El olvido de la escuela de Bastiat por los economistas de habla inglesa

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[Este artículo se publicó originalmente en 2001 en el Journal des économistes et des études humaines 11 (2/3): 451-495]

Frédéric Bastiat fue un miembro de la escuela liberal francesa, que dominó absolutamente la economía en Francia desde el principio del siglo XIX hasta la década de 1880 y continuó ejerciendo una fuerte influencia intelectual hasta las vísperas de la Primera Guerra Mundial. No fue ni el fundador de la escuela ni su teórico más profundo, ni siquiera el defensor más coherente de las implicaciones del laissez faire de sus teorías económicas. Fue sin embargo el exponente mejor dotado de sus doctrinas político-económicas, y como tal, es el economista asociado con esta escuela cuya nombre evoca el mayor reconocimiento entre economistas anglo-americanos contemporáneos. Por eso me refiero a la “escuela de Bastiat”.

En un artículo anterior, detallaba la profunda influencia que tuvo la escuela liberal francesa en el desarrollo de la teoría económica del siglo XIX, no solo en Francia y otros estados del continente, particularmente en Italia, Alemania y Austria, sino asimismo en Estados Unidos, Gran Bretaña y Australia (Salerno 1988, pp. 113-156).

En este artículo también criticaba los intentos de varios economistas familiarizados, si no simpatizantes de la escuela liberal francesa, incluyendo a Joseph Schumpeter, Karl Pribram y Peter Groenewegen, de explicar su casi completo olvido por los economistas e historiadores del pensamiento anglo-americanos después de la Primera Guerra Mundial. Sus explicaciones se reducían a tras afirmaciones principales. Primera, los líderes de la escuela que sucedieron a su fundador, J.-B. Say, escribieron brillantes exposiciones de la doctrina recibida, pero fueron incapaces de iniciar o absorber innovaciones analíticas. Segundo, como consecuencia de su esterilidad analítica, la escuela no consiguió participar en el desarrollo y difusión de las ideas marginalistas durante las tres décadas de fermento doctrinal que llevaron a la Primera Guerra Mundial. Finalmente, la oposición intransigente y completa de la escuela no solo al socialismo sino a casi cualquier forma de intervención pública en la economía, llevó a los críticos a rechazar la escuela como poco más que apologistas de un liberalismo extremo de laissez faire. Esto reforzó la imagen de los economistas liberales como meros exponentes y panfletarios, irrelevantes para cualquier explicación del desarrollo de la teoría económica pura en el siglo XIX.

Sin embargo, como argumentaba en mi anterior artículo, estas primeras explicaciones dejaban de reconocer y ocuparse en absoluto del grado de influencia de la escuela liberal francesa en importantes teóricos económicos a lo largo del siglo XIX, incluyendo eminentes marginalistas continentales como Böhm-Bawerk, Cassel, Wicksell y Pareto. Concluía mi artículo apuntando que una vez que se reconocía sus contribuciones al desarrollo de la teoría económica,

entonces se viene abajo inmediatamente el intento de Schumpeter y otros intelectuales de explicar el olvido anglo-americano de la escuela liberal debido a la esterilidad o indiferencia analítica de esta última. Aunque no se ha proporcionado una explicación alternativa, se ha realizado un progreso considerable cambiando radicalmente el enfoque de la investigación de los supuestos defectos analíticos de la escuela liberal a la identificación de factores institucionales que han impedido el reconocimiento por (la mayoría de) los economistas de habla inglesa del importante contenido teórico de la economía liberal (Salerno 1988, p. 143).

En el presente trabajo, seguiré este hilo investigador donde lo dejé en el artículo anterior. Explicaré que la tendencia anglo-americana a disminuir o desechar completamente las contribuciones de l escuela liberal a la teoría económica técnica derivan de desarrollos institucionales peculiares que acompañaron a la profesionalización de la economía en Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos.

Es significativo que el peculiar entorno no académico en el que floreció la escuela liberal francesa durante los tres primeros cuartos del siglo XIX se vio revolucionado, casi de la noche a la mañana por los cambios institucionales radicales impulsados por el gobierno francés al final de la década de 1870. De un solo golpe, estos cambios reforzaban a una escuela rival en cátedras universitarias recién creadas  y altamente prestigiosas en toda Francia, profesionalizando la economía francesa y eliminado de la poco académica escuela liberal de su indiscutida autoridad intelectual. Esto engendró un intenso y amargo conflicto doctrinal entre la escuela liberal y la autoproclamada “nueva escuela”, liderada por Charles Gide. Paradójicamente, esta última escuela no era “nueva” en absoluto y nunca hizo ninguna contribución original a la teoría económica. Por el contrario, reunió una mezcla ad hoc de un moderado historicismo alemán y clasicismo británico que usó como arma teórica para atacar el programa de laissez faire de los economistas liberales y defender, si no la socialización abierta de los medios de producción, sí una amplia intervención gubernamental en la economía de mercado.

Sin embargo, la verdadera naturaleza de la polémica se mostraba deliberadamente de una forma distinta por los defensores de la nueva escuela, especialmente por Gide, en sus diversos libros traducidos al inglés, así como en los numerosos artículos de investigación, notas, reseñas de libros y obituarios que publicaron en revistas en inglés desde principios de la década de 1880 hasta la década de 1920. En estas publicaciones, la escuela liberal (o escuela “ortodoxa” u “optimista” como era calificada burlonamente en estos escritos) se retrataba como una secta reaccionaria e ideológica de panfletistas y polemistas aficionados, que trataban obsesionadamente de suprimir el socialismo y el proteccionismo y tenían poco que ver con el desarrollo de la teoría económica técnica. Por el contrario, la nueva escuela se mostraba como un grupo cosmopolita de teóricos libres de valores que estaba abierto a las nuevas tendencias en teoría económica representadas por el marginalismo, el historicismo y la economía matemática.

En el Capítulo 2 de este trabajo detallo los desarrollos institucionales y doctrinales relevantes en Francia. Los capítulos 3 y 4 describen los desarrollos institucionales y doctrinales en Gran Bretaña y Estados Unidos respectivamente, que inclinaron a los economistas anglo-americanos en este periodo formativo de la economía moderna a aceptar tal cual la caracterización de la escuela liberal propagada por sus cáusticos rivales doctrinales. El Capítulo 5 revisa las publicaciones importantes en inglés tanto de economistas de la nueva escuela como liberales y muestra cómo influyeron crucialmente en las actitudes anglo-americanas hacia la escuela liberal.

La situación en Francia

Antes de 1878, la escuela liberal dominaba la formación económica existente en Francia, así como los principales órganos de propagación de ideas económicas ante el público en general.[1]

Antes de 1878 no había formación formal en economía política en el sistema de la universidad francesa. Al ser reconstruidas por Napoleón, las universidades francesas comprendían solo cuatro facultades: derecho, medicina, ciencias y letras. Sin embargo existían cátedras de economía política fuera del sistema universitario. La primera y más prestigiosa cátedra fue instituida en el Collège de France en 1831 y fue ostentada sucesivamente por Say, Pellegrino Rossi, Michel Chevalier y el yerno de este último, Paul Leroy-Beaulieu, todos miembros de la escuela liberal. El Collège de France, sin embargo, era básicamente una institución ceremonial, que realizaba cursos de conferencias de varias disciplinas abiertas al público. No tenía un grupo regular de alumnos ni un programa formal, no tenían exámenes ni daba títulos. Se creó más tarde una cátedra en historia de las doctrinas económicas en el Collège y se concedió al discípulo de Bastiat, Henri Baudrillart, al que sucedió en el puesto su compañero economista liberal, Émile Levasseur.

También existían cátedras de economía política en diversas escuelas técnicas y profesionales. Se instituyó una cátedra de economía industrial en 1820 en el Conservatoire des Arts et Métiers, una escuela industrial inaugurada durante la Revolución Francesa, pensada para familiarizar a empresarios y trabajadores con nuevas técnicas e invenciones.[2] El primer titular de la cátedra fue de nuevo Say y fue sucedido por los economistas liberales Jerome Adolphe Blanqui y, depsués, Léon Wolowski (en una redenominada cátedra de legislación industrial). Antes de suceder a Say en el Conservatoire, Blanqui tenía la cátedra de la École Supériere de Commerce, donde, tras su marcha, fue sucedido por su cuñado, el economista liberal Joseph Garnier. Garnier recibió posteriormente nombramientos simultáneis para enseñar economía en la École des Ponts et Chaussées y la École Comerciale de l’Avenue Trudaine. Sin embargo, la formación económica en todas estas instituciones tendía a ser importancia secundaria y orientada a asuntos prácticos y, por tanto, las ideas y doctrinas de la escuela liberal se divulgaban principalmente mediante organizaciones y publicaciones no académicas.

El centro intelectual de la escuela liberal estaba localizado en el Institute de France, la institución más influyente en la vida intelectual francesa contemporánea. El Institute comprendía seis secciones o “academias”, incluyendo la Academia Francesa de Literatura. La economía política era una subsección de la Academia de Ciencias Morales y Políticas y tenía ocho miembros, todos partidarios de la escuela liberal.

La investigación de la economía liberal estaba subvencionada y estimulada directamente por el Institute mediante competencias anuales de ensayo que daban a los ganadores no solo magníficas recompensas pecuniarias, sino asimismo el prestigioso título de Laureat de l’Institut. Se animaba a los laureados a avanzar en su investigación mediante dinero en premios ofrecido en competiciones regulares de ensayo y la eventual perspectiva de que un laureado se distinguiera en estas competencias como para recibir permiso para “comunicar” con los miembros del Institute. Esta comunicación incluía una presentación oral del laureado en una reunión de la sección de Ciencias Morales y Políticas. La presentación oral era el primer paso imprescindible con el que el laureado desarrollaba una candidatura para su objetivo final: la admisión como miembro vitalicio del Institute.

No hace falta decir que el dominio total de la Academia de Ciencias Morales y Políticas por economistas liberales aseguraba que los laureados y candidatos tuvieran una disposición favorable hacia la doctrina liberal. Así que el honor y la gloria de ocupar un asiento entre los “inmortales” de la Academia Francesa, sostenidos entretanto por una renta casi semi-regular de la escritura de ensayos, era una poderosa herramienta en el reclutamiento y desarrollo de intelectuales en la tradición liberal.

Varias instituciones importantes más ayudaban a cultivar y sostener la influencia de la escuela liberal. Estaba la Société d’Économie Politique, que se fundó en 1842 y tenía como miembros electos casi exclusivamente a economistas y periodistas liberales. La escuela liberal también controlaba el Journal des Économistes. Fundado en 1841, fue la primera revista económica del mundo y la única de Francia hasta 1875. Fue editada durante la Primera Guerra Mundial sucesivamente por tres eminentes economistas liberales: Garnier, Gustave de Molinari e Yves Guyot. Una reseña de asuntos económicos para el hombre corriente, desde una perspectiva liberal, Économiste Francaise, que seguía el modelo de la revista británica, The Economist, emepezó a publicarse en 1873, bajo la larga dirección de teórico posteriormente más renombrado de la escuela liberal, Leroy-Beaulieu.

Librairie Guillaumin era la mayor editorial de libros  de economía en Francia durante este periodo. Publicaba casi exclusivamente obras de orientación liberal y también servía como base formación y fuente de ingresos  para economistas liberales aspirantes, a los que empleaba como editores. Aunque dirigida formalmente por dos hermanas, parece que los asuntos financieros de la editorial estaban controlados por un grupo oculto de importantes economistas liberales. Una de las publicaciones más influyentes que salió de la imprenta de Librairie Guillaumin fue el Dictionaire d’Économie Politique, publicado en 1852-1853 bajo la edición de dos economistas liberales, Charles Coquelin y Garnier. El revisado Nouveau Dictionaire d’Économie Politique fue realizado por el mismo publicador en 1890-1892 y uno de sus editores fue Léon Say, nieto de J.-B. Say y conocido economista liberal y eminente estadista financiero.

A pesar de su posición institucional dominante en la economía francesa, la escuela liberal encontraba una oposición extensa a sus doctrinas incluso en la cumbre de su autoridad. De hecho el apoyo explícito y sin ambages de la escuela a las políticas de laissez faire siempre ha provocado un agrio antagonismo desde un amplio espectro de facciones ideológicas y grupos de intereses especiales en la sociedad francesa. Como apuntaba Gide, un observador contemporáneo que no simpatizaba con la escuela liberal: “Creencias religiosas, agitación revolucionaria, intereses materiales, especulaciones filosófica, todo aparentemente combinado para trabajar contra [la escuela liberal] (…) Desde su nacimiento, por decirlo así, la escuela liberal se ha visto obligada a combatir a los conservadores del antiguo régimen, a los socialistas y a los proteccionistas” (Gide 1890, p. 629).

Pero esos retos a la autoridad de la escuela en su mayor parte se limitaban al ámbito de política económica; en el campo de la teoría económica, la preminencia de la escuela permaneció indiscutible hasta finales de la década de 1870. En 1878 se produjo una reforma en el sistema de la universidad francesa que llevó directamente a la usurpación del ascendiente institucional de la escuela en la formación e investigación económicas. El acontecimiento trascendental fue el establecimiento por el gobierno francés de una cátedra de economía política en cada una de las facultades de derecho.

Hacía mucho que los economistas liberales lamentaban la carestía de formación económica en las universidades francesas. Por ejemplo, en 1859, Chevalier lamentaba que:

Sabemos que Francia es, de todos los países de Europa, o de la cristiandad, aquel en el que se enseña menos economía política. No hay sino dos profesorados: uno público, el del Colegio de Francia y el otro restringido a una clase especial de funcionarios asociada al Consejo de Trabajo. En todos los demás sitios, ya sea en Europa o en América, cada universidad tiene al menos una cátedra de economía política; esto pasa tanto en Rusia como en Inglaterra, en Prusia y en España. El pequeño reino de Portugal tiene tres profesores de economía política (Chevalier 1859, pp. 10-11 np.).

