El mundo económico de los escolásticos tardíos

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Conferencia de Lew Rockwell durante el encuentro “Salamanca, la cuna de la teoría de la teoría económica” realizado en el Convento de San Esteban en Salamanca (España) y organizado por el Instituto Juan de Mariana.

¿Todos me escuchan? ¿Debo inclinarme así o se me escucha claramente estando erguido? Bien.

Bueno, agradezco a Jesús, Gabriel, Douglas…  ¡Qué lugar para estar! Qué honor ha sido para nosotros estar aquí, hablar aquí en este cuarto donde los Dominicos se reunían, y como Jesús me explicó, presentaban sus trabajos antes de hacerlos públicos, a sus compañeros dominicos. Estamos separados por sólo esta pared de las tumbas de Vitoria y De Soto, y por supuesto tenemos a Santo Tomás allí, y como Jesús señaló, tenemos el espíritu de Murray Rothbard muy presente entre nosotros, el espíritu de Mises. Me alegro de tener aquí con nosotros a la señora Bettina Bien Graves, quien por supuesto fue una de los colaboradores más cercanos de Mises por muchos años.

El tema de la Edad Media destaca el enorme abismo que separa al académico escolástico de la opinión pública. Para la mayoría de personas, su punto de vista podría resumirse en las palabras de la canción de rock del grupo Spinal Tap: “nadie sabía quiénes eran, o qué estaban haciendo.”

Para muchas personas, la época Medieval trae a sus mentes una población viviendo de mitos, como el de la tierra plana, cuyas vidas eran diariamente arrastradas por supersticiones locas como las que podríamos ver en un sketch de Monty Python.

Sin embargo, la opinión de los expertos demuestra lo contrario. El tiempo entre el octavo y el décimo sexto siglo, fue una época de increíbles avances en muchas áreas del conocimiento tales como: teología, arquitectura, música, biología, matemáticas, astronomía, industria, y sí, economía.

Pero considero que sería suficiente con mirar la extraordinaria brillantez de la Catedral de Burgos, cuya construcción comenzó en 1221, o cualquiera de los cientos otros (edificios) que fueron construidos en dicho tiempo, para saber que hay una terrible equivocación con la sabiduría popular, y así sucede también con la economía.

La sabiduría popular interviene a través de la convención de no-especialistas, y traza los origines del pensamiento pro-mercado hacia Adam Smith. La imagen de Adam Smith como el fundador de la economía es reforzada entre los estadounidenses aún más porque su libró se publicó el mismo año que Estados Unidos se separó de Gran Bretaña.

Hay mucho en esta visión de la historia intelectual que es ignorado. De hecho, los verdaderos fundadores de la economía escribieron cientos de años antes de Smith. No eran economistas como tales, pero teólogos morales formados en la tradición de Santo Tomás de Aquino, y fueron conocidos como los escolásticos tardíos. Ellos hicieron por la economía, lo que los estudios en arquitectura y geometría hicieron por la construcción de las iglesias: crearon una gloriosa edificación que hasta el día de hoy sigue en pie.

Estos hombres, cuya mayoría enseñó en España, eran al menos tan pro-libre mercado como la tradición escocesa que vendría después. Además, el fundamento teórico era mucho más sólido. Ellos anticiparon la teoría del valor y del precio de los marginalistas austriacos de finales del siglo diecinueve.

El académico que redescubrió la escolástica tardía para el mundo angloparlante fue Raymond de Roover. Por años, estos hombres habían sido ridiculizados e incluso llamados presocialistas. Como R.H. Tawney, quien dijo que Karl Marx era el último de los escolásticos. Esta visión llevó a muchas personas a dejar los escritos (escolásticos). Sin embargo, de Roover demostró que la sabiduría popular, casi en su totalidad, estaba equivocada. Joseph Schumpeter dio a la escolástica tardía un gran impulso con su obra póstuma La Historia Del Análisis Económico” de 1954. “Fueron ellos”, él escribió, “quienes llegaron más cerca que cualquier otro grupo a ser los fundadores de la ciencia económica”. Al mismo tiempo, aparece un libro de lecturas de Marjorie GriceHutchinson, recientemente republicado por el Instituto Mises.

