Un siglo misesiano

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[Este discurso se realizó el 26 de enero de 2013 en el Jeremy S. Davis Mises Circle en Houston, Texas]

En diciembre hará 100 años desde que el Congreso autorizó la creación del Sistema de la Reserva Federal. A lo largo de ese siglo, la Fed a disfrutado de apoyo bipartidista. Es otra forma de decir que la Fed nunca ha estado en el radar político hasta que Ron Paul rompió las reglas haciendo campaña real contra ella en 2007.

Se suponía que la Fed proporcionaría estabilidad al sector financiero y a la economía en su conjunto. Se supone que debemos creer que ha sido un éxito maravilloso. Una mirada a los titulares de los últimos cinco años muestra un veredicto poco amable sobre esta suposición pocas veces examinada.

El año pasado fuimos testigos de otro centenario importante: el centenario de la publicación del innovador libro de Ludwig von Mises, La teoría del dinero y del crédito, escrito cuando el gran economista tenía solo 31 años. Se estaba aproximando el fin de una era cuando este libro llegó al público. Un siglo de dinero fuerte, aunque con excepciones aquí y allá, se encaminaba a su fin. Había sido asimismo un siglo de paz, o al menos sin una guerra en todo un continente, desde el Congreso de Viena. Estas dos felices tendencias llegaron a un abrupto final por la misma razón: el estallido en 1914 de la Primera Guerra Mundial, el gran cataclismo de la civilización occidental.

Era como Mises tuviera un ojo en el pasado, hablando de los méritos de un sistema monetario que (aunque no era un laissez faire perfecto) había servido al mundo tan bien durante tanto tiempo, y otro en el futuro, al advertir de las consecuencias de entrometerse o abandonar ese sistema. Mises desmantelaba cuidadosamente las doctrinas inflacionistas que iban a devastar buena parte del mundo durante el siglo XX.

El libro se ocupaba de toda la extensión de la teoría monetaria, incluyendo el dinero y sus orígenes, tipos de interés, preferencia temporal, banca, crédito, inflación, deflación, tipos de cambio y ciclos económicos.

Lo más importante para nuestro tema de hoy era la advertencia de Mises a las autoridades monetarias mundiales de no suprimir el tipo de interés del mercado en nombre de la creación de prosperidad. El fracaso en seguir el consejo de Mises, de hecho la completa ignorancia o el abierto desafío a ese consejo, es la historia monetaria del siglo XX.

El acontecimiento económica más llamativo del siglo de la Fed fue sin duda la Gran Depresión. Se suponía que esta había desacreditado el laissez faire y la libre economía definitivamente. Se decía que la especulación salvaje había creado una burbuja bursátil y el declive de 1929 fue lo que supuestamente originó el mercado desregulado. Otros críticos dijeron que el problema había sido la injusta distribución de la riqueza del libre mercado: las masas empobrecidas sencillamente no podían permitirse comprar lo que tenían en venta las tiendas. En años posteriores, incluso los llamados librecambistas culparían de la Depresión a la muy poca intervención en el mercado por parte de la Reserva Federal. (Con amigos como estos, ¿quién necesita enemigos?)

Ludwig von Mises ofrecía una explicación distinta, igual que F.A. Hayek, Lionel Robbins y otros expertos trabajando en la tradición austriaca en aquellos tiempos. Murray Rothbard, en su momento, dedicaría su libro de 1962, America’s Great Depression, a un análisis austriaco de este episodio mal entendido.

El estudio de los ciclos económicos difiere del estudio de los malos tiempos económicos. Las condiciones económicas pueden ser malas debido a la guerra, a un desastre natural o a alguna otra calamidad que altere el funcionamiento normal del mercado. La investigación del ciclo económico no se interesa por esos tipos de condiciones. Busca entender el auge y declive económicos cuando no está presente ninguno de estos factores evidentes.

Mises se refería a su propia aproximación como teoría del crédito circulante del ciclo económico. Para nuestros propósitos, podemos describirla brevemente.

