La paradoja libertaria

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Cuando los libertarios tratan de convencer a otros sobre su postura, se encuentran con una interesante paradoja. Por un lado, el mensaje libertario es sencillo. Implica premisas morales e intuiciones que en principio compartimos prácticamente todos, incluidos los niños. No dañar a nadie. No robar a nadie. Ocuparte de tus propios asuntos.

Un niño diría: “Yo lo cogí primero”. Hay un sentido intuitivo según el cual el primer usuario de un bien antes sin dueño tiene prioridad moral sobre los que lleguen después. También esto es un aspecto esencial de la teoría libertaria.

Siguiendo a Locke, Murray Rothbard y otros filósofos libertarios buscaron establecer una explicación moral y filosóficamente defendible de cómo la propiedad pasa a tener dueño. Locke sostuvo que los bienes de la tierra se habían poseído en común al principio, mientras que Rothbard, más razonablemente, sostuvo que ninguno los bienes al principio había tenido dueño, pero esta diferencia no afecta a su análisis. Locke está tratando de justificar cómo alguien puede quitar a un bien de la propiedad común para su uso individual y a Rothbard le interesa cómo alguien puede tomar un bien sin dueño y reclamarlo para su uso individual.

La respuesta de Locke será familiar. Advertía, antes que nada, que “todo hombre tiene la propiedad de su propia persona”. Por extensión, todo el mundo tiene justamente como propiedad aquellos bienes que ha mezclado con su trabajo. Cultivar tierra, coger una manzana; sea cual sea el caso, decimos que la primera persona en apropiarse de algo que estaba previamente en su estado de naturaleza sin propietario individual podría llamarse dueño a sí mismo.

Una vez que alguien se ha apropiado de un bien que estaba previamente en estado de naturaleza, su dueño no tiene que continuar trabajándolo o transformándolo para mantener su título de propiedad. Una vez ha tenido lugar el proceso original de apropiación, los futuros dueños pueden adquirir la propiedad sin mezclar su trabajo con ella (lo que en este momento sería un allanamiento), sino comprándola o recibiéndola como regalo del propietario legítimo.

Como he dicho, sentimos intuitivamente la justicia en el centro de toda esta norma. Si el individuo no se posee a sí mismo, entonces ¿qué otro ser humano lo hace? Si el individuo que transforma algún bien que previamente no tenía ningún título concreto de propiedad no tiene un derecho a ese bien, entonces ¿qué otra persona debería tenerlo?

Además de ser justa, esta regla también minimiza los conflictos. Es una regla que todos pueden entender, basada en principios que se aplican a todos por igual. No dice que solo los miembros de una raza o nivel de inteligencia concreto puedan poseer propiedades. Y es una regla que elimina definitivamente reclamaciones de propiedad de una manera que todos pueden entender y que mantiene las disputas en el nivel mínimo.

Las alternativa al principio de primer usuario, primer ocupante son pocas y no ayudan demasiado. Si no es el primer usuario, entonces ¿quién? ¿El cuarto usuario? Pero si solo el cuarto o el duodécimo usuario es el justo propietario, solo el cuarto o el duodécimo usuario tiene derecho a hacer algo con el bien. Eso es la propiedad: la capacidad de disponer de un bien como se desee, siempre que al hacerlo el propietario no daño a otro. Asignar el título de propiedad mediante un método como, por ejemplo, la declaración verbal no haría nada por minimizar el conflicto; la gente se gritaría en vano, reclamando cada uno la propiedad del bien en cuestión y la resolución pacífica del conflicto resultante parece imposible.

Estos principios son fáciles de entender y, como he dicho, implican ideas morales que prácticamente todos afirman compartir.

Y aquí está la paradoja libertaria. Los libertarios parten de estos principios básicos compartidos en común y buscan solo aplicarlos coherentemente y por igual a todos. Pero aunque la gente afirma apoyar estos principios y aunque la mayoría de la gente afirme creer en la igualdad (que es lo que el libertario apoya aplicando principios morales a todos sin excepción), el mensaje libertario se convierte de repente en extremista, no razonable y no aceptable.