Ya en nuestra época, Alejandro Chafuén ha relacionado estrechamente a los escolásticos tardíos con la escuela austríaca de economía. El tratado más completo e importante hasta la fecha, “La Historia Del Pensamiento Económico En Una Perspectiva Austriaca” de Murray Rothbard, presenta la extraordinaria variedad del pensamiento escolástico tardío. Rothbard ofrece una explicación sobre la mala interpretación generalizada de la Escuela de Salamanca, junto con un marco global de la intersección entre la economía y la religión desde Santo Tomás hasta la mitad del siglo 19.

Lo que surge de esta creciente literatura es la conciencia de que la Edad Media fue el período fundacional de la economía. Recordemos las palabras de apertura de “La Acción Humana” de Mises: “La economía”, él dijo, “es la más joven de todas las ciencias”. ¿Y en qué contribuye la economía? Mises explica que la economía descubrió “una regularidad en la secuencia e interdependencia de los fenómenos del mercado”. De este modo, “se transmite un tipo de  conocimiento que no podría ser considerado como lógica, ni matemática, tampoco como psicología, o física, ni como biología.”

Hagamos una pausa para leer los comentarios de quienes rechazaron rotundamente a la economía como una ciencia. Esta tendencia no se limita a los izquierdistas que abrazan la fantasía llamada Socialismo, ni a los ecologistas que piensan que la sociedad debe volver a la condición de la caza y la recolección tribal. Estoy pensando en particular, en un grupo que podemos llamar los conservadores. Personas que creen que todo lo que deberían saber acerca de la realidad y la verdad está contenida en los escritos de los antiguos filósofos, los padres de la Iglesia u otra fuente a prueba del tiempo; mientras que todo lo moderno, definido como cualquier cosa escrita en la segunda mitad del segundo milenio del cristianismo, es generalmente visto como sospechoso.

Esta tendencia se ha generalizado en la derecha estadounidense, y se extiende a los estraussianos, los comunitarios de derecha, los paleoconservadores, y los conservadores religiosos de la derecha cristiana. Hay ejemplos entre todos ellos. Para buscar la sabiduría económica, dejan de lado todo lo de los últimos 500 años, y vuelven una y otra vez a los escritos de los primeros santos, de Platón y Aristóteles, y a las palabras de sabiduría de muchos de los venerados entre los no-modernos.

Ahora, en estos escritos se pueden descubrir, por supuesto, grandes verdades. Sin embargo,  simplemente no es el caso de que uno puede encontrar lógica económica rigurosa entre los antiguos. Los escritos de este período tienden a estar imbuidos de un prejuicio contra el comerciante, una falacia sobre la igualdad de valor de cambio, y una falta general de  convicción de que existe una lógica constante para entender la evolución del mercado.

Mises tenía razón: el desarrollo de la economía comenzó mucho más tarde y la razón es bastante sencilla. La aparición generalizada de oportunidades económicas, la movilidad social impulsada por el estado material, la dramática expansión de la división del trabajo que sobrepasó muchas fronteras, y la construcción de estructuras de capital complejas sólo comenzó a observarse a finales de la Edad Media. Fue la aparición de las estructuras elementales del capitalismo moderno, que dio lugar a la curiosidad por la ciencia económica. Para decirlo de una manera simple, fue a finales de la Edad Media que (la economía) parecía ser algo para estudiar absolutamente.

Fue en este período en el continente que comenzamos a ver lo que era previamente desconocido: grandes franjas de la población comenzaron a enriquecerse. La riqueza ya no se limitaba a los reyes o a los príncipes. No estaba solamente disponible para los comerciantes o los banqueros. Los trabajadores y los campesinos también podían aumentar su nivel de vida, tomar decisiones sobre dónde vivir y adquirir ropa, muebles y comida… todo lo que alguna vez fue reservado para la nobleza. Además, las instituciones monetarias eran cada vez más complejas, con una variedad de tipos de cambio, presiones para permitir el pago y cobro de intereses, y transacciones complejas de inversión que se fueron haciendo camino en la vida cotidiana.

Fue particularmente interesante ver la riqueza que se generaba en los servicios financieros. Personas que no estaban haciendo otra cosa que arbitrar tipos de cambio estaban creciendo enormemente, convirtiéndose en ricos e influyentes. Estas eran personas que, en palabras de Saravia de la Calle, fueron “viajando de feria en feria y de un lugar a otro con nada más que sus mesas, cajas y libros”. Y sin embargo, su riqueza crecía y crecía. Esto dio lugar a la pregunta científica de cómo todo eso estaba sucediendo. Y también dio origen a las formas más amplias de cuestiones morales.