Escribiendo desde un perspectiva decididamente antiliberal, Leon Walras también e quejaba amargamente acerca de la falta de oportunidades para economistas en las universidades francesas: “El contexto científico, en lo que se refiere a la economía política, era bastante penoso. Había poco a lo que aspirar, en toda Francia solo había tres codiciados puestos de profesor y ocho escaños como miembros de la Academia, todos estos puestos estaban firmemente en manos de la escuela ortodoxa [es decir, la escuela liberal]” (citado en Alcouffe 1989, p. 330).

En 1863, los representantes de la escuela liberal pidieron al gobierno en la persona de Victor Duruy, Ministro de Instrucción Pública de Napoléon III, crear cátedras de economía política en cada una de las facultades de derecho de Francia. En respuesta, Duruy, que era un reformista liberal moderado y simpatizante de la escuela liberal, creó una cátedra en la Facultad de Derecho de París, pero no dio fondos para financiar cátedras en todas las facultades de derecho del Segundo Imperio. Además, según uno de sus biógrafos, Duruy consideraba a esta su reforma más importante de la educación legal, porque “introducía una disciplina académica que ayudaría a vacunar a los jóvenes contra los ‘peligrosos sueños utópicos’ que habían atraído a tantos en 1848” (Horvath-Peterson 1984, p. 188).

Por desgracia para la escuela liberal, la evaluación de Duruy de las ramificaciones de su reforma no podía haber estado más lejos de la realidad. Pues, como veremos luego, en lugar de “vacunar” a la profesión legal contra el virus del socialismo, la reforma sirvió para extender el contagio del historicismo alemán a la profesión económica y socavar los mismos fundamentos institucionales de la teoría económica liberal que había operado hasta entonces como baluarte contra el socialismo. Así que a la escuela liberal, que, en flagrante contradicción con sus propios principios político-económicos, había hecho una campaña larga y dura por una solución de Estado a un problema educativo percibido le había salido el tiro por la culata.

Duruy fue cesado de su cargo en 1869, pero en marzo de 1877 el gobierno decretó que se enseñaría economía política en cada una de las trece facultades de derecho en Francia y que todos los alumnos estarían obligados a cursar la asignatura. Cuando era inminente la implantación de esta reforma, la escuela liberal empezó a designar candidatos para las cátedras recién creadas. Sin embargo, la escuela había olvidado un detalle importante que fue su perdición: Los estatutos de la universidades dictaban que cualquier cátedra en una facultad de derecho solo podía cubrirse por un agrégé en droit. El grado de agrégé en droit era el máximo conferido por la facultad de derecho y requería dos o tres años de estudios después del doctorado en derecho dedicados exclusivamente al derecho romano y francés como preparación para una serie de exámenes de oposición (concours de l’agrégation).

Ninguno de los candidatos liberales era un agrégé y solo dos o tres eran docteurs en droit, a los que en raros casos se les permitía asumir cátedras en las facultades de derecho. Por consiguiente, la mayoría de las nuevas cátedras fueron otorgadas a abogados y juristas, generalmente profesores de derecho administrativo o mercantil sin formación en absoluto en economía política. Cuando se familiarizaron con la economía estos hombres estuvieron predispuestos por su formación en derecho a rechazar los métodos, teorías y políticas expuestos por la escuela liberal en favor de los que defendía la escuela histórica alemana.

El más importante de estos economistas de la facultad de derecho, Gide (1890, p. 631), daba una explicación franca y convincente de su predisposición:

Sus estudios legales, sobre todo en derecho romano, les habían familiarizado con la literatura romanista alemana, y especialmente con la escuela histórica de jurisprudencia de la cual era Savigny su representante más conocido. Estaban por tanto inclinados naturalmente a consultar la literatura económica alemana y dispuestos a entender y aprobar el mismo método histórico aplicado a la economía (…) Además, (…) un joven que haya estudiado derecho seriamente durante diez años tiende naturalmente a magnificar los oficios del jurista. Será poco propenso a aceptar el principio de la escuela liberal, que mantiene que cuantas menos leyes haya, mejor, y que no tener ley alguna es lo mejor de todo. Un jurista no tenderá a disfrutar con la doctrina del laissez faire. Necesariamente le resultará antipática para su modo de pensar. En todos los tiempos y en todos los países, pero tal vez más claramente en la historia de Francia que en cualquier otro lugar, los juristas han sido los defensores naturales del gobierno, e incluso, en cierto modo, los fundadores del estado moderno (…) Los nuevos profesores de economía en la facultad de derecho fueron así elegidos por su formación intelectual e incluso por su profesión, en una dirección opuesta a la de la escuela liberal.

Por consiguiente, en el ámbito político, aunque unos pocos seguían la doctrina liberal, “la mayoría de los economistas en las facultades de derecho deben considerarse como ‘intervencionista’ aproximadamente en el mismo grado que los profesores alemanes que solían ser llamados socialistas de cátedra” (Gide 1907, p. 201).

En suma, en uno de los episodios más notables en la historia de las doctrinas, había nacido una escuela alternativa prácticamente adulta, con sus miembros cómodamente alojados en prestigiosas cátedras universitarias y equipados con un electorado incorporado y poderoso de cinco a seis mil estudiantes de derecho destinados a ocupar puestos influyentes en el gobierno y la sociedad franceses. La influencia de la escuela fue posteriormente muy magnificada por al extensión del programa de economía de una asignatura anual a un programa completo de doctorado a la par con el existente doctorado en derecho.

No hace falta decir que, desde el principio, las relaciones entre los “economistas del Institute”, lógico-deductivistas y del laissez faire, y los “economistas de la facultad de derecho”, historicistas e intervencionistas, fueron abierta y agudamente hostiles. El primer disparo lo dio Paul Cauwès, profesor de economía en la prestigiosa facultad de derecho de París. En sus dos tomos de lecciones publicados en 1878-1880, negaba la existencia de leyes naturales en economía y proponía el sistema proteccionista de Friedrich List. La escuela liberal respondía al reto con vehementes ataques a la obra en el Journal des Économistes e incluso se sabe que trataron de hacer que su autor fuera despojado de su cátedra.

En 1883, Gide, que iba a convertirse rápidamente en el líder y principal portavoz reconocido internacionalmente del grupo heterodoxo de economistas de la facultad de derecho, publicó sus Principes d’Économie Politique, que iban a tener más de veinte ediciones en Francia.[3] Aunque simpatizaba en general con la escuela histórica alemana, a la que calificaba de escuela “realista”, Gide era un ecléctico que también afirmó la legitimidad del método deductivo y de la búsqueda de leyes económicas universalmente válidas. Sin embargo, en áreas importantes de la política Gide discrepaba radicalmente de las recetas de la escuela liberal: cuestionaba la legitimidad de la propiedad privada de los terrenos, apoyaba un impuesto sobre la renta y buscaba la superación de la competencia y el sistema salarial por el “solidarismo” o un sistema de producción cooperativa.[4] Fundó la Sociedad Cooperativa y la Sociedad de Socialistas Cristianos. No hace falta decir que a los economistas liberales les horrorizaban las doctrinas y actividades de Gide y consiguieron negarle su elección para el Institute (Rist 1932, p. 337).

Gide respondió procediendo a fundar una revista económica profesional en 1887, la Revue d’Économie Politique, que incluía entre sus editores y contribuidores a todos los economistas de las facultades de derecho.  La revista fue explícitamente descrita por su fundador como “el órgano de los profesores de economía en las facultades de derecho, con el programa declarado de reaccionar contra las doctrinas de la optimista escuela liberal y la propagación de escuelas económicas extranjeras, especialmente la alemana” (Gide 1907, p. 201). Comprensiblemente, fue este acontecimiento el que “completó la ruptura” entre las dos escuelas.

Para la nueva escuela, la fundación de la Revue y la solicitud internacional de trabajos sin precedentes que la siguió, representaban “un trabajo de limpieza higiénica; limpiar enérgicamente los muebles económicos apolillados, abrir de par en par ventanas y puertas para refrescar la atmósfera enmohecida e introducir una oleada de sol y aire puro desde las cuatro esquinas del mundo” (Gide 1890, p. 633). No es sorprendente que la escuela liberl interpretara el devenir de los acontecimientos de forma muy diferente. Desde su perspectiva, la nueva revista era un esfuerzo irreflexivo y diletante por trasplantar el historicismo alemán las ideas Kathedersocialist  a  un entorno intelectual francés poco amigable. Escribiendo en 1893, Maurice Blosk, un ciudadano de origen alemán y nacionalizado francés y autoridad liberal sobre historicismo alemán, remarcaba cáusticamente sobre la fundación de la Revue:

M. Gide y sus colegas (…) fundaron su propia reseña, pero tuvieron problemas para mantenerla y pidieron ayuda a economistas extranjeros, especialmente a escritores alemanes. ¿Realmente imaginan que bastaría con leer de vez en cuando un fragmento de Schmoller, de Brentano o de otros de esa línea de pensamiento para penetrar en el espíritu de hombres tan distintos de ellos? Entonces les compadezco: trabajarían en vano. (Block 1893, p. 28)

Block reprochaba a Gide en particular su diletantismo, refiriéndose a su falta de conocimiento del alemán: “Gide habla como un Kathedersocialist y aun así uno no puede conocer bien sus doctrinas si no conoce el idioma, más aún, porque sus doctrinas se modifican constantemente” (Block 1893, pp. 24-25).

Estas acaloradas polémicas entre Gide y Block ejemplifican las rencorosas relaciones que existían entre las dos escuelas desde la fundación de la revista disidente hasta la Primera Guerra Mundial. Aunque la escuela liberal dio en la polémica todo lo bueno que tenía, sus días como fuerza a estimar dentro de la economía francesa estaban contados debido al cambio radical en el poder institucional hacia los economistas de la facultad de derecho. En 1907, Gide fue capaz de proclamar: “Las facultades de derecho tienen casi el monopolio de la enseñanza económica (…) La economía política o sus estudios relacionados [incluyendo finanzas, economía rural y legislación laboral] son impartidos por unos cuarenta profesores a alrededor de 8.000 alumnos, todos ellos futuros abogados, magistrados, funcionarios, diputados o profesores”.

La disolución institucional de la escuela liberal francesa como consecuencia de la “profesionalización” de la economía en la propia Francia es solo uno de los componentes de una explicación completa de por qué la escuela sufrió un severo olvido a manos de los economistas neoclásicos anglo-americanos. Los otros elementos de la explicación se encuentran en las turbulencias doctrinales e institucionales que tuvieron lugar en las economías británica y estadounidense en el cuarto de siglo que siguió a la revolución marginalista. Juntos, estos elementos llevaron a una burda mala interpretación de lo que discutían las escuelas francesas por parte de los economistas angloparlantes.

La situación en Gran Bretaña

A finales de la década de 1860, la agobiante ortodoxia ricardiana empezó a perder su predicamento en la economía británica. Como resumía la situación John Mahoney (1991, p. 8): “En el espacio de cinco años (1869-1874), los economistas tuvieron que asimilar el principal ataque de Thornton a la ortodoxia clásica, la retractación de Mill de la teoría de los fondos salariales, nuevos niveles de invectivas de la pluma de Ruskin, la publicación de la Teoría de la economía política de Jevons, el lanzamiento de ataque de Cliff Leslie sobre la economía deductiva y las muertes de Mill y Cairnes”. Igualmente Hutchison (1973, pp. 185-186) apuntaba; “en el espacio de unos pocos años a finales de los sesenta y principios de los setenta, el sistema teórico de Mill-Ricardo sufrió un derrumbamiento notablemente repentino y rápido de credibilidad y confianza, considerando lo largo y autoritario que había sido su dominio en Gran Bretaña”.

Durante la época clásica, eminentes ricardianos como J.R. McCulloch y J.E. Cairnes habían calificado a la aproximación de la utilidad subjetiva de la escuela liberal a la teoría del valor y el precio como no científica e incluso deducido que sus esfuerzos teóricos estaban afectados por su deseo de justificar conclusiones políticas de laissez faire (Salerno 1988, pp. 114-15). Pero la decadencia de la economía ricardiana y los posteriores veinte años de fermento doctrinal no hicieron nada por favorecer el aprecio por las contribuciones de la escuela liberal en Gran Bretaña, a pesar de los heroicos esfuerzos de Jevons por rehabilitar la reputación de diversos economistas liberales, incluyendo a Say y Bastiat, como importantes antecesores de la revolución marginalista.[5]

Hay dos razones para el fracaso de Jevons en este aspecto. Primera, la versión pura del marginalismo de Jevons nunca fue aceptada ampliamente en Gran Bretaña y alas ideas marginalistas solo empezaron a alcanzar una aceptación reticente y paso a paso con la publicación de los Principios de economía de Alfred Marshall en 1890. Durante el interregno entre el desplome del clasicismo a principios de la década de 1870 y la aparición de la ortodoxia neoclásica marshalliana, apareció un movimiento histórico británico que estaba influido por August Comte y la escuela histórica alemana y cuyos defensores eran muy críticos con lo que consideraban exageradas afirmaciones de la teoría económica abstracta.[6]Así, según Lord Robbins (1970, p. 171) el economista irlandés Cliffe Leslie, uno de los más eminentes historicistas de este periodo, “veía con gran recelo las largas sucesiones de razonamiento deductivo. No cae duda de que esto era típico de una tendencia importante. Algunas de las mentes más vivaces del momento estaban empezando a desconfiar de la teoría o a perder interés en ella”.[7]

En realidad, de lo que más desconfiaban los historicistas acerca de la teopría era de su afirmación de validez universal, una afirmación que se hizo con mucha mayor certeza y menos reservas por la escuela liberal francesa que por la escuela clásica británica. Así, por ejemplo, Mill concedía que la validez de los teoremas o leyes económicos era solo hipotética y dependiente del funcionamiento simultáneo de “causas perturbadoras” o motivos no económicos. Por el contrario, Bastiat (1964, p. 27) argumentaba que las leyes económicas eran deducibles de un hecho absolutamente evidente e indiscutible de la realidad, a saber, que “el interés propio es el motivo principal de la naturaleza humana. Debe entenderse claramente que esta expresión se utiliza para designar un hecho universal e indiscutible, que resulta de la naturaleza del hombre, no un juicio adverso, como pasaría con la palabra egoísmo”. En otras palabras, para Bastiat (1991, p. 43), la verdad de la teoría económica deriva de la verdad de la proposición evidente de que “El anhelo perpetuo de interés personal es aquietar las necesidades, o más en general los deseos, mediante su satisfacción”. Según Bastiat (1964, p. 174), la ley económica opera por tanto inexorablemente y sin relación con circunstancias históricas: “Las leyes económicas actúan de acuerdo con el mismo principio, ya se aplique a grandes masas de hombres, a dos individuos o incluso a un individuo aislado condenado por las circunstancias a vivir en soledad”.

