Izquierda y Derecha: las perspectivas de la libertad

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[Publicado originalmente en Izquierda y Derecha. Primavera, 1965, pp. 4-22] Este artículo fue reimpreso con ocasión de la alarmante actitud acrítica de los conservadores americanos frente a la consolidación del poder estatal, acrecentada con los hechos atroces del 11 de Septiembre]

El conservador, esté de acuerdo o no, desde hace tiempo que se ha identificado por su pesimismo frente al largo plazo: se trata de la creencia de que la tendencia a largo plazo, y por lo tanto, el Tiempo mismo, está en su contra, y de esta manera, la tendencia inevitable es el estatismo de izquierda a nivel interno, y el comunismo en el extranjero. Es esta desesperación frente al largo plazo lo que genera el bizarro optimismo del conservador por el corto plazo, pues, al descartar el largo plazo incurable, el conservador siente que su única esperanza de éxito descansa en el momento actual. En los asuntos de política externa, este punto de vista obliga al conservador a hacer un llamado para confrontar al comunismo, pues siente que entre más tiempo transcurra, las cosas se van a poner peor; al interior del país, lo lleva a una concentración total en las elecciones siguientes, donde siempre está esperando una victoria que jamás alcanza. Se trata de la esencia del ‘Hombre Práctico’, que acosado por la desesperación frente al largo plazo, se niega a meditar o planear más allá de la elección del día.

El pesimismo, tanto a corto como a largo plazo, es sin embargo el pronóstico que merece el conservadurismo. Éste es un residuo moribundo del ancien régime de la era pre-industrial, y como tal, no tiene futuro. En su versión contemporánea en América, el reciente resurgimiento conservador ha incorporado la agonía de un pequeño pueblo moribundo, rural y fundamentalista: la América de los blancos anglosajones. Sin embargo, ¿cuáles serían las perspectivas de la libertad? Muchos libertarios asocian erróneamente el pronóstico de la libertad con el pronóstico del supuestamente aliado movimiento conservador, y ello permite comprender el pesimismo a largo plazo que caracteriza al libertario moderno. Sin embargo, este texto está en contra de aquello, pues aunque las perspectivas para la libertad parezcan oscuras a corto plazo, la actitud correcta del libertario es la del indestructible optimismo a largo plazo.

Las razones de ser de esta afirmación descansan sobre una determinada visión de la historia que sostiene, primero, que antes del siglo XVIII existía en Europa occidental (y aún existe fuera de Occidente), lo que se conoce como el Antiguo Régimen. Bien sea bajo la figura del feudalismo o del despotismo de Oriente, el Antiguo Régimen estuvo marcado por tiranía, explotación, estancamiento, división social, hambrunas y desesperación. En suma, la vida era corta, brutal, y desagradable. He ahí la ‘Sociedad de estatus’ de Maine, y la ‘Sociedad militar’ de Spencer. Las clases gobernantes imponían su autoridad valiéndose de la conquista y convenciendo a las masas del supuesto origen divino de su poder.

El Antiguo Régimen fue, y aún continua siendo, el gran enemigo de la libertad. Fue particularmente poderoso en el pasado, pues no existía la amenaza inminente de su derrocamiento. En cuanto consideramos que el Antiguo Régimen había existido desde los comienzos de la historia, se puede apreciar aún más la gloria y la magnitud del triunfo de la revolución liberal del siglo XVIII.

Algunas de las dimensiones de esta lucha han sido oscurecidas por el gran mito de la historia de Europa occidental implantado por los historiadores alemanes antiliberales de finales del siglo XIX. El mito sostenía que la consolidación, a principios de la Edad Moderna, de monarquías absolutas y del mercantilismo, fue necesaria para el desarrollo del capitalismo, pues ayudaron a liberar a la gente y los comerciantes de las restricciones feudales locales. En realidad, éste no fue de ninguna manera el caso. El rey y su estado-nación fue incluso más feudal, reimponiendo y reforzando el feudalismo justo cuando estaba siendo disuelto por el crecimiento pacífico de la economía de mercado. El rey impuso sus propias restricciones y monopolizó aquellos privilegios del régimen feudal. Los monarcas absolutos fueron el mismo Antiguo Régimen, pero a una mayor escala, y su despotismo alcanzó niveles superiores. El capitalismo, ciertamente, floreció mucho antes y más intensamente, en aquéllas regiones donde el estado central era débil o inexistente: las ciudades italianas, la Liga Hanseática, la confederación holandesa del siglo XVII. Finalmente, el Antiguo Régimen fue derrocado o gravemente perturbado en sus cimientos de dos formas: por un lado, la industria y el mercado, que se expandieron por todos los rincones del orden feudal (por ejemplo, la industria que se desarrolló en Inglaterra en el campo, fuera del alcance de las restricciones feudales, gremiales, y del estado.) Pero de mayor importancia fueron las devastadoras revoluciones que arrasaron con el Antiguo Régimen y con la antigua clase gobernante: la Revolución Inglesa del siglo XVII, la Revolución Americana y la Revolución Francesa, todas causantes de la Revolución Industrial y las victorias parciales en materia de libertad individual, la separación iglesia-estado, y la paz mundial. La ‘sociedad de estatus’ dio lugar, al menos de manera parcial, a la ‘sociedad de contrato’, y la ‘sociedad militar’ dio lugar a la ‘sociedad industrial’. La gran masa de la población alcanzó una gran movilidad geográfica y laboral, y el crecimiento de estándares de vida alcanzó niveles que nadie antes se había atrevido a soñar. El liberalismo había traído a Occidente no sólo Libertad, la posibilidad de paz, y el incremento de los estándares de vida, sino que también atrajo esperanza, la esperanza en un progreso cada vez mayor que sacara a la humanidad del hueco del estancamiento y la desesperación.