¿Cuál es exactamente la situación del comerciante en la teología moral? ¿Cómo debe ser vista esta forma de hacer dinero ante los ojos de la sociedad y la Iglesia? Este tipo de preguntas buscaban respuestas a gritos.

Ahora vamos a entender un poco más acerca de la mente del escolástico formado en la tradición de Santo Tomás. En la raíz de la visión tomista del mundo se encontraba la convicción de que toda verdad estaba unificada en un solo cuerpo de pensamiento, y que esta verdad en última instancia apuntaba al Autor de toda verdad. En la medida que la ciencia buscaba la verdad, la verdad que ellos encontraban debía ser necesariamente conciliable con otra verdad (previamente) existente.

De esta manera, ellos vieron la idea de la verdad con un funcionamiento muy parecido al de las matemáticas.nEste funcionamiento se integraba por las verdades inferiores y más fundamentales junto con las verdades superiores y más elaboradas. Si existía una contradicción o un fracaso para vincular una verdad superior a una verdad inferior, se podría saber con certeza que algo estaba mal.

Por tanto, el conocimiento no estaba parcelado como lo está hoy en día. Hoy, los estudiantes asisten a clases de matemáticas, literatura, economía, diseño y no esperan encontrar ningún vínculo entre dichas disciplinas. Estoy seguro que nunca se les ha ocurrido ni siquiera intentarlo. Es solo un aspecto que ha sido tomado del programa positivista que afirma que el conocimiento no debe estar necesariamente integrado.

Todos debemos existir en un estado de escepticismo suspendido acerca de todo, que es zarandeado al azar por la última moda ideológica que parece tener algo de apoyo científico. La convicción de que la verdad inferior se relaciona con verdad superior ha sido eviscerada.

Algunas veces se dice que la actitud escolástica frente a la verdad los hacía escépticos hacia la investigación científica. De hecho, es lo opuesto. Sus convicciones concernientes a una verdad integral los hicieron completamente valientes. No había ningún aspecto de la vida que podía escapar a una seria investigación y exploración escolástica.

No importaban los descubrimientos que fueren, si estos eran verdaderos, la investigación los vería como parte de una misión más grande: descubrir la creación de Dios. No podía haber una dicotomía entre la ciencia y la religión, así que no era necesario dudar en descubrir sobre una o ambas.

No es precisamente correcto decir que los pensadores de la Escolástica tardía que descubrieron la economía estaban explorando territorio teológico y tropezaron inadvertidamente con la ciencia económica. De hecho, ellos tenían una gran curiosidad acerca de la lógica que gobierna las relaciones entre las decisiones y las personas dentro del mercado, y veían esta materia sin sentir la necesidad de remitirse constantemente a la verdad teológica. La relación entre la economía y la teología se asumía en que era parte de la propia iniciativa escolástica, y es por esto que los Escolásticos tardíos pudieron escribir con tal precisión sobre los temas económicos.

A medida que España, Portugal e Italia surgían como centros económicos y comerciales a finales del siglo 15 y 16, las universidades bajo el control de los Tomistas tardíos generaron un gran proyecto de investigación sobre los patrones regulares que gobernaban la vida económica. Me gustaría presentarles brevemente algunos de estos pensadores y su trabajo.

El primer de los teólogos morales quien investigó, escribió y enseñó en la Universidad de Salamanca fue Francisco de Vitoria. Bajo su dirección, la Universidad ofreció un extraordinario número de 70 cátedras. Así como con otros grandes maestros de la historia, la mayoría del trabajo publicado de Vitoria viene de los apuntes que fueron tomados por sus alumnos.

En su trabajo sobre economía, Vitoria argumenta que el precio justo es el precio al que se ha llegado por mutuo acuerdo entre los productores y los consumidores. Es decir, cuando un precio se establece mediante oferta y demanda, es un precio justo.

De la misma manera sucede dentro del comercio internacional. Los gobiernos no deben interferir con los precios y las relaciones establecidas entre los comerciantes a través de las fronteras. Las conferencias de Vitoria sobre el comercio español y la India –publicadas originalmente en  1542– argumentaban que la intervención estatal en el comercio viola la Regla de Oro.

