Economía y coraje moral

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[Artículo número 29 de la lista de lectura de 30 días de Robert Wenzel que te ayudará a convertirte en un conocedor libertario]

[Este discurso, patrocinado por la Future of Freedom Foundation y el Club de Economía de la Universidad George Mason, se realizó en la GMU el 9 de septiembre de 2009]

Debe ser realmente dolorosa ser hoy un economista de la corriente principal, al menos debería escocer algo. En una calamidad financiera y económica de la escala actual, la gente naturalmente quiere saber quién lanzó advertencias acerca de la burbuja inmobiliaria y sus probables secuelas.

Cuando los empleos en el sector privado no han crecido en absoluto en diez años y cuando diez años de inversión interna se deshacen sistemáticamente en el curso de 18 meses, cuando los precios de la vivienda en algunos lugares del país caen un 80% y cuando bancos antes prestigiosos caen a la lona o reciben muchos miles de millones en ayudas de rescate, la gente que saber qué economistas vieron venir esto.

Tal vez sean estos economistas (los que hace tiempo habían lanzado la alarma y no aquellos a los que los medios consultan incasablemente) los que deberían estar dando consejos acerca de cómo seguir adelante. Tal vez tendrían que interpretar si el nuevo auge de la bolsa es un reflejo de la realidad u otra burbuja que evoluciones como un declive que pueda llevar a otra depresión secundaria.

Sin embargo, dentro de la corriente principal nadie lo vio venir. Esto pasó porque nunca aprendieron la lección que trataba de enseñar Bastiat, que es que tenemos que mirar por debajo de la superficie, a las dimensiones invisibles de la acción humana, para ver toda la realidad económica. No basta con sentarse y mirar los puntos en un gráfico subiendo y bajando, sonriendo cuando las cosas van bien y frunciendo el entrecejo cuando van mal. Ese es el nihilismo del estadístico económico que no emplea ninguna teoría, ninguna idea de causa y efecto, ninguna compresión de la dinámica de la historia humana.

Mientras las cosas iban hacia arriba, todos pensaban que el sistema económico estaba sano. Pasó lo mismo a finales de la década de 1920. De hecho, lo mismo ha pasado a lo largo de toda la historia humana. Hoy no es distinto. La bolsa está subiendo, así que sin duda es una señal de salud económica. Pero la gente tendría que reflexionar sobre el hecho de que la bolsa que más está rindiendo en el mundo en 2007 es la de Zimbabue, que es hoy el hogar de un espectacular colapso económico.

Debido a esta tendencia a mirar a la superficie en el lugar de a la realidad subyacente, la teoría del ciclo económico ha sido fuente de mucha confusión a lo largo de la historia económica. Para entender la teoría hace falta mirar más allá de los datos dentro de la estructura de producción y su salud general. Requiere un pensamiento abstracto acerca de la relación entre capital y tipos de interés, dinero e inversión, ahorro real y ficticio y el impacto económico del banco central y las ilusiones que desata. No puedes obtener esa información mirando como las cifras aparecen en la parte inferior de tu televisor.

Cuando después golpea la crisis, siempre resulta una completa sorpresa y los economistas se encuentran en la papeleta de crear un plan para acerca algo con respecto al problema. Es entonces cuando entra en juego una forma rudimentaria de keynesianismo. El gobierno gasta el dinero que tiene e imprime el que no tiene. Se paga a los parados. Abundan los trucos para impulsar sectores quebrados. En general, esta aproximación busca animar a la gente a realizar algún tipo de intercambio para mantener a raya la realidad.

Los austriacos aconsejan una aproximación diferente, una que tiene en cuenta la realidad subyacente durante la fase de auge. Dirigen la atención a la existencia de la burbuja antes de que estalle y una vez que se produzca, los austriacos sugieren que no es bueno hinchar otra burbuja o mantener en marcha producción o planes antieconómicos.

Los austriacos a finales de la década de 1920 y principios de la de 1930 se encontraron teniendo que explicar esto una y otra vez, pero fue durante la aparición de la era del positivismo (el método que plantea que solo importa realmente lo que ves en al superficie), por lo que les fue muy difícil hacer planteamientos que eran más complejos. Eran como científicos tratando de dirigir una convención de curanderos.