Además, en política económica, los historicistas británicos, que en general tenían una disposición favorable hacia la intervención pública en el mercado interior, así como en el comercio exterior, también habían encontrado las opiniones de Mill mucho más aceptables que las de Bastiat.[8] Mientras que Mill sostenía que el principio del laissez faire “no es una ley natural, sino una regla de funcionamiento conforme a la experiencia y conveniencia y tan flexible como estas” (Spiegel 1991, p. 392), Bastiat (1964, p. 239) sostenía que toda la legislación y las acciones gubernamentales en la esfera económica que fueran más allá de la estricta aplicación de los derechos de propiedad “hacen de la ley un instrumento de saqueo en beneficio de individuos o clases”. Para Bastiat, en resumen, la alternativa político-económica a la properté era la spoliation.

Dado su uso potencial como instrumento de saqueo legalizado, Bastiat (1991, pp. 40-41) argumentaba que el Estado tenía que mantenerse dentro de unos límites rígidos y circunscritos estrechamente:

El Estado siempre actuará por medio de la fuerza, imponiendo sus servicios y determinando los servicios que el pueblo debe pagar a cambio en forma de impuestos. Así que el problema se reduce a esto: ¿Qué tipo de cosas tienen los hombres un derecho a disponer sobre sus congéneres recurriendo a la fuerza? No puedo obligar a nadie a ser religioso, caritativo, ilustrado o industrioso. Pero tengo derecho a obligarle a ser justo (…) Precisamente porque la acción gubernamental implica recurrir a la fuerza, esas acciones deben limitarse esencialmente a mantener el orden, la seguridad y la justicia.

La posterior decadencia del historicismo y la tardía aceptación de las ideas marginalistas en Gran Bretaña no permitieron sin embargo a la escuela liberal del valor subjetivo conseguir una audiencia simpatizante entre los economistas británicos. La razón es que la gran síntesis de economía marginalista y clásica promulgada por Marshall sirvió para minimizar el elemento del valor subjetivo que Menger y los austriacos habían aportado al marginalismo al mismo tiempo para restaurar la empañada reputación de la economía ricardiana. Lo que Hutchinson (1973, p. 185) llama el “algo confusa interregno” que lleva a los levantamientos jevoniano e historicista de las décadas de 1870 y 1880 fue seguido por “una especie de pía restauración contrarrevolucionaria” de los conceptos y la terminología neoclásicos, que fue “asumida por Marshall”.[9] Para cuando el marginalismo de la variedad aguada de Marshall empezó a arraigar entre los economistas británicos, el incondicionalmente anti-ricardiano Jevons ya había desaparecido de la escena, por no hablar de Philip Wicksteed, que trabaja en una oscuridad no académica.[10]

Otro notable economista anticlásico y del valor subjetivo, que escribió prolíficamente durante el interregno pre-marshalliano, fue Henry Dunning MacLeod. MacLeod (1896, p. 135) estaba muy influenciado por Bastiat y el discípulo estadounidense de este, Arthur Latham Perry, describiendo a aquel como “el genio más brillante que nunca adornó la ciencia de la economía”. Por desgracia, a pesar de sus ideas proto-marginalistas y sus críticas perspicaces de la economía clásica, el estilo muy polémico de MacLeod, su falta de cargos universitarios y su falta de reconocimiento de Jevons como un alma gemela (a pesar del reconocimiento de Jevons de su afinidad) se combinaron para hacer que los economistas británicos contemporáneos ignoraran sus contribuciones (Salerno 1988, pp. 129-132; Maloney 1991, pp. 120-132).

La actitud desdeñosa y provinciana de Ricardo0 los posteriores maestros clásicos como McCulloch y Cairnes hacia la escuela liberal francesa se convirtió, por tanto, en una de la corrientes doctrinales importantes que alimentaron el neoclasicismo británico (Salerno 1988, pp. 114-16). La opinión de Cairnes sobre el tema, fue resumida por S.G. Checkland (citado en Hutchison 1973, p. 177, np. 1) reflejando la actitud clásica británica general: “Cairnesno tenía dudas de que la economía política era esencialmente un asunto inglés y de que las ideas contemporáneas francesas y alemanas eran apenas dignas de mención”. El propio Marshall declaraba que los economistas franceses y alemanes, aunque no hubieran aprobado la doctrina de los fondos salariales fijos, “en general (…) no habían hecho ni de cerca un trabaja tan bueno como los ingleses” (citado en Hutchinson 1973, p. 179-180 np. 3).

Marshall también calificaba desdeñosamente a Bastiat como “un escritor lúcido, pero no un pensador profundo” y denigraba las implicaciones de laissez faire del análisis del bienestar de Bastiat como “la extravagante doctrina de que la organización natural de la sociedad bajo la influencia de la competencia es no solo la mejor que puede efectuarse en la práctica, sino incluso que pueda concebirse teóricamente” (Marshall 1977, p. 631, np. 1).[11] Esta actitud arrogante y desdeñosa de la escuela ricardiana hacia la escuela liberal fue así incluida en la ortodoxia doctrinal marshalliana que iba a dominar rápidamente la formación profesional de los economistas británicos después de 1890.

La situación en Estados Unidos

La situación parecería haber sido más propicia para la apreciación de la economía liberal francesa por la profesión económica estadounidense después de la revolución marginalista. Después de todo, la ideas ricardianas nunca tuvieron un sostén firme en Estados Unidos, para empezar, y las ideas de Jefferson y los economistas políticos jeffersonianos y jacksonianos seguían el modelo de los escritos de Say y el ideólogo y liberal francés Destutt de Tracy. Además, la tradición cataláctica estadounidense inspirada por Bastiat liderada por Amasa Walker y Arthur Latham Perry apareció como la tendencia doctrinal predominante después de la Guerra de Secesión y dominó los libros de texto y la literatura popular y las enseñanzas de economía universitaria en Estados Unidos durante buena parte de la Edad Dorada. El libro de texto de Walker (1969; 1875), publicado por primera vez en 1866, tuvo ocho ediciones y cuatro más en una edición de estudiantes, mientras que el tratado de Perry (Perry 1883), también publicado por primera vez en 1866, llevaba veintidós ediciones en 1891 y en 1876 fue colocado tercero tras La riqueza de las naciones de Smith y los Principios de Mill en una lista de libros más vendidos de economía política. En 1877, Perry (1877, p. 6) escribió una cartilla sobre el tema, cuyo “objetivo más especial es convertirse en un libro de texto para institutos, academias y universidades” y estaba en su quinta edición en 1891.[12] En 1873, un manual sobre economía escrito especialmente para trabajadores por el novelista y liberal francés Edmund About (1873) fue traducido al inglés bajo el sello de una importante editorial y aparentemente consiguió una amplia circulación vista la gran disponibilidad de la edición original hoy en librerías de libros usados.

A pesar de su influencia formativa y sostenida en el pensamiento económico estadounidense a lo largo de los primeros tres cuartos del siglo XIX, la escuela liberal francesa hizo frente a potentes fuerzas militando contra el reconocimiento del mérito científico de de esta última. Primero y principal fue el hecho de que la economía no se estableció como disciplina profesionalizada en Estados Unidos hasta principios de la década de 1870, cuando la economía se separó de la filosofía moral y se establecieron cátedras independientes de economía política en Harvard y Yale (en 1871 y 1872 respectivamente). Charles F. Dunbar fue nombrado para la cátedra de Harvard y Francis A. Walker, el hijo de Amasa, obtuvo el nombramiento en Yale (Ross, p. 77). También en 1872, William Graham Sumner fue nombrado profesor de ciencias sociales y políticas en Yale y procedió a dedicar una sustancial parte de sus escritos y enseñanzas a la economía política. Al crecer el número de especialistas académicos en economía en Estados Unidos, los primeros escritores estadounidenses de economía política fueron cada vez más rehuidos por aficionados y diletantes. Esta actitud condescendiente fue resumida en las palabras de marginalista temprano Frank A. Fetter (citado en Bell 1953, pp. 503-504), que escribió: “En economía política, eran aficionados autodidactas, que por decir así, resultaban vagar por el campo”.

A este factor se le unió el desarrollo tardío de una escuela de Ricardo-Mill en Estados Unidos tras la Guerra de Secesión, que intentaba revitalizar la teoría clásica de la economía adaptándola a la situación estadounidense incorporando elementos del historicismo alemán moderado. Este movimiento doctrinal fue iniciado por Dunbar, que, como se apuntaba antes, obtuvo la primera plaza de profesor de economía política en Harvard. Dunbar (1876) presentó su programa en su artículo “Economic Science in America, 1776-1876”, publicado en la influyente North American Review in 1876. En el primerísimo párrafo del artículo, Dunbar (1876, p. 124) proclamaba su lealtad a la escuela clásica británica, escribiendo:

El economista encuentra los fundamentos de la ciencia, tal y como es hoy, asentados de forma profunda y sólida por primera vez por Adam Smith; los grandes hombres que desde entonces avanzaron en el trabajo se han declarado sus seguidores y al desarrollar y extender la ciencia han mantenido las líneas de discusión que estableció aquel con tal vigor e inteligencia hace un siglo.

Dunbar (1876, p. 124) continuaba revelando su inclinación historicista manteniendo que, a pesar de la prioridad de Inglaterra en el desarrollo de la ciencia económica, “el centro de interés en la discusión económica (…) está hoy probablemente en Alemania”.

La actitud de Dunbar hacia Bastiat se refleja en su intento de acusación sin base de Henry Carey de plagio contra Bastiat, aunque en una forma más educada: “Bastiat no solo tomó la ley del valor de Carey y la presentó con una brillante paráfrasis, sino que parece mostrar la influencia de Carey a lo largo de su ansiosa búsqueda de armonías en el mundo económico” (1876, p. 138). Respecto de economistas estadounidenses anteriores, Dunbar (1876, p. 131) empezaba comparando al liberal francés Jefferson desfavorablemente respecto del mercantilista británico Alexander Hamilton “en su dominio del tema” de la economía política. Dunbar (1876, p. 136) también se burlaba de los tratados de Walker y Perry como “manuales” que no merecían “sino poca atención como declaraciones de pensamiento original”. Por el contrario, el libro de texto de Francis Wayland, que fue publicado por primera vez en 1837, pero seguía usándose ampliamente en las aulas de la universidad durante la Edad Dorada, aparecía con una alabanza limitada por parte de Dunbar (1876, p. 135) como “el único tratado del periodo [anterior a la Guerra de Secesión] del que puede decirse con justicia que haya sobrevivido hasta nuestros días y, debo admitirlo, esto se debe al valor que tenga por su manera de presentar para su fácil comprensión algunas de las principales doctrinas inglesas”. Al evaluar la contribución estadounidense a la economía política en el siglo, después de La riqueza de las naciones de Smith, Dunbar (p. 137, 140) concluía así:

No puede apuntarse ninguna contribución reconocida al desarrollo de la ciencia en modo alguno comparable con las de los escritores franceses [es decir, los fisiócratas] o a las que están haciendo hoy los alemanes (…) El resultado general al que un examen sereno del caso debe llevar, según creo, a cualquier investigador sincero, es que Estados Unidos, hasta ahora, no ha hecho nada para desarrollar la teoría de la economía política.

Diez años después, y un año antes de la formación de la American Economic Association por un grupo de economistas estadounidenses más jóvenes y radicales formados en Alemania, Dunbar (1886) publicó un artículo sobre el creciente movimiento histórico en economía, titulado “The Reaction in Political Economy”. Argumentaba que esta reacción historicista contra los excesos de la  teorización abstracta en la economía clásica británica era algo sano y representaba una evolución natural de la ciencia económica en dirección a un mayor realismo. Escribía Dunbar (1886, pp. 26-27):

Así que el nuevo movimiento, globalmente, aunque representado por defensores apasionados como una revolución que va a dejar aclarado el terreno y dar al mundo una nueva economía política, es, en realidad, una evolución de la ciencia existente, bajo la influencia de una fuerte reacción contra tendencias que habían impedido prematuramente su avance (…) También hay que decir que un movimiento como el presente no tiene que considerarse con recelo, por los que seguimos creyendo que el método de Ricardo y Mill es el mejor e incluso el único hilo para encontrar el camino a través de los laberintos de motivos en conflicto que subyacen a los fenómenos económicos.

Este intento de síntesis del historicismo moderado con el clasicismo ricardiano también fue promovido por los otros dos ocupantes de las primeras cátedras de Estados Unidos en economía política, William G. Sumner y Francis A. Walker. El interés de Sumner por la economía se despertó inicialmente al leer la popular cartilla ricardiana de Harriet Martineau, Illustrations of Political Economy y “sus opiniones sobre esa materia eran estrictamente de la variedad ortodoxa” (Fine 1976, p. 80).[13] Como profesor, Sumner seguía “la metodología establecida por el último gran economista clásico, John E. Cairnes” (Dorfman 1969, p. 67). Sin embargo, habiéndose formado en filología en Gotinga, estaba influido favorablemente por la escuela histórica alemana y “creía que la economía había hecho grandes progresos como ciencia deductiva, pero a partir de entonces debía adoptar el método más seguro, aunque más lento, de la inducción” (Ross 1991, p. 80). Finalmente, Sumner (1924; [1881] 1992) entendió que la ley maltusiana de la población junto con la ley ricardiana de la renta eran las fuerzas motrices de la evolución social y económica.[14]

Es verdad que Walker ayudó a preparar el tratado de orientación liberal sobre economía política de su padre para su publicación en 1866 y estuvo asimismo influido personalmente por el amigo de su padre y fiel alumno de Bastiat, Arthur Latham Perry. Tambiéne s verdad que los últimos escritos de Walker sobre economía política revelan que asimiló una buena parte de la doctrina liberal francesa de estas influencias formativas (Salerno 1988, pp. 138-140). Sin embargo, Walker resultó ser en la década de 1880 uno de los defensores más influyentes del movimiento para insuflar nueva vida al clasicismo ricardiano, al integrarlo con el historicismo moderado.