También contribuyó a la liberalización de la norma que prohibía el cobro y pago de intereses. Esta discusión ayudó a sembrar una gran confusión entre los teólogos sobre qué precisamente constituía la usura, y esta confusión fue muy bien recibida por los empresarios. Vitoria fue también muy cuidadoso en tomar en cuenta la oferta y la demanda dentro del análisis del cambio de divisas.

Aun así, la más grandiosa contribución de Vitoria fue producir estudiantes talentosos y prolíficos. Ellos continuaron con el estudio de casi todos los aspectos morales y teóricos de la ciencia económica. Durante un siglo, estos pensadores constituyeron una poderosa fuerza para la libre empresa y la lógica económica.

Ellos veían el precio de los bienes y servicios como un resultado de las acciones de los comerciantes. Los precios varían dependiendo de las circunstancias, y en función del valor que los individuos colocan sobre estos bienes. Ese valor, a su vez depende de dos factores: la disponibilidad y el uso de ese bien. El precio de estos bienes y servicios son un resultado de la operación de estas fuerzas. Los precios no son fijados por la naturaleza o determinado por los costos de producción; los precios son el resultado de la estimación común de los hombres.

Domingo de Soto fue un sacerdote dominico que llegó a ser profesor de filosofía en Salamanca. Ocupó varias posiciones poderosas con el Emperador, pero se decidió por la vida académica. Él generó varios avances en la teoría del interés, argumentando a favor de una liberalización general.

También fue el arquitecto de la teoría de la paridad del poder adquisitivo. Él observó que:

“Cuanto más abundante es el dinero en Medina, más desfavorables son los términos de intercambio y mayor es el precio que debe pagar quien desee enviar dinero de España a Flandes, ya que la demanda de dinero es menor en España que en Flandes. Y cuanto más escaso sea el dinero en Medina menos necesitamos pagar allí, porque más gente quiere dinero en Medina del que está enviando a Flandes.”

Con estas palabras, él había dado grandes pasos para justificar el beneficio proveniente del arbitraje de divisas. No es por casualidad que las valuaciones de divisas llegan a ser; sino que reflejan ciertos hechos en el terreno y las decisiones de las personas en función de la escasez de bienes.

Él incluye que:

“Es lícito cambiar dinero de un lugar por dinero de otro lugar (teniendo en cuenta su escasez en el primero y su abundancia en el segundo), y es moral recibir una suma menor en un lugar donde el dinero es escaso, a cambio de una suma mayor donde es abundante.”

Otro estudiante fue Martín de Azpilcueta Navarrus, un fraile dominico, el canonista más destacado de su época, y finalmente, el consejero de tres Papas consecutivos. Utilizando el razonamiento, Navarrus fue el primer pensador económico en establecer claramente y de forma inequívoca que la política gubernamental de fijación de precios es un error. Cuando los bienes son abundantes, no hay necesidad de fijar un precio máximo y cuando no es así, el control de precios hace más daño que bien.

En un manual de teología moral de 1556, Navarrus señaló que no es un pecado vender bienes a un precio mayor al precio oficial, cuando éste es acordado por las partes. Navarrus también fue el primero en declarar plenamente que la cantidad de dinero es un factor fundamental en la determinación de su poder adquisitivo.

“En igualdad de condiciones” él escribió, “en los países dónde existe gran escasez de dinero, el resto de los bienes comerciables e incluso la mano y el trabajo de los hombres se dan por menos dinero del que se da en lugares donde el dinero es abundante”.

“El propósito de los zapatos” decía él, “es proteger nuestros pies, pero eso no significa que no deben ser negociados buscando un beneficio”. En su opinión, sería un terrible error cerrar los mercados de divisas, tal como algunas personas instaron en aquel entonces. El resultado sería “el hundimiento del reino en la pobreza”.

El mejor estudiante de Navarrus fue Diego de Covarrubias y Leiva, considerado el mejor jurista de España después de Vitoria. El emperador le hizo canciller de Castilla, y con el tiempo se convirtió en el obispo de Segovia. Su libro “Variarum” fue en ese entonces la explicación más clara de la fuente del valor económico. “El valor de un artículo” decía él, “no depende de su naturaleza esencial sino en la estimación de los hombres, incluso si esta estimación es disparatada”.

