El arte de no ser gobernados

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[Este artículo está transcrito del podcast Libertarian Tradition]

Considero que parte de mi trabajo aquí es llamar la atención sobre nuevos libros que se relacionan de alguna forma con la tradición libertaria (es decir, con la historia del pensamiento libertario). Uno de esos libros se publicó por primera vez hace poco más de un año, en septiembre de 2009, por la Yale University Press. Hasta ahora (noviembre de 2010) no se había publicado en rústica con una reducción de alrededor del 30% en su precio. Es la obra de James C. Scott, profesor de ciencias políticas y antropología en Yale y su título es The Art of Not Being Governed: An Anarchist History of Upland Southeast Asia.

Excepto una reseña muy inteligente este mismo año en Reason, este libro no parece haber atraído ninguna atención en absoluto entre los libertarios. Aún así es un libro que los libertarios a los que les entusiasme la historia encontrarán realmente interesantísimo, aunque probablemente no tanto por su extremadamente ilustrativa exposición de las historia del Sudeste de Asia como por sus aún más ilustrativas observaciones sobre el lugar del estado en la historia humana en general.

“Hasta poco antes de la era común”, escribe Scott, lo que equivale a decir los últimos 2.000 años, “el último 1% de la historia humana, el paisaje social consistía en unidades de parentesco elementales autogobernadas que podían, ocasionalmente, cooperar en la caza, las fiestas, las escaramuzas y los tratados de paz. No contenía nada que pudiésemos llamar un estado. En otras palabras, vivir en ausencia de estructuras estatales ha sido la condición humana normal”.

Según Scott, la historia del mundo puede dividirse en

cuatro eras: 1) una era sin estado (con mucho, la más larga), 2) una era de estados a pequeña escala rodeados por periferias sin estado y fácilmente alcanzables, 3) un periodo en que dichas periferias encogen y son asediadas por el expansión del poder del estado y finalmente, 4) una era en la que virtualmente todo el planeta es ‘espacio administrado’ y la periferia no es mucho más que una remanente folclórico.  La progresión de una era a la siguiente ha sido muy desigual geográficamente (siendo China y Europa más precoces que, digamos, el Sudeste Asiático y África) y temporalmente (con las periferias creciendo y decreciendo dependiendo de las vicisitudes de la creación de los estados). Pero respecto de la tendencia a largo plazo no puede hacer ni una pizca de duda.

No sorprende que Scott piense que la importancia del estado normalmente es exagerada por los historiadores.

Los primeros estados en China y Egipto (y más tarde en la India de los Chandra Gupta, la Grecia clásica y la Roma republicana) fueron insignificantes en términos demográficos. Ocupaban una porción minúscula  del mundo y sus súbditos  no eran más que un error de redondeo en las cifras mundiales de población. En el territorio del Sudeste Asiático, donde solo empezaron a aparecer los estados a mediaos del primer milenio de la era común [hace unos 1.500 años] su rastro en el paisaje y sus pueblos es relativamente trivial cuando se compara con su abultado lugar en los libros de historia. Centros pequeños, dispersos y amurallados junto con sus villas tributarias, estos pequeños nodos de jerarquía y poder eran al tiempo inestables y limitados geográficamente. Para un ojo aun no hipnotizado por restos arqueológicos e historias centradas en el estado, el paisaje les habría parecido prácticamente todo periferia y sin centros. Prácticamente toda la población y territorios estaban fuera de su ámbito.

Cada uno de estos primeros estados, según Scott era

una reunión de pueblos previamente sin estado, Algunos súbditos se vieron sin duda atraídos por las posibilidades de comerciar, la riqueza y el estatus disponible en las cortes, mientras que otros, casi seguramente la mayoría, eran cautivos y esclavos capturados en guerras o comprados a los comerciantes de esclavos. La enorme periferia “bárbara” de estos estados pequeños fue (…) la fuente de cientos de in portantes bienes y productos forestales de comercio necesarios para la prosperidad del (…) estado (…) [así como] el bien de comercio en circulación más importante: los cautivos humanos que formaban el capital trabajador de cualquier estado de éxito. Lo que hoy sabemos de estados clásicos como Egipto, Grecia y Roma, así como los primeros estados jmer, thai y birmano, sugieren que la mayoría de sus súbditos no fueron formalmente libres: esclavos, cautivos y sus descendientes.