Por ejemplo, en 1883 Walker publicaba Land and Its Rent, del que una buena parte incluía una vigorosa defensa de la teoría ricardiana de la renta contra sus críticos. De hecho, en el prólogo del libro, Walker (1883, p. 5) afirmaba que respecto de la teoría de la renta él mismo  era “un ricardiano entre los ricardianos, sosteniendo que el gran pensador que había dado su nombre a la doctrina económica de la renta dejó poco por hacer a quienes deberían seguirle y que cualquier alejamiento grande de las líneas por él establecidas solo puede ocasionar confusión y error”. Además, dos de los tres críticos que eligió Walker para refutar eran economistas liberales franceses, a saber, Bastiat y Leroy-Beaulieu, el principal teórico de la escuela liberal contemporánea. En particular, Bastiat sufría una crítica extremadamente dura y abrumadora. Así, Walker (1883, p. v) también anunciaba en el prólogo que “parece el momento para que se hable desde este lado del océano de la llana verdad respecto de la teoría del valor de Bastiat, ya se aplique a la tierra o a los productos comerciales, como hizo hace tiempo, en Inglaterra, el Profesor Cairnes (…) como economista constructivo, [Bastiat] cometió un error fatal, ya que sus opiniones respecto de la tierra son especialmente erróneas”. Más adelante en este tratado, Walker (1883, pp. 60-61) se refería sarcásticamente a “las opiniones de Bastiat sobre Valor y Tierra, en cada una de las cuales, el agudo, sutil y elocuente francés estaba tan equivocado como pueda estar un francés elocuente, sutil y agudo”. Walker (1883, p. 68) también declaraba “la completa incompetencia de este brillante panfletario para ocuparse de cuestiones relacionadas con la tierra y su renta”.

En su tratado Economía Política, publicado por primera vez en 1883, Walker (1888, p. 1) empezaba directamente incluyendo la definición clásica de la economía política como “el nombre de ese cuerpo de conocimiento que se relaciona con la riqueza”.[15] Walker continuaba identificando dos escuelas de economía política, a las que llamaba “escuela inglesa” y “escuela alemana” respectivamente, ignorando completamente la escuela liberal francesa de cuyas doctrinas había bebido. Según Walker (1888, pp. 11-12), la diferencia entre los economistas de las escuelas inglesas y alemanas era atribuible al desacuerdo acerca de “la extensión adecuada de las premisas” con las que el economista debe empezar al desarrollar las causas que influyen en la producción y distribución de la riqueza. Mientras que el economista inglés empieza con “unos pocos hechos ciertos de la naturaleza humana, de la sociedad humana y de la constitución física de la tierra”, para el economista alemán “toda la historia humana constituye su dominio” porque “nada que influya de manera importante a la producción y distribución de riqueza puede ser olvidado por el economista”. Sin embargo Walker afirmaba que los métodos de las dos escuelas son complementarios y deben utilizarse en conjunto para llegar a una ciencia completamente desarrollada de la económica política. Como decía Walker (1888, pp. 16-17):

El desdén mutuo que muestran las dos escuelas no está justificado por una visión global del progreso de la economía en el pasado o por una consideración de la historia de otras ciencias sociales. La economía política debería empezar con el método ricardiano. Hechas unas pocas suposiciones sencillas, deberían trazarse los procesos de producción, intercambio y distribución de la riqueza y unificarse en un sistema completo, al que puede llamarse Economía Política pura o Economía Política arbitraria o Economía Política a priori o, con el nombre de su mayor maestro, Economía Política ricardiana. Ese esquema debería constituir el esqueleto de todo el razonamiento económico, pero sobre este pálido armazón debería imponerse la carne y sangre de una Economía Política real, vital, que tenga en cuenta a los hombres o a las sociedades tal y como son, con todas sus simpatías, apatías y antipatías, con todo órgano desarrollado como en la vida, todo nervio de movimiento o de sensación en plena actividad.[16]

Más sucintamente, Walker (citado en Dorfman 1969, p. 107) escribía: “Los economistas [historicistas] de Alemania, Italia, Bélgica y Francia están haciendo el trabajo que empezó Adam Smith en su espíritu, pero con mayores oportunidades y una visión más amplia y en constante ampliación”.

Sumner, Dunbar y Walker, con sus enseñanzas, escritos y actividades profesionales y editoriales, ejercieron una influencia predominante en el desarrollo de la teoría económica estadounidense a lo largo del último cuarto del siglo XIX. Walker fue el principal teórico económico estadounidense durante este periodo y el primero en conseguir una reputación internacional. Su tratado general se convirtió rápidamente en el texto más ampliamente utilizado en los cursos universitarios de economía básica y siguió siéndolo hasta el cambio de siglo (Newton 1968, p. 12). Incluso llega a compararse con el Manual of Political Economy, de Henry Fawcett, como el texto principal en las aulas de la Universidad de Oxford en la década de 1880 (Mitchell 1969, p. 226, np. 16). Su tratado sobre dinero, publicado en 1878, “junto con Money and the Mechanism of Exchange, de W. Stanley Jevons, se convirtió en la obra de referencia sobre dinero en el mundo angloparlante durante al menos el próximo cuarto de siglo” (Newton 1968, p. 11).

Walker fue asimismo presidente de la American Statistical Association de 1883 a 1897 y el primer presidente de la American Economic Association de 1885 a 1892 (Newton 1968, p. 13).

Dunbar fundó el departamento de economía política en Harvard, fue el editor fundado del Quarterly Journal of Economics y su libro The Theory and History of Banking “fue influyente en Inglaterra, así como en Estados Unidos” (Mitchell 1969, pp. 227, 229). Sumner no solo fue uno de los más renombrados teóricos sociales estadounidenses de la Edad Dorada: fue asimismo un importante profesor y, según el historiador Harry Elmer Barnes (citado en Fine 1976, p. 80), “probablemente el profesor más inspirador y popular que haya producido la Universidad de Yale o la ciencia social estadounidense”.

Tal vez la mayor influencia de esta primera generación de economistas profesionales en dar forma a los desarrollos teóricos en la economía estadounidense fuera, sin embargo, a través de sus enseñanzas. Pues crearon una brillante segunda generación de teóricos estadounidenses que fermentaros su síntesis de economía clásica e histórica con un toque de marginalismo y fue esta alternativa y rama peculiar estadounidense del neoclasicismo la que iba a dominar los libros de texto en la década de 1930. Estos “jóvenes tradicionalistas”, como los llamó Joseph Dorfman, incluía principalmente a rank W. Taussig, Arthur T. Hadley y J. Laurence Laughlin y “los tres estuvieron tal vez entre los principales constructores en Estados Unidos de unos nuevos cimientos para posteriores estudios económicos (Dorfman 1969, p. 258). Después de lograr sus grados superiores de Dunbar en Harvard y Sumner en Yale, respectivamente, Taussig y Hadley viajaron a Alemania para estudios de posgrado (Dorfman 1969, pp. 258, 264). Laughlin consiguió doctorarse en historia con Henry Adams en Harvard, pero pronto se convirtió allí en instructor de economía con Dunbar.

Hadley fue un eminente economista en el cuarto de siglo que precedió a la Primera Guerra Mundial. En 1896, escribió Economics: An Account of the Relations between Private Property and Public Welfare (Hadley 1896), que sucedió como libro de texto al de Walker como más ampliamente utilizado en la universidades estadounidenses (Dorfman 1969, p. 259). Tres años después se convirtió en presidente de la Universidad de Yale. Hadley consideraba a su libro de texto como una actualización de los Principios de economía política de Mill para incluir tanto la idea darwiniana de la selección natural como la fuerza que dirige el desarrollo de las ideas e instituciones socioeconómicas, como la teoría de la utilidad marginal como explicación de la búsqueda por el individuo de sus intereses bajo ideas e instituciones concretas. Sin embargo, con respecto a esto último, creía que “aquellos economistas [particularmente la escuela austriaca] que estaban dedicando sus energías a analizar y desarrollar las complejidades de la teoría de la utilidad marginal estaban dedicados a actividades inútiles o irrelevantes” (Dorfman 1969, p. 259). Además, el concepto neoclásico del “precio normal” a largo plazo desempeñaba un papel esencial en la explicación de Hadley de la teoría de precios (Hadley 1896, pp. 64-96). Hadley (1896, pp. 23-25) también mantenía que las escuelas deductiva e histórica ofrecían métodos complementarios más que antagónicos para investigar la compleja realidad económica. Finalmente Hadley (1896, p. 12), aunque simpatizante con el individualismo económico, adoptó la opinión clásica de que “laissez faire, laissez passer” es “solo una máxima práctica de sabiduría política, sujeta a todas las limitaciones que pueda permitirse la experiencia”. Esto le llevaba por tanto a criticar a Bastiat como un ejemplo del tipo de “individualista” que “tiende a suponer que la propiedad privada tendría que estar necesariamente dirigida por el interés público y corre el peligro de tratar el aumento de dicha propiedad como un bien en sí mismo, en lugar de un medio para el bien público” (Hadley 1896, p. 15). Hadley (1896, p. 15) también marginaba a Bastiat calificándolo como “el brillante economista francés (…) cuyas ‘armonías económicas’ son a veces tan forzadas como las ‘antinomias económicas’ de socialistas como Proudhon”.

Taussig, el segundo de la triada de fundadores del neoclasicismo estadounidense, fue enormemente influyente como escritor, profesor y editor. Editó el Quarterly Journal of Economics de 1896 a 1935 y enseñó en Harvard, donde sus alumnos de doctorado incluyeron a James W. Angell, Jacob Viner y Frank D. Graham. Doctrinalmente, fue descrito por Dorfman (1969, p. 265) como “primer y último seguidor de la tradición clásica de Ricardo y John Stuart Mill”. Taussig llegó a calificar los Principios de economía de Marshall como inferiores al libro de Mill para propósitos pedagógicos y continuó utilizando este en sus clases (Dorfman 1969, p. 265). En un intento de modernizar a Mill, Taussig publicó sus propios Principios de economía en 1911, que fue un tratado en dos tomos que tuvo un gran éxito tanto en Estados Unidos como en Inglaterra. En el libro de Taussig, igual que en el texto de Hadley, se introduce la teoría de la utilidad marginal solo para aclarar la relación entre utilidad, demanda y precio de mercado en un marco básicamente clásico, cuyo punto focal analítico es el precio a largo plazo (Taussig 1911, 1: pp. 120-158).  Como apunta Schumpeter (1969, p. 220): “Igual que Marshall, cuyo camino fue distinto, pero esencialmente paralelo, no recurrió con gusto al análisis de la utilidad, solo que lo hizo en menor medida”. Sin embargo, a pesar de su cercanía a la tradición teórica clásica británica, Taussig simpatizaba mucho con la escuela histórica alemana. Así, escribió que “no soy un seguidor a machamartillo de la escuela [histórica] alemana, pero hay mucha verdad en la cualificaciones que sugieren a los principios económicos aceptados” (Taussig citado en Dorfman 1969, p. 265). También encabezó esfuerzos por hacer que se publicaran obras historicistas alemanas y británicas en Estados Unidos y reseñó favorablemente el gran tratado de Gustav Schmoller, el líder de la escuela histórica alemán “más joven” y más radical (Dorfman 1969, pp. xxxvi-xxxvii, n. 10).

Laughlin fue el fundador y primer jefe del departamento de economía de la Universidad de Chicago y editor fundador del Journal of Political Economy, que continuó editando hasta 1933. Dorfman (1969, p. 271) le ha descrito como “el más dogmáticamente clásico” de los tres fundadores del neoclasicismo estadounidense. Era un seguidor de Mill y editó un popular extracto del tratado de Mill para audiencias estadounidenses, pero consideraba a la guía clásica posterior de John E. Cairnes como la mejor guía teórica. Por tanto, no utilizó la teoría marginal y creía que sus defensores estaban “principalmente dedicados a una insensatez metafísica” (Dorfman 1969, p. 272). No hace falta decir que la teoría no recibió ningún espacio en la cartilla de economía de Laughlin, Elements of Political Economy (Laughlin 1896), que se publicó en 1887 y se usó ampliamente tanto en universidades como en institutos. Aunque Laughlin mostró una inveterada hostilidad hacia la escuela austriaca, no veía ningún problema con una reconciliación entre los métodos de investigación de las escuelas clásica e histórica moderada. Exponía sobre este tema en el artículo de fondo del primer número del  Journal of Political Economy, concluyendo que “resulta evidente que en realidad no hay tanta divergencia de opinión como parecía al principio respecto de los dos métodos de investigación examinados” (Laughlin 1892, p. 8).

Se desarrolló en Estados Unidos durante este periodo crucial una segunda tendencia de pensamiento que, aunque se oponía a la dominante escuela clásica estadounidense, hacía aún menos uso de la economía liberal francesa.[17] Los líderes de este movimiento incluían a Richard T. Ely, E.R.A. Seligman, Simon N. Patten, Henry Carter Adams, John Bates Clark y Edmund J. James, todos los cuales se habían graduado en universidades alemanas durante las décadas de 1870 y 1880 bajo historicistas como Adolph Wagner y Johannes Conrad. Tras su retorno a Estados Unidos, estos jóvenes economistas se consideraron como una “nueva escuela” y desafiaron a la prevaleciente ortodoxia clásica. Sin embargo, también estaban dispuestos a rechazar a los antiguos economistas políticos estadounidenses, que se basaban en la tradición liberal francesa, porque los nuevos economistas se habían empapado de las inclinaciones historicistas, intervencionistas y socialistas de sus profesores alemanes contra “la economía especulativa abstracta” y las políticas de laissez faire.