Por esta razón, el precio justo no está determinado por cuánto costó el artículo o la cantidad de trabajo que fue empleada en adquirirlo. Todo lo que importa es cuál es el valor común en el mercado, en el tiempo y en el lugar dónde el artículo está siendo vendido.

Los precios caen cuando los compradores son pocos y suben cuando los compradores son muchos. A mi parecer, es un punto tan simple, pero fue desapercibido por los economistas durante siglos hasta que la Escuela Austríaca de Economía redescubrió esta “teoría del valor subjetivo” y la incorporó en la microeconomía.

Al igual que todos estos teóricos españoles, Covarrubias creía que los propietarios individuales tenían derechos inviolables sobre su propiedad. Una de las tantas controversias de la época era si las plantas que producían medicamentos deberían pertenecer o no a la comunidad. Los que decían que sí (deberían pertenecer la comunidad) resaltaban que la medicina no era resultado de ninguna labor o habilidad humana. Pero Covarrubias decía que todo lo que crece en una parcela de tierra pertenece al dueño de esa tierra. El dueño tiene incluso la facultad de retener las valiosas medicinas fuera del mercado, y que sería una violación de la ley natural obligarlo a vender.

Otro gran economista entre los pensadores de la línea de Vitoria fue Luis de Molina, quien fue de los primeros jesuitas en pensar sobre temas teóricos económicos. Aunque devoto a la Escuela de Salamanca y sus logros, Molina enseña en Portugal, en la Universidad de Coimbra. Él fue el autor de un tratado de cinco volúmenes. Sus contribuciones a la ley, a la economía y a la sociología fueron enormes, y su tratado pasó por varias ediciones.

Entre todos los pensadores pro-libre mercado de su generación, Molina fue el más consistente en su visión sobre el valor económico. Como los demás Escolásticos tardíos, el estuvo de acuerdo con que los bienes no son valorados “de acuerdo con su nobleza o perfección” sino de acuerdo con “su capacidad para servir, ser de utilidad”. Y siempre proporcionaba el siguiente convincente ejemplo: “Las ratas, de acuerdo a su naturaleza, son más “nobles”, -esto es que se encuentran más arriba en la jerarquía de la Creación- que el trigo. Pero las ratas “no son estimadas o apreciadas por los hombres”, porque “no son de utilidad alguna”.

Desafortunadamente, Pedro no estaba en esos días para refutar ese punto.

El valor del uso de un bien en particular no se fija entre personas o con el paso del tiempo. Varía de acuerdo a la valoración individual y disponibilidad (del bien).

Esta teoría también explica aspectos peculiares sobre los bienes de lujo. Por ejemplo, ¿por qué una perla, “que solo puede ser utilizada para decoración” es más cara que los cereales, el trigo, el vino  o los caballos? Dado que parece que todas estas cosas son más útiles que una perla y son sin duda más “nobles”. Como explicó Molina, la valoración se realiza por individuos, y “se puede concluir que el precio justo de una persona depende del hecho de que algunos hombres quisieron otorgarle valor como objeto de decoración”.

Molina entendía la crucial importancia de los precios en libre flotación y su relación con la empresa. En parte, esto se debió a los múltiples viajes de Molina y a entrevistas que tuvo con comerciantes de todo tipo.

“Cuando un bien es vendido en determinada región o lugar, en determinado precio” él observó, en tanto sea “sin fraude o monopolio o algún otro tipo de jugada sucia”, entonces “ese precio debe mantenerse como regla y medida para juzgar el precio justo de dicho bien en esa región o lugar”. Si el gobierno intenta fijar un precio que es mayor o menor, entonces sería profundamente injusto. Molina también fue el primero en demostrar por qué es que los precios al por menor son más elevados que los precios al por mayor: los consumidores compran en cantidades más pequeñas y están dispuestos a pagar más por las unidades adicionales.

Los más sofisticados escritos de Molina tratan sobre el dinero y el crédito. Como Navarrus antes que él, Molina entiende la relación del dinero con los precios, y supo que la inflación se debía a una cantidad mayor de dinero.

“Así como la abundancia de bienes hace que los precios bajen”, escribió (especificando que esto supone la cantidad de dinero y el número de comerciantes siguen siendo los mismos), también una “gran cantidad de dinero” causa que los precios suban (de nuevo, especificando que esto supone la cantidad de dinero y el número de comerciantes siguen siendo los mismos). Incluso fue más allá al señalar cómo los salarios, la renta, e incluso las dotes eventualmente suben en la misma proporción que los aumentos de la oferta monetaria.