Pronto fueron desarrolladas en Europa occidental dos grandes ideologías políticas, centradas alrededor de aquel nuevo fenómeno revolucionario: uno de ellos fue el Liberalismo, el partido de la esperanza, del radicalismo, de la libertad, de la Revolución Industrial, del progreso, de la humanidad. El otro fue el Conservatismo, el partido reaccionario, el partido que anhelaba la restauración de la jerarquía, el estatismo, la teocracia, la servidumbre, y la explotación de clases del Antiguo Régimen. Dado que el liberalismo ciertamente tenía la razón de su lado, los conservadores distorsionaron la atmosfera ideológica con llamados oscurantistas al romanticismo, la tradición, la teocracia, y el irracionalismo. Las ideologías políticas se polarizaron, con el Liberalismo en el extremo ‘izquierdo’ y el Conservatismo al extremo ‘derecho’. El Liberalismo genuino fue esencialmente radical y revolucionario y fue brillantemente percibido, en el ocaso de su impacto, por el grandioso Lord Acton (una de las pocas figuras en la historia del pensamiento que, encantadoramente, se volvía más radical cada vez que envejecía). Según Acton, ‘el Liberalismo anhela lo que debe ser, independientemente de lo que es’. Al desarrollar este punto, se llega de paso a la conclusión de que fue Acton y no Trotsky quien llegó primero al concepto de ‘revolución permanente’. Tal como fue expresado por Gertrude Himmelfarb, en su excelente análisis sobre Acton:

Su filosofía se desarrolló hasta el punto en el que el futuro fue visto como un enemigo declarado del pasado, y donde el pasado perdió toda autoridad, excepto en tanto se ajustaba a la moralidad. Tomarse en serio esta teoría liberal de la historia, en la que se da prioridad a lo que ‘debe ser’ por encima de lo ‘que es’, fue, según Acton, la instalación virtual de una ‘revolución permanente’.

La ‘revolución permanente’, tal y como Acton lo reconoció, fue el punto culminante de su filosofía de la historia y teoría de la política… Esta idea de conciencia, de que los hombres llevan consigo el conocimiento sobre el bien y el mal, es la raíz propia de la revolución, pues destruye la santidad del pasado… ‘El Liberalismo es esencialmente revolucionario’, dijo Acton. ‘Los hechos deben ceder ante las ideas. Pacífica y pacientemente, si es posible. Violentamente, si no lo es’[1].

De acuerdo a Acton, un liberal en este sentido, va mucho más allá del liberal de partido político [Whig] de los siglos XVII y XVIII:

Un liberal de partido político gobierna por cesión. El liberal real comienza en el reino de las ideas… El primero es práctico, gradual, listo para la cesión. El segundo se enfrenta a un principio de manera filosófica. Una es una política apuntando a la filosofía, la otra una filosofía en la búsqueda de una política[2].

¿Qué le sucedió al Liberalismo? ¿A qué se debió su declive en el siglo XIX? Esta pregunta ha sido analizada muchas veces, pero quizás la causa más elemental fue la corrupción que tuvo lugar al interior de las partes vitales del Liberalismo mismo. Con el éxito parcial de la Revolución Liberal de Occidente, los liberales fueron abandonando progresivamente su fervor radical y sus metas liberales, y terminaron por quedarse satisfechos con la mera defensa de su insípido y defectuoso status quo. En la raíz de este declive pueden reconocerse dos corrientes filosóficas: primero, el abandono de la teoría de los derechos naturales y de la ‘ley superior’ por el utilitarismo, pues sólo las teorías del derecho natural poseían una base radical situada por fuera del sistema mismo, desde la cual podían desafiar el status quo. Además, estas teorías aportaban aquel sentido de inmediatez, necesario para la lucha libertaria, al concentrarse en la necesidad de que gobernantes criminales fueran puestos bajo el peso de la justicia. Los utilitarios, por su parte, al abandonar la justicia por la eficiencia, también abandonaron el sentido de inmediatez y eligieron un estancamiento lento, terminando como defensores del orden existente.

La segunda gran influencia filosófica en el declive del Liberalismo fue el Darwinismo Social o Evolucionismo, el cual puso los toques finales al Liberalismo como fuerza radical en la sociedad. El Darwinismo social concibió la historia y la sociedad de manera errónea, a través de los anteojos rosa de la gradual y lenta evolución social. Ignorando el hecho básico de que ninguna clase dominante en la historia ha renunciado voluntariamente a su poder, y que el Liberalismo tuvo que abrirse paso a través de una serie de revoluciones, los darwinistas sociales esperaron pacíficamente y con alegría que miles de años de evolución gradual pasaran, de manera supuestamente inevitable, a la siguiente etapa del individualismo.

Un ejemplo interesante de un pensador que encarna en sí mismo la caída del Liberalismo en el siglo XIX es  Herbert Spencer. Spencer empezó como un grandioso liberal radical, prácticamente un libertario puro. Sin embargo, en cuanto el virus de la sociología y el Darwinismo Social se apoderaron de su alma, Spencer abandonó el Libertarismo como movimiento histórico dinámico, aunque en un principio conservó su teoría pura. En síntesis, en su búsqueda de un posible ideal de libertad pura, Spencer comenzó a ver la victoria de la libertad como inevitable, aunque sólo después de milenios de evolución gradual. Spencer abandonó el liberalismo como lucha, como credo radical, reduciéndolo a una desgastada acción de retaguardia contra el colectivismo emergente de finales del siglo XIX. Curiosamente, el giro de Spencer hacia “la derecha” en materia de estrategia, se convirtió también en un giro a la derecha desde el punto de vista teórico. De esta manera Spencer abandonó la libertad pura, incluso en la teoría, esta vez, al repudiar su famoso capítulo ‘Social Statics’ de su libro ‘The Right to Ignore the State’.

En Inglaterra, los liberales clásicos iniciaron su conversión del radicalismo al cuasi-conservadurismo a comienzos del siglo XIX. El punto de partida de este cambio fue la actitud liberal británica en relación con la lucha de liberación nacional en Irlanda. Esta lucha tuvo dos sentidos: uno en contra del imperialismo político británico, y otro, contra el latifundismo feudal, que había sido impuesto por el mismo imperialismo. Debido a su ceguera conservadora [Tory] hacia el movimiento irlandés de independencia y hacia la defensa de los campesinos frente a la opresión feudal, los británicos liberales (incluido Spencer) demostraron su abandono efectivo del Liberalismo genuino, el cual prácticamente había nacido en la lucha contra el sistema feudal de tierras. Sólo en los Estados Unidos, el hogar por excelencia del Liberalismo radical (donde el feudalismo jamás echó raíces fuera del Sur), conservó la preminencia de los derechos naturales, la teoría de la ley superior y los movimientos liberales radicales hasta mediados del siglo XIX. El movimiento Jacksoniano y el abolicionista, cada cual a su manera, fueron los últimos movimientos libertarios radicales en la vida americana[3].