En el mercado libre, cuando la gente aumenta su ahorro, ese aumento del ahorro tiene dos consecuencias importantes. Primero, rebaja los tipos de interés. Estos tipos rebajados de interés, a su vez, hacen posible para empresarios realizar rentablemente  una serie de proyectos de inversiones a largo plazo, gracias a los bajos costes de financiación. Segundo, la acción de ahorrar y abstenerse así de gastar en bienes de consumo libera recursos que estos empresarios pueden utilizar para completar sus nuevos proyectos. Si los sectores de bienes de consumo ya no necesitan tantos recursos, como (como hemos estipulado al principio) la gente compra menos bienes de consumo, estos recursos liberados proporcionan los medios físicas para llevar a cabo los proyectos de producción a largo plazo que animan a empezar los tipos más bajos de interés.

Advirtamos que son las decisiones y acciones del público las que proporcionan los medios para esta expansión del capital. “Si la gente no proporciona estos medios”, explica Mises, “no pueden conseguirse por la magia de los trucos bancarios”.

Pero con “trucos bancarios” es precisamente como la Fed trata de estimular la economía. La Fed rebaja artificialmente los tipos de interés, sin un aumento en el ahorro por parte de la gente y sin una correspondiente liberación de recursos. La gente no ha hecho disponibles los medios adicionales de producción necesarios para hacer rentables los proyectos de producción a largo plazo. El auge por tanto se frustrará y el declive se convierte en inevitable.

En resumen, los tipos de interés en un mercado libre reflejan la voluntad de la gente de abstenerse del consumo inmediato y por tanto dejar recursos disponibles para la expansión empresarial. Dan al empresario una idea de lo lejos, y de qué manera, pueden expandirse. Los tipos de interés del mercado ayudan a los empresarios a distinguir entre los proyectos que son apropiados para el estado actual de disponibilidad del recurso y los que no lo son, proyectos que la gente está dispuesta a sostener con sus ahorros y proyectos que no.

El banco central hace confuso este proceso cuando interviene en el mercado para rebajar los tipos de interés. Como dice Mises:

La política de rebajar artificialmente el tipo de interés por debajo de su altura potencial en el mercado seduce a los empresarios para dedicarse a ciertos proyectos que la gente no aprueba. En la economía de mercado, cada miembro de la sociedad tiene su porción en la determinación de la cantidad de inversión adicional. No hay medio de engañar a la gente todo el tiempo alterando el tipo de interés. Antes o después tiene lugar la desaprobación de la gente a una política de sobreexpansión. Luego se desploma la estructura irreal de la prosperidad artificial.

Ninguno de estos ciclos será exactamente como cualquier otro. Roger Garrison dice que el auge artificial tenderá a acoplarse y distorsionar cualquier cosa importante que ocurra: por ejemplo, las acciones tecnológicas en la década de 1990 y la vivienda en el auge más reciente.

Con todo este aparato teórico como guía, Mises se convenció de que en la década de 1920 se estaban sembrando las semillas de un declive. No era una postura a la moda. Irving Fisher, un padrino de la economía neoclásica moderna y el hombre al que Milton Friedman calificó como el mayor economista estadounidense, no podía ver sino crecimiento continuo y prosperidad en su propio análisis de las condiciones económicas del momento. De hecho, las predicciones de Fisher a finales de la década de 1920, incluso en medio del crash, son rotundamente embarazosas.

El 5 de septiembre de 1929, Fisher escribía: “Puede haber una recesión en los precios bursátiles, pero nada del tipo de un crash (…) una posibilidad que no consigo ver”.

A mediados de octubre, Fisher decía que las acciones habían alcanzado una “meseta permanentemente alta”. Esperaba “ver la bolsa mucho más alta que hoy en pocos meses”. No sentía “que vaya a haber pronto, si es que lo hay, una caída de cincuenta o sesenta puntos por debajo de los niveles actuales”.

El 22 de octubre Fisher estaba hablando de “un mercado ligeramente bajista que mejorará el año que viene”. Con el mercado bursátil en crash y los valores desplomándose a su alrededor (con caídas mucho más severas de las que Fisher estaba dispuesto a admitir que fueran siquiera concebibles), Fisher, el 3 de noviembre insistía en que los precios de las acciones era “absurdamente bajos”. Pero irían mucho más abajo, cavando perdiendo un 90% de su valor máximo.

¿Qué había ido tan horriblemente mal? Fisher y sus colegas habían estado cegados por sus suposiciones, Habían estado mirando el “nivel de precios” y las cifras de crecimiento económico para determinar la salud de la economía. Concluían que la década de 1920 era un periodo de progreso económico sólido y sostenible y les pilló completamente por sorpresa la aparición y persistencia de la Depresión.