Lo mismo pasa hoy. La explicación austriaca de la depresión económica requiere pensar a más de un nivel para llegar a la verdad, mientras que los economistas de hoy en día es más probable que busquen explicaciones evidentes y soluciones aún más evidentes, aunque estas no expliquen ni solucionen nada.

Esto pone a los austriacos en una posición interesante dentro de la cultura intelectual de cualquier tiempo y lugar. Deben ir a contrapelo. Deben decir cosas que otros no quieren oír. Deben estar dispuestos a ser impopulares, social y políticamente. Estoy pensando ahora en gente como Benjamin Anderson, Garet Garrett, Henry Hazlitt, y en Europa, L. Albert Hahn, F.A. Hayek, y, sobre todo, Ludwig von Mises. Renunciaron a carrera y fama para mantenerse en la verdad y decir lo que había que decir.

Más tarde, cuando hablaba ante un grupo de estudiantes de economía, Hayek abrió su corazón acerca de este problema de las decisiones morales que deben tomar los economistas. Dijo que es muy peligroso para un economista buscar fama y fortuna y trabajar muy cerca del establishment político, sencillamente porque, según su experiencia, la característica más importante de un buen economista es el coraje de decir lo que es impopular. Si valoras tu posición y privilegios más que la verdad, dirás lo que la gente quiere oír en lugar de lo que necesita decirse.

Este coraje para decir lo impopular marcó la vida de Ludwig von Mises. Hoy su nombre resuena en todo el mundo. Sus homenajes se producen mensual o semanalmente. Sus libros siguen vendiéndose masivamente. Es el abanderado de la ciencia al servicio de la libertad humana. Especialmente después de que apareciera la biografía de Mises, de Guido Hülsmann, ha crecido el aprecio por su coraje y nobleza.

Pero debemos recordar que no siempre fue así y no tenía que ser así. Este tipo de inmortalidad se concede en buena medida debido a las propias decisiones morales que tomó en vida. Pues si hubierais preguntado a cualquiera acerca de este hombre entre 1925 y finales de la década de 1960 (la mayoría de su carrera), la respuesta habría sido que estaba acabado, era de la vieja escuela, demasiado doctrinario, intransigente, no dispuesto a dedicarse a la profesión, uncido a ideas anticuadas y su propio peor enemigo. Le llamaron el “último caballero del liberalismo” como forma de evocar imágenes de Don Quijote. Cuando la Universidad de Yale solicitó opiniones acerca de si debía publicar La acción humana, la mayoría de la gente respondió que este libro no debería ver nunca la luz del día porque hacía tiempo que había pasado su momento. Yale solo se preocupó por el libre debido a la intervención de Fritz Machlup y Henry Hazlitt.

Mises se mantuvo impertérrito como a lo largo de toda su vida y se mantuvo así hasta su muerte. Había tomado una decisión moral de no rendirse a las corrientes reinantes.

Antes de volver sobre esa decisión, me gustaría hablar de otro economista que fue contemporáneo de Mises. Su nombre era Hans Mayer. Había nacido en 1879, dos años antes que Mises. Murió en 1955.

Mientras Mises trabajaba en la Cámara de Comercio porque se la había denegado un puesto remunerado en la Universidad de Viena, Mayer era uno de los profesores titulares, junto con el socialista Othmar Spann y el conde Degenfeld-Schonburg.

De Spann, Mises escribió que “no enseña economía. Más bien predica nacional socialismo”. Del conde, Mises escribió que estaba “mal versado en los problemas de la economía”.

Era Mayer el que era realmente formidable. No era un pensador original. Mises escribió que sus “lecciones eran malas y su seminario no era mucho mejor”. Mayer escribió solo un puñado de ensayos. Pero entonces su principal preocupación no tenía nada que ver con la teoría ni con las ideas. Su objetivo era el poder académico dentro del departamento y la profesión.

La gente fuera de la universidad puede no entender lo que significa esto. Pero dentro de la universidad, todos lo conocen. Hay gente en todos los departamentos que dedica la mayoría de su trabajo a la más mínima posibilidad de mejora profesional. ¿Qué hay en juego? No mucho. Pero, como sabemos, cuanto menos esté en juego, más dura es la pelea.

