Mercantilismo, comerciantes y “lucha de clases”

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La política económica dominante en la Europa de los siglos XVII y XVIII y bautizada como “mercantilismo” por escritores posteriores, asumía en el fondo que la intervención detallada en los asuntos económicos era una función propia del gobierno. El gobierno tenía que controlar. Regular, subvencionar y penalizar el comercio y la producción. Cuál debería ser el contenido de estas regulaciones, dependía de qué grupos dirigían el aparato del estado. Ese control es particularmente provechoso cuando hay mucho en juego y buena parte está en juego cuando el gobierno es “fuerte” e intervencionista. Por el contrario, cuando los poderes del gobierno son mínimos, la cuestión de quién dirige el estado se hace relativamente indiferente. Pero cuando el gobierno es fuerte y la lucha por el poder está muy reñida, los grupos que controlan el estado pueden hacer y hacen constantes cambios, coaliciones o se abalanzan sobre los despojos. Aunque la expulsión de un grupo dirigente tiránico podría significar el fin virtual de la tiranía, a menudo significa simplemente su reemplazo por otro grupo dirigente que emplea otras formas de despotismo.

En el siglo XVII, los grupos dirigentes eran, a grandes rasgos, los terratenientes feudales y los comerciantes privilegiados, con una burocracia real actuando con un señor superfeudal de los intereses de la Corona. Una iglesia establecida significaba un nombramiento real y también el control de las iglesias. Los campesinos y trabajadores y artesanos urbanos nunca fueron capaces de controlar el aparato del estado y por tanto se encontraban en la base de la pirámide organizada por el estado y explotada por los grupos dirigentes. Por supuesto, otros grupos religiosas estaban separados o en oposición al estado gobernante. Y los grupos religiosos que controlaban el estado o compartían ese control, podían no buscar un “interés” estrictamente económico, sino asimismo ideológico y espiritual, como en el caso de los puritanos imponiendo un código obligatorio de conducta en toda la sociedad.

Una de las prácticas más equivocadas de los historiadores a sido agrupar a los “comerciantes” (o “capitalistas”) como si constituyeran una clase homogénea que tuviera una relación homogénea con el poder del estado. Los comerciantes o bien luchaban por controlar o no controlaban al gobierno en un momento concreto. De hecho, no existe ese común interés de los comerciantes como clase. El estado está en disposición de otorgar privilegios especiales, monopolios y subvenciones. Solo puede hacerlo a comerciantes o grupos de comerciantes concretos y por tanto solo a costa de otros mercaderes a los que se discrimina. Si X recibe un privilegio especial, Y sufre por haber sido excluido. Y asimismo sufren quienes habrían sido comerciantes de no ser por la red de privilegios del estado.

De hecho, a causa de (a) la armonía de intereses de distintos grupos en el libre mercado (por ejemplo, comerciantes y granjeros) y (b) la falta de homogeneidad entre los intereses de los miembros de cualquier clase social, es falaz emplear términos como “intereses de clase” o “lucha de clases” al explicar la economía de mercado. Solo en creación con la acción del estado los intereses de hombres diferentes pueden unirse en “clases”, pues la acción del estado debe siempre privilegiar a un grupo o más y discriminar a otros. La homogeneidad deriva de la intervención del gobierno en la sociedad. Así, bajo el feudalismo y otras formas de “monopolio del suelo” y asignación arbitraria del territorio por parte del gobierno, lo terratenientes feudales, privilegiados por el estado, se convierten en una “clase” (o “casta” o “estamento”). Y los campesinos, explotados homogéneamente por el privilegio del estado también se convierten en una clase. Así que los primeros constituyen así una “clase gobernante” y los últimos, los “gobernados”. Por supuesto, incluso en el caso de privilegios territoriales, el grado de privilegio variará de un grupo territorial a otro. Pero los comerciantes no estaban privilegiados como clase y por tanto es particularmente erróneo aplicarles un análisis de clase.

Una forma particularmente errónea de teoría de clases ha sido adoptada a menudo por historiadores estadounidenses: los conflictos propios entre los intereses de clases homogéneas de “comerciantes” frente a “granjeros” y de “comerciantes-acreedores”, frente a “granjeros-deudores”. Y aún así debería ser evidente que estas disyuntivas son extremadamente flojas. Cualquiera puede tener deudas y no hay razón para suponer que los granjeros tengan más que los comerciantes. De hecho, los comerciantes con una escala en general mayor de operaciones y facturación más rápida son a menudo grandes deudores. Además, el mismo comerciante puede variar rápidamente de un momento en el tiempo a otro, de ser un gran deudor neto a un acreedor neto y viceversa. En intolerable pensar en términos de clases deudoras persistentemente fijas y clases acreedoras ligadas inextricablemente a ciertas actividades económicas.

Los comerciantes, o capitalistas, al ser grupos particularmente móviles y dinámicos en la sociedad que pueden o bien florecer en el libre mercado o tratar de obtener privilegios del estado, son, por tanto, particularmente inapropiados para un análisis homogéneo de clase. Además, en el libre mercado nadie esta fijo en su ocupación y esto se aplica particularmente a empresarios o comerciantes cuyas filas pueden aumentar o disminuir muy rápidamente. Estos hombres son lo más opuesto al tipo de estatus fijo impuesto en la tierra por el sistema del feudalismo.


[Conceived in Liberty (1975)]

Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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