En confiar en la política y en los políticos, es el Papa el que es ingenuo

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Una parte de la primera exhortación apostólica del Papa Francisco, Evangelii Gaudium, condenaba “las teorías del «derrame», que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo (…) que jamás ha sido confirmada por los hechos [y] expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante”. La gente de la izquierda política inmediatamente celebró esto como un apoyo al gobierno “progresista” y todos los comentarios que he visto acerca de la elección del Papa como hombre del año de Time la mencionan.

Por desgracia, la evidente compasión del Papa Francisco por los pobres se ve anulada por su confusión acerca de la libertad expresada en los mercados. La libertad económica ha hecho más por elevar los niveles de vida de la población en general que cualquier otra forma de organización social en la historia. Al mismo tiempo, mejora la injusticia y expande la inclusión. Además, es el único sistema que no confía en la bondad de los que tienen el poder. La conclusiones de esas premisas erróneas demuestran por qué las buenas intenciones no bastan, si tenemos que juzgar por los resultados.

El hecho de que el Papa eligiera teorías económicas de “derrame” para atacar fue revelador, porque ningún economista ha promovida nunca nada así. Fue una expresión, como “recortes de impuestos para los ricos”, inventadas por opositores del gran gobierno a la libertad de mercado para representarla equívocamente de forma deliberada.

Derrame es una caracterización difamatoria de la economía “del lado de la oferta”  que distrae la atención de los medios primarios por los que todos ganan en la libertad del mercado. Su principal confusión está en suponer que reduciendo los desincentivos que afronta la gente con grandes ganancias y altos impuestos, dejándoles más que llevar a casa, solo les beneficia a ellos, excepto en lo que se derrama a otros cuando gastan.

La realidad es que cuando la gente, ya sea rica o pobre, atiende a sus intereses mediante acuerdos voluntarios, benefician a aquellos con los que se relacionan. Esto se hace proporcionando a otros oportunidades que estos estiman mejores que las alternativas y estas oportunidades mejoradas aumentan la riqueza real de otros. Como indicaba sucintamente George Reisman:

Bajo el capitalismo, no solo la ganancia de un hombre no es la pérdida de otro, en el sentido de que resulta un aumento en la producción general total (…) la ganancia de un hombre es positivamente la ganancia de otros (…) De hecho, bajo el capitalismo, la competencia procede a aumentar el nivel de vida del asalariado medio por encima incluso de la gente más rica en el mundo hace solo unas pocas generaciones.

O, como ha dicho Arthur Seldon, “el capitalismo es el instrumento que gente en todas las sociedades (…) usan para escapar de la necesidad y enriquecerse entre ellos mediante intercambios”.

Como consecuencia, empeorar los incentivos de los productores les induce a hacer menos por los demás- Y aunque esto dañe a esos productores, solo proporciona beneficios a los envidiosos o codiciosos. Daña a aquellos con los que hacen negocios, eliminando acuerdos que habrían sido mutuamente beneficiosos. En otras palabras, el aumento en los tipos fiscales (y las cargas regulatorias, que actúan como impuestos) destruye riqueza que en otro caso se habría creado para no-ricos.

Cuando los ricos se hacen más ricos enredando en el proceso político, esto es objetable, pero no es un fallo del mercado. Es un fallo del gobierno, impuesto socavando los beneficios que proporcionan los mercados competitivos a todos los participantes. Y la solución es mantener al gobierno fuera del negocio del robo (como requeriría el capitalismo), no permitir desde el principio que los favorecidos cosechen  ganancias injustificadas por restringir la competencia y luego usar los abusos del gobierno como una excusa para gravar más duramente (y así desanimar) a quienes realmente benefician a otros.

Es verdad que el capitalismo de compinches que vemos a nuestro alrededor, que está más cerca del fascismo que del capitalismo, es injusto. El Papa Francisco tiene razón al criticar esa injusticia. Pero la propiedad privada, la base del capitalismo, impide en lugar de permitir que “perro coma perro”, la competencia de “supervivencia de los más aptos” de la que acusan al capitalismo sus enemigos.

Por el contrario, la propiedad privada impide la invasión física de la vida de una persona, de su libertad o de su propiedad sin su consentimiento. Al impedir esas invasiones, la propiedad privada es una defensa irreemplazable contra la agresión de los fuertes a los débiles. No se permite a nadie ser un depredador violando los derechos de otros. Los derechos de la propiedad niegan la norma de “poder significa derecho”, que prevalece en ausencia de dichos derechos. En palabras de Herbert Spencer: “lejos de ser, como han alegado algunos, una defensa de los derechos de los fuertes contra los débiles, es mucho más una exigencia de que los débiles deben estar protegidos contra los fuertes”.

La implicación del Papa Francisco de que mercados más libres no expanden la inclusión también refleja la confusión entre capitalismo de compinches y capitalismo. El capitalismo es un sistema que no pone barreras legales en la forma en que los participantes ofrecen productos y condiciones que otros puedan considerar mejores. Todos son libres para descubrir y ofrecer formas de beneficiar a otros. Y ninguna porción actual dl mercado (a veces erróneamente llamada “poder en el mercado” de una empresa) puede persistir ante opciones superiores. Sin embargo, la esencia del capitalismo de compinches es el uso de leyes, regulaciones, mandatos, impuestos, controles de precios, aranceles y barreras comerciales y discreción administrativa para obstaculizar esas ofertas, extrayendo algunas de las ganancias de los “amigos” creados con ese favoritismo para mantener su dominio del poder político.

Por eso la afirmación del Papa de que el capitalismo pone “una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico” es errónea. Los acuerdos voluntarios basados en la propiedad privada protegen a todos de los abusos del poder económico. Como demostraba La riqueza de las naciones, de Adam Smith: mientras todas las relaciones sean voluntarias, incluso gente que no se preocupa en absoluto acerca de aquellos con los que trata, busca formas de beneficiarles como manera indirecta de atender su propio interés (y su Teoría de los sentimientos morales explicaba cómo la gente va más allá de su propio interés en sus relaciones).

No hay nada ingenuo en confiar en que al gente atienda su propio interés. Al contrario, lo que es ingenuo es la fe en las “soluciones” políticas”, en las que el poder coactivo del gobierno viola los derechos individuales y su poder de elegir por sí mismos.

El Papa Francisco es claramente compasivo, como demuestran sus intentos pastorales de liderar a la Iglesia Católica para que sea más santa. Como católico, aplaudo sinceramente sus esfuerzos. Tiene razón en protestar ante mucho de lo que ve en el mundo que el rodea. Pero de lo que protesta, en realidad, no lo causa el capitalismo. Lo causa su caricatura del capitalismo de compinches, que es una forma de control del gobierno, no la autodeterminación individual que permite el capitalismo. La confusión en la Evangelii Gaudium es muy problemática. Animado por este documento, los políticos pueden, al tratar de “arreglar” el capitalismo, que una bendición económica enorme en lugar del problema, recurrir a la transferencia de todavía más decisiones individuales al dictado del gobierno, generando incluso más capitalismo de compinches. Haría desaparecer los beneficios extendidos del capitalismo y, a su vez, dañar a la misma gente a la que Francisco desea proteger.


Publicado el 28 de diciembre de 2013. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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