La “enorme periferia ‘bárbara’” que rodeaba a cada uno de estos primeros estados era asimismo un lugar al que podían huir las víctimas del estado en busca de una mayor libertad. Como punta Scott, el “espacio no estatal” más allá de la frontera “operaba como un dispositivo homeostático tosco y eficaz: cuanto más presionara un estado a sus súbditos, menos súbditos tendría. La frontera apoyaba la libertad popular”. Scott utiliza el término “espacio no estatal” para referirse a “ubicaciones donde, debido principalmente a obstáculos geográficos,  el estado tiene una dificultad especial en establecer y mantener su autoridad”. Históricamente, sostiene Scott, “es un territorio difícil o inaccesible, independientemente de su elevación, que presenta grandes dificultades para el control estatal” y es por tanto en un territorio difícil o inaccesible donde se encuentra más habitualmente el espacio no estatal. Y, como destaca Scott, “esos lugares han servido a menudo como refugios para pueblos que resisten o huyen del estado”.

Scott observa que

desde 1945, y en algunos casos antes, el poder del estado para implantar tecnologías de demolición a distancia (ferrocarriles, carreteras ante cualquier clima, teléfono, telégrafo, poder aéreo, helicópteros y ahora las tecnologías informáticas) ha cambiado tanto el balance estratégico del poder entre pueblos autogobernados y estados nación, ha disminuido tanto la aspereza de los territorios, que mi análisis en general deja de ser útil.

Pero destaca que

evitar el estado era, hasta los últimos pocos siglos, una opción real. Hace mil años la mayoría de la gente vivía fuera de estructuras estatales, bajo imperios mal tejidos o en situaciones de soberanía fragmentada. Hoy es una opción que se desvanece rápidamente.

Por supuesto, los estados trabajaban para impedir que sus súbditos escaparan a territorios donde el alcance del estado estaba dificultado por un terreno difícil. Un método que usaron fue la propaganda. Como escribe Scott, “la historia oficial que la mayoría de las civilizaciones cuentan de sí mismas” casi invariablemente se refiere a “un pueblo atrasado, ingenuo y tal vez bárbaro” que “se incorpora gradualmente a una sociedad y cultura avanzada, superior y más próspera”. De hecho, apunta que “bárbaro ha sido otra palabras que usaron los estados para describir a cualquier pueblo autogobernado, no sometido”. Sin embargo “muchos de estos bárbaros no gobernados habían elegido, en un momento u otro, como alternativa política, tomar distancia respecto del estado” y vivir en su lugar en una sociedad sin estado en la que

sus rutinas de subsistencia, su organización social (…) y muchos elementos de su cultura (…) se organizaron a propósito tanto para frustrar la incorporación a estados cercanos como para minimizar la probabilidad de que aparezcan concentraciones de poder similares a estados. La evasión y el impedimento del estado permean sus prácticas y, a menudo, también su ideología.

Otra forma de decir esto podría ser que los centros de comercio prósperos y densamente poblados, en los que la civilización existe en su forma más avanzada, normalmente se vieron apropiados por un estado de algún tipo antes de haber sido centros de comercio prósperos y densamente poblados por mucho tiempo. Lo mismo podría decirse acerca de los pueblos agrícolas más prósperos y más densamente poblados. En realidad, irónicamente, el estado es el precio de la civilización (no, como dicen los estatistas, porque el estado sea necesario para salvaguardar o proteger la civilización, sino más bien porque es la civilización la que impone el estado como una sanguijuela o una solitaria, porque las sociedades más civilizadas son las más ricas y por tanto las más rentables de saquear. Ante ese dilema, ha habido mucha gente que ha elegido alejarse de la civilización y por tanto escapar del estado en lugar de quedarse en la civilización y tratar de reformar o abolir el estado.

