línea, sorprende y no divierte en absoluto ver al economista y premio Nobel, Joseph Stiglitz, un declarado keynesiano, agitando su dedo y advirtiendo severamente lo evidente:

Está claro que la realidad obliga a algunos cambios: tienes que vivir dentro de tus posibilidades, si tu divisa está cayendo, significa que vas a pagar más por tus importaciones. Tendrán que cambiar sus políticas y la pregunta es cuándo y cómo.

Donde se equivoca Stiglitz es en su conclusión de que todos en Argentina estarán peor porque “van a pagar más por [sus] importaciones”. Sin embargo, como demuestra el análisis precedente, el gobierno y sus compinches y electores favorecidos puede estar peor, pero los que previamente no tenían acceso a dólares, salvo mediante mercado negro, estarán mejor con el peso “devaluado”.

Tercero, el enfoque de los medios en la hemorragia de las reserves extranjeras por parte del banco central argentino como un factor principal que precipitó la crisis es algo ridículo. Pues no es la pérdida de reservas, sino que el mismo hecho de que el banco central necesite tener reservas en dólares es una señal de crisis. La única razón por los que el banco central necesita reservas es mantener sobrevalorado el peso vendiendo dólares a corto y comprando el inevitable exceso de pesos. Si se dejara libre el tipo de cambio dólar-peso para que los determinaran únicamente las fuerzas del mercado, las autoridades monetarias argentinas no encontrarían necesario guardar ni un solo dólar, precisamente porque la oferta y demanda de cada divisa en términos de otra se equilibrarían en cada momento sin excesos ni escaseces. Si el gobierno de Argentina tiene que hacer compras en el extranjero  de su deuda exterior, podría adquirir dólares fácilmente para hacerlo, comprándolos a bancos comerciales u otras instituciones privadas en el mercado del cambio de moneda. Pagaría por los dólares que necesitara en pesos que recibiría por impuestos y tomados prestados del público o imprimidos por el banco central. En el mundo desordenado de las divisas fiduciarias nacionales, una nación evita el caos y crisis adicionales permitiendo que el mercado determine el valor de su divisa en términos de otras divisas fiduciarias, con distintas tasas de inflación.

Esto me lleva a mi cuarto punto. Muchos políticos y otros observadores de la derecha en Argentina y otros lugares atribuyen la crisis a los despilfarradores programas de gasto del gobierno izquierdista de Fernández de Kirchner. Argumentan que los subsidios sociales, la nacionalización de empresas extranjeras, la expansión del estado regulatorio, etc. han llevado al déficit al presupuesto del gobierno. Pero los déficits presupuestarios del gobierno no son la causa de la sobrevaloración de una divisa y de la escasez de moneda extranjera más de lo que son de la inflación. Así, si el gasto adicional se hubiera financiado aumentando los impuestos o tomando prestado del público, los precios argentinos no habrían aumentado. Sin embargo, el gobierno argentino decidió financiar estos déficits expandiendo rápidamente la oferta monetaria, a un ritmo medio del 30% anual a lo largo de los últimos cuatro años. Esto generó una rápida inflación en los precios argentinos que llegó, de forma no oficial, al 28% el pasado año, más del doble del 11% reportado por el gobierno argentino. La inflación y su previsión estimulan las importaciones y la fuga de capital al exterior y suprimen las exportaciones. La creación de dinero, junto con un tipo fijo de cambio es por la única causa de la llamada “crisis de divisa”.

El sistema monetario global ideal es uno con una moneda uniforme proporcionada por el mercado, como el que existía bajo el patrón oro clásico del siglo XIX. Bajo este sistema, los desequilibrios en las balanzas de pagos se ajustaban rápidamente, porque cualquier cambio en la oferta de oro tendía a distribuirse por igual entre todos los participantes en el sistema y esto aseguraba una tasa en general uniforme de inflación entre todos los países. Esto es similar a la situación actual entre los distintos estados dentro de Estados Unidos, todos los cuales siguen el patrón dólar de EEUU. Así, los desequilibrios en las balanzas de pagos, digamos entre Nueva Jersey y el resto de EEUU, son solo temporales y se ajustan rápidamente. La lección a aprender de los mitos analizados antes es que cualquier intento de reproducir la operación de una sola divisa mundial mediante planes públicos de fijación de precios implicando divisas nacionales, está condenada al fracaso y solo exacerbará el desorden monetario que ha golpeado a la economía nacional desde la destrucción del patrón oro internacional en 1914.


[1] The Guardian.com, “Argentinian Peso in Freefall as Economic Crisis Deepens” (23 de enero); Daniel Cancel, “Argentina to Ease Currency Controls after Devaluation”, Bloomberg.com (24 de enero); Jonathan Wheatley, “Argentine Peso Fall Threatens Government of Cristina Fernandez”, FT.com (24 de enero).


Publicado el 13 de febrero  de 2014. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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