De esta manera, con el Liberalismo abandonado desde su interior, ya no había un partido de Esperanza para el mundo occidental, ni un movimiento de ‘izquierda’ que liderara la lucha contra el estado y contra los restos intactos que quedaban del Antiguo Régimen. Con este vacío creado por el agotamiento del Liberalismo radical, apareció un nuevo movimiento: el Socialismo. Los libertarios de hoy están acostumbrados a pensar que el socialismo es el polo opuesto del credo libertario. Pero esto es un grave error, responsable de la terrible desorientación ideológica de los libertarios del mundo actual. Como hemos visto, el conservadurismo era el polo opuesto de la libertad, y el socialismo, aunque a la “izquierda” del conservadurismo, era esencialmente un movimiento confuso, estancado en la mitad del camino. Estuvo y sigue siendo de medio camino, pues intenta alcanzar fines liberales a través del uso de medios conservadores.

En síntesis, Russell Kirk, quien afirma que el socialismo era el heredero del liberalismo clásico, y Ronald Hamowy, que ve al socialismo como el heredero del conservadurismo, tienen ambos razón, pues la pregunta es en qué aspecto de este confuso movimiento céntrico se encuentra el enfoque. El socialismo, al igual que el liberalismo y en oposición al conservatismo, aceptó el sistema productivo y los objetivos liberales de la libertad, la razón, la movilidad, el progreso, el aumento de los niveles de vida de las masas, y el fin de la teocracia y la guerra. Sin embargo, intentó alcanzar estos fines mediante el uso de medios conservadores incompatibles: el estatismo, la planificación central, el comunitarismo, etc. O más bien, para ser más precisos, hubo desde un comienzo dos corrientes diferentes al interior del socialismo: una fue la de derecha, una corriente autoritaria, que desde Saint-Simon, glorificó el estatismo, la jerarquía y el colectivismo. Una proyección del conservadurismo intentando aceptar y dominar la nueva civilización industrial. Otra fue la relativamente libertaria corriente de izquierda, ejemplificada de diversas formas por Marx y Bakunin, revolucionaria y mucho más interesada en la consecución de los fines libertarios del liberalismo y el socialismo: la destrucción del aparato estatal para alcanzar la abolición del estado’ y el ‘fin de la explotación del hombre por el hombre’. Curiosamente, la frase de Marx, ‘el remplazo del gobierno de los hombres por la administración de las cosas’, puede ser rastreada, por una ruta indirecta, a los grandes liberales radicales franceses del laissez-faire de finales del siglo XIX: Charles Comte (que no guarda ninguna relación con Auguste Comte) y Charles Dunoyer. Lo mismo pudo haber ocurrido al concepto de “lucha de clases”, excepto que para Dunoyer y Comte las clases inherentemente antitéticas no eran las de los empresarios contra los trabajadores, sino las de los productores de la sociedad (incluyendo a empresarios, obreros, campesinos, etc.) contra las clases explotadoras privilegiadas por el aparato del Estado[4]. Saint-Simon, en un momento dado de su vida caótica, retomó el análisis de clases de Comte y Dunoyer y, adoptando todo el asunto de manera confusa, convirtió a los empresarios en el mercado mismo, y catalogó a los terratenientes feudales y otras clases privilegiadas por el estado, como ‘explotadores’. Marx y Bakunin retomaron de los seguidores de Saint-Simon aquella cuestión, y el resultado desfiguró gravemente el movimiento Socialista de Izquierda, pues, junto con la destrucción del Estado represivo, se creyó necesario acabar con la propiedad privada capitalista de los medios de producción. Al rechazar la propiedad privada, especialmente del capital, los socialistas de izquierda quedaron atrapados en una contradicción interna fundamental: si el Estado desaparece al cabo de la Revolución (de manera inmediata para Bakunin, y a manera de ‘reducción’ gradual para Marx), entonces ¿cómo va la ‘colectividad’ a administrar su propiedad sin llegar a convertirse ella misma en un enorme Estado? Esta fue una contradicción que ni los marxistas ni los bakuninistas pudieron resolver.

Al constituirse el liberalismo radical como el partido de ‘izquierda’, el socialismo, al llegar el siglo XX, cayó presa de su contradicción interna. La mayoría de los socialistas (fabianos, lassalleanos, e incluso marxistas) se pasaron bruscamente hacia la derecha, abandonando por completo los antiguos fines libertarios y los ideales de revolución y de abolición del Estado, y se convirtieron en acogedores conservadores, permanentemente reconciliados con el Estado, el status quo, y la totalidad del aparato neo-mercantilista, el capitalismo como monopolio del Estado, el imperialismo y la guerra, que se establecieron rápidamente en la sociedad Europea de comienzos del siglo XX. También el conservadurismo tuvo que reformarse y reagruparse para intentar hacer frente al sistema industrial moderno, convirtiéndose en un mercantilismo restaurado, un régimen de estatismo marcado por privilegios monopolísticos concedidos, de forma directa o indirecta, a capitalistas escogidos y a terratenientes cuasi-feudales. El socialismo de derecha y el nuevo conservadurismo se volvieron cada vez más afines, el primero defendiendo políticas similares aunque con un velo populista demagógico. De esta manera, el otro lado de la moneda del imperialismo fue el ‘imperialismo social’, definido por Joseph Schumpeter de manera contundente como ‘un imperialismo en el que los empresarios y otros elementos atraen a los trabajadores a través de concesiones de asistencia social que parecen depender del éxito del ‘monopolio de las exportaciones’ (…)’[5].

