Obituario de Milton Friedman

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Milton Friedman murió hoy con 94 años. Descanse en paz.

No quiero discutir las “revoluciones” de Reagan y Thatcher que supuestamente inspiró. Tampoco su serie “Libre para elegir”, sus muchos años en la Universidad de Chicago y la Institución Hoover o su premio Nobel de economía. De todo esto se ocuparán, espero, otros, y con gran detalle. Tampoco en este recuerdo quiero hablar de su monetarismo, su defensa de los cheques escolares, el impuesto negativo de la renta, las tasas flexibles de cambio, las leyes antitrust, su oposición al patrón oro y a la privatización de carreteras y océanos. Los libertarios llevan mucho tiempo en desacuerdo con él sobre estos temas y no es el momento de ahondar en esas largas polémicas.

Por el contrario, quiero centrarme en lo positivo y contar algunas experiencias personales que tuve con él. Acabaré con una broma que muestra el tipo de vida profesional combativa que llevó.

He aquí lo positivo. Milton era un faro de luz en asuntos como las leyes de salario mínimo, el libre comercio y el control de rentas. Esto podría no parecer mucho a los libertario radicales, pero, con los demócratas consiguiendo recientemente más poder y prometiendo imponer niveles salariales sobre quienes menos pueden permitírselo, los pobres sin cualificación, y con cientos de economistas firmando una petición en apoyo de esta legislación verdaderamente cruel y perniciosa, el análisis valiente, agudo, inteligente y, sí, lo diré, inspirador de Milton sobre este tema debe destacarse como un ejemplo para todos nosotros.

Otros los puntos álgidos de su carrera, para mí, fue su “Carta abierta” al zar de las drogas Bill Bennett (Wall Street Journal, 7 de septiembre de 1989) en la que se enemistó con muchos de sus seguidores conservadores con su llamada de clarines a la legalización de las drogas. El gobierno de EEUU ha desatado realmente un torbellino en este asunto. Es responsable de incontables excarcelaciones de gente inocente y decenas de miles de muertes innecesarias en todo el mundo. Cuando algún día como sociedad volvamos a recuperar el sentido y deroguemos la prohibición de las drogas como hicimos antes con la prohibición del alcohol, deberemos ese día feliz al profesor Friedman más que a cualquier otro hombre.

Mi ensayo favorito en su Capitalismo y libertad es el capítulo 9, en el que Milton ataca a la AMA por sus políticas de entrada restringida en el campo de la medicina. Con los demócratas apropiándose de ambas cámaras del Congreso y con esa bruja de Hillary como favorita para la candidatura presidencial en 2008, probablemente afrontemos algunas fuertes batallas contra la imposición de una medicina completamente socializada. Gracias a este inteligente análisis de Milton, no nos faltará munición intelectual en este aspecto.

He aquí lo personal. Una vez tuve el honor en la década de 1980 de ser el chófer de Milton Friedman. Le llevé por Vancouver en el día de uno de sus discursos durante esa tarde. El viaje fue en parte turístico y en parte de negocios: recogida en el aeropuerto, comida, unas pocas entrevistas en radio y televisión durante el día, preparar el podio para su discurso de la tarde, etc. Me asombraba y encantaba su belicosidad en defensa de la libertad. Podía aparentemente discutir con cualquiera sobre asuntos libertarios: camareros, cámaras, la persona que le ponía el micrófono en la solapa. Era incansable, bromista, entusiasta.

Otra anécdota. Una vez hizo una declaración en una reunión de la American Economic Association que me hizo sentirme muy orgulloso de ser un economista. Declaró (cito de memoria) algo así: “Gracias a los economistas, todos nosotros, desde los tiempos de Adam Smith hasta la actualidad, los aranceles son quizá una décima parte de un 1% menores de los que habrían sido en otros caso”. Aquí hizo una pausa. Una pausa muy larga. Y luego continuó: “Y debido a nuestros esfuerzos hemos multiplicado nuestros salarios por diez mil”. ¿Qué podría dar una mejor perspectiva de las cosas?

Otro recuerdo personal. Una vez, en una reunión de Mont Pelerin, hubo un debate titulado “Cómo ganar un premio Nobel en economía”. Los participantes eran James Buchanan, George Stigler y, por supuesto, Milton Friedman. Un buen grupo. No recuerdo nada concreto, pero si recuerdo salir del debate con la idea de que “milton Friedman en un tigre intelectual”, tan abrumador había sido en esa discusión.

Hablando de abrumador, una vez tuve la experiencia de dirigir un coloquio del Liberty Fund en el que discutíamos medidas empíricas de libertad económica. No mencionaré a los aproximadamente dieciséis participantes, todos los cuales eran buenos oradores, agudos, muy elocuentes y  cultos. Pero mencionaré esto: aparte de Milton Friedman estaban su esposa Rose y su hijo David.

Como cabía esperar, era difícil asignar el escaso tiempo entre tantos grandes teóricos sobre este tema; una regla dura y rápida en esos eventos es que solo una persona podía hablar cada vez. Quien los conozca, sabe que Milton, Rose y David habrían dominado nuestras deliberaciones. Las cosas llegaron a un punto en que me recuerdo gritando, tal vez el comentario más ingenioso que haya hecho en toda mi vida: “¡Un Friedman cada vez!”

Considero a Milton como mi abuelo intelectual. Estaba en el comité de doctorado de Gary Becker y Gary fue mi director de tesis. Soy uno de los literalmente miles de sus nietos intelectuales en esta forma de calcular los asuntos, ya que Milton dirigió literalmente a varios cientos de licenciados en sus tesis doctorales durante su estancia en la Universidad de Chicago. Prácticamente todos ellos siguieron carreras académicas en universidades investigadoras.

He aquí la broma. Espero y confío en que nadie se moleste por contar un chiste en un momento como este. Lo hago porque creo que ayuda a mi objetivo actual: celebrar la vida de un distinguido intelectual dando un vistazo de su vida que podría no estar disponible en otro caso. No quiero ofender a nadie. En todo caso, aquí va:

Un día un economista ve a una niña pequeña atacada por un perro salvaje en la calle. Va corriendo y la salva estrangulando al perro.

Un reportero le entrevista y dice: “Señor, lo que ha hecho es algo maravilloso. ¿Dice que es economista?”

“Sí, lo soy”, dice el economista.

“Muy bien, señor”, dice el reportero, “será mañana nuestra historia principal y el titular será ‘Economista libertario radical salva a niña de perro salvaje”.

“Bueno, no soy tan radical”, dice el economista. “En realidad soy más bien un liberal clásico”.

El reportero se rasca la cabeza y dice: “Bueno, arreglaremos algo. ¿Qué opiniones dice usted que son las más cercanas a las suyas?”

“Bueno, supongo que sería Milton Friedman”, dice el economista.

Al día siguiente, el economista compra el periódico. En la portada aparece “¡CHICAGO BOY MATA MASCOTA FAMILIAR!”

 


Publicado el 16 de noviembre de 2006. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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