Introducción al ciclo económico

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A veces es doloroso leer la prensa económica y nunca más que durante una recesión económica. Los reporteros dan explicaciones a trompicones. Citan a analistas de bolsa, políticos, operadores, otros periodistas e incluso, de vez en cuando, economistas de la universidad. Pero nunca parecen llegar a algo que se aproxime a una explicación.

¿Y están tratando exactamente de explicar? En cualquier momento concreto en una disposición económica regular, algunos negocios consiguen el éxito y otros fracasan. Los trabajadores pasan de una empresa y sector a otro. Es un retrato de una economía dinámica de mercado en la que los recursos se abren paso hacia sus usos más productivos.

Lo que es inusual es cuando los fracasos empresariales y despidos se producen en bloque, como si muchos empresarios normalmente inteligentes, en el mismo periodo de tiempo, resultan tomar una serie de malas decisiones. Es la coincidencia de estas malas decisiones, estos errores de inversión que vienen juntos para amenazar con la recesión, lo que requiere una explicación.

Y sin duda, si pretendes examinar los méritos de las diversas medidas contra la recesión, indudablemente necesitas una explicación de qué produce las recesiones. Ahora mismo, la propuesta de teoría más común tiene algo que ver con la confianza del consumidor. A la prensa le gusta esto, probablemente porque fue la teoría de la administración Clinton de por qué, día a día, la economía se fue debilitando en los últimos meses de 2000.

La idea es esta. Si los consumidores creen que la economía va hacia abajo, podrían ahorrar en lugar de gastar. El sector empresarial, afligido por los mismos temores, no invierte. Las dos fuerzas se unen para crear un declive en la demanda general de bienes y servicios y lo siguiente que sabes es que estás dentro del desastre económico.

¿Vale entonces algo este “teoría del ánimo” de la recesión? Como ha apuntado Frank Shostak, esta teoría implica que la realidad económica subyacente no tiene ninguna importancia. El que seamos ricos o pobres depende de nuestro estado colectivo de ánimo. Una recesión no es sino un mal humor nacional.

Con la misma teoría, podrías afirmar que el auge económico de la década de 1990 fue el resultado del ánimo alegre de los cargos del gobierno. Y tal vez, basándose en esta idea, la mejor manera de evitar recesiones sea apagar nuestras radios, televisores y computadoras. Deberíamos sentarnos y meditar sobre las notas de prensa del gobierno. Esto mantendría el auge.

Caramba, tal vez podamos usar nuestro ánimo para una prosperidad perpetua. Con que supiéramos las palabras mágicas, podríamos imprimirlas en un libro y enviarlas al mundo en vías de desarrollo donde todos puedan usar su ánimo para prosperar también. Tal vez debería haber condenas de prisión para los negacionistas, que, después de todo, amenazan el bienestar nacional.

¿Suena absurdo? Por supuesto. Pero la prensa económica, desgraciadamente sin formación en teoría económica e inevitablemente tendenciosa, lo cuenta tal cual, como si los que defienden la teoría del ánimo del ciclo económico no pudieran tener un fin político en mente. Y ese fin es evidente: negar la realidad de la situación y promover una ilusión.

Otra teoría que hay por ahí es la de que los ciclos económicos son como la teoría de Clemenza de las guerras de familias en El Padrino I: “Esto va a pasar cada cinco años más o menos, diez años, ayuda a librarse de la sangre mala”. Y  a veces parece haber alguna verdad superficial en la idea. Pero decir que algo ocurre en ciclos no lo explica: es solo observar lo evidente.

La teorías del ciclo económico son legión y van y vienen. Pero la única explicación que ha resistido la prueba del tiempo se expuso por primera vez en 1912, en la obra maestra de Ludwig von Mises, La teoría del dinero y del crédito. Desarrollos de la teoría, por Mises y su alumno Hayek en la década de 1930, culminaron la teoría austriaca del ciclo económico.

La teoría empieza observando el profundo efecto que tienen los tipos de interés en las decisiones de inversión. Dejados al mercado, los tipos de interés están determinados por la oferta de crédito (un espejo de la tasa de ahorro) y la voluntad de tomar riesgos en el mercado (un espejo del retorno de capital). Lo que desencaja esto es la manipulación del banco central.

Cuando la Fed alimenta la economía con crédito artificial rebajando los tipos de interés, estimula las inversiones en proyectos que acaban no dando resultado. En este auge económico, las burbujas high-tech y dot-com aparecieron debido a una década de crecimiento sostenido del dinero mediante tipos de interés más bajos. Cuando la Fed pisó el freno para impedir que los precios aumentaran, generó una liquidación y por tanto una recesión.

Lo que es difícil de entender es lo que no puede verse. Solo porque los precios no suban no significa que esté bajo control la oferta monetaria. Solo porque gente en algunos sectores se esté haciendo rica no significa que la prosperidad pise suelo firme. Solo porque la bolsa esté subiendo no significa que la arquitectura de la inversión (por usar la expresión de Jim Grant) esté funcionando bien.

La teoría está fuertemente respaldada por los datos. La subida de las dot-com coincidió con una subida de la oferta monetaria, empezada en 1995. La oferta monetaria (la MZM de la Fed) se estabilizó ligeramente en 1996 y empezó a dispararse de nuevo en 1997, con un máximo de un 15% de aumento en enero de 1999. La tasa de aumento empezó a caer precipitadamente desde entonces, disparando una muy necesaria liquidación. La oferta monetaria medida en MZM empezó en 3,2 billones de dólares en 1997 y se encuentra hoy en 4,7 billones. Está claro que los juicios de inversores y empresarios se vieron distorsionados por inyecciones masivas de dinero y crédito.

Ahora mismo, la opinión convencional dice que la Fed debería inundar la economía con dinero y crédito. Pero, como podemos ver, es precisamente esta vía la que creó los problemas. Además, Japón probó este truco en la década de 1990, rebajando los intereses incluso hasta cero, sin producir efectos.

Ningún economista austriaco se sorprendió cuando las drásticas intervenciones de la Fed no produjeron ningún efecto duradero en los mercados. Clemenza tenía razón en esto: hay mala sangre en la economía y tiene que extraerse.

Hay dos maneras de hacer las recesiones más fáciles de soportar. Recortar impuestos es una de ellas. Librarse de regulaciones de obstaculizan a las empresas es otra. El propósito de estos esfuerzos no es estimular la demanda (como parecen pensar los consejeros de Bush) sino librar al empresario y permitir al público consumidor más libertad de elección.

Pero esta teoría es a la vez demasiado compleja y demasiado clara para que la entiendan la mayoría de los periodistas económicos. No les interesa leer un viejo tratado polvoriento sobre teoría monetaria. Me temo que tampoco los consejeros de Bush. Pero al menos las intuiciones de Bush van por buen camino. Un recorte fiscal grande e inmediato no detendrá el descenso, pero ayudará a proporcionar al pueblo estadounidense un colchón sobre el que caer, así como una base para el futuro.


Publicado el 8 de febrero de 2001. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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