¿Por qué es tan difícil convencer a la gente de que ya creen implícitamente?

La razón no es difícil de encontrar. La mayor parte de la gente hereda una esquizofrenia intelectual del estado que le educa, los medios que le entretienen y los intelectuales que hacen propaganda.

A esto se estaba refiriendo Murray Rothbard cuando describía las relaciones entre el estado y los intelectuales. “La élite gobernante”, escribía,

ya sean monarcas del pasado o partidos comunistas del presente, tiene una desesperada necesidad de élites intelectuales que agiten apologías del poder del estado. El estado gobierno por decreto divino; el estado garantiza el bien común o el bienestar general; el estado no protege de los malvados de las montañas; el estado garantiza el pleno empleo; el estado activa el efecto multiplicador; el estado garantiza la justicia social, etcétera, etcétera. Las apologías varían con los siglos; el efecto es siempre el mismo.

¿Por qué a su vez los intelectuales proporcionan este servicio al estado? ¿Por qué ansían tanto defender, legitima y excusar a los pasillos del poder?

Rothbard tenía una respuesta:

Podemos ver lo que consiguen los gobernantes del estado de su alianza con los intelectuales, ¿pero qué consiguen los intelectuales? Los intelectuales son el tipo de gente que cree que, en el mercado libre, se les paga menos de lo que require su sabiduría. Ahora el estado está dispuesto a pagarles salarios, tanto por alabar el poder del estado como, en el estado moderno, por poblar los múltiples puestos de trabajo en el aparato social y regulatorio del estado.

Además de esto, la clase intelectual de la que nos estamos ocupando quiere imponer su visión, su patrón, a la sociedad. Frédéric Bastiat dedica buena parte de pequeño libro clásico La ley a este mismo impulso: la concepción del intelectual y el político como los escultores y de la raza humana como la arcilla.

Por tanto lo que se nos enseña desde todos los canales oficiales es algo como lo siguiente. Por el bienestar y la mejora de la humanidad, algunos individuos tiene que ejercitar poder sobre otros. En nosotros hay poco instinto filantrópico, si es que hay alguno. Cometeríamos el más vil de los delitos. El comercio se detendría, la innovación cesaría y los artes y las ciencias se olvidarían. La raza humana descendería a una condición demasiado degradada y abominable como para poder ser contemplada.

Por tanto una sola institución necesita un monopolio de la iniciación de la fuerza física y de la capacidad de expropiar a los individuos. Esta institución garantizaría que se sociedad de amolda de acuerdo con el patrón apropiado, que se logra la “justicia social” y que las aspiraciones más profundas de la humanidad tienen alguna posibilidad de cumplimiento.

Estas ideas están tan enraizadas en nuestras mentes que difícilmente se le ocurre a la mayoría de la gente siquiera pensar en ellas como propaganda. Es sencillamente la verdad del mundo, supone la gente. Es la forma en que son las cosas. No pueden ser de otra manera.

¿Pero qué pasa si pueden serlo? ¿Qué pasa si hay realmente otra forma de vivir? ¿Qué pasa si la esfera de la libertad no tiene que limitarse después de todo, sino que debe expandirse sin límites? ¿Qué pasa sui la presunción general contra el monopolio se aplica al gobierno igual que se hace con todo lo demás? ¿Qué pasa si el mercado libre, el creador más extraordinario de riqueza e innovación nunca conocido y el mecanismo más fiable y eficiente de asignación de recursos escasos, es también mejor al hora de producir los bienes que se nos ha dicho que tenemos que confiar al gobierno? ¿Y qué pasa si el estado, el mayor asesino en masa de la historia, la gran rémora del progreso económico y la institución que nos enfrenta en un juego de suma cero de saqueo mutuo, es algo que hace retroceder en lugar de avanzar en el bienestar humano?

Queda claro qué liberadora es esta filosofía política cuando nos damos cuenta de algunas de sus implicaciones.

Significa que los impuestos son una atrocidad moral, ya que implican la expropiación violenta a individuos pacíficos.

Significa que el servicio militar obligatorio es un eufemismo para un secuestro oficial.