Por supuesto, como punta Scott, en la primera propaganda del estado aconsejando contra esa huida de la  civilización, “la relación entre ser civilizado y ser un súbdito del estado se (…) da por supuesta”. E incontables generaciones de historiadores han seguido la vía de los primeros intelectuales cortesanos y alegremente “confundieron ‘civilización’ con lo que era en realidad una construcción del estado”.  Como consecuencia, argumenta Scott, hoy nos encontramos con una “enorme literatura  sobre construcción del estado, contemporánea e histórica, [que] prácticamente no presta atención a su reverso: la historia de una falta de estado deliberada y reactiva. Es la historia de los que se fueron”.

Scott entiende que un lector en los Estados Unidos del siglo XXI puede que considere este argumento con cierta incredulidad.

En un momento en que el estado parece omnipresente e inevitable, es fácil olvidar que durante buena parte de la historia vivir dentro o fuera del estado (o en una zona intermedia) era una alternativa, que podría revisarse de acuerdo con las circunstancias. Un centro estatal rico y pacífico podría atraer a una población creciente que encontrara recompensa en sus ventajas.

Aún así, “parece que mucha, si no la mayoría, de la población de los primeros estados no era libre: eran súbditos bajo coacción”. Y “era muy común que los súbditos del estado huyeran”. Pues “vivir dentro del estado significaba, prácticamente por definición, impuestos, servicio militar, trabajos forzados” (es decir trabajo obligatorio, no remunerado a corto plazo, como que se les obligara a trabajar sin paga un día o dos reparando caminos) “y, para la mayoría, una condición de servidumbre”.

Así que el primer estado expulsaba poblaciones tan habitualmente como las absorbía y cuando, como era a menudo el caso, se derrumbaba completamente como resultado de la guerra, la sequía, las epidemias o las luchas civiles por la sucesión, sus poblaciones se disgregaban. Los estados no eran, en modo alguno, una creación de una vez y para siempre. Innumerables descubrimientos arqueológicos de centros estatales que florecieron brevemente y luego fueron eclipsados por guerras, epidemias, hambrunas o desastres ecológicos muestran una larga historia de formación y derrumbamiento del estado en lugar de permanencia del mismo. Durante largos periodos la gente entraba y salía de los estados y la “estatitud” era, en sí misma, a menudo cíclica y reversible.

Por supuesto, no fueron solo las hambrunas, epidemias o luchas internas por el poder político las que derribaron estos frágiles primeros estados. Casi igual de a menudo, fue la codicia. Como observa Scott, “uno podrían haber esperado que la política consistiera en navegar lo más ceñido al viento que pudieran: es decir, extraer recursos casi hasta el punto en el que provoquen la lucha o la rebelión. (…) Ésta sería la estrategia más razonable”. Pero no fue la estrategia que siguieron la mayoría de estos primeros estados.

Por ejemplo, los primeros gobernantes en el Sudeste Asiático sabían que

la capacidad fiscal de la población variaba ampliamente, como ocurriría en cualquier economía agraria, de estación en estación dependiendo de las fluctuaciones de las cosechas debidas al tiempo, las plagas y las enfermedades en los cultivos. Incluso aquí el robo y el bandidaje podrían ser un factor: los cultivos concentrados sobre el terreno serían una tentación tan grande para bandas de bandidos, rebeldes o reinos rivales como lo era para el estado. Permitir la gran variación en la capacidad de los agricultores de pagar de año en año habría obligado a la corona a sacrificar sus propias demandas fiscales por el bienestar de su campesinado. Todas las evidencias sugieren que, muy al contrario, los estados precoloniales y coloniales trataron de garantizarse una apropiación constante a costa de sus súbditos. (…)

Dada la alternativa entre patrones de subsistencia que son relativamente desfavorables para el cultivador,  pero que produce un mayor retorno en mano de obra o grano para el estado, y esos patrones que benefician al cultivador pero privan al estado, el gobernante elegirá el primero en todos los casos. Luego el gobernante maximiza el producto accesible para el estado, si es necesario a costa de la riqueza general del reino y sus súbditos.

