Los principios diabólicos del Hillarycare

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[Artículo número 14 de la lista de lectura de 30 días de Robert Wenzel que te ayudará a convertirte en un conocedor libertario]

El tópico habitual acerca del plan sanitario de Clinton es que Dios, o el diablo, dependiendo de tu punto de vista, “está en los detalles”. Hay un sorprendente acuerdo entre tanto los defensores como demasiados de los críticos de la “reforma” sanitaria de Clinton. Los defensores dicen que los principios generales del plan son maravillosos, pero que hay unos pocos problemas en los detalles: por ejemplo, cuánto costará, cómo se financiará exactamente, si las pequeñas empresas obtendrán suficiente subvención como para compensar sus mayores costes y así hasta aburrirnos.

Los supuestos críticos del plan Clinton asimismo se apresuran a asegurarnos que ellos también aceptan los principios generales, pero que hay montones de problemas en los detalles. A menudo los críticos presentan sus propios planes alternativos, solo ligeramente menos complejos que el plan Clinton, acompañados por afirmaciones de que sus planes son meno coercitivos, menos costosos y menos socialistas que el trabajo de Clinton. Y como la atención sanitaria constituye alrededor de un séptimo de la producción estadounidense, hay detalles suficientes y variantes como para mantener a un montón de expertos políticos durante el resto de sus vidas.

Pero los detalles del plan clintoniano, aunque diabólicos, son simplemente diablillos comparados con los principios generales, donde realmente acecha Lucifer. Al aceptar los principios y luchar por los detalles, la Leal Oposición solo consigue regalar la tienda, y lo hace antes incluso de que el debate sobre los detalles se lleve a cabo. Perdidos en una maleza de minucias, los críticos conservadores de la reforma clintoniana, al ser “responsables” y trabajar dentro del paradigma establecido por El Enemigo, están prestando un servicio vital a los clintonianos al renunciar a cualquier oposición radical al Gran Salto Adelante de Clinton hacia el colectivismo sanitario.

Examinemos algunos de los mefistofélicos principios generales en la reforma clintoniana, secundados por los críticos conservadores.

Acceso universal garantizado

Se ha hablado mucho recientemente acerca del “acceso universal” a este o aquel bien o servicio. Muchos “libertarios” o partidarios del “libre mercado” en la educación, por ejemplo, defienden los planes de cheques escolares financiados por impuestos que proporcionen “acceso” a la escolarización privada. Pero hay un sola entidad, en cualquier tipo de sociedad libre, que proporciona “acceso universal” a todo bien o servicio concebible, y no solo a la salud, la educación o la comida. Esa entidad no es un cheque o una tarjeta de identidad clintoniana: se le llama “dólar”. Los dólares no solo proporcionan acceso universal a todos los bienes y servicios: los proporcionan a cada tenedor de dólares para cada producto solo en la medida que desee el tenedor de dólares. Cualquier otro acceso artificial, ya sean cheques o tarjetas sanitarias o cupones de comida, es despótico y coactivo, penaliza al contribuyente, es ineficiente e igualitario.

Coacción

El “acceso universal garantizado” solo puede proporcionarse por el robo de los impuestos y la esencia de esta extorsión no cambia por llamar a estos impuestos “tasas, (…) primas” o “contribuciones”. Un impuesto con cualquier otro nombre huele a podrido y tiene consecuencias similares, incluso si solo los “empresarios” se ven obligados a pagar las mayores “primas”.

Además, para que a todos se les “garantice” el acceso a algo, tiene que verse obligados a participar, tanto al recibir sus “prestaciones” como al pagar por ellas. Por tanto, el “acceso universal garantizado” significa coaccionar no solo a los contribuyentes, sino a todos como participantes y contribuyentes. Todos los llantos y gemidos acerca de los 37 millones de “no asegurados” ocultan el hecho de que la mayoría de estos han tomado la decisión racional de que no quieren estar “asegurados”, que están dispuestos a asumir la posibilidad de pagar precios de mercado si necesitan atención sanitaria. Pero no se les permitirá librarse de los “beneficios” del seguro: su participación se convertirá en obligatoria. Todos nos convertiremos en reclutas sanitarios.