A Mises, por el contrario, no le engañó la década de 1920. Para Mies y los austriacos los agregados en bruto del tipo de los que consultaba Fisher no eran apropiados para evaluar la situación de la economía. Por el contrario, estas mediciones a nivel macro ocultaban los desajustes a nivel micro en toda la economía, que derivaban de la expansión artificial del crédito. La mala dirección de los recursos a proyectos insostenibles y la expansión o creación de etapas de producción que la economía no puede sostener no se muestran en las cifras de contabilización de la renta nacional. Lo que importa es que los tipos de interés se llevaron por debajo de los que habrían sido en otro caso, llevando así a la economía a una configuración insostenible que tenía que invertirse en un declive.

Así, Mises escribía en 1928:

Está claro que la crisis debe llegar antes o después. También está claro que la crisis siempre debe ser causada, principal y directamente, por el cambio en la conducta de los bancos. Sin embargo, si hablamos de error por parte de los bancos, debemos apuntar a lo incorrecto que hicieron estimulando la subida. El defecto reside, no en la política de aumentar el tipo de interés, sino solo en el hecho de que se aumentó demasiado tarde.

Un vez golpeó la crisis, Mises mostró cómo su teoría de los ciclos económicos explicaba lo que estaba ocurriendo. Si la gente pudiera entender cómo se había producido el crash, esperaba Mises, era menos probable que exacerbaran el problema con políticas públicas contraproducentes.

“Las causas de la crisis económica” fue el título de una comunicación de Ludwig von Mises enviada a finales de febrero de 193 a un grupo de industriales alemanes. Fue desconocida por las audiencias angloparlantes hasta 1978, cuando se publicó como un capítulo en una colección de ensayos de Mises llamada On the Manipulation of Money and Credit. El Instituto Mises publicó una nueva edición de estos ensayos en 2006 bajo el título The Causes of the Economic Crisis: And Other Essays Before and After the Great Depression.

En ese ensayo, Mises era característicamente agudo al describir las causas de la Gran Depresión, así como en sus advertencias de que esa crisis se repetiría mientras las autoridades continuaran siguiendo los mismos cursos destructivos de acción.

La  crisis que estamos sufriendo ahora es (…) el resultado de una expansión del crédito. La crisis actual es una secuela inevitable de un auge. Una crisis así sigue necesariamente a todo auge generado por el intento de reducir los “tipos naturales de interés” mediante el aumento de los medios fiduciarios [en otras palabras, creando dinero de la nada].

Como hemos visto hoy en este evento, la crisis cuyos destrozos vemos ahora mismo a nuestro alrededor, una crisis que empezó en 2008, se origina en las mismas intervenciones contra las que advertía Mises hace un siglo. A Mises no le habría sorprendido el Pánico de 2008. En 1931, advertía de una recurrencia de los ciclos de auge-declive si no se abandonaba la política de tipos de interés artificialmente bajos:

La aparición de crisis económicas periódicamente recurrentes es la consecuencia necesaria de intentos repetidamente renovados de reducir los tipos “naturales” de interés en el mercado por medio de una política bancaria. Las crisis nunca desaparecerán mientras los hombres no hayan aprendido a evitar ese cebado de la bomba, porque un auge estimulado artificialmente debe inevitablemente llevar a la crisis y la depresión. (…)

Todos los intentos de salir de la crisis con nuevas medidas intervencionistas están completamente mal dirigidos. Solo hay una salida de la crisis. (…) Abandonar las políticas que buscan establecer tipos de interés, salarios y precios de materias primas distintos de los que indica el mercado.

En la década de 1920 como ahora, la opinión de moda no podía ver llegar ninguna crisis importante. Entonces como ahora, se aseguraba a la gente que los expertos de la Fed estaban suavizando las fluctuaciones económicas y merecía alabanza por proporcionar una prosperidad sin precedentes. Y entonces como ahora, cuando llegó el declive, se culpó al libre mercado de lo que había causado la Reserva Federal.

Es adecuado que un siglo de Reserva Federal deba llegar a su fin en un momento de crisis económica e incertidumbre, con el liderazgo del banco central confundido y en desorden después del fracaso de la economía a responder a dosis sin precedentes de intervención monetaria. El siglo de la Fed ha sido un siglo de depresión, recesión, inflación, burbujas financieras y banca insensata y su legado es el precipicio junto al que descansa ahora precariamente nuestra economía.