Significa que las guerras del estado son casos de asesinatos masivos y que la suspensión de las normas morales habituales en las que insisten los cargos del estado durante el tiempo de guerra es un intento evidente de desviar los tipos normales de preguntas morales que se le podrían ocurrir cualquiera que no haya sido sometido a la propaganda pública.

Y significa que el estado no es el glorioso garante del bien público, sino, por el contrario, un parásito de los individuos a los que gobierna. Los anarquistas de izquierda se equivocan grotescamente al condenar al estado como el protector de la propiedad privada. El estado no podría sobrevivir sin su agresión contra la propiedad privada. No produce nada por sí mismo y solo puede sobrevivir debido a la fuerza productiva de aquellos a los que expropia.

El estado es lo opuesto al libre mercado en su ética y su comportamiento y aun así pocos defensores del mercado se molestan en examinar sus premisas. Continúan creyendo lo siguiente:

(1)   El mejor sistema social es uno en el que se respeta la propiedad privada, las personas son libres para intercambiar entre ellas y no se usa la coacción.

(2)   Es decir, hasta que se cuestiona la producción de ciertos bienes. Entonces necesitamos monopolio, coacción, expropiación, toma burocrática de decisiones… En otras palabras, la más indignante contradicción de los principios que afirmamos sostener.

Es verdad que puede que no sea fácil imaginar al principio la provisión de ciertos bienes en el mercado libre. Y en todo caso ¿no necesitamos alguien “al mando”?

Pero por la misma razón, debería ser igual de difícil imaginar el éxito del propio mercado libre: sin alguien al mando de las decisiones de producción, ¿cómo podemos esperar que los actores privados produzcan lo que quiere la gente, especialmente cuando se enfrentan a un número virtualmente infinito de posibles combinaciones de recursos, cada una de las cuales se demanda con diversos grados de intensidad por un número inimaginable de posibles procesos de producción? Pero esto es exactamente lo que ocurre en el mercado, sin alharacas, cada día.

Me ha sorprendido no solo la expansión del anarcocapitalismo (una evolución bastante sorprendente, pues va contra todo lo que se enseña a la gente que debe dar por sentado) sino asimismo los ataques a este. Pensaréis que como aún somos una diminuta minoría, ninguna revista importante se preocuparía de ir a por nosotros. Y aun así lo han hecho. ¿La razón? Porque se dan cuenta, como vosotros y yo, de lo que significan estas ideas.

Los libertarios han puesto sobre la mesa la crítica más radical del estado nunca planteada. Los marxistas afirmaban estar a favor de la desaparición del estado, es verdad, pero esto difícilmente puede tomarse en serio. El poder coactivo del estado desempeña un papel central en la transición marxista del capitalismo al socialismo. Como decía Rothbard:”es absurdo tratar de alcanzar la falta de estado a través de la maximización del poder estatal en una dictadura totalitaria del proletariado (o más realistamente una vanguardia selecta del llamado proletariado). El resultado solo puede ser el máximo estatismo y por tanto la máxima esclavitud”.

Y sin propiedad privada, ¿Cómo se tomarían las decisiones de producción? Por el estado, por supuesto. Solo que los marxistas no lo llamarían un estado. Rothbard de nuevo:

Así que, con la propiedad privada misteriosamente abolida, la eliminación del estado bajo el comunismo (…) sería necesariamente un mero camuflaje para un nuevo estado que aparecería para controla ry tomar decisiones para recursos de propiedad comunal. Excepto que el estado no se llamaría así, sino que sería renombrado como algo como “oficina estadística del pueblo” (…) Sería un pequeño consuelo para las víctimas futuras, encarceladas o fusiladas por cometer “actos capitalistas entre adultos maduros” (por citar una frase hecha popular por Robert Nozick), que sus opresores ya no fueran el estado, sino solo una oficina estadística del pueblo. El estado bajo cualquier otro nombre sonaría caústico.