Igualitarismo

Universal significa igualitario. Pues el temible tema de la “justicia” entra inmediatamente en la ecuación. Una vez el gobierno se convierte en el jefe de toda la sanidad, bajo en plan de Clinton o la Leal Oposición, entonces parece “injusto” que un hombre rico disfrute de mejor atención médica que el mendigo más bajo. Esta treta de la “justicia” se considera evidente y nunca se somete a crítica. ¿Por qué el sistema sanitario “a dos niveles” (realmente ha sido multinivel) es más “injusto” que el sistema multinivel para la ropa o la comida o el transporte? Al menos hasta ahora, la mayoría de la gente no considera injusto que alguna gente pueda permitirse cenar en The Four Seasons e irse de vacaciones a Martha’s Vineyard, mientras que otra tiene que contentarse con McDonald’s y quedarse en casa. ¿Por qué es diferente la atención médica?

Y aun así, una de las ideas principales del plan Clinton es reducirnos a todos a un estatus sanitario igualitario y de “un nivel”.

Colectivismo

Para asegurar la igualdad de todos y cada uno, la atención médica será colectivista, bajo la atenta supervisión del consejo federal sanitario, con provisiones y seguro sanitarios dirigidos por el gobierno hacia colectivos y alianzas regionales. La práctica privada de la medicina esencialmente se eliminará, de forma que estos colectivos y organizaciones serán la única opción para el consumidor. Aunque los clintonianos traten de asegurar a los estadounidenses de que aún pueden “elegir su propio doctor”, en la práctica esto será cada vez más imposible.

Controles de precios

Como es bastante sabido que los controles de precios no han funcionado nunca, que siempre han sido un desastre, la administración Clinton, siempre hábil en los trucos semánticos, ha negado rotundamente que se haya contemplado ningún control de precios. Pero la red de serios controles de precios será demasiado evidente y dolorosa, incluso si lleva la máscara de “primas máximas, (…) costes máximos” o “control del gasto”. Tendrán que estar ahí, pues es la promesa del “control de costes” la que permite a los clintonianos hacer la absurda afirmación de que los impuestos apenas subirán. (Excepto, por supuesto, a los empresarios). El férreo control del gasto será aplicado por el gobierno, no solo sobre sí mismo, sino particularmente sobre el gasto privado.

Uno de los aspectos más temibles del plan Clinton es que cualquier intento que hagamos los consumidores por evitar estos controles de precios, por ejemplo, pagar precios más altos de los fijados a doctores en práctica privada, será perseguido penalmente. Así que el plan Clinton declara que “un proveedor no puede cobrar o recabar del paciente una tasa que exceda la lista de tasas adoptadas por una alianza” y se impondrán sanciones penales a “pagos de sobornos o gratificaciones” (es decir, “precios de mercado negro”) para “influir en la prestación de servicios sanitarios”.

Por cierto que al argumentar a favor de su plan, los clintonianos han añadido el insulto a la injuria empleando un sinsentido en forma de argumento. Su principal argumento para el plan es que la atención sanitaria es “demasiado costosa” y esa tesis se basa en el hecho de que el gasto sanitario, en años recientes, ha aumentado considerablemente como porcentaje del PIB. Pero un aumento en el gasto no es lo mismo que un aumento en el coste: si lo fuera, se podría argumentar fácilmente que, como el porcentaje de PIB gastado en computadoras ha aumentado desmesuradamente en los últimos diez años, los “costes informáticos” son por tanto excesivos y deben imponerse inmediatamente severos controles de precios, máximos y controles de gasto  a compras de computadoras por parte de consumidores y empresas.

Racionamiento médico

Controles severos de precios y gastos significan, por supuesto, que la atención médica estará estrictamente racionada, especialmente porque estos controles y máximos aparecen al mismo tiempo que se “garantiza” la atención igual y universal. En realidad, a los socialistas les encanta siempre racionar, ya que eso da a los burócratas poder sobre el pueblo y genera igualitarismo coactivo.

Y esto significa que el gobierno y sus burócratas y subordinados médicos, decidirán quién obtiene el servicio. Los totalitarios médicos, ya que no el resto de nosotros, estarán vivos y bien en Estados Unidos.