Él utilizó este marco para empujar los límites aceptados de cobrar intereses, o llamado “usura”; un importante escollo para la mayoría de los economistas de la época. Sostuvo que debería permitirse cobrar intereses sobre un préstamo con una inversión de capital, incluso cuando el regreso no se materializa.

La defensa a la propiedad de Molina se basaba en la creencia de que la propiedad está asegurada en el mandamiento de “no robarás”. Pero él fue más allá que sus contemporáneos, construyendo fuertes argumentos prácticos también. “Cuando la propiedad se mantiene en comunidad”, él decía, “no será cuidada y las personas luchará entre ella para consumirla. Lejos de promover el bien común, cuando la propiedad no está dividida, la gente fuerte del grupo se aprovechará de los débiles mediante la monopolización, y consumiendo la mayoría de recursos”.

Al igual que Aristóteles, Molina también pensaba que la propiedad común garantizaría el fin de la libertad y la caridad. Pero Molina fue más allá, argumentando que “la limosna debe provenir de los bienes privados, y no de los bienes comunes”.

En la mayoría de los escritos de hoy en día sobre la ética y el pecado, son diferentes las normas que se aplican a los gobiernos y las que se aplican a los individuos. Pero no en los escritos de Molina. Él sostuvo que el rey puede, como rey, cometer una variedad de pecados mortales. Por ejemplo, si el rey concede un privilegio monopólico para unos pocos, viola el derecho de los consumidores a comprarle al vendedor más barato. Molina llegó a la conclusión de que los que se benefician son requeridos por la ley moral para compensar los daños que causan.

Vitoria, Navarrus, Covarrubias, de Soto y Molina fueron cinco de los más importantes entre más de una docena de pensadores extraordinarios que habían resuelto los problemas económicos difíciles, mucho antes de la época clásica (de la economía).

Formados en la tradición tomista, usaron la lógica para entender el mundo que les rodea, y buscaron las instituciones que promoverían la prosperidad y el bien común. No es de extrañar entonces, que muchos de los escolásticos fueran fervientes defensores del libre mercado y de la libertad humana.

Las ideas son como capital en el siguiente sentido: son el trabajo de muchas generaciones. En el caso de la lógica económica, fue trabajo de cientos de años. Una vez entendida, la economía se convierte en parte de nuestra manera de pensar sobre el mundo. Si no la entendemos, muchos aspectos de la forma en la cual funciona el mundo continuarán eludiendo nuestra visión y comprensión.

Es sorprendente la cantidad de conocimientos de los Escolásticos tardíos que se perdió durante los siglos. Gran Bretaña había mantenido una especie de puesto de avanzada en esta área, debido al idioma y la geografía, pero la tradición continental se desarrolló a ritmo acelerado, en particular en Francia en los siglos 18 y 19.

Pero llama especialmente la atención que el resurgimiento de la tradición escolástica se da en Austria, a finales del siglo 19. Un país que había evitado la revolución política o la agitación teológica. Si miramos a los propios maestros de Menger, encontraremos sucesores de la tradición Escolástica.

Mises escribió que la economía es una ciencia nueva y estaba en lo cierto, pero la disciplina no es menos verdadera por serlo. Los que obstinadamente evitan su enseñanza, sean de izquierda o de derecha,  no sólo están negándose a sí mismos la tubería hacia la verdad, sino que están activamente en negación de la realidad, y esto no puede ser base para recomendar ningún camino a seguir.

En cuanto a los economistas modernos que están atrapados en el modo de planificación positivista, ellos también tienen mucho que aprender de la Escuela de Salamanca, cuyos miembros no han sido engañados por las falacias que dominan la teoría económica moderna y la política. Si tan sólo nuestra comprensión moderna pudiera volver a llegar a la carretera pavimentada para nosotros hace más de 400 años. Al igual que las catedrales de edad conservan su integridad, su belleza y su estabilidad, la Escuela Austriaca, como descendiente de las ideas de Salamanca, permanece con nosotros para hablar de una verdad integral, independientemente de las modas intelectuales de nuestro tiempo.

Gracias.


Traducido del inglés por Milica Pandžić. Ver la conferencia aquí.

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