Los conservadores del “gobierno limitado”, a su vez (que en la práctica están a favor de una enorme huella de gobierno, pero les daremos el beneficio de la duda), quieren reformar el sistema. Si probamos esto o aquello, podemos transformar un monopolio de la violencia y la expropiación en el manantial del orden y la civilización.

Los libertarios estamos a millones de kilómetros de cualquiera de estas opiniones. No vemos a los cargos públicos como “servidores públicos”. Qué triste es oír a los ingenuos conservadores hablar de volver a un tiempo en que el gobierno respondía ante el pueblo, cuyos cargos electos a su vez buscaban el bien público. La situación que afrontamos ahora, contrariamente a lo que estos conservadores tratan de creer, no es una desafortunada aberración. Es la triste norma.

Hay dos, y solo dos, versiones de la historia de la libertad y el poder. Una ve al poder, tal y como se manifiesta en el estado, como la fuente de progreso, prosperidad y orden. La otra atribuye a la libertad todas estas cosas buenas, junto con el comercio, la invención, la prosperidad, las artes y las ciencias, la superación de la enfermedad y la miseria y mucho más. Para nosotros, la libertad es verdaderamente la madre, no la hija, del orden.

Alguno protestará diciendo que es posible una tercera opción: una combinación juiciosa del estado y la libertad, puede decirse, es necesario para el florecimiento humano. Pero esto es simplemente una apología del estado, ya que da por sentado precisamente lo que discutimos los libertarios: que el estado sea la fuente indispensable de orden, dentro de la cual florece la libertad. Por el contrario, la libertad florece a pesar del estado y los frutos de la libertad que observamos a nuestro alrededor serían mucho más abundantes si no fuera por la mano muerta del estado.

Podemos encontrar aquí y allí precursores del anarcocapitalismo en la historia intelectual occidental: por ejemplo, Gustave de Molinari y, en Estados Unidos, Lysander Spooner, Benjamin Tucker y un puñado más. Pero ninguno los desarrolló completamente, lo aplicó coherentemente o lo ensambló en un sistema coherente antes de Rothbard. Fue Rothbard el que hizo un alegato extenso y sistemático del anarquismo de la propiedad privada, basado en la economía, la filosofía y la historia.

Muy poca gente tiene el valor o la originalidad de romper radicalmente con los sistemas existentes de pensamiento, mucho menos de crear el suyo propio. El valor y la originalidad eran las características propias de Rothbard. Si Rothbard se hubiera contentado con repetir la propaganda del estado, un hombre de su genio habría enseñado donde hubiera querido y disfrutado del prestigio y los privilegios de los más grandes de la academia. Rechazó hacerlo. Por el contrario, trabajo, a menudo ingratamente, para legarnos un sistema elegante (y masivo) de conocimiento del que podemos aprender y al que podemos añadir mientras avanzamos hacia el objetivo vital de Rothbard de una sociedad verdaderamente libre.

Podemos estar agradecidos por vivir en una época en la que la obra de Rothbard (despreciado, resistido y suprimido por los seguidores de la opinión oficial) está fácilmente disponible.

Y he aquí otra parte de la paradoja libertaria: aunque nuestra filosofía deriva de una sola proposición, el principio de no agresión, el desarrollo y las deducción sobre ese principio proporcionan una fuente inagotable de placer intelectual mientras exploramos cómo las características entremezcladas de la sociedad humana pueden funcionar juntas armoniosamente en ausencia de coacción.

La clase intelectual tiene sus tareas y nosotros tenemos las nuestras. Las suyas son confundir y ocultar; la nuestra es aclarar y explicar. La suya es oscurecer la mente; la nuestra es iluminarla. La suya es someter al hombre al dominio de los que violan los principios morales que todo pueblo civilizado afirma aceptar. La nuestra es emanciparlo de ese sometimiento.

Os dejo la paradoja libertaria final, que es esta: mientras que por un lado somos maestros de la filosofía de la libertad, mientras amemos y estimemos estas grandes ideas también seremos estudiantes. Continuad explorando y descubriendo, leyendo y escribiendo, discutiendo y convenciendo. El conocimiento y la mente son las herramienta de la gente libre.


Publicado el 25 de julio de 2013. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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