El molesto consumidor

Tenemos que recordar algo esencial acerca del gobierno frente a las operaciones de negocio en el mercado. Los negocios siempre ansían que los consumidores compren su producto o servicio. En el libre mercado, el consumidor es el rey o la reina y los “proveedores” siempre tratan de obtener beneficios y conseguir clientes sirviéndolos bien. Pero cuando el gobierno dirige un servicio, el consumidor se convierte en un grano molesto, un usuario “derrochador” de los escasos recursos sociales. Mientras que el libre mercado es un lugar de cooperación pacífica en el que todos se benefician y nadie pierde, cuando el gobierno proporciona el producto o servicio, todo consumidor es tratado como utilizador de un recurso solo a costa de sus conciudadanos. El campo del “servicio público”, y no el libre mercado, es la ley de la jungla.

Así que aquí tenemos el futuro sanitario clintoniano: el gobierno como racionador totalitario de la atención sanitaria, distribuyendo de mala gana igualdad para todos al más bajo nivel posible y tratando a cada “cliente” como una plaga derrochadora. Y si, Dios no lo quiera, tienes serios problemas de salud o eres un anciano o tu tratamiento requiere más recursos escasos de los que considera apropiado el consejo sanitario, bueno, entonces el Gran Hermano Racionador o la Gran Hermana Racionadora en Washington decidirán, según el mejor interés de la “sociedad”, por supuesto, darte el tratamiento del doctor Kevorkian.

El Gran Salto Adelante

Hay sin embargo muchas otros aspectos ridículos aunque casi universalmente aceptados del plan Clinton, desde la burda perversión del concepto de “seguro” a la visión imbécil de que una enorme expansión del control del gobierno de alguna forma eliminará la necesidad de rellenar formularios sanitarios. Pero basta para destacar lo más importante: el plan consiste en un Gran Salto Adelante más hacia el colectivismo.

Esto lo expuso muy bien, aunque con admiración, David Lauter en Los Angeles Times (23 de septiembre de 1993). Cada cierto tiempo, decía Lauter, “el gobierno colectivamente se prepara, respira profundamente y pega un salto a un futuro desconocido”. El primer salto estadounidense fue el New Deal en la década de 1930, saltando a la Seguridad Social y la extensa regulación federal de la economía. El segundo salto fue la revolución de los derechos civiles de la década de 1960. Y ahora, escribe Lauter, “otro nuevo presidente ha propuesto un plan radical” y hemos estado oyendo de nuevo “los ruidos de un sistema político calentando para el gran salto”.

Lo único importante que omite Lauter es ¿saltar adónde? A sabiendas o no, su metáfora del “salto” suena a verdad, pues recuerda el Gran Salto Adelante de la peor oleada de comunismo extremo de Mao.

El plan sanitario de Clinton no es una “reforma” y no atiende una “crisis”. Eliminemos la falsa semántica y lo que tendremos será otro Gran Salto Adelante al socialismo. Mientras Rusia y los antiguos estados comunistas luchan por salir del socialismo y el desastre de sus “atención sanitaria universal garantizada” (miremos sus estadísticas vitales), Clinton y sus extravagante grupo de expertos de alumnos de grado izquierdistas envejecidos están proponiendo destrozar nuestra economía, nuestra libertad y lo que ha sido, a pesar de todos los males impuestos por la intervención pública previa, el mejor sistema médico de la tierra.

Por eso debemos luchar de raíz contra el plan sanitario de Clinton, por eso Satán está en los principios generales y por eso, el Instituto Ludwig von Mises, en lugar de ofrecer su propio plan sanitario de 500 páginas, se adhiere al plan de principios “en cuatro pasos” redactado por Hans-Hermann Hoppe (TFM Abril de 1993) de desmantelar la intervención pública existente en la sanidad.

¿Podemos sugerir algo más “positivo”? Sin duda: ¿qué tal nombra a Doc Kevorkian como médico de la familia Clinton?


Este artículo se publicó por primera vez en diciembre de 1993. Aparece en Making Economic Sense (1995, 2006).


Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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