Entre los premios hay mejores títulos, mayores salarios, la capacidad de conseguir las mejores horas para la enseñanza, reducir la carga docente (idealmente a cero) y las horas de oficina, promocionar a tu gente, tener un despacho más grande con una silla más cómoda, conocer a todas la personas importantes de la profesión y, lo mejor de todo, reinar sobre los demás: ser capaz de reducir la influencia de tus enemigos y aumentar la de tus amigos de una forma que haga que la gente se convierta en tus subalternos y suplicantes durante toda su vida.

Con el estado, hay aun más premios: estar cerca de los políticos, conseguir trabajos externos en los que actúas como experto en redacción de legislación o en procedimientos legales, testificar ante el Congreso, ser llamado por los medios de comunicación de masas para comentar asuntos nacionales y similares. Se trata de no aportar ideas, sino de aportarse a sí mismo en un sentido profesional.

La gente externa imagina que la vida universitaria se dedica a las ideas. Pero la gente que está dentro sabe que las batallas reales que tienen lugar dentro de los departamentos tienen muy poco que ver con ideas o principios. Puede establecerse extrañas coaliciones, basándose en las razones más nimias. Las ambiciones profesionales son lo más importante, no los principios. Hay gente en todos los departamentos que son muy hábiles, pero esas habilidades no tienen nada que ver con la ciencia, la enseñanza de la verdad o seguir una vocación como verdadero intelectual.

Ha sido así en la universidad durante siglos, pero hoy puede ser peor que nunca. Estas intrigas está a menudo bien recompensadas en esta vida, mientras que quienes las evitan en favor de la verdad quedan apartados y relegados a un permanente estado bajo. Son solo algunos hechos de la vida. Es a lo que se refería Hayek. Y la vida de Mises ejemplifica perfectamente esto.

Pero volvamos al Profesor Mayer. Las principales energías de Mayer se gastaban en una guerra abierta contra el rival por el poder, Othmar Spann. Esto le consumía casi completamente. Creía que tenía que mantener a raya a Spann para progresar él. Mayer difamaba a Spann en toda posible forma y lugar, en una guerra de navajazos. Advirtamos que Mayer y Spann no estaban en desacuerdo en ningún asunto de políticas en modo alguno. Solo se trataba de posición y poder.

Cuando no le consumían el apasionado odio y las tramas contra Spann, Mayer dedicaba el resto de sus energías a crear su base de poder dentro de la Universidad de Viena. Las cosas empezaron bien para él como reconocido sucesor de Friedrich von Wieser, que fue el anterior administrador del poder. Mayer se había establecido como el más sumiso alumno de Wieser. Su recompensa fue que Wieser le nombrara como sucesor, superando no solo a Mises sino asimismo al notable Joseph Schumpeter.

Luego empezó la carrera de Mayer. Él llevaba la batuta. El propio Mises ataba en la lista de enemigos, por supuesto. Mayer fue en parte responsable de denegar a Mises una plaza y un salario de titular a tiempo completo. Pero eso no le bastaba. Trataba muy mal a los alumnos de Mises durante los exámenes. Por esta razón, Mises llegó a sugerir que los participantes en su seminario rechazaran estar inscritos oficialmente, para evitar que les dañara Mayer. Mayer también hizo que fuera casi imposible que ningún estudiante del departamento hiciera su tesis con Mises. La política era feroz e implacable.

¿Cuál fue la actitud de Mises? Escribió en sus memorias: “No podía ocuparme de todas estas cosas”. Simplemente siguió haciendo su trabajo. Uno puede fácilmente imaginar escenas de este periodo. Mises está en su despacho escribiendo y leyendo, tratando de ultimar y perfeccionar la teoría del ciclo económico o reflexionando sobre el problema de la metodología económica. Un alumno entraría para hacer saber la última fechoría de Mayer. Mises levantaría la vista de su trabajo, suspiraría exasperado y diría al alumno que no se preocupara por ello y luego continuaría con su trabajo. Rechazaba involucrarse.

El círculo de Mises estaba aterrorizado por lo que sucedía, pero sus miembros hacían todo lo que podían para restarle importancia. Incluso crearon una canción, sobre una melodía vienesa tradicional, llamada el “Debate Mises-Mayer” que mostraba a los dos economistas hablando sin entenderse y sin compartir ningún valor en absoluto.