La nueva escuela llegó al cénit de su influencia en 1885, cuando, en apoyo de Francis A. Walker, fundó la American Economic Association en Saratoga, Nueva York. La declaración original de principios de la AEA invocaba explícitamente los principios del historicismo alemán y deliberadamente no se invitó a Sumner a unírseles. Como consecuencia, Dunbar y los clasicistas más jóvenes, Taussig, Laughlin y Hadley, rechazaron unirse a ella. La controversia doctrinal entre los dos bandos se propagó a mediados de la década de 1880, pero se alcanzó pronto una reconciliación y, en 1887, empezó un lento influjo de los economistas clásicos en la organización.

Sin embargo, la influencia de la nueva escuela empezó pronto a desvanecerse. En 1886, Clark, el miembro más astuto intelectualmente del grupo, empezó a cuestionar las suposiciones metodológicas y las prescripciones políticas socialistas del historicismo alemán y, a principios de la década de 1890, se había implicado completamente en la tarea de formular una teoría abstracta y sistemática de la economía de mercado basada en el concepto de la utilidad marginal. Otros miembros moderados de la escuela, como Seligman, siguieron su estela y, en 1888, la declaración excluyente de principios de la AEA fue abandonada. El abandono de los principios historicistas también resultó evidente en los libros de texto. Así, por ejemplo, en un popular texto elemental publicado en 1888, el economista de la nueva escuela E. Benjamin Andrews empleaba “la tradicional secuencia de producción, distribución de Mill” y, mientras recomendaba las obras de escritores marginalistas, historicistas y clásicos, “daba a entender que todos se ajustan fácilmente a una gran tradición” (Goodwin 1973, p. 296). En 1892, la escuela clásica estbleció un control firme de la AEA cuando Ely, el motor principal de la nueva escuela y su miembro más radical, fue forzado a dimitir como secretario de la asociación. Sin embargo, incluso Ely, cuyo Outlines of Economics fue el libro de texto más ampliamente utilizado en las aulas universitarias durante cuarenta años después de su publicación inicial en 1893, parece haber acabado acomodándose a la emergente síntesis neoclásica. A pesar de cuatro capítulos iniciales dedicados a la evolución económica de la sociedad y el desarrollo económico de Estados Unidos, los dos capítulos esenciales del libro sobre “Valor y Precio” se basan fuertemente en Mill, Taussig y Marshall (Ely et. al 1928, pp. 143-179).

Debería advertirse que las ideas marginalistas parecen haber desempeñado un papel muy pequeño en la síntesis neoclásica estadounidense antes de la Primera Guerra Mundial. En particular, no hubo reconocimiento de que la teoría del valor subjetivo y el concepto de utilidad marginal ofrecieran un punto de partida radicalmente nuevo para desarrollar un sistema comprensivo de análisis económico. Schumpeter (1965, p. 242), por ejemplo, reseñaba que en la década de 1890 en Estados Unidos, “el nuevo órganon teórico era desdeñado fácilmente como ‘marginalismo’ o ‘neoclasicismo’ y triunfaba el libro de texto terriblemente árido (moldeado más o menos siguiendo el modelo de Mill) para llevar más mentes activas a la revuelta ‘institucionalista’”. Más recientemente, Goodwin (1973, p. 295) ha dirigido la atención hacia “la segunda fase en la transferencia del marginalismo a Norteamérica” entre la década de 1870 y 1900. Según Goodwin (1973, pp. 295-296): “Este periodo fue testigo de un intento por parte de economistas formados en la economía política clásica de absorber ideas marginalistas dentro de su corpus de pensamiento sin hacer modificaciones fundamentales en sus propias prácticas, sin  reconocer el contenido revolucionario en las nuevas ideas y sin proclamar la necesidad de seguir las vías de investigación que apuntaban los marginalistas”.

El movimiento neoclásico que apareció al final del siglo XIX en Estados Unidos había por tanto fusionado tendencias doctrinales que encarnaban una clara antipatía hacia los métodos y doctrinas de la escuela liberal francesa. Tanto la nueva escuela historicista como la recrudecida escuela de Ricardo-Mill rechazaba por acientífica y aficionada la tradición estadounidense de la economía política que se había desarrollado en los primeros tres cuartos del siglo XIX y cuyas influencias principales eran Say, Destutt de Tracy y Bastiat. Pero la escuela neoclásica no alcanzó un dominio total en la teoría económica estadounidense hasta la década de 1920. A partir de aproximadamente 1890, creció un próspero movimiento teórico alternativo basado en la marginalismo del valor subjetivo puro de la escuela austriaca. Este movimiento, iniciado por Clark, se desarrolló en lo que se llamó la escuela psicológica estadounidense bajo el liderazgo de Frank Fetter y Herbert J. Davenport. Fundamentalmente rechazaba tanto la economía histórica alemana como la clásica británica, así como las variaciones contemporáneas estadounidense y marshalliana de la economía clásica. No es coincidencia que los marginalistas estadounidenses abrazaran con entusiasmo la tradición liberal del valor subjetivo de la anterior economía política estadounidense como precursora de la economía marginalista. Jevons, Böhm-Bawerk y otros marginalistas europeos similares habían tenido en gran estima a los economistas liberales franceses (Salerno 1988, pp. 120-121, 124-125).

Fetter, el principal mengeriano estadounidense antes de la Primera Guerra Mundial, avanzo una devastadora refutación de la afirmación original de Dunbar de que la literatura económica estadounidense estuviera marcada por la “esterilidad”. Argumentaba que Dunbar no estaba familiarizado con muchas, si no todas, las obras originales que comentaba y “como representante de la escuela clásica”, incluso de las que había leído realmente, “no estaba cualificado para realizar una estimación justa de las teorías en cuestión” (Fetter 1921, p. vii). La principal razón para el olvido de la tradicional liberal estadounidense anterior, afirmaba Fetter (1921, p. ix), era la perniciosa influencia de la obra de Mill: “Pero después de que J.S. Mill ganara para la economía ricardiana su lugar predominante en el pensamiento estadounidense, ese sistema, con todas sus limitaciones no reconocidas de tiempo, espacio y lógica, se convirtió en el patrón de la ciencia económica contra el que se medía cualquier pensamiento independiente respecto de nuestros problemas peculiares y se descubría que no daba la talla”. Además, según Fetter (1921, p. xii), desde la década de 1870, el sistema clásico inglés “estaba tomando su lugar dominante en la formación universitaria estadounidense. Ahí continuó durante medio siglo (y todavía continúa [en 1921] en cierta medida) para ejercitar sus efectos paralizantes sobre el pensamiento económico estadounidense”. Fetter (1977, p. 123) lamentaba el hecho de que incluso loa jóvenes economistas anticlásicos “que en los setenta y prineros ochenta trajeron un nuevo espíritu a los estudios económicos estadounidenses, no desarrollaran la tradición local, sino que desgraciadamente la olvidaran y se dirigieran a Alemania buscando nuevas fuentes de inspiración”. Además, estos economistas formados en Alemania no cuestionaban la ortodoxia clásica de una forma sensata, pues “en la mayoría de los casos, su formación histórica era poco más que un revestimiento de sus opiniones ricardianas ya obtenidas en casa” (Fetter 1921, p. x). Incluso el indómito Francis A. Walker, que rechazaba ciertos aspectos de la teoría clásica de la distribución “no desarrolló el tratamiento estadounidense más original de su padre, Amasa”, que basaba en Bastiat (Fetter 1977, p. 123). Fetter (1921, p. xi) llegaba a afirmar que las contribuciones teóricas de la literatura económica estadounidense temprana requería, para ser entendida y apreciada completamente, “como instrumentos de análisis, ciertos conceptos y términos encontrados en la reciente economía psicológica [es decir, marginalista]”.

También puede encontrarse un profundo aprecio por la perspicacia teórica de escritores en la tradición liberal francesa en las obras de Davenport. Por ejemplo, Davenport (1964, pp. 116, 118) escribía en 1907: “La doctrina de la renta de Say también se parece a algunos capítulos del último pensamiento moderno”; también comentaba sobre el mismo tema: “En verdad, Say era un moderno entre los modernos”. En su libro de texto, Outlines Of Economic Theory, publicado en 1896, Davenport (1968, pp. 10-12, 26, 33-34, 59-60, 155-156, 170, 185-187) proporcionaba tres páginas de citas de final de capítulo de Bastiat, tres de su compañero liberal francés Courcelle-Seneuil y ninguna de Ricardo o Mill. Finalmente, una de las primeras formulaciones del concepto de coste de oportunidad en la literatura anglo-americana  apareció en un artículo de Davenport (1894, pp. 567-568). Davenport (1894, p. 564) deducía explícitamente esta fórmula de la declaración del problema económico del liberal Courcelle-Seneuil.

John R. Turner (1921, p. xv), alumno de doctorado de Fetter, escribió una monografía rehabilitando las teorías no ricardianas de la distribución de anteriores teóricos estadounidenses que esperaba “que pueda servir para revelar sus méritos ante la atención pública”. Contradiciendo la difamación ricardiana de que los defensores estadounidenses de la economía liberal eran planfletarios aficionados inclinados hacia el laissez faire y desconocedores de la teoría económica técnica, Turner (1921, p. 179) alababa a Perry, el líder de la escuela de Bastiat en Estados Unidos, como “un hombre de mente abierta” y “sin prejuicios”, así como “uno de los economistas mejor dotados que haya aparecido a este lado del Atlántico”.

Por desgracia para la reputación de la escuela liberal francesa, Fetter y Davenport dejaron de contribuir a la teoría económica al inicio de la década de 1920 y, por diversas razones, nunca inspiraron una segunda generación de teóricos que siguieran sus pasos.[18] A mediados de la década de 1920, la tradición austro-marginalista pura había empezado de desvanecerse en la escena de los Estados Unidos y la visión clásica de Bastiat y la escuela liberal, encarnada en la variante estadounidense de la ortodoxia neoclásica, se convirtió en la opinión indiscutida entre los economistas profesionales en Estados Unidos.

La representación de la escuela liberal francesa en la literatura en lengua inglesa

Como se ha apuntado, el fermento doctrinal y la profesionalización que transformaron a las economías estadounidense y británica durante el último cuarto del siglo XIX coincidieron recién descubierto cosmopolitismo entre economistas en ambos países. La reconstrucción neoclásica en marcha de la teoría económica, que buscaba incorporar ideas historicistas y marginalistas se veía generalizadamente como una empresa internacional. Los economistas anglo-americanos ansiaban mantenerse al tanto de los últimos descubrimientos e innovaciones científicas que provenían del continente, donde la escuela austriaca y la histórica alemana representaban la vanguardia del nuevo movimiento. Como a muchos economistas angloparlantes les faltaba fluidez en idiomas extranjeros,[19] necesitaron la traducción de libros extranjeros importantes, así como la publicación en revistas profesionales de artículos de investigación y otras comunicaciones de economistas continentales informando de descubrimiento actuales en sus países respectivos.

En Francia, la publicidad generada por la amarga lucha de la nueva escuela de orientación historicista contra la reinante ortodoxia liberal hizo que Gide y sus economistas de la Facultad de Derecho fueran adoptados por sus equivalentes estadounidenses como aliados ilustres en la cruzada internacional por renovar la teoría económica. Además, como miembros de una disciplina recién profesionalizada, comprensiblemente los economistas estadounidenses querían escuchar con más simpatía a los ocupantes de las prestigiosas cátedras de la Facultad de Derecho que a sus oponentes, en general, no universitarios. Por tanto, fueron las publicaciones en inglés de la nueva escuela (y especialmente de su líder Gide) las que ejercieron la influencia preponderante sobre los economistas anglo-americanos en los treinta y cinco años aproximadamente que precedieron a la Primera Guerra Mundial. Naturalmente, era una visión extremadamente distorsionada y poco halagadora de la escuela liberal la que se propagaba por estas publicaciones y que llegó a ser aceptada por economistas anglófonos en este periodo crucial de formación de la economía moderna. Además, el tono y contenido de las pocas contribuciones de la asediada escuela liberal que conseguían llegar a publicarse en Estados Unidos y Gran Bretaña durante este periodo consiguieron, en muchos casos, solo reforzar la caricatura de la escuela difundida deliberadamente por sus rivales.

Se puede tener una buena idea de cómo se moldearon las actitudes anglo-americanas hacia la escuela liberal por el conflicto doctrinal e institucional en marcha en Francia (y hasta cierto punto también en Italia) a partir de una investigación sobre las obras más importantes de economistas continentales que aparecieron en inglés entre la década de 1870 y la de 1920, particularmente cuando esas obras contienen referencias o explicaciones de la lucha.

Una primera obra que ejerció una influencia particularmente fuerte en la opinión anglo-americana sobre la economía continental fue An Introduction to the Study of Political Economy (1893), de Luigi Cossa. Publicada originalmente en italiano en 1876 y traducida por primera vez al inglés en 1880, es realmente, a pesar de su título, un tratado original sobre el desarrollo de la doctrina económica en Europa y Estados Unidos.[20] Su obra atrajo la atención de los economistas de habla inglesa por Jevons (1970, p. 66), que la recomendaba encarecidamente en el prólogo a la segunda edición de su propia Theory of Political Economy, publicada en 1879. Jevons contribuyó posteriormente con un prólogo a la traducción original inglesa de la obra de Cossa en 1880. En 1893 apareció una nueva traducción al inglés de la edición italiana revisada y aumentada (1892).