Desde hace tiempo los historiadores han reconocido la afinidad y el fuerte vínculo del socialismo de derecha con el conservadurismo en Italia y Alemania, cuya fusión se incorporó por primera vez en el Bismarckismo y luego en el fascismo y el nacional-socialismo: este último completó el programa conservador del nacionalismo, el imperialismo, el militarismo, la teocracia, y un colectivismo de derecha que mantuvo e incluso consolidó el gobierno de las viejas clases privilegiadas. Pero sólo recientemente los historiadores comenzaron a darse cuenta de que un patrón similar se produjo en Inglaterra y los Estados Unidos. Por lo tanto, Bernard Semmel, en su brillante historia del movimiento social-imperialista en Inglaterra a comienzos del siglo XX, muestra cómo la Sociedad Fabiana acogió de buen grado a los imperialistas en Inglaterra[6]. Cuando, en 1890, el Partido Liberal de Inglaterra se dividió entre los radicales en la izquierda y los liberales-imperialistas en la derecha, Beatrice Webb, co-líder de los fabianos, denunció a los radicales como “laisser faire anti-imperialistas”, mientras exhaltaba a estos últimos como “colectivistas e imperialistas”. Un manifiesto Fabiano oficial, Fabianism and the Empire (1900), elaborado por George Bernard Shaw (quien más tarde, con una consistencia perfecta, alabaría las políticas internas de Stalin y Mussolini y Sir Oswald Mosley), elogió el imperialismo y atacó a los radicales, quienes “todavía se aferraban a las fronteras fijas de los ideales individualistas republicanos (y) de la no intervención”. Por el contrario, “una gran potencia… debe gobernar (un imperio mundial) en el interés de la civilización en su conjunto.” Después de esto, los fabianos colaboraron estrechamente con conservadores [tories] e imperialistas-liberales. De hecho, a finales de 1902, Sidney y Beatrice Webb establecieron un pequeño grupo secreto de consejeros de gobierno llamados los Coeficientes. El conservador imperialista, Leopold S. Amery, uno de los principales miembros de este club, escribió de manera reveladora: “Sidney y Beatrice Webb estaban mucho más preocupados por conseguir que sus ideas sobre el Estado de bienestar fueran puestas en práctica por cualquiera que estuviera dispuesto a contribuir, aunque fuese en una escala más modesta que la del triunfo inicial de un verdadero partido socialista… Después de todo, no había nada tan poco natural, como lo había demostrado la carrera de Joseph Chamberlain, como la combinación de imperialismo en asuntos exteriores con socialismo municipal o semi-socialismo al interior del país[7]”. Según Amery, otros miembros de los Coeficientes que iban a ser parte de los consejeros de gobierno o del personal en general fueron: el liberal-imperialista Richard B. Haldane, el geo-político Halford J. Mackinder , el imperialista y anti-alemán Leopoldo Maxse, editor del National Review, el conservador socialista y anti-imperialista Vizconde Milner, el imperialista naval Carlyon Bellairs, el famoso periodista JL Garvin, Bernard Shaw, Sir Clinton Dawkins, socio del Morgan Bank, y Sir Edward Grey, quien, en una reunión del club fue el primero en esbozar la política de ‘Entente’ con Francia y Rusia, que iba a desembocar en la Primera Guerra Mundial[8].

La famosa traición a los viejos ideales de pacifismo revolucionario por parte de los socialistas europeos e incluso marxistas durante la Primera Guerra Mundial, no debería haber sido una sorpresa. Que cada partido socialista hubiera apoyado su “propio” gobierno en la guerra, (con la honorable excepción del Partido Socialista de Eugene Victor Debs en los Estados Unidos) fue la representación final del colapso del socialismo clásico de izquierda. A partir de entonces, los socialistas y cuasi-socialistas se unieron a los conservadores en una amalgama básica, aceptando el Estado y la economía mixta (=neo-mercantilismo=Estado de Bienestar- intervencionismo=capitalismo monopolizado por el estado, sinónimos de la misma realidad esencial). Fue en reacción a este colapso que Lenin se separó de la Segunda Internacional, para restablecer el marxismo clásico revolucionario y revivir el socialismo de izquierda.

De hecho, Lenin, casi sin darse cuenta, alcanzó más que eso. Es bien sabido que los movimientos “purificadores”, deseosos de retornar a una pureza clásica despojada de las corrupciones recientes, por lo general purifican más allá de lo que había sido considerado verdadero entre las fuentes clásicas originales. En efecto, habían fuertes corrientes “conservadoras” en los mismos escritos de Marx y Engels, los cuales a menudo justificaban el Estado, el imperialismo occidental y el nacionalismo agresivo, y según las opiniones ambivalentes de los Maestros en esta materia, fueron estos motivos los que proporcionaron el combustible para la transformación de la mayoría de marxistas hacia el campo del ‘imperialismo social’[9]. El campamento de Lenin se volvió más de “izquierda” que el de Marx y Engels. Lenin tuvo una postura decididamente más revolucionaria hacia el Estado y con gran consistencia defendió y apoyó movimientos de liberación nacional contra el imperialismo. El cambio leninista fue también más de “izquierda” en otros sentidos. Mientras Marx había centrado su ataque en el capitalismo de mercado per se, el énfasis principal de las preocupaciones de Lenin estaba en lo que él concebía como las etapas más altas del capitalismo: el imperialismo y el monopolio. Por lo tanto, este enfoque de Lenin centrado en el monopolio del Estado y el imperialismo, por encima del capitalismo del laissez-faire, fue mucho más compatible con el movimiento libertario que el enfoque de Karl Marx. En los últimos años, las divisiones en el mundo leninista han puesto de manifiesto una mayor tendencia de izquierda: la de los chinos. En su énfasis casi exclusivo en la revolución en países subdesarrollados, además del desprecio a las cesiones que marxistas de derecha hacen al Estado, los chinos han centrado su hostilidad en la tenencia de tierras feudales y cuasi-feudales, en las concesiones monopolísticas que han enredado el capital con tierra quasi-feudal, y en el imperialismo occidental. En este esencial abandono del énfasis marxista clásico sobre la clase trabajadora, los maoístas han centrado los esfuerzos leninistas en el derrocamiento de los baluartes más importantes del antiguo régimen[10].

El fascismo y el nazismo fueron la culminación lógica en cuanto a asuntos internos de la tendencia moderna hacia el colectivismo de derecha. Se ha vuelto costumbre entre los libertarios, al igual que en el aparato estatal de Occidente, considerar al fascismo y al comunismo como fundamentalmente idénticos. Sin embargo, aunque ambos sistemas eran, indudablemente, colectivistas, tenían grandes diferencias en cuanto a su contenido socio-económico. De esta manera, el comunismo fue un movimiento auténticamente revolucionario que despiadadamente desplazó y derrocó a las antiguas elites gobernantes, mientras que el fascismo, por el contrario, consolidó en el poder las viejas clases dominantes. Por lo tanto, el fascismo fue un movimiento contrarrevolucionario que congeló una serie de privilegios monopolísticos sobre la sociedad. En pocas palabras, el fascismo fue la apoteosis del capitalismo de monopolio del Estado moderno[11]. He aquí la razón por la cual el fascismo fue tan atractivo (lo que por supuesto no sucedió con el comunismo) a los intereses de las grandes empresas de Occidente, – más abierta y descaradamente en la década de 1920 y principios de 1930[12].