Como incluso los estados de más éxito estaban adyacentes a áreas que no podían controlar, los pueblos oprimidos seguían teniendo un lugar adonde ir. “Al menos hasta el principio del siglo XIX”, escribe Scott, “las dificultades del transporte, el estado de la tecnología militar y, sobre todo, las realidades demográficas fijan límites estrictos al alcance incluso de los estados más ambiciosos”. Por ejemplo, en el Sudeste Asiático, en 1600, la densidad de población era “de solo 5,5 personas por kilómetro cuadrado (…) (comparada con los aproximadamente 35 de la India y China)”, así que cualquier súbdito de un gobernante del Sudeste Asiático “tenía un acceso relativamente fácil a una enorme frontera llena de riquezas”. Y justo más allá de esa frontera estaban las tierras altas, las colinas, “un área aproximadamente del tamaño de Europa”, a la que Scott, como números más crecientes de historiadores y sociólogos, llama “Zomia”.

Zomia es un nuevo nombre para prácticamente todos los territorios aproximadamente por encima de los trescientos metros de altitud desde las Tierras Altas de Vietnam o en nordeste de la India y que atraviesan cinco naciones del Sudeste Asiático (Vietnam, Camboya, Laos, Tailandia y Birmania) y cuatro provincias de China. (…) Es un espacio de 2,5 millones de kilómetros cuadrados que contiene alrededor de 100 millones (…) de personas (…) en la periferia de nueve estados.

Zomia es, nos dice Scott “uno de los más grandes espacios sin estado del mundo, sino el mayor”. De hecho, dice Scott, “la señal, el rasgo distintivo de Zomia (…) es que está relativamente sin estado. Por supuesto, históricamente ha habido estados en las montañas “aunque han abundado [allí] los proyectos de creación de estado, es justo decir que pocos han llegado a concretarse” y “aquellos pretendidos reinos que se las arreglaron para desafiar a la fortuna lo hicieron para un periodo relativamente breve y llenos de crisis”.

Los asentamientos humanos que constituyen Zomia, mantiene  Scott, se “entienden mejor como (…) comunidades [de fugitivos] que, en el curso de dos milenios, han estado huyendo de la opresión de los proyectos de creación de estados en los valles (esclavitud, servicio militar, impuestos, trabajos forzados, epidemias y guerras)”.

Y no debería sorprender a nadie, escribe, que

prácticamente todo lo relativo a la vida, organización social, ideologías de esta gente e (…) incluso sus culturas en buena parte orales, puedan considerarse como posicionamientos estratégicos pensados para mantener a distancia al estado (…) para evitar la incorporación a que aparezcan estados entre ellos.

Por ejemplo, los residentes de Zomia normalmente practican lo que Scott llama “agricultura de escape: formas de cultivo pensadas para dificultar su apropiación por el estado”. Y “su estructura social bien podría calificarse como estructura social de escape al ser diseñada para ayudar a la dispersión y la autonomía y prevenir la subordinación política”. Si queremos entender las tradiciones, costumbres y comportamientos de estos pueblos, insiste Scott, debemos empezar reconociendo que “los habitantes de esta zona han venido, o permanecido, aquí en buena parte porque queda fuera del alcance del estado”.

Por supuesto, esto no significa que a sus sociedades descentralizadas les falte ningún orden coherente. De hecho Scott escribe sobre su deseo de “intentar explicar las unidades elementales de orden político en el centro del Sudeste Asiático” y comenta luego: “Destaco el término orden político para evitar dar la impresión equivocada de que fuera del ámbito del estado solo hay desorden”. Y resulta interesante que uno de los puntos principales que indica acerca de las “unidades elementales de orden político” que ha encontrado entre los pueblos de las tierras altas del Sudeste Asiático es que, y éstas son sus palabras,

Sus estructuras políticas son, con excepciones extremadamente raras, imitativas en el sentido de que aunque puedan tener los trucos y retórica de la monarquía, les falta lo sustancial: una población sujeta al pago de impuestos o al control directo sobre sus unidades constituyentes, por no hablar de un ejército regular.