El propio Cossa era uno de los líderes del renacimiento de la economía científica en Italia en el siglo XIX y fue “el primer economista moderno italiano en conseguir un amplio reconocimiento internacional” (Haney 1949, p. 834). Lo hizo como líder de un movimiento ecléctico entre economistas italianos que intentaba mezclar doctrinas seleccionadas de la antigua escuela histórica alemana con economía clásica británica (Haney 1949, pp. 839-840). Cossa había estudiado con el fundador del movimiento historicista alemán, Wilhelm Roscher, a quien calificaba como “uno de los economistas más ilustres del siglo” (Cossa 1893, p. 412).[21] Para Cossa, “la declaración sustancial e innegable de alabanza sin calificativos” de Roscher no era atribuible a su explicación y aplicación del método histórico, sino a la “luz y liderazgo proporcionados en aquellas de sus obras en las que la más profunda y excepcional erudición lo le impiden estar muy en contacto con aquellas teorías de la escuela clásica, que no solo entiende, sino que acepta sustancialmente” (Cossa 1893, p. 413).

Dadas las fuertes simpatías de Cossa tanto por la escuela histórica alemana como por la escuela clásica británica, era natural que tuviera una visión fuertemente negativa de sus oponentes liberales. La antipatía de Cossa por la escuela liberal se reforzaba por el hecho de que el crecimiento de su nueva escuela ecléctica en Italia sufría la oposición vehemente de la establecida escuela liberal italiana bajo el liderazgo del importante seguidor italiano de Bastiat, Francesco Ferrara. Según Cossa (1893, p. 494), Ferrara, en sus primeros escritos, había “exaltado” a los economistas franceses J.-B. Say, Charles Dunoyer y Michel Chevalier, al tiempo que “negaba” los méritos de Ricardo y “minimizaba” los de Mill. Sin embargo, el distanciamiento real entre las escuelas se creó en la década de 1870, cuando Ferrara atacó duramente la importación de las ideas historicistas en Italia, acusando a esos economistas italianos, incluyendo a Cossa, como responsables de los delitos de “germanismo” y “liberticidio” (Cossa 1893, pp. 505-506).[22]

Al examinar la evolución de la economía política en Francia, Cossa apuntaba una tendencia creciente a ignorar las enseñanzas de la ciencia por parte del público. Citaba como uno de los factores contribuyentes a esta condición “el inflexible optimismo de la escuela oficial, con su individualismo que no conoce límites”. Lamentaba que, bajo el dominio de la escuela liberal, “La ciencia económica francés se ha (…) alejado de las sólidas tradiciones científicas británicas (…) No utiliza a Malthus, ni a Ricardo (…) Acepta el laissez faire, no como la norma que es, sino como un principio racional. Así que la ciencia se ha transformado en un guardián interesado del status quo económico” (Cossa 1893, p. 368). Por razones similares, el principal economista liberal francés contemporáneo, Leroy-Beaulieu, era acusado por Cossa (1893, p. 382) como un “partidario del quietismo económico”.

Cossa (1893, p. 370) fue más lejos y dividió a la escuela liberal en ramas “clásica” y “optimista”. La primera comprendía a aquellos economistas franceses, incluyendo a Say, Rossi, Garnier, Courcelle-Seneuil y Block “que solo se han alejado un poco o nada de los métodos actuales en Inglaterra”. Cossa (1893, p. 373-375, 395) afirmaba que las obras de estos economistas tenían valor científico y, en algunos casos, les prodigaba alabanzas. Por el contrario, la que Cossa llamaba “línea optimista de argumentación” fue enunciada primero por Dunoyer y dovulgada ampliamente por Bastiat. Sus posteriores seguidores entre los economistas franceses incluían a Molinari, Leroy-Beaulieu, Levasseur, Frédéric Passy y Baudrillart. Aunque Cossa (1893, p.376) admitía que los optimistas no estaban “en modo algunos en abierta hostilidad” con la rama clásica de la escuela liberal, no indica en ninguna parte con rigor la base científica para distinguir entre los dos subgrupos. En realidad, esta falta de claridad terminológica servía aparentemente a los fines retóricos de Cossa al convertir a “la escuela optimista” en un término elástico y consumado de burla en su lenguaje. Por ejemplo, el criticar la escuela histórica más joven de Schmoller, Cossa (1893, pp. 419-420) concluía que la escuela “está sencillamente presa de una estrechez de miras que no es menos flagrante que la de la escuela optimista francesa, pero en su extremo opuesto”. En defensa de la vieja escuela histórica, Cossa declaraba: “Roscher y Knies no fueron capaces de la grotesca confusión entre Bastiat y Ricardo, que ha llevado a los alemanes posteriores de la nueva escuela histórica a no ver diferencias entre las típicas opiniones inglesas y las del optimismo y el individualismo”.

Así que la actual caracterización de toda la vida y ampliamente aceptada de la escuela liberal francesa como promotora de teorías y políticas económicas “optimistas” no científicas derivaba de un bulo polémico perpetrado por uno de sus primeros opositores. Fue casi inmediatamente debatido y rebatido por economistas liberales a ambos lados de la falsa división, pero sin éxito. En 1893, el “distinguido clásico” Block (1893, pp. 3-4) apuntaba que el hecho de que “algunos escritores alemanes e italianos, haciéndose eco unos de otros, han dividido a veces la escuela y distinguido entre sus filas una ‘escuela optimista’”. Rechazaba el razonamiento tras esta caracterización como “mero reparo” y no daba “consideración seria al nombre”. Aunque creía que “el término ‘clásica’ es bastante apropiado” para designar a toda la escuela, concluía que “prefería” y “defendía” el término “liberal”.

Igualmente, el supuesto “optimista” Leroy-Beaulieu (1910, p. xxii, np. 1) rechazaba la sugerencia de que perteneciera a la escuela clásica (“l’École économique classique”) que consideraba que era la de Ricardo, Malthus y Stuart Mill. También negaba lo apropiado de las designaciones “escuela ortodoxa”, “escuela optimista” y “escuela lógico-deductiva” para describir sus opiniones sobre economía (Leroy-Beaulieu 1910, p. 83). Hablando a favor de los economistas del Institute, proclamaba enfáticamente: “Protestamos contra nombres como ‘Escuela Ortodoxa’ o ‘Escuela Clásica’. Solo reclamamos el honor de llamarnos ‘la Escuela Liberal’” (Leroy-Beaulieu citado en Gide 1907, p.193, np. 1). El compañero “optimista” de Leroy-Beaulieu, Levasseur (1900, p. xvii) se clasificaba a sí mismo dentro de la escuela liberal, considerando como calificativos “desafortunados” los de “clásica” y “ortodoxa”.

La cartilla de economía del belga Emile de Laveleye fue traducida al inglés en 1884 como The Elements of Political Economy e incluía tanto una introducción como un capítulo adicional de Frank Taussig (1884, pp. xi-xviii, 275-288). Aunque no era un economista de facultad de derecho, Laveleye fue uno de los primeros exponentes de las ideas historicistas y Kathedersozialist que escribía en francés y por tanto fue un antecesor influyente de la nueva escuela francesa.[23]

En su introducción, Taussig (1884, p. xiii) calificaba a Laveleye como un “moderado”, cuyas “opiniones económicas simpatizan fuertemente con quienes declaran haberse alejado de lo que puede llamarse el sistema clásico (…) Al mismo tiempo, en modo alguno va tan lejos como esos escritores, sobre todo alemanes, que declaran que el sistema clásico está completamente superado. Su postura es más bien la de escritores alemanes más moderados que protestan contra las líneas duras y rápidas del sistema de Ricardo que han sido comunes entre algunos de sus seguidores”. Taussig (1884, p. xiv) también se refería a la escuela de la que era representativo Laveleye como la “escuela moderada”, añadiendo que Laveleye “como la mayoría de los escritores alemanes, y al contrario que la mayoría de los escritores ingleses, no es un decidido defensor del principio de laissez faire”. Aunque Taussig (1884, p. xvii) sí expresaba reservas acerca del tratamiento de Laveleye de varios puntos de teoría y política, concluía que “En general, los principios establecidos son los aceptados por todos los economistas de peso”, recomendando el libro como “especialmente valioso para quienes quieran conseguir un conocimiento elemental de la economía política”. Dada la posición de Taussig como líder emergente de la síntesis neoclásica en la economía estadounidense, su introducción favorable servía como imprimatur científico sobre el libro y sobre la floreciente nueva escuela francesa.

Un libro de texto que estaba aún más poderosamente acorde con las actitudes anglo-americanas hacia la escuela liberal fue Principes d’Économie Politique, de Charles Gide. J.B. Clark, aún bajo la influencia de la escuela histórica alemana, dirigió la atención hacia la obra en una reseña de la segunda edición francesa en 1889. Clark (1889, p. 548) alababa sin reservas el libro, calificándolo como “una expresión completa de ese movimiento liberal en el pensamiento económico francés” que llevó a la fundación de la revista disidente de la nueva escuela, Revue d’Économie Politique. Apuntando a la afinidad entre las teorías del valor de Gide y Jevons y a la “afiliación” de la teoría de la producción de Gide con la teoría de Böhm-Bawerk, Clark (1889, p. 549) declaraba que Gide “muestra una afinidad con las mentes progresistas en Europa y en América en todo su tratamiento del capital, el intercambio y la distribución”. La reseña acababa destacando la aproximación moderada y no dogmática de la obra: “El tratado en general será especialmente bienvenido por aquellos lectores que sientan que la verdad no puede estar en los extremos de la controversia doctrinal” (Clark 1889, p. 549).

La tercera edición francesa del libro de Gide fue traducida al inglés como Principles of Political Economy en 1891. La traducción fue prologada por el influyente intelectual doctrinal británico James Bonar (1900, p. iii) que alababa en Gide el “énfasis en la necesidad de imparcialidad y la libertad ante prejuicios”. El prólogo estadounidense fue escrito por Clark (1900, p. vii), que veía la traducción como indicadora del restablecimiento de un comercio intelectual [entre Francia y Estados Unidos] que ha estado parcialmente bajo un embargo” debido a la “ortodoxia de muchos economistas franceses” y la tendencia contraria entre economistas estadounidenses a “enrolarse bajo nuevos patrones de escuela o históricos”. Clark (1900, p. vii) también remarcaban el “espíritu progresista” del tratado, así como “su actitud apreciativa hacia las escuelas de pensamiento más antiguas”, resumiendo los méritos del libro en los siguientes términos: “Mantiene cuidadosamente los mejores frutos de trabajos anteriores, el ‘nuevo arranque’ que representa es uno que no rompe con el pasado. Su cualidad más conspicua es una sabiduría que no se combina a menudo con tanta brillantez”.

Esta recomendación del libro por un economista de la estatura de Clark difícilmente podría haber dejado de otorgar al tratado de Gide una autoridad de peso entre los lectores estadounidenses. Y de hecho la obra de Gide obtuvo un gran éxito, según Schumpeter (1968, p. 843, np. 6) convirtiéndose en “uno de los libros de texto de más éxito en el periodo”. Fue tan popular la obra en Gran Bretaña y Estados Unidos que las dos ediciones francesas posteriores del libro fueron de nuevo traducidas al inglés en 1905 y en 1924 (Gide 1905; Gide 1924).

La popularidad del libro de Gide aseguraba que su retrato mordazmente negativo de los economistas “ortodoxos” de la escuela liberal francesa fuera aceptada tal cual. Al explicar su supuesto “exceso de imparcialidad”, Gide (1900, p. vi) afirmaba que son los medios por los que buscaba romper con una “tradición que estaba empezando a asumir la forma de una ley”. Esta supuesta “ley” prescribía que los tratados sobre economía política publicados en Francia presentaran su tema “solo dese un punto de vista: el punto de vista de la escuela ‘Liberal’”. En el propio texto, Gide (1900, p. 16) dedicaba una sección a la escuela liberal en la que alegaba que los economistas liberales niegan “con algún hauteur”, que constituyan una escuela y “firman representar a la propia ciencia”. Gide (1900, p. 16) resumía así la “muy simple” doctrina de la escuela liberal:

Las sociedades humanas están gobernadas por leyes naturales que no podemos alterar ni un ápice, aunque queramos, ya que no son obra nuestra. Además, no tenemos el más mínimo interés en modificarlas, aunque pudiéramos, pues son buenas o, en todo caso, las mejores posibles. [Cursivas en el original]

Sin intentar presentar al lector el cuerpo sustancial de teoría económica liberal que subyace a la primera parte de su afirmación,[24] Gide (1900, p. 18) procedió a proclamar que “La queja más seria que puede hacerse contra este cuerpo de enseñanza en una marcada tendencia al optimismo, que parece estar inspirado menos por un verdadero espíritu científico que por un deseo de justificar el orden existente de las cosas”. En la edición inglesa del libro de 1905, Gide (1905, p. 12) ligaba la escuela liberal a J.-B. Say, cuyo Tratado de economía política rechazaba por falta de “profundidad de pensamiento”. Asimismo, en esta edición, Gide (1905, p. 23 np. 1) extendía la escuela liberal para incluir a economistas no galos como Ferrara y F.A. Walker. Tambien identificaba a J.R. McCulloch, Nassau Senior y Cairnes “cvomo pertenecientes a la escuela liberal, excepto en que no son tan optimistas como los liberales franceses, pero sí incluso más dogmáticos”. Al representar estratégicamente de forma errónea la escuela liberal de esta manera, Gide fue capaz de trivializar la escuela como un derivado inconsecuente de la escuela clásica británica, cuya teoría económica estaba manchada con un toque de optimismo no científico y era poco más que una apología superficial de doctrinas preconcebidas de laissez faire. Además, como Gide no explica en realidad en ningún sitio la teoría económica liberal, el lector es incapaz de cuestionar su evaluación.