Ahora estamos en condiciones de aplicar el análisis al escenario americano. Aquí nos encontramos con un mito singular acerca de la historia reciente de América, propagado por los conservadores actuales y adoptado por la mayoría de los libertarios estadounidenses. El mito podría ser explicado de la siguiente manera: los Estados Unidos fueron, de cierto modo, un paraíso del laissez-faire hasta el New Deal. A partir de ahí, Roosevelt, influenciado por Felix Frankfurter, la Intercollegiate Socialist Society, y otros “conspiradores fabianos y comunistas”, fabricó una revolución que puso a Norteamerica en el camino hacia el socialismo, y, más adelante, más allá del horizonte, hacia el comunismo. El libertario de hoy en día que adopta ésta u otra visión de la experiencia norteamericana tiende a considerarse a sí mismo como un “extremista de derecha”. Un poco a la izquierda de él se encontraría entonces el conservador, y luego en la extrema izquierda el socialismo y el comunismo. He ahí la enorme tentación para algunos libertarios de imponer el sello socialista de manera indiscriminada, pues al ver una Norteamérica de izquierda desviándose de manera inexorable hacia el socialismo y el comunismo, su gran tentación fue pasar por alto las etapas intermedias y arruinar su oposición con un odio que no hace distinción.

Uno pensaría que el “libertario de derecha” sería capaz de darse cuenta rápidamente de las drásticas falacias de esta concepción. Por un lado, la enmienda al impuesto sobre la renta, que se lamenta como el comienzo del socialismo en los Estados Unidos, fue puesta en el Congreso en 1909 por una abrumadora mayoría de ambos partidos. Asumir este evento como un fuerte movimiento de izquierda hacia el socialismo requeriría poner de presente al presidente William Howard Taft, quien como izquierdista tramitó la 16 ª Enmienda, y seguramente muy pocos tendrían la osadía de hacer eso. De hecho, en ningún sentido fue el New Deal una revolución, y su programa colectivista ya había tenido antecedentes próximos como Herbert Hoover durante la depresión, y algunos un poco más lejanos como la guerra colectiva y la planificación centralizada que imperó en los Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial. Cada elemento en el programa del New Deal: la planificación centralizada, la creación de redes de acuerdos forzados en la industria y la agricultura, la inflación y la expansión del crédito, el aumento artificial de los salarios, la promoción de sindicatos dentro de estructuras monopolísticas, las regulaciones gubernamentales, y la expropiación, habían sido anticipados y bosquejados durante las dos décadas previas[13]. Y este programa, con sus privilegios sobre los intereses de las grandes empresas en la cima de su cúmulo colectivista, en modo alguno constituye una reminiscencia de socialismo o de movimientos de izquierda, o implica nociones de igualitarismo o proletariado. No, este creciente colectivismo de ninguna manera tiene un parentesco con el socialismo-comunismo sino con el fascismo, o socialismo de derecha, un parentesco que muchos de los grandes empresarios de los años veinte expresaron abiertamente en su anhelo por abandonar el sistema de cuasi- laissez-faire por un colectivismo que ellos pudieran controlar. Y seguramente, William Howard Taft, Woodrow Wilson y Herbert Clark Hoover son figuras que pueden ser reconocidas más fácilmente como proto-fascistas que como cripto-comunistas.

La esencia del New Deal fue vista con mayor claridad por el movimiento leninista de principios de la década de 1930 y hasta mediados de la misma, que por la mitología conservadora, cuando las exigencias de las relaciones exteriores de la Unión Soviética provocaron un cambio brusco en el mundo comunista, y el New Deal fue aprobado por el “Frente Popular”. Así, en 1934, el teórico británico leninista R. Palme Dutt publicó un análisis breve pero mordaz del New Deal presentándolo como “fascismo social” – la manera en la que la realidad del fascismo había sido encubierta con una delgada capa de populismo demagógico. Jamás ningún oponente conservador ha expresado una denuncia más enérgica y tajante del New Deal. La política de Roosevelt, escribió Dutt, fue “pasar a una forma de dictadura bélica”. Las políticas esenciales iban a imponer un capitalismo monopolizado por el Estado a través de la NRA para subsidiar empresas, bancos y agricultura, haciendo uso de la inflación y la expropiación masiva de personas a través de salarios reales más bajos, y la regulación y explotación del trabajo por medio de la fijación gubernamental de salarios y el arbitraje forzoso. Cuando el New Deal, escribió Dutt, es despojado de su camuflaje de “reformista social-progresista”, “la realidad del nuevo tipo de sistema fascista de capitalismo de estado concentrado, y servidumbre industrial, permanece”, incluyendo un implícito “avance hacia la guerra”. Dutt concluyó efectivamente con una cita de un editor de la muy respetada Current History Magazine: “La nueva América (el editor había escrito a mediados de 1933) no será capitalista en el sentido antiguo, ni será socialista. Si por el momento la tendencia es hacia el fascismo, será un fascismo americano, que incorpora la experiencia, las tradiciones y las esperanzas de una gran nación de clase media”[14].

Por lo tanto, el New Deal no fue una ruptura cualitativa con el pasado americano. Por el contrario, se trató simplemente de una extensión cuantitativa de la red de privilegios estatales que ya habían sido propuestos y que ya habían ejercido cierta influencia: en la administración de Hoover, en el colectivismo de guerra de la Primera Guerra Mundial, y en la era progresista. La exposición más completa acerca de los orígenes del capitalismo monopolizado por el Estado, o lo que él llama “capitalismo político” en los EE.UU, se encuentra en el brillante trabajo del Dr. Gabriel Kolko. En su libro, Triumph of Conservatism, Kolko rastrea los orígenes del capitalismo político en las “reformas” de la era progresista. Los historiadores ortodoxos siempre han tratado el período progresista (aproximadamente 1900-1916) como un periodo donde el capitalismo de libre mercado se fue haciendo cada vez más “monopolista”. Como reacción a este reinado del monopolio y las grandes empresas, cuenta la historia que intelectuales altruistas y políticos sagaces acudieron al intervencionismo gubernamental para reformar y regular estos males. La gran obra de Kolko demuestra que la realidad fue precisamente casi lo opuesto a este mito. Según Kolko, a pesar de la ola de fusiones y fideicomisos formados alrededor de la vuelta del siglo, las fuerzas de la competencia en el libre mercado rápidamente invalidaron y disolvieron estos intentos por estabilizar y perpetuar el poder económico de los intereses de las grandes empresas. Fue precisamente como reacción a su inminente derrota a manos de las tormentas de la competencia del mercado que las empresas acudieron, en mayor medida después del año 1900, a la ayuda y protección del gobierno federal. En resumen, la intervención por parte del gobierno federal fue diseñada, no para frenar el monopolio de las grandes empresas en aras del bien público, sino para crear monopolios que las grandes empresas (al igual que asociaciones empresariales más pequeñas) no habían sido capaces de establecer en medio de los fuertes vientos de la competencia del libre mercado. Tanto la izquierda como la derecha han estado persistentemente engañadas por la idea de que la intervención del gobierno es ipso-facto izquierdista, y anti-empresa. De ahí la mitología del New Deal como socialista [Red], que es endémica en la derecha. Los grandes empresarios, encabezados por los intereses de la Morgan, y casi que únicamente el profesor Kolko en el mundo académico, se dieron cuenta que los privilegios monopolísticos sólo pueden ser creados por el Estado y no como resultado de las operaciones del mercado libre.