Una forma más sencilla de decir esto sería, empleando la terminología de Albert Jay Nock, que la gente de las tierras altas del Sudeste Asiático tiene gobierno, pero no estado. “Hasta donde puede uno seguir el discurrir de la civilización”, escribía Nock en 1935,

presenta dos tipos fundamentalmente diferentes de organización política. Esta diferencia no es de grado, sino de clase. No basta con considerar a un tipo como uno meramente mostrando un nivel más bajo de civilización y el otro como una superior: normalmente se consideran así, pero erróneamente. Aún menos clasificar ambas como especies del mismo género, clasificar a ambas bajo el nombre genérico de “gobierno”, aunque también esto, hasta hace muy poco, se ha hecho siempre y ha llevado siempre a confusión y equívoco.

El origen del gobierno, argumentaba Nock,

Está en la comprensión y acuerdo común de la sociedad: (…) el gobierno implanta el deseo común de la sociedad, primero, de libertad, y segundo, de seguridad. No va más allá: no contempla ninguna intervención positiva sobre el individuo, sino solo una intervención negativa.

Nock creía que

el código legal debería ser el del legendario rey Pausolo, que no dictó nada más que dos leyes a sus súbditos, siendo la primera No dañar a ningún hombre y la segunda Hacer lo que quieran y (…) toda la ocupación del gobierno debería ser la puramente negativa de ver que se cumple este código.

Por el contrario, argumentaba Nock, el estado

no se originó en la comprensión y acuerdo común de la sociedad: se originó en la conquista y la confiscación. Su intención, lejos de contemplar la “libertad y seguridad”, no contemplaba nada de este tipo. Contemplaba en primer lugar la explotación económica continua de una clase por otra y solo le preocupaba cuánta libertad y seguridad eran compatibles con su primera función, que era, en realidad, muy pequeña. Su función o ejercicio principal no se realizaba con (…) intervenciones puramente negativas frente al individuo, sino con intervenciones positivas innumerables y carísimas, todas las cuales tenían el fin de mantener la estratificación de la sociedad en una clase propietaria y explotadora y una clase dependiente sin propiedades. El orden de intereses que reflejaba no era social sino puramente antisocial y quienes lo administraban, juzgados bajo los patrones éticos habituales, o incluso el patrón común de la ley aplicada a personas privadas, eran indistinguibles de una clase de criminales profesionales.

Aún así, James C. Scott, no solo en su explicación de los refugiados del estado que viven en Zomia, sino asimismo en sus comentarios más generales acerca de la historia del estado en la sociedad humana, no hace distinción entre gobierno y estado. Alrededor de la mitad de las veces se refiere a los zomianos y a sus equivalente en otras áreas del mundo y otras eras de la historia mundial como “no gobernados”. La otra mitad de las veces se refiere a estos mismos grupos de individuos como “pueblos autogobernados”. Pero, por supuesto, si realmente se están “autogobernando”, no están “no gobernados”. Se están gobernando a sí mismos. No están practicando “el arte de no ser gobernados”: están practicando el arte de no ser administrados.

Esto puede parecer un mero juego de palabras, pero, como Nock, creo que es una distinción importante, una distinción que si no se tiene en cuenta llevará a confusiones y equívocos. Si Scott puede criticar a la mayoría de sus colegas historiadores por confundir “civilización” con “creación de estados”, él mismo puede ser criticado por confundir falta de estado con falta de gobierno, particularmente cuando está claro en su propio texto que entiende la diferencia y qué diferencias genera.

The Art of Not Being Governed: An Anarchist History of Upland Southeast Asia, de James C. Scott, fue publicado en cartoné y ahora en rústica por la Yale University Press. A pesar de sus defectos, es una obra soberbia y magníficamente inteligente.


Publicado el 18 de julio de 2011. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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