En cierto momento, el círculo de Mises se convirtió en una verdadera sociedad económica asociada con la universidad. Mises solo pudo ser vicepresidente, ya que, por supuesto, Mayer sería el presidente, ya que era el amo de universo en lo que se refería a la economía en Viena. Y nunca perdía la oportunidad de subrayar quién era y qué podía hacer.

El puesto de Mises como vicepresidente no duraría. Llegó el momento en que el nazismo creció en influencia en Austria. Como liberal de los viejos tiempos y judío, Mises sabía que su tiempo se estaba acabando. Temiendo incluso la posibilidad de daño físico, Mises aceptó un nuevo cargo en Ginebra y se mudo a su nuevo hogar en 1934. La sociedad mermó sus miembros y por lo demás se mantuvo a flote.

En 1938, Austria fue anexionada al Tercer Reich alemán. Mayer pudo elegir qué hacer. Podría haber mantenido sus principios. ¿Pero por qué debería hacerlo? Habría significado sacrificar su propio interés por un bien superior y eso es algo que Mayer nunca había hecho. Muy al contrario: toda su carrera académica se ocupaba de Mayer y solo de Mayer.

Así que, para su eterna vergüenza, escribió a todos los miembros de la Sociedad Económica que todos los no arios eran expulsados desde ese momento. Por supuesto, esto significaba que no se permitía a ningún judío continuar siendo miembro de la misma. Citaba “las nuevas circunstancias de la Austria alemana y a la vista de las leyes respectivas ahora aplicables a este estado”.

Así que podéis ver que todo el poder de Mayer sobre sus subordinados fue superado por el mayor poder del estado, al cual fue inquebrantablemente leal. Prosperó antes de los nazis. Prosperó durante la ocupación nazi. Ayudó a los nazis a purgar judíos y liberales de su departamento. Advirtamos que Mayer no era un radical antisemita. Su decisión fue el resultado de una serie de decisiones propias por la posición y el poder en la profesión contra la verdad y los principios. Durante un tiempo, esto parecía inocuo de alguna manera. Y luego llegó el momento de la verdad y desempeñó un papel en la matanza masiva de ideas y de quienes las defendían.

Tal vez Mayer pensara que había tomado la decisión correcta. Después de todo, mantuvo sus privilegios y prebendas. Y después de la guerra, cuando llegaron los comunistas y se apropiaron del departamento, también prosperó. Hizo todo lo que se suponía que haría un académico para seguir adelante y alcanzó toda la gloria que puede alcanzar un académico, independientemente de las circunstancias.

Pero consideremos la ironía de todo este poder y gloria. En el gran marco de la economía continental en general, los austriacos no estuvieron muy considerados por la profesión en general. Desde el cambio de siglo, la Escuela Histórica Alemana se había apropiado del manto de la ciencia. Su orientación y postura empíricas frente a la teoría clásica se habían unido, con las décadas, muy bien con el aumento del positivismo en las ciencias sociales.

Nunca olvidéis que la expresión Escuela Austriaca no fue acuñada por los austriacos, sino por la Escuela Histórica Alemana y la expresión se usaba con menosprecio, con connotaciones de una escuela enfrascada en el escolasticismo y la deducción medieval en lugar de en la ciencia real. Así que nuestro amigo Mayer se creía el amo de universo, cuando era un pez muy pequeño en un charco aun más pequeño.

Jugó y eso fue todo lo que hizo. Pensó que ganaba, pero la historia lo ha juzgado de un modo diferente.

Murió en 1995. ¿Y qué pasó después? Llegó finalmente la justicia. Fue olvidado inmediatamente. De todos los alumnos que tuvo en su vida, no tuvo ninguno tras su muerte. No había mayerianos. Hayek reflexionaba sobre esta asombrosa evolución en un ensayo. Espera mucho de la escuela de Wieser-Mayer, pero no mucho de la rama de Mises. Escribe que ocurrió exactamente lo contrario. La maquinaria de Mayer parecía prometedora, pero se averió completamente, mientras que Mises no tenía maquinaria en absoluto y se convirtió en el líder de un coloso global de ideas.