De esta manera, Kolko demuestra cómo a partir del New Nationalism de Theodore Roosevelt y culminando con la New Freedom de Wilson, regulaciones en industrias como los seguros, la banca, la carne, las exportaciones y los negocios en general, concebidas por derechistas actuales como medidas “socialistas”, fueron en realidad uniformemente proclamadas e introducidas por los grandes empresarios. Éste fue un esfuerzo deliberado para sujetar la economía con un cemento de subsidios, estabilización, y privilegios monopolísticos. Una postura típica fue la de Andrew Carnegie, profundamente preocupado por la libre competencia en la industria del acero, que no pudo ser suprimida ni por la formación de Aceros de los EEUU, ni por las famosas “Gary Dinners”, patrocinadas por la Morgan Company. Carnegie declaró en 1908: “siempre regresa a mí la idea de que sólo el control gubernamental va a resolver el problema de manera apropiada”. No hay nada alarmante en las regulaciones del gobierno por sí mismas, anunciaba Carnegie, “el capital está perfectamente seguro en la compañías de gas, aun cuando sea bajo el control judicial. Así va a ser todo el capital, aunque se encuentre bajo el control del Gobierno…[15]”.

El Partido Progresista, explica Kolko, era básicamente un partido creado por la Morgan para relegir a Roosevelt y castigar al presidente Taft, quien con gran celo había llevado a cabo la persecución de las empresas Morgan. Los trabajadores de izquierda proporcionaron, a menudo y sin saberlo, una apariencia demagógica al movimiento estatista-conservador. La New Freedom de Wilson, que culminó con la creación de la Comisión Federal de Comercio, lejos de ser considerada por las grandes empresas como peligrosamente socialista, fue acogida con gran entusiasmo al hacer efectivos sus apreciados programas de apoyo, privilegio, y regulación de la competencia, (y el colectivismo de guerra de Wilson fue recibido con mucho más entusiasmo). Edward N. Hurley, Presidente de la Comisión Federal de Comercio y ex presidente de la Asociación de Fabricantes de Illinois, anunció con alegría, a finales de 1915, que la Comisión Federal de Comercio había sido diseñada “para intervenir en los negocios en general”, de la misma manera en la que la ICC se había creado para los ferrocarriles y transportistas, y al igual que la Reserva Federal en relación con los banqueros de la nación, y el Departamento de Agricultura en relación con los agricultores[16]. Como sucedería más dramáticamente en el fascismo europeo, cada grupo de interés económico estaba formando acuerdos y monopolios, y se estaba acomodando en su nicho privilegiado dentro de una estructura socio-económica jerárquicamente organizada. Particularmente influyentes fueron las opiniones de Arthur Jerome Eddy, un eminente abogado de empresas que se especializó en la formación de asociaciones comerciales y que contribuyó a crear la Comisión Federal de Comercio. En su obra maestra denuncia con ferocidad la competencia en los negocios, y haciendo un llamado por una “cooperación” industrial controlada y protegida gubernamentalmente, Eddy proclama que “la competencia es guerra, y la guerra es el infierno”[17].

¿Qué fue de los intelectuales de la época progresista, condenados por la derecha actual como “socialistas”? Socialistas lo fueron en cierto sentido, pero ¿qué clase de “socialismo”? El socialismo del Estado conservador de la Alemania de Bismarck, el prototipo de gran parte de las formas políticas modernas en Europa y Estados Unidos, y en virtud del cual la mayor parte de los intelectuales americanos de finales del siglo XIX recibieron su educación superior. Como Kolko lo presenta:

El conservadurismo de los intelectuales contemporáneos,… la idealización del estado por parte de Lester Ward, Richard T. Ely, o Simon N. Patten… fue también el resultado de la peculiar formación de muchos académicos estadounidenses de este período. A finales del siglo XIX, la principal influencia en la teoría social y económica en la academia norteamericana fue aquella ejercida por las universidades. La idealización de Bismarck del Estado, con sus funciones de bienestar centralizadas… fue estudiada adecuadamente por los miles de académicos clave que estudiaron en universidades alemanas en la década de 1880 y de 1890…[18]

Adicionalmente, el ideal de los principales profesores alemanes ultraconservadores, a quienes también se les llamaba “Socialistas Académicos Universitarios”, fue constituirse como la “guardia intelectual de la Casa de Hohenzollern” – lo que seguramente lograron.

Como ejemplo del intelectual progresista, Kolko acertadamente cita a Herbert Croly, editor del periódico financiado por Morgan, New Republic. Sistematizando el New Nationalism de Theodore Roosevelt, Croly proclamó un nuevo Hamiltonianismo como un sistema para el control colectivista federal y la integración de la sociedad en una estructura jerárquica.

Lanzando una mirada hacia la era progresista, Gabriel Kolko llega a la conclusión de que

A nivel federal fue creada durante la guerra una síntesis de negocios y política en diversos organismos administrativos y de emergencia, que continuaron durante toda la década siguiente. De hecho, el período de guerra representa el triunfo de los negocios de la manera más enfática posible… las grandes empresas obtuvieron el apoyo total de los diversos organismos reguladores y el ejecutivo. Fue durante la guerra donde efectivos oligopolios y acuerdos sobre precios y mercados se volvieron operativos en los sectores dominantes de la economía estadounidense. La rápida difusión del poder en la economía y la relativamente fácil entrada a los mercados dejaron de existir. A pesar de que hubo una pausa en la producción legislativa, la unidad de las empresas con el gobierno federal continuó a lo largo de la década de 1920 y, posteriormente, usando los principios de la era progresista para estabilizar y consolidar las mismas condiciones dentro de varias industrias… La idea de utilizar el gobierno federal para estabilizar la economía, concebida en el contexto de la industrialización moderna durante la era progresista, se convirtió en la base del capitalismo político en sus múltiples ramificaciones posteriores.