Aún más dañino para la reputación de la escuela liberal francesa en los países anglófonos fue el libro de historia del pensamiento del que fueron coautores Gide y su compañero de la Facultad de Derecho, el economista Charles Rist. La obra fue publicada por primera vez en francés en 1909 y la segunda edición francesa de 1913 fue traducida al inglés en 1915 como A History of Economic Doctrines: From the Time of the Physiocrats to the Present Day (Gide y Rist 1948). Enormemente popular como libro universitario de texto en Estados Unidos, la séptima edición francesa apareció en 1947 y se publicó  en 1948 una segunda edición inglesa, incluyendo material recién traducido de las ediciones francesas sexta y séptima. El libro se usó en algunas universidades estadounidenses todavía en la década de 1960.[25]

En esta obra, Gide y Rist continuaron y desarrollaron la distorsión deliberada de la relación doctrinal entre las escuelas liberal francesa y clásica británica concebida inicialmente por Gide en su tratado. Ignorando completamente las raíces de Bastiat y la posterior escuela liberal en la divergente tradición de Cantillon-Turgot-Say, afirmaban que los economistas británicos y franceses estaban originalmente unidos en su seguimiento de las enseñanzas de Ricardo, Malthus y Say. Esta unidad doctrinal fue supuestamente destrozada por la creciente crítica posricardiana de la economía clásica por socialistas y otros autores disidentes en Gran Bretaña y Francia. A la vista de esta feroz crítica, la economía británica se reagrupó detrás de J.S. Mill y revisó críticamente su ciencia, mientras la escuela francesa “con Bastiat como jefe, luchhaba contra cualquier innovación y reafirmaba su fe en el ‘orden natural’ y el laissez faire” (Gide y Rist 1948, p. 329). Fue la influencia deBastiat la que supuestamente sedujo a los economistas franceses para “defender las doctrinas optimistas que tan fácilmente tomaron erróneamente como la propia ciencia” (Gide y Rist 1948, pp. 330-331).

Además, según Gide y Rist (1948, pp. 361-62 np. 3), la escuela “optimista” abandonó pronto la tarea de la investigación científica y desarrolló una propensión al uso del discurso económico para racionalizar el postulado ético de que “el interés social es sencillamente la suma de los intereses individuales, todos los cuales convergen en un todo armonioso”. Los miembros de la escuela clásica británica, por el contrario, “han permanecido fieles a los principios enunciados por los primeros maestros de la ciencia económica. Se ha hecho un intento para mejorar, desarrollar e incluso corregir las anteriores teorías, pero no se ha hecho ningún intento para cambiar sus aspectos esenciales. Individualista y liberal por tradición, esta escuela nunca ha sido optimista. (…) simplemente se limita a la ciencia pura”.

Al contrario que Cossa, Gide y Rist no realizan una distinción espuria entre economistas liberales franceses basándose en una orientación clásica frente a la pesimista. De hecho, suponen que los miembros de la escuela liberal sin, sin excepción, “admiradores de Bastiat” y “optimistas” y, como tales, “discípulos de segundo nivel” de la escuela clásica británica (Gide y Rist 1948, p. 439). Esta opinión permite convenientemente a Gide y Rist (1948, pp. 329-354) restringir su cobertura de la teoría económica liberal a una larga revisión y crítica del sistema de Bastiat y a evitar cualquier tratamiento de los importantes desarrollos teóricos liberales después de 1850. Así que los posteriores contribuidores a la teoría liberal como Michel Chevaliez, Cherbuliez, Courcelle-Seneuil y Block se agrupan conscientemente con Cairnes y se da una breve noticia en una corta sección titulada “Sucesores de Mill” (Gide y Rist 1948, pp. 378-380).

Se alude de nuevo a la posterior escuela liberal en una explicación de los críticos de las doctrinas “hedonistas”. Aquí, los economistas liberales, particularmente Leroy-Beaulieu, son retratados como rígidamente opuestos tanto a la economía matemática como a la marginalista. También se echa culpa a la escuela  liberal del hecho de que Walras fuera “forzado a abandonar Francia para encontrar en tierras extranjeras un entorno más acogedor para la promulgación de sus ideas” (Gide y Rist 1948, pp. 506-508).

El libro de Gide y Rist no fue la única obra francesa sobre historia doctrinal que ayudó a moldear las percepciones anglo-americanas de la escuela liberal. Durante este periodo, de hecho, apareció una rica cosecha de tratados sobre pensamiento económico publicados por autores franceses, que, aunque no se tradujeron nunca, fueron considerados como autoridades y consultados por investigadores doctrinales británicos y estadounidenses. Estos incluían libros de A. Espinas (1892), J. Rambaud (1898), M. Dubois (1903), R. Gonnard (1921), Gaetan Pirou 1925 y G. H. Bousquet (1927).[26] Había un factor institucional funcionando para asegurar que los autores de estos libros fueran casi todos economistas de la facultad de derecho y por tanto se inclinaran por presentar un visión fuertemente antipática de la escuela liberal. Era la circunstancia de que toda Facultad de Derecho incluía una cátedra y un curso dedicado exclusivamente a la historia de la doctrina económica, aunque, aún en 1907, a Francia aún le faltara un curso a nivel universitario de economía pura (Gide y Rist 1948, p. 7). El resultado, como apunta Gide (1907, p. 203) era que, en las universidades, “los cursos de doctrinas históricas están entre los más ansiados por los profesores jóvenes y los más disfrutados por los alumnos. Y estos últimos seleccionan el tema de sus tesis doctorales principalmente de este campo histórico.

La escuela liberal también tuvo una serie de obras traducidas al inglés durante este periodo, pero eran principalmente u obras polémicas en la línea de Bastiat atacando el socialismo o el proteccionismo, como Socialistic Fallacies (Guyot 1910b) y Economic Prejudices (Guyot 1910a), de Guyot; monográficos sobre temas prácticos como la muy aclamada The American Workman, de Levasseur (1900) o estudios político-económicos incluyendo The Modern State in Relation to Society and the Individual (Leroy-Beaulieu 1892) y Collectivism: A Study of Some of the Leading Social Questions of the Day (Leroy-Beaulieu 1908), ambas de Leroy-Beaulieu. Las pocas traducciones al inglés que se ocupaban de la teoría económica pura desde un punto de vista liberal eran cartillas anticuadas para audiencias populares y escritas por teóricos o periodistas menos liberales. Estas obras tendían a reforzar el estereotipo de la escuela liberal como superficial analíticamente y rígidamente resistente al cambio, que promovían deliberadamente Gide y la nueva escuela.

Una de las primeras obras liberales sobre economía general a traducirse al inglés fue Handbook on Social Economy: Or, the Worker’s ABC, escrita por el novelista francés Edmund About (1873) y publicada en 1873.  Fue escrita originalmente algo antes de 1870 para instruir en las leyes de la economía a los trabajadores parisinos que veían la formación de sindicatos. About era un buen escritor e hizo una excelente exposición de las doctrinas económicas de la escuela liberal destacando a Say y Bastiat, pero comprensiblemente el libro no se caracteriza por su profundidad analítica. Otra cartilla liberal, Elements of Political Economy, escrita por Émile Levasseur (1905) apareció en inglés en 1905. Levasseur era un distinguido economista y estadístico aplicado que era conocido por los economistas angloparlantes por su estudio The American Workman, publicado cinco años antes. Aunque moderado y educativo en el tono, la obra se dirigía a una audiencia popular. Además, a pesar del hecho de que partes de la obra fueran reescritas por el autor expresamente para la traducción, fue publicado primero en francés en 1867 (Cossa 1893, p. 383). Así que la poca teoría sistemática que había en el libro se remontaba a Say y Bastiat, sin casi mencionar a los desarrollos posmarginalistas de la ciencia. Incluso la teoría de la determinación de los salarios de Levasseur, que destacaba la importancia de la productividad del trabajo, que era un logro innovador cuando la indicó por primera vez en la década de 1870, aparecía lamentablemente desfasada a la vista de la aparición contemporánea de la teoría de la productividad marginal del precio de los factores.

El único tratado integral de economía general desde un punto de vista liberal que fue traducido al inglés fue Principles of Social Economy, de Yves Guyot (1892), que fue publicado originalmente en inglés en 1884. Guyot era más un activista, reformador político y panfletario que académico e investigador. No tenía ningún cargo académico y era el único economista liberal importante que permanecía fuera del Institute. Tuvo una exitosa carrera política que incluyó ser miembro del Consejo Municipal de París, ocupar un puesto en la Cámara Francesa de Diputados y tres años como Ministro de Obras Públicas. Su devoción por la doctrina del laissez faire y los asuntos sociales era impresionantemente radical y exhaustiva, un hecho que hacía de él un anatema especial para sus oponentes de la nueva escuela y el objetivo favorito de sus enemigos antiliberales. Su obituario en el Economic Journal lo escribió  nada menos que Charles Gide (1928, p. 333) que no pudo reprimir un sarcasmo barato al describir el liberalismo radical de Guyot:

Luchó contra toda forma de intervención del Estado, como la vacunación obligatoria, la regulación de la prostitución, la prohibición del alcohol, la limitación en el número de establecimientos de bebidas, el cierre de lugares de juego, las sanciones contra la adulteración de alimentos  o contra la especulación. Fue el principal lugarteniente de Josephine Butler en su heroica campaña en Francia [contra las leyes antiprostitución] e incluso pasó seis meses en prisión por la violencia de sus ataques contra la policía de París.

Los argumentos que los intervencionistas suelen aportar no le movieron en lo más mínimo, ni siquiera cuando apoyaban la moralidad. ¡Sí! Mejor la ebriedad, la prostitución la ruina en un régimen de libertad que la templanza, la virtud, la sobriedad, la respetabilidad bajo el régimen de la regulación del estado. Respecto de la moral, no admitiría que pudiera existir, salvo como producto natural de la libertad.

Como activista librecambista y reformador político, Guyot estaba más interesado en exponer principios económicos básicos y demostrar su aplicación inmediata a los asuntos políticos actuales que el elaborar y refinar los últimos hallazgos en teoría pura. Por tanto, es evidente en su tratado una tendencia pronunciada a ignorar o minimizar los hallazgos contemporáneos en metodología y teoría del valor. Por ejemplo, Guyot (1892, pp. 1-5) empezaba su tratado apoyando con vigor la metodología de Say y luego seguía esta en casi cuatro páginas de citas ininterrumpidas de la obra de este último. Concluyendo que Say había “respondido por adelantado algunas de las cuestiones últimamente planteadas en Inglaterra y Alemania”, Guyot (1892, pp. 5-9) continuaba atacando a los historicistas británicos y a las escuelas históricas alemanas incluyendo a sus representantes (especialmente Laveleye) en Francia y Bélgica. En el área de la teoría del valor, no se mencionaban el concepto de utilidad marginal ni a los austriacos, aunque se mencionaba brevemente a Jevons y Walras en relación con “un vano intento de sustituir en la ciencia económica el método inductivo [es decir, el método de Say] por el matemático” (Guyot 1892, p. 6). Guyot (1892, pp. 19-20) expresaba concisamente su actitud general hacia las innovaciones contemporáneas en teoría económica con las siguientes palabras:

También debe confesarse que desde las grandes obras de Adam Smith y J.B. Say, ha habido un intervalo en la economía política. Lejos de mí negar el valor de una serie de excelentes obras que han sido escritas en Francia e Inglaterra, pero demasiado frecuentemente no han sido sino paráfrasis o comentarios sobre las obras de los maestros. Se pierden en refinamientos sutiles y han caído por tanto en un convencionalismo económico, en lugar de adquirir un fresco vigor por observación.

En el Prólogo a la edición inglesa de su tratado, en medio de un apasionado alegato por el libre comercio y las políticas de laissez faire en general, Guyot (1892, p. x) daba un golpe polémico a la emergente nueva escuela francesa por su orientación intervencionista, declarando: “Desde que se ha enseñado Economía Política en las facultades de derecho, hemos sido testigos de la evolución de nuevas formas de colbertismo. Antes despreciaban a  toda la economía política, ahora muchos de sus profesores, imbuidos con atractivos de los juristas de la antigua Roma y Francia respecto de la omnipotencia de la ley, adoptan las doctrinas de los Catheder-Socialisten”. En el propio texto, Guyot (1892, p. 13) afirmaba sin explicación que “En Francia las clases sobre economía política dadas en las facultades de derecho son, en su mayor parte, completamente inadecuadas”.

Como personalidad destacada de la escuela liberal, el rechazo absoluto de Guyot de las innovaciones contemporáneas en metodología y teoría del valor, combinado con sus polémicas a favor de una política económica de laissez faire sin restricciones deben naturalmente haber reforzado la caricatura de la escuela francesa que fue divulgada por Gide y sus seguidores en sus publicaciones en inglés. Esta imagen de una ortodoxia atrincherada y monolítica opuesta por reflejo a todo avance científico iba bien a los economistas académicos en Estados Unidos y Gran Bretaña cuyo recién ganado estatus profesional estimulaba una actitud científica y progresista consciente. Visto así (y sin conocimiento del trasfondo de la dura lucha por la supremacía institucional y doctrinal que se producía en Francia), las desdeñosas referencias de Guyot hacia los economistas de la facultad de derecho parecía identificar a la escuela disidente de Gide como la vanguardia asediada del progreso científico en Francia.