Si miramos en el libro Quién es quién en la economía, de Mark Blaug, un volumen de 1.300 páginas, hay entradas para Menger, Hayek, Böhm-Bawerk y, por supuesto, Ludwig von Mises. La entrada califica a Mises como “la principal figura de la Escuela Austriaca del siglo XX” y le atribuye contribuciones en metodología, teoría de precios, teoría del ciclo económico, teoría monetaria, teoría socialista e intervencionismo. No se menciona el precio que pagó en vida, ni sus valientes decisiones morales, ni la triste realidad de una vida trasladándose de un país a otro para evitar al estado. Acabó siendo conocido solo por sus triunfos, de los que Mises nunca fue consciente durante su propia vida.

¿Y sabéis qué? No hay ninguna entrada en este mismo libro para Hans Mayer. No es que su estatus se haya reducido, no es que se apunte y desdeñe, no es que se le señale como un pensador menor con enorme poder. No se le califica de colaborador nazi o comunista. En absoluto. Ni siquiera se le menciona. Es como si nunca hubiera existido. El legado de Mayer se desvaneció tan rápido después de su muerte que estaba olvidado solo unos pocos años más tarde.

Es algo tan malo para Mayer que hoy ni siquiera hay una entrada en Wikipedia sobre él. De hecho, este discurso la ha prestado más atención a él y a su legado que probablemente ninguno en 50 años. Podéis esperar eternamente otra mención.

La línea de Mayer terminó. Pero la línea de Mises solo estaba empezando. Fue a Ginebra en 1934, aceptando un recorte radical en sus ingresos. Le siguió su novia y se casaron, no sin que antes le advirtiera que aunque escribiría mucho sobre dinero, nunca tendría demasiado.

Y se quedó en Ginebra seis años, habiendo abandonado su querida Viena y viendo al mundo despedazar la civilización. Los nazis saquearon su antiguo piso en Viena y robaron sus libros y papeles.  Llevó una existencia nómada, inseguro de cuál sería su próximo trabajo. Y así es como vivió la mayor parte de su vida: estaba a mediados de sus 50 y era casi una persona sin hogar.

Pero igual que pasó con el problema de Mayer durante sus años en Viena, Mises no se distraería de su obra importante. Durante seis años, investigó y escribió. El resultado fue su obra maestra, un enorme tratado de economía llamado Nationalökonomie. En 1940 completó el libro y se publicó en una edición de pequeño formato. ¿Pero qué intensa era la demanda en 1940 de un libro sobre economía escrito en alemán? No estaba destinado a ser un superventas. Sin duda lo sabía al escribirlo. Pero lo escribió de todas maneras.

En lugar de formas de libros y homenajes, Mises afrontó ese año otro acontecimiento que le cambiaría la vida. Recibió una noticia de sus patrocinadores en Ginebra de que había un problema. Había demasiados judíos refugiándose en Suiza. Se le dijo que tenía que encontrar un nuevo hogar. Estados Unidos era el nuevo refugio.

Empezó a escribir pidiendo trabajo en Estados Unidos, pero pensad en lo que esto significaría. Era germanoparlante. Podía leer en inglés, pero tendría que aprenderlo hasta el punto de poder de verdad dar clases en él. Había perdido sus notas y archivos y libros. No tenía ningún dinero. Y no conocía a ninguna persona poderosa en Estados Unidos.

También había un serio problema ideológico en Estados Unidos. El país estaba completamente embelesado con la economía keynesiana. La profesión había cambiado. Casi no había economistas de libre mercado en Estados Unidos y ningún académico para defender su causa. Había unas pocas posibilidades de trabajo, pero solo eran promesas y no cabía discutir la paga o cualquier tipo de seguridad. Acabó teniendo que mudarse sin ninguna garantía. Tenía casi 60 años.

Pero en Estados Unidos Mises sí tenía un gran defensor fuera de la universidad. Su nombre era Henry Hazlitt. Dejadme revisar también ahora la historia de Hazlitt. Empezó a trabajar como periodista financiero y editor de reseñas de libros para revistas de Nueva York. Se hizo tan conocido como figura literaria que fue contratado como editor literario por The Nation antes del New Deal. Sus opiniones de libre mercado no eran un problema especial para él en aquellos tiempos. Pero después de la Gran Depresión, los intelectuales liberales tuvieron que tomar una decisión: tenían de adoptar la teoría del mercado libre o abrazar el estado planificador industrial de FDR.