En este sentido, el progresismo no murió en la década de 1920, pero se convirtió en una parte de la estructura básica de la sociedad estadounidense[19].

He ahí el New Deal. Después de un poco de vacilación izquierdista a mediados y finales de los años treinta, el gobierno de Roosevelt re-consolidó su alianza con las grandes empresas en materia de defensa nacional y economías de contratos de guerra en 1940. Se trataba de una economía y un sistema de gobierno que ha estado rigiendo en América desde entonces, incorporado en una economía de guerra permanente, un capitalismo monopolizado por el Estado y un neo-mercantilismo en plena madurez: el complejo militar e industrial de la época actual. Las características esenciales de la sociedad estadounidense no han cambiado desde que fue completamente militarizada y politizada en la Segunda Guerra Mundial –salvo que las tendencias se intensifican, e incluso en la vida cotidiana los hombres han sido moldeados bajo la insignia del sacrificio del individuo por la organización a la que pertenecen, incluyendo el servicio al Estado y su complejo militar e industrial. William H. Whyte, Jr., en su famoso libro, The Organization Man, dejó en claro que este amoldamiento se produjo cuando las empresas adoptaron la visión colectivista de sociólogos “iluminados” y otros ingenieros sociales. También es claro que esta armonía de puntos de vista no es simplemente el resultado de la ingenuidad de los grandes empresarios – no cuando tal “ingenuidad” coincide con los requisitos para poner a trabajadores y administradores dentro del molde del servidor voluntarioso de la gran burocracia en la maquinaria militar e industrial. Y, con el pretexto de la “democracia”, la educación se ha convertido en la mera repetición masiva de las técnicas de ajuste para cumplir la tarea de convertirse en un engranaje de la inmensa maquinaria burocrática.

Mientras tanto, los republicanos y demócratas siguen siendo dos partidos que contribuyen a la formación y apoyo del sistema imperante, tal como lo fueron en las primeras dos décadas del siglo XX. El “yo-tambienismo” – el apoyo bipartidista del status quo que subyace a las diferencias superficiales entre partidos – no comenzó en 1940.

¿Cómo reaccionaron los pocos libertarios restantes a estos cambios en el espectro ideológico en América? Una respuesta instructiva puede ser encontrada al observar la carrera de uno de los grandes libertarios del siglo XX en América: Albert Jay Nock. En la década de 1920, cuando Nock había formulado su radical filosofía libertaria, fue universalmente considerado como un miembro de la extrema izquierda, y él mismo también se consideró así. Siempre es una tendencia, en la vida política e ideológica, centrar la atención sobre el principal enemigo del momento, y el principal enemigo del momento era el estatismo conservador de la administración de Coolidge-Hoover. Por lo tanto, era natural para Nock y para su amigo y compañero libertario Mencken y otros radicales, unirse a cuasi-socialistas en la batalla contra el enemigo común. Por otra parte, cuando el New Deal sucedió a Hoover, socialistas débiles y vagos intervencionistas de izquierda se subieron al vagón del New Deal. En la izquierda, sólo libertarios como Nock y Mencken y los leninistas (antes del período del Frente Popular) se dieron cuenta de que Roosevelt no era más que la continuación de Hoover con otra retórica. Era perfectamente natural que los radicales formaran un frente unido en contra de FDR y Hoover con los conservadores de Al Smith que, o creían que Roosevelt había ido demasiado lejos, o no les gustaba su extravagante retórica populista. Pero el problema fue que Nock y sus colegas radicales, al principio desdeñosos de sus nuevos aliados, pronto comenzaron a aceptarlos y terminaron poniéndose alegremente la tan despreciada etiqueta de “conservador”. Este cambio tuvo lugar con los radicales del montón, de la misma manera en la que tienen lugar muchas de las transformaciones de ideología en la historia: sin darse cuenta y por falta de un liderazgo ideológico apropiado. Por otra parte, para Nock, y hasta cierto punto para Mencken, el problema era mucho más grave.

Siempre había habido una grave falencia en la brillante y refinada doctrina libertaria de Nock y Mencken; ambos habían adoptado desde hace tiempo el gran error del pesimismo. Ninguno de los dos concibió esperanza alguna de que la raza humana adoptara alguna vez el sistema de la libertad; desesperanzados de la aplicación práctica de la doctrina radical de la libertad, cada uno a su manera se fue distanciando de la responsabilidad del liderazgo ideológico, Mencken con alegría y hedonismo, Nock de manera altiva y en secreto. A pesar de la enorme contribución de ambos a la causa de la libertad, ninguno de los dos pudo convertirse en el líder consciente de un movimiento libertario: ninguno pudo imaginar el partido de la libertad como un partido de la esperanza o de la revolución, o más aun, un partido del mesianismo secular. El error del pesimismo es el primer paso por la resbaladiza pendiente que conduce al conservatismo, y por lo tanto, todo fue demasiado fácil para el pesimista radical Nock, quien aun siendo básicamente un libertario, aceptó la etiqueta del conservadurismo e incluso llegó a divulgar aquel antiguo cliché de la presunción previa en contra de cualquier cambio social.

Es fascinante que Albert Jay Nock haya seguido el camino ideológico de su querido antecesor espiritual Herbert Spencer. Ambos comenzaron como libertarios radicales puros, ambos abandonaron rápidamente las tácticas radicales o revolucionarias que hacían parte de su idea de poner en práctica sus teorías a través de la acción masiva, y ambos se apartaron eventualmente de las tácticas conservadoras y se acercaron más a sus contenidos.