Frente a un descarrilamiento a cámara lenta ante el que se siente incapaz de detener, la gente se pregunta qué puede hacer.

No hay respuestas fáciles, es verdad. Pero una cosa es segura: no habrá progreso son la divulgación de conocimiento.

Espero que seáis parte del momento crucial e histórico que hay ante nosotros.

Gracias en buena medida a Ron Paul, en años recientes a habido un reavivamiento espectacular del interés sobre la escuela austriaca de economía y en particular su teoría del ciclo económico. Es una evolución profundamente significativa y muy bienvenida. Hasta hace poco, incluso los defensores del mercado libre habían ignorado en buena medida a la Reserva Federal o incluso habían pensado en ella como una fuerza potencialmente estabilizadora en la economía capitalista. La posibilidad de que sus intervenciones en el mercado puedan haber sido en realidad desestabilizadoras y causa del ciclo de auge y declive, apenas se oía en ninguna parte. Si decías una cosa así en una conferencia claramente de libre mercado, las posibilidades eran pequeñas de que aparecieras en el programa del año siguiente.

Sin embargo, durante 30 años el Instituto Mises se ha dedicado a seguir la ciencia económica en la tradición austriaca. Hemos advertido contra el daño económico causado por la banca central en un momento en el que el mensaje no pudo estar menos de moda. Pero ya habéis visto algunos de los resultados de nuestro trabajo este fin de semana: tres de nuestros portavoces (Peter Klein, Bob Murphy y Tom Woods) salieron de los programas del instituto durante sus años universitarios.

Pero ahora, con la muy aumentada demanda de lo que ofrecemos, queremos redoblarlo. Arriba.

Nuestro objetivo principal es desarrollar lo que estamos llamando Operación Ron Paul. Queremos equipar a las masas de jóvenes llevadas a la escuela austriaca por el trabajo heroico de Ron con las habilidades, recursos y conocimiento que necesitarán para mantener con vida y creciendo el mensaje de la escuela austriaca de Ron.

También estamos desarrollando un Proyecto de Crisis Económica, para estar listos ahora y cuando se produzca el siguiente acontecimiento, con las explicaciones intelectuales y populares de lo que pasó y qué hacer con él.

Lo que resulta atractivo de la economía de mercado no es simplemente lo que logra materialmente: niveles de vida cada vez mayores, prosperidad para las masas que los monarcas más exaltados del pasado apenas podrían  haber imaginado para sí mismos y la capacidad de soportar poblaciones más grandes de las que nadie hubiera soñado hace siglos. Todo esto es motivo de celebración, sin duda. Pero lo que muestra el bello orden del mercado son los logros asombrosos, casi milagrosos, de la humanidad por medio de la cooperación voluntaria y sin la violencia del estado o de un líder exaltado ordenando a la gente a su alrededor.

Frente a este maravilloso espectáculo, el banco central privilegiado por el gobierno es una anomalía grotesca. Decir que necesitamos un monopolio creado políticamente para crear dinero, el producto que constituye la mitad de toda transacción que no sea un trueque, es decir que la economía de mercado no es después de todo tan impresionante o eficaz. Si debemos recurrir a un monopolio especialmente privilegiado para crear este producto tan esencialísimo y si a ese monopolio se le da igualmente la tarea de dirigir la economía para maximizar empleo y producción, estamos por principio abandonando la defensa del libre mercado y reconociendo el valor de la planificación centralizada.

No necesitamos en absoluto ese monopolio, como dejan claro las obras de los economistas austriacos, y no necesitamos ninguna forma de planificación centralizada. Necesitamos el libre mercado, que es otra forma de decir que necesitamos dejar que la gente tome sus propias decisiones, realice los acuerdos que elija y se le garantice su propiedad privada.

La escuela austriaca está disfrutando de su auge más espectacular en crecimiento de toda su historia. Una generación de jóvenes inteligentes está leyendo todo lo que puede hallar sobre economía austriaca. El diagnóstico austriaco de la crisis económica está tan extendido que incluso los escritores y economistas del establishment se han visto obligados a atenderlo.

Asegurémonos de que este auge no decaiga. Si construimos a partir de estos éxitos tempranos, si llevamos adelante el mensaje de la escuela austriaca incansable y valientemente, podemos hacer de los próximos cien años un siglo misesiano de paz, dinero fuerte y libertad. Por favor, uníos a nosotros.


Publicado el 5 de febrero de 2013. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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