The Nation siguió al New Deal. Fue un revés importante para este órgano de opinión liberal que había defendido durante mucho tiempo la libertad y condenado el estatismo industrial. El New Deal no era sino la imposición de un sistema fascista de economía, pero The Nation estableció un precedente para la izquierda estadounidense que esta tendencia ideológica ha seguido desde entonces: todos los principios deben acabar cediendo el paso al imperativo primordial de oponerse al capitalismo, sin que importe la razón.

Hazlitt rechazó aceptar el cambio. Discutió con sus colegas. Apuntó las mentiras de la National Industrial Recovery Act. Trató de explicar pacientemente lo absurdo del New Deal. No renunciaría. Le despidieron.

H.L. Mencken vio la grandeza de Hazlitt y le contrató como su propio sucesor en el American Mercury antes de darle todo el control. Por desgracia, tampoco esto funcionó, porque a los dueños de esa publicación no les gustaba un judío como Hazlitt o su inclinación por el libre mercado, y le hicieron de nuevo empacar sus cosas.

De formas distintas, en sectores distintos y en países distintos, parecía como si Mises y Hazlitt estuvieran viviendo vidas paralelas. En cada encrucijada de su vida, ambos habían elegido el camino de los principios. Eligieron la libertad aunque fuera a costa de sus propias cuentas bancarias e incluso aunque su decisión produjera una rebaja profesional y un riesgo de fracaso a los ojos de sus colegas.

Hazlitt se trasladó al New York Times, que entonces no tenía ni de cerca el prestigio que hoy tiene, aunque no lo merezca. Utilizó su cargo para escribir acerca de libros de Mises, como Socialismo. Esto atrajo la atención de un puñado de hombre estadounidenses de negocios, como Lawrence Fertig, que posteriormente (igual que Hazlitt) se convirtió en un muy generoso donante del Instituto Mises. Fueron Fertig y sus amigos los que conocieron la llegada de Mises a Estados Unidos, y estaban entusiasmados. Habían visto el golpe devastador que eran FDR y los keynesianos para las ideas del libre mercado. Crearon un fondo que proporcionaría a Mises un puesto en la Universidad de Nueva York, donde podría enseñar y escribir. No le pagaría la universidad, donde fue siempre un profesor visitante, sino que lo haría un fondo privado.

¿Veis dónde se junta todo esto? Hazlitt siguió el camino moral, el camino del coraje, el camino del sacrificio y los principios. Gracias a esto Mises, que había tomado el mismo camino, pudo encontrar un refugio en Estados Unidos. No era el cargo que merecía. Sería tratado mucho peor que keynesianos y marxistas. Pero era algo. Era una renta para pagar las facturas. Era una posibilidad de enseñar y escribir. Tenía la libertad de decir lo que quisiera decir. Era todo lo que necesitaba.

Así vemos cómo estos dos hombres de principios, mundos aparte, acabaron encontrándose porque reconocían a un tipo de persona: el hombre que está dispuesto a hacer lo correcto independientemente de las circunstancias. Cada uno podía haber seguido otro camino. Mises podía haber sido tan famoso y poderoso como había sido Mayer, pero hubiera perdido l inmortalidad de sus ideas en el proceso. Hazlitt podía haber sido un escritor de alto rango con más seguidores, pero habría tenido que entregar toda su integridad para serlo.

Juntos, fueron capaces de vencer.

Una de las personas que llegó a Mises a través de los escritos de Hazlitt fue el presidente de la Yale University Press, Eugene Davidson, que se había aproximado a Mises para hacer una edición en inglés de su obra maestra de 1940. Mises ya había dedicado seis años a ese libro y este había desaparecido sin dejar rastro. Ahora se le pedía traducirlo al inglés. Era una tarea descomunal, pero estuvo en principio de acuerdo. Luego Yale buscó referencias para aprobar tal enorme riesgo de publicación. Yale buscó primero entre los antiguos colegas de Mises y fueron tan decepcionantes como referencias como eran en otros aspectos de sus carreras. Escribieron que no había necesidad de publicar el libro. Las ideas de Mises eran viejas y estaban superadas por la teoría keynesiana. Pero Yale persistió. Hazlitt finalmente se las arregló para encontrar un grupo de gente que apoyaría la traducción del libro y Mises volvió al trabajo.

Todos sabemos la frustración que produce perder un fichero en tu computadora y tener que rehacerlo. Imaginemos a lo que equivalía para Mises perder un libro de 1.000 páginas, perdido para la historia en tiempos oscuros y que se le pidiera recrearlo en otro idioma.

Pero no se desalentó. Se puso a trabajar y el resultado apareció nueve años más tarde. El libro se llamaba La acción humana. Para los patrones académicos, fue un superventas y sigue siéndolo sesenta años después.

Aun así, Mises se mantuvo en su puesto no pagado ni oficial. Reunía a su alrededor alumnos para su seminario, aunque otros profesores les advertían que no se apuntaran a la clase o acudieran a sus sesiones. Desanimaban a sus alumnos diciéndoles que no tenían mucho que ver con él. El decano secundaba su hostilidad. Para Mises, que había soportado las guerras en la Universidad de Viena, era una tontería, nada a lo que prestar atención en absoluto.

Su fama se extendió lentamente, pero tenemos que recordar que incluso en su máximo entonces en Estados Unidos, era diminuta en comparación con la actual. De hecho, Mises murió un año antes de lo que normalmente se considera la resurrección austriaca, que se fecha a menudo en 1974, cuando Hayek recibió el Premio Nobel, un premio completamente inesperado y que tuvo que compartir con un socialista, y eso sacudió a una profesión que no tenía ningún interés en las ideas de Mises o Hayek, a quienes les consideraban como dinosaurios.

Es interesante leer el discurso de aceptación de Hayek, que publico este mismo año el Instituto Mises.  Es un homenaje a una profesión con la que quería lazos más estrechos. Pero no era una presentación amable de los glorias académicas. De hecho, era todo lo contrario. Decía que la persona más peligrosa en la tierra es un intelectual al que le falte la humildad necesaria para ver que la sociedad no necesita amos y no puede planificarse desde lo alto. Un intelectual al que le falte humildad puede convertirse en un tirano y en un cómplice de la destrucción de la propia civilización.

Es un discurso asombroso para que lo diera un ganador del Premio Nobel, una condena implícita de un siglo de tendencias intelectuales y sociales y un verdadero homenaje a Mises, que había mantenido sus principios y nunca se había rendido a las tendencias académicas de su tiempo.

Podría contarse una historia similar acerca de la vida de Murray N. Rothbard, que podría haberse convertido en una gran estrella en un departamento de la Ivy League pero en su lugar decidió seguir la guía de Mises en ciencia económica. Por el contrario, enseñó muchos años en una pequeña universidad de Brooklyn, con una paga muy baja. Pero igual que Mises, este elemento de la vida de Rothbard se olvida con frecuencia. Después de sus muertes, la gente ha olvidado todas las pruebas y dificultades que afrontaron en vida estos hombres. ¿Y qué consiguieron estos hombres por todos sus compromisos? Consiguieron para sus ideas cierto tipo de inmortalidad.

¿Cuáles son esas ideas? Dicen que la libertad funciona y la libertad es correcta, que el gobierno no funciona y que es la fuente de mucho mal en el mundo. Demostraron estas proposiciones con miles de aplicaciones. Escribieron estas verdades en tratados de investigación y artículos populares. Y la historia les ha dado la razón una y otra vez.

Vivimos ahora otro periodo de planificación económica y vemos que los economistas se dividen en dos bandos. La abrumadora mayoría está diciendo lo que el régimen quiere que digan. Alejarse demasiado de la ideología que prevalece en el poder es más arriesgado de lo que la mayoría quiere asumir. Una pequeña minoría, el mismo grupo que advirtió acerca de la burbuja está ahora advirtiendo acerca de que el estímulo es una mentira. Y van contra la corriente al decirlo.

Estoy de acuerdo con Hayek. Ser un economista íntegro significa tener que decir cosas que el régimen no quiere oír. Hace falta más que conocimiento técnico para ser un buen economista. Hace falta coraje moral y de esto hay incluso menos oferta que de lógica económica.

Igual que Mises necesitó a Fertig y Hazlitt, los economistas con coraje moral necesitan apoyos e instituciones que les respalden y les den voz. Todos debemos soportar esta carga. Como dijo Mises, la única forma de combatir ideas malas es con ideas buenas. Y al final, nadie está a salvo si la civilización marcha hacia su destrucción.


Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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