De esta manera los libertarios, en el sentido del lugar que ocupaban en el espectro ideológico, se fundieron con los antiguos conservadores, quienes se vieron obligados a adoptar la fraseología libertaria (pero sin un contenido libertario real) en su oposición al gobierno de Roosevelt que se había vuelto demasiado colectivista para ellos, tanto en contenido como en retórica. La Segunda Guerra Mundial reforzó y consolidó esta alianza, pues, a diferencia de las otras guerras norteamericanas del mismo siglo, las fuerzas “aislacionistas” y a favor de la paz fueron identificadas, tanto por sus enemigos como por ellos mismos más adelante, como miembros de la “derecha”. A finales de la Segunda Guerra Mundial, era ya muy natural para los libertarios considerarse de “extrema derecha”, con los conservadores justo a la izquierda de ellos. He ahí el error de espectro que ha persistido hasta nuestros días. En particular, los libertarios modernos olvidaron o nunca se dieron cuenta de que la oposición a la guerra y al militarismo siempre había sido una tradición “izquierdista” que los había incluido a ellos mismos. Por lo tanto, cuando la aberración histórica de la época del New Deal fue corregida y la “extrema derecha” fue una vez más la gran partidaria de la guerra total, los libertarios no estaban preparados para entender lo que sucedía y continuaron siguiendo a sus supuestos “aliados” conservadores. Los liberales habían perdido por completo sus directrices y antiguos criterios ideológicos.

Dada una reorientación adecuada del espectro ideológico, ¿cuáles serían entonces las perspectivas para la libertad? No es de extrañar que el libertario contemporáneo, al ver el mundo convertirse en socialista y comunista, y sintiéndose prácticamente aislado y apartado de cualquier posibilidad de acción en masa, tiende a llenarse de pesimismo a largo plazo. Sin embargo, la escena se ilumina inmediatamente cuando caemos en cuenta de aquel requisito indispensable para la civilización moderna: la caída del Antiguo Régimen, logrado a través de la acción libertaria conjunta, dando lugar a las grandes revoluciones de Occidente como la francesa y la estadounidense, y provocando la gloria de la Revolución Industrial y los progresos en materia de libertad, movilidad y aumento de los niveles de vida que todavía se conservan hoy en día. A pesar de algunos movimientos reaccionarios de vuelta al estatismo, el mundo moderno se encuentra imponente por encima del mundo del pasado. Cuando también consideramos que de una u otra manera el Antiguo Régimen de despotismo, feudalismo, teocracia y militarismo había dominado todas las civilizaciones humanas en Occidente hasta el siglo XVIII, el optimismo sobre lo que el hombre tiene y puede lograr debe ponerse en un lugar mucho más alto.

Sin embargo, podría replicarse que este sombrío registro histórico de despotismo y estancamiento sólo refuerza el pesimismo, pues refleja la persistencia y la durabilidad del Antiguo Régimen, y la fragilidad aparente y evanescencia del nuevo – especialmente en vista del retroceso del siglo pasado. No obstante, la superficialidad de estos análisis deja de lado el gran cambio que tuvo lugar con la Revolución del Nuevo Orden, un cambio que es claramente irreversible. El Antiguo Régimen fue capaz de persistir en su sistema de esclavitud durante siglos, precisamente porque no despertó ni expectativas ni esperanzas en la mente de las oprimidas masas, cuyo destino era vivir y ganarse su brutal subsistencia en esclavitud, mientras se obedecían ciegamente las órdenes de gobernantes de origen divino. Pero la Revolución liberal implantó en la mente de las masas de manera indeleble, no sólo en Occidente sino también en el aún feudal mundo subdesarrollado, un ardiente deseo por libertad, por tierra para los campesinos, por paz entre naciones, y quizás, por encima de todo, por movilidad y aumento de los niveles de vida, que sólo pueden ser alcanzados por una civilización industrial. Las masas nunca más aceptarían de nuevo la servidumbre sin sentido del Antiguo Régimen, y teniendo en cuenta las exigencias que han nacido del liberalismo y la Revolución Industrial, la victoria a largo plazo de la libertad es inevitable.

Sólo la libertad y el libre mercado pueden organizar y mantener un sistema industrial, y entre más aumente la población y se expanda, más necesario es el funcionamiento sin trabas de una economía industrial. El laissez-faire y el libre mercado se vuelven cada vez más necesarios en la medida en que un sistema industrial se desarrolla. Las desviaciones radicales provocan fallas y crisis económicas. Esta crisis del estatismo se vuelve particularmente dramática y trascendental en una sociedad completamente socialista, y por lo tanto, el colapso inevitable del estatismo se ha vuelto sorpresivamente evidente en los países del campo socialista (es decir, comunista), pues el socialismo confronta sus contradicciones internas de una manera más contundente. Desesperadamente intenta cumplir con los objetivos que proclama: crecimiento industrial, aumento de los niveles de vida para las masas, y la eventual desaparición del Estado, y cada vez es más incapaz de hacerlo con sus medios colectivistas. He ahí el colapso inevitable del socialismo. Este deterioro progresivo de la planificación socialista estaba parcialmente oculto en un principio. En cada caso, los leninistas se tomaron el poder, no en un país capitalista desarrollado como Marx erróneamente lo había predicho, sino en un país víctima de la opresión del feudalismo. En segundo lugar, los comunistas no intentaron imponer el socialismo en la economía sino hasta después de muchos años de haber tomado el poder: en la Unión Soviética fue la colectivización forzosa de Stalin de principios de 1930 la que revocó la sabiduría de la Política Económica de Lenin, la cual habría sido extendida hacia un libre mercado por Bukharin, el teórico favorito de Lenin. Ni siquiera los supuestamente extremos  líderes comunistas de China impusieron una economía socialista en este país sino hasta finales de 1950. En estos casos, la creciente industrialización ha impuesto una serie de crisis económicas de tal severidad, que los países comunistas, en contra de sus principios ideológicos, han tenido que retroceder paso por paso desde la planificación central y hacia diversos grados y formas de libre mercado. El ‘Liberman Plan’ para la Unión Soviética ha obtenido una gran dosis de publicidad, pero el inevitable proceso de des-socialización ha llegado mucho más lejos en Polonia, Hungría y Checoslovaquia. El más avanzado de todos es Yugoslavia, que liberado de la rigidez estalinista de sus estados homónimos, en sólo doce años se ha des-socializado tanto y tan rápido, que su economía actual es difícilmente más socialista que la de Francia. El hecho de que quienes se hacen llamar a sí mismos “comunistas” aún se encuentren gobernando el país es irrelevante en relación con los hechos sociales y económicos básicos. La planificación central en Yugoslavia ha prácticamente desaparecido, el sector privado no sólo predomina en la agricultura, sino que es fuerte incluso en la industria, y el sector público ha sido tan radicalmente descentralizado y puesto bajo libertad de precios, pruebas de ganancias y pérdidas, y cooperativas de trabajadores, que el verdadero socialismo casi ya no existe. Sólo el último paso, convertