¿Por qué no lo entiende la gente?

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[Artículo número 10 de la lista de lectura de 30 días de Robert Wenzel que te ayudará a convertirte en un conocedor libertario]

A la gente no le importa, ni siquiera ahora, profesar su adhesión a la ideología socialista en cócteles, restaurante que sirven comida abundante y salones de los pisos y viviendas más lujosos de los que haya disfrutado la humanidad. Sí, sigue siendo elegante ser un socialista y, en algunos círculos dentro las artes y la universidad, es algo necesario socialmente. Nadie se echará atrás. Algunos te darán abiertamente la enhorabuena por tu idealismo. De la misma manera, siempre puedes contar con conseguir aceptación protestando por las maldades de Walmart y Microsoft.

¿No es notable? El socialismo (la versión de la vida real) se derrumbó hace casi 20 años: los feroces regímenes basados en los principios del marxismo, arrasados por la voluntad del pueblo. Tras ese acontecimiento, hemos visto a estas sociedades antes decrépitas volver a la vida y convertirse en una fuente importante de prosperidad mundial. El comercio se ha expandido. La revolución tecnológica está haciendo milagros diarios bajo nuestras narices. Millones de personas han mejorado, en círculos cada vez más extendidos. El mérito se debe completamente al libre mercado, que posee un poder creativo que ha sido subestimado incluso por sus defensores más apasionados.

Es más, no debería haber hecho falta el desplome del socialismo para demostrar esto. El socialismo ha estado fracasando desde la antigüedad. Y desde el libro Socialismo de Mises (1922) hemos sabido que la razón precisa se debe a la imposibilidad económica de la aparición de un orden social en ausencia de propiedad privada en los medios de producción. Nadie lo ha refutado nunca.

Y aun así, incluso ahora, después de todo esto, los profesores se ponen al frente de sus alumnos y execran las maldades del capitalismo. Hay Libros superventas sobre anticapitalismo. Los políticos desfilan a nuestro alrededor contándonos las cosas gloriosas que conseguirá el gobierno cuando estén al mando. Y todos los males del momento, incluso los causados directamente por el gobierno (los retrasos aéreos, la crisis inmobiliaria, la interminable crisis de la escuela pública, la falta de atención sanitaria para todos) se achacan a la economía de mercado.

Por ejemplo, la administración Bush nacionalizó la seguridad aérea después del 11-S y casi nadie cuestionó si esto era necesario. El resultado fue un asombroso lío visible para cualquier viajero, al acumularse los retrasos y convertirse la humillación en parte del sello de los viajes aéreos. Y aun así, ¿a quién se le echa la culpa? Leed las cartas al director. Leed las montañas de escritos de periodistas sobre este asunto. La culpa recae en las aerolíneas privadas. La solución se deduce: más regulación, más nacionalización.

¿Cómo podemos explicar esta asombrosa muestra? Hay dos factores principales. El primero es el fracaso de la gente en entender la economía y su esclarecimiento de la causa y efecto en la sociedad. El segundo es la ausencia de imaginación que refuerza tal ignorancia. Si no sabes qué causa qué en la sociedad, es imposible entender intelectualmente las soluciones apropiadas o imaginar cómo funcionaría el mundo en ausencia del estado.

El problema educativo puede superarse. Pensar en términos económicos es darse cuenta de que la riqueza no es algo dado o un accidente de la historia. No nos llega como la lluvia de lo alto. Es el producto de la creatividad humana en un entorno de libertad. La libertad de poseer, de realizar contratos, de ahorrar, de invertir, de asociarse y de comerciar: todas ellas son la clave de la prosperidad.

Sin ellas, ¿dónde estaríamos? En un estado de naturaleza, lo que significa una disminución radical de la población viviendo en cavernas y de los que podamos cazar y recolectar. Es el mundo en el que los seres humanos nos encontrábamos antes de hacer algo y es el mundo al que podemos volver si algún gobierno consigue alguna vez eliminar completamente la libertad y los derechos de propiedad privada.

Esto parece algo muy simple, pero es algo que se escapa a grandes franjas incluso de gente con formación. El problema se reduce a no entender que la escasez es una característica persistente del mundo y la necesidad de un sistema que asigne racionalmente los recursos escasos a fines socialmente óptimos. Solo hay un sistema para hacerlo, y no es la planificación centralizada, sino el sistema de precios del libre mercado.

El gobierno distorsiona el sistema de precios de múltiples maneras. Las subvenciones cortocircuitan los juicios del mercado. Las prohibiciones de productos causan el ascenso de bienes y servicios menos deseables sobre otros más deseables. Otras regulaciones ralentizan las ruedas del comercio, frustran los sueños de los empresarios y echan abajo los planes de consumidores e inversores. Luego está la forma más engañosa de manipulación de precios: la dirección monetaria de la Reserva Federal.

Cuanto mayor sea el gobierno, más se reducirá nuestro nivel de vida. Tenemos la suerte como civilización de que el progreso de la libre empresa generalmente supera la regresión del crecimiento del gobierno, pues si no fuera el caso, seríamos cada año más pobres (no solo en términos relativos, sino también absolutamente más pobres). El mercado es listo y el gobierno es tonto y a estos atributos debemos todo nuestro bienestar económico.

La segunda parte de nuestra tarea educativa (imaginar cómo funcionaría un mundo dirigido por el mercado) es mucho más difícil. Murray Rothbard explicó una vez que si el gobierno fuera el único fabricante de zapatos, la mayoría de la gente sería incapaz de imaginar cómo podría producirlos el mercado. ¿Cómo podría el mercado producir todas las tallas? ¿No sería un desperdicio fabricar estilos para cada gusto? ¿Qué hay de los zapatos fraudulentos y los fabricantes de baja calidad? Y supuestamente los zapatos son un bien demasiado importante como para soportar las vicisitudes de la anarquía de mercado.

Bueno, eso pasa hoy con muchas cosas, como con el bienestar. Entre las primeras objeciones a la idea de una sociedad de mercado está el que los pobres sufrirían y nadie se ocuparía de ellos. Una respuesta es que la caridad privada podría ocuparse de ellos y aun así miramos a nuestro alrededor y vemos organizaciones privadas de caridad llevando a cabo solo tareas comparativamente pequeñas. El sector sencillamente no es suficientemente grande como para encargarse cuando el gobierno abandona.

Aquí hace falta imaginación. El problema es que los servicios del gobierno han desplazado a los privados y reducido éstos por debajo de los que habría en un mercado libre. Antes de la época del estado de bienestar, las organizaciones de caridad en el siglo XIX tenían un tamaño comparable al de las mayores industrias. Se expandieron de acuerdo con las necesidades. En su mayor parte las financiaban las iglesias a través de donaciones y esta era la ética: todos daban una porción del presupuesto familiar al sector de la caridad. Una monja como la madre Cabrini dirigió un imperio caritativo.

Pero después, en la era progresista, la ideología cambió. La caridad se consideró como un bien público, algo a profesionalizar. El estado empezó a quedarse con un territorio antes reservado al sector privado. Y la crecer el estado de bienestar durante el siglo XX, disminuyó el tamaño comparativo del sector privado. Por muy mal que estemos en Estados Unidos, no es nada comparado con Europa, el continente que dio a luz los servicios de caridad. Hoy pocos europeos donan un centavo a la caridad, porque todos creen que es un servicio público. Además, tras los altos impuestos y precios, no queda mucho para donar.

Es lo mismo en cualquier área que haya monopolizado el gobierno. Hasta que aparecieron FedEx y UPS aprovechando un hueco legal, la gente no podía imaginar cómo podía llevar correo el sector privado. Hay muchos puntos ciegos similares hoy en el área de la provisión de justicia, seguridad, escolaridad, atención médica, política monetaria y servicios de acuñación. La gente se aterra ante la sugerencia de que el mercado debería proporcionar todos estos, pero solo porque requiere experimentos mentales y un poco de imaginación ver cómo es posible.

Una vez entiendes economía, la realidad que ven todos toma un nuevo significado. Walmart no es un paria, sino un glorioso logro de la civilización, una institución que finalmente ha puesto fin ese gran miedo que ha persistido en toda la historia humana: el miedo a que se acabe la comida. De hecho, incluso los productos más pequeños aturden la mente una vez que entiendes la increíble complejidad del proceso de producción y cómo consigue el mercado coordinarlo todo en busca del fin del mejoramiento humano. Los logros del mercado repentinamente aparecen en claro relieve a tu alrededor.

Y luego empiezas a ver lo que no se ve: lo mucho más seguros que estaríamos con seguridad privada, lo mucho más justa que sería la sociedad si se privatizara la justicia, lo mucho más compasivo que seríamos si el corazón humano fuera educado por la experiencia privada en lugar de las burocracias públicas.

¿Y qué hace la diferencia? El socialista y el defensor de los mercados libres observan los mismos hechos. Pero la persona con conocimiento económico entiende su significado e implicaciones. Es ese poco de educación el que hace la diferencia. Por eso no debemos subestimar nunca el papel central de la enseñanza de la economía. Los hechos siempre estarán con nosotros. Sin embargo, la sabiduría debe enseñarse. Alcanzar una comprensión de la libertad  y sus implicaciones en toda la cultura nunca ha sido más importante.


Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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