De hecho, era la escuela de Gide la que, a pesar de su dominio institucional establecido políticamente, estaba destinada a desvanecerse en la más completa oscuridad, debido a su esterilidad analítica. Si examinamos el famoso libro de texto de Gide, apenas encontramos teoría económica avanzada y mucho menos innovadora. Lo que encontramos es una mezcla ecléctica y bastante pedestre de economía histórica y clásica con una pizca de teoría de la utilidad marginal y análisis marshalliano de oferta y demanda. Ni siquiera los simpatizantes con el proyecto de Gide pueden dejar de advertir la fuerte orientación clásica de su teoría económica. Cossa, contemporáneo de Gide y líder de la nueva escuela italiana, escribió que Gide está “mucho más cerca de la compañía de la escuela clásica de lo que él estaría dispuesto a creer” y Cossa clasificaba al libro de Gide junto al del liberal Cherbuliez como el mejor libro de texto y tratado del momento, respectivamente. James Bonar (1900, p. iv), el autor de la introducción de la primera edición en inglés del libro de Gide, indicaba que la postura de Gide “es sustancialmente la de la (…) ‘Escuela Clásica’ (…) y la obra teórica de la Escuela Clásica es un buena parte los cimientos de su nueva construcción”. En su obituario de Gide, su coautor Rist admitía que Gide no había desarrollado una síntesis teórica viable que sobreviviera a su muerte, argumentando que el valor del tratado de Gide “reside menos en la originalidad de su doctrina económica que en la apertura de mente con la que daba la bienvenida a nuevos métodos e ideas (…) La muerte de Gide cierra un capítulo en la historia del pensamiento económico y social en Francia”. En asuntos de teoría pura, Rist Rist se había convertido pronto en “un ardoroso defensor del método matemático” seguido por la escuela de Lausana (Suranyi-Unger 1931, pp. 129, 191). Cerca del fin de su vida, el propio Gide (1926, p. 870) había concedido implícitamente el callejón sin salida teórico al que había llegado su escuela, cuando escribía respecto de la revista económica que fundó, Revue d’Économie Politique: “La teoría pura tiene poco espacio en ella, no por prejuicios, sino por falta de contribuidores”.

Ahora, es indudablemente cierto, como afirmaban Gide y otros, que la escuela liberal se oponía vigorosamente y denunciaba amargamente las tendencias historicista y matemática contemporáneas en economía. De hecho, el más importante de los últimos teóricos liberales Leroy-Beaulieu (citado en Mai 1975, p. 136), calificaba al uso del método matemático en economía como “puro engaño y vacía burla” que “no tiene fundamento científico ni uso práctico”. Pero los principales teóricos austriacos, Menger y Böhm-Bawerk, que estaban a la vanguardia de la revolución marginalista, también expresaban recelos respecto del desarrollo de los métodos históricos y matemáticos para la investigación teórica pura.

De hecho, los economistas liberales franceses adoptaron con entusiasmo el marginalismo del valor subjetivo de Menger y lo consideraron la culminación natural de la aproximación de la escasez y utilidad a la teoría de precios iniciada por Say. Así, Block (1893, p. 5) apuntaba a la “ley eterna” de Bastiat de que el hombre hace esfuerzos por obtener medios que directa o indirectamente satisfagan sus deseos y señalaba que “esta ley, en su evolución, se convierte en la ley del ‘grado final de utilidad’ de Jevons o de la ‘utilidad marginal’ de Carl Menger”. Block (1893, p. 30) también argumentaba que la ley de oferta y demanda que opera mediante los efectos de la escasez y la abundancia ha encontrado su “completa explicación en la utilidad final o marginal (Grenznutzen) de los austriacos”. Leroy-Beaulieu (1910, pp. 15-94), en su tratado en cuatro tomos, publicado por primera vez en 1895, dedicó dos capítulos para un total de casi ochenta páginas a explicar las contribuciones de Jevons y Menger y asimilarlas con la tradición liberal de la escasez y utilidad. En Italia, el economista liberal Augusto Graziani apareció en la década de 1890 como “uno de los representantes más distinguidos de la teoría de la utilidad marginal, tal y como fue expuesta por Menger y Böhm-Bawerk” (Suranyi-Unger 1931, p. 148).Igual que los liberales franceses, Graziani adoptó perspicazmente la utilidad marginal como medio de completar la teoría del precio por oferta y demanda de Say, sosteniendo que “todos los nuevos puntos de vista solo pueden servir para perfeccionar esta doctrina fundamental” (Suranyi-Unger 1931, p. 185). También aplicó el concepto al desarrollar sus propias teorías originales de producción y distribución. El investigador doctrinal formado en Austria, Suranyi-Unger (1931, p. 148) calificaba así al sistema teórico de Graziani como “el sistema más importante en la teoría económica italiana moderna”, después del de Pareto.

Además, al contrario que la escuela de Gide, cuya influencia doctrinal murió repentinamente con la muerte de su fundador a finales de la década de 1920, la influencia de la escuela liberal franco-italiana sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial. Así, Louis Baudin (1947), que llegó a convertirse en un miembro activo de la Sociedad Mont Pelerin, publicó un largo tratado tratando de integrar teoría del valor y teoría monetaria.[27] La segunda edición de la obra, publicada en 1947 fue reseñada muy favorablemente en la American Economic Review, con el crítico concluyendo que “El libro del Profesor Baudin representa un esfuerzo prodigioso de investigación, lectura y reflexión y es una obra admirablemente equilibrada en la mejor tradición francesa” (M. A. Kriz 1947, p. 981).

En Italia, Luigi Einaudi fue quizá el más famoso descendiente de la escuela liberal. Einaudi escribió treinta libros sobre economía y fue miembro fundador de la Sociedad Mont Pelerin. Después de la Segunda Guerra Mundial, fue gobernador del Banco de Italia y luego presidente de Italia.[28] Constantino Bresciani-Turroni también surge de la tradición liberal italiana. En 1931 escribió la que hoy es reconocida como la obra de referencia sobre la hiperinflación alemana (Bresciani-Turroni 1968).[29] También contribuyó con dos artículos influyentes sobre la teoría del ahorro en relación con la teoría austriaca del ciclo económico (Bresciani-Turroni 1936) y estos impresionaron a Schumpeter (1968, p. 1018) como “brillantes escritos”. Después de la guerra, se convirtió en miembro fundador de la Sociedad Mont Pelerin y fue nombrado director de la Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo y ministro de comercio exterior.

Conclusión

Así que está claro que la imagen de la escuela de Bastiat que se ha manejado en la literatura doctrinal anglo-americana es una que se ha distorsionado deliberadamente por sus enemigos doctrinales y tiene una necesidad desesperada de una extensa revisión. La escuela liberal ni fue analíticamente estéril ni intentó impedir la extensión del marginalismo, aunque, como Menger y la escuela austriaca, sí se opuso intransigentemente a la economía histórica y matemática. Todo el olvido de las contribuciones teóricas de la escuela por parte de los economistas anglófonos modernos es atribuible principalmente a la peculiar conjunción de circunstancias referidas a la profesionalización de la ciencia económica en Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos en el último cuarto del siglo XIX.


[1] Este capítulo se basa en las siguientes obras: Alcouffe 1989; Block 1893; Gide 1890; Gide 1898; Gide 1907; Gide 1926; Rowe 1892. La información biográfica sobre la mayoría de los economistas mencionados en este capítulo puede encontrarse en el maravilloso pequeño diccionario de Ludwig Mai (1975).

[2] Esta fue en realidad la primera cátedra de economía política instituida en Francia, pero su nombre de “economía industrial” fue sustituido para apaciguar a los cargos del gobierno que “se sentían incómodos, como lo había estado Napoleón, por las mismas palabras ‘economía política’. La palabra ‘política’ parecía implicar que personas fuera del gobierno, reclamando un conocimiento superior, podrían tratar de decir al gobierno qué hacer u objetar a sus políticas o entrar el partidos políticos como los que existen hoy” (Say 1997, p. 117).

[3] Debería señalarse que el propio Gide no había tenido ninguna formación formal en economía al asumir la recién creada cátedra de economía política en la facultad de derecho de Montpellier en 1877. Su único contacto con la disciplina hasta entonces procedía de su lectura de las obras completas de Bastiat que le regaló su tío por conseguir su licenciatura en derecho (Howey 1989, p. 187).

[4] Sobre la doctrina del solidarismo y la producción cooperativa de Gide, ver Gide y Rist 1948, pp. 545-570 y Gide 1922.

[5] Sobre los esfuerzos de rehabilitación de Jevons, ver Salerno 1988, pp. 124-125.

[6] Frente la movimiento histórico en Alemania, el historicismo británico comprendía un grupo laxo de diversos pensadores en lugar de una escuela consciente de pensamiento. Los miembros más influyentes de la primera generación de historicistas británicos incluía a Thomas E. Cliffe Leslie (1827-1882), John Kells Ingram (1823-1907), Walter Bagehot (1826-1877) y J.E. Thorold Rogers (1823-1890). Las segunda generación comprendía a William Cunningham (1849-1919), Arnold Toynbee (1852-1883) y W.J. Ashley (1860- 1927). Para explicaciones sobre este movimiento y ls opiniones de sus miembros individuales, ver Mahoney 1991, pp. 91-119; Spiegel 1991, pp. 395-409 y Haney 1949, pp. 523-536.

[7] También Pedro Schwartz (1972, p. 1) escribe que “el marginalismo no fue aceptado en el mundo angloparlante en la década de 1870, sino solo después de la publicación de tratado de Marshall en 1890. En el primer tercio del siglo XIX, los economistas no estaban interesados en explicaciones abstractas de la teoría del valor; el centro de escenario no estaba ocupado por los marginalistas, sino por los seguidores de la escuela histórica alemana, con su rechazo a una aproximación abstracta a las ciencias sociales y su concepto inductivo y práctico de la economía.

[8] Sobre el franco contraste entre las escuelas clásica británica y liberal francesa en sus aproximaciones a la evaluación de la política económica, ver Lionel Robbins, The Theory of Economic Policy in English Political Economy (Londres: Macmillan & Co, Ltd, 1953), pp. 34-67.

[9] Frank Fetter (1920, p. 723) escribe igualmente de Marshall: “defiende, aunque modifica ligera y lamentablemente, la teoría del valor, los conceptos fundamentales y la teoría económica general de la distribución dejada por Ricado y Mill. Mantiene, con cierto espíritu de clase, la herencia de la doctrina económica ortodoxa, a pesar de cierta conciencia de sus incoherencias. En su pensamiento, la diferencia entre el viejo ricardianismo y el neoricardianismo no es de un cambio radical, sino una modificación verbal poco entusiasta de errores expuesto por críticos de otras escuelas”.

[10] Como apuntaba Stigler (1949 pp. 38-39) en 1941: “Philip Wicksteed es probablemente el menos conocido de los principales economistas ingleses de la última generación y esto era igual en su propio tiempo (…) Wicksteed constituye en cierto sentido la ‘escuela’ de Jevons. Junto con William Smart (…) fueron los únicos economistas ingleses importantes del periodo entre 1870 y la Guerra Mundial que abandonaron explícitamente la tradición clásica. Es una razón adicional para la comparativa oscuridad de Wicksteed.

[11] Extrañamente, Marshall (1977, p. 77, np. 1) alababa el tratado de William E. Hearn, el teóricos del valor subjetivo y seguidor de Bastiat como “al tiempo sencillo y profundo”, aunque rebajaba sutilmente la importancia de la obra alabándola como “un ejemplo admirable de la forma en que puede aplicarse un análisis detallado para permitir una formación de muy alto nivel para los jóvenes”.

[12] Para una visión general de la tradición cataláctica estadounidense, ver Salerno 1988, pp. 132-143.

[13] Ross (1991, p. 85) dice de Sumner: “Acepto enseguida la doctrina de la economía clásica en la forma simple presentada por Harriet Martineau y nunca dudó de su lógica”.

[14] Se ha dicho recientemente de Sumner ([1909] 1992, p. 393) que el maltusianismo “era una piedra angular de su pensamiento”. Ross (1991, p. 85) califica a la sociología de Sumner como “una extrapolación de la visión histórica embebida en la economía clásica”. La teoría de la evolución social de Sumner con su fundamento en las leyes de la economía clásica está explicado en Ross 1991, pp. 86-88; y Fine 1976, pp. 81-91.

[15] Esta definición objetivista era una marcha atrás respecto de la definición praxeológica de la economía política dada por Perry (1891, p. 61): La “ciencia de vender y comprar”.

[16] Sobre el tortuoso intento de Walker de conciliar la crítica historicista de la economía clásica, ver Ross 1991, pp. 80-85.

[17] Este párrafo y el siguiente se basan en la siguientes fuentes: Seligman 1967; Coats 1960; Fine 1976, pp. 199-251 y Ross 191, pp. 98-122.

[18] Para una breve explicación del declive de la tradición austro-marginalista pura en Estados Unidos, ver Salerno 1999, p. 47, 52.

[19] Probablemente este fue el caso con los franceses, pues no se consiguió en Francia ningún título de licenciatura y, respecto de Alemania, pocos economistas estadounidenses realizaron allí estudios de posgrado (Parrish 1967, pp. 13-16).

[20] Ver Schumpeter 1968, p. 856, n. 3, sobre la originalidad e influencia internacional de este libro.

[21] Haney (1949, p. 834) indica que Cossa llama a Roscher su “reverenciado maestro”, pero no indica el origen de la cita.

[22] Para más detalles sobre la polémica en Italia entre las dos escuelas por economistas asociados con la nueva escuela, ver Rabbeno 1891; Loria 1891; Loria 1900 y Loria 1926.

[23] Sobre Laveleye ver: Cossa 1893, pp. 394-395; Schumpeter 1968; Pribram 1983, p. 223.

[24] La segunda parte de la “doctrina” no es proclamada por ningún economista liberal, salvo quizá Bastiat en alguna de sus florituras polémicas. Incluso Guyot (1892, p. 19), reconocido como uno de los defensores más tenaces del laissez faire entre los economistas liberales (y mucho más que Bastiat) criticó los abandonos de Bastiat de un ciencia libre de valores al hacer tal afirmación y se refería a él como “un discípulo de Pangloss”.

[25] Sobre al popularidad del libro, ver Schumpeter 1968, p. 843; Samuelson 1970, pp. 283-285 y Roll 1953, p. 11.

[26] Ver las referencias de estos autores y sus libros en Schumpeter 1968; Haney 1949 y Roll 1953.

[27] Sobre Baudin como uno de los más jóvenes “liberalistas franceses”, ver Haney 1949, p. 850; sobre las actividades de Baudin con la Sociedad Mont Pelerin, ver las referencias en Hartwell 1995.

[28] Sobre Einaudi, ver Haney 1949, p. 839; Mai 1975, p. 78 y las referencias en Hartwell 1995.

[29] Sobre Bresciani-Turroni, ver Mai 1975, p. 34; Haney 1949, pp. 842-843 y las referencias en Hartwell 1995.


Publicado el 26 de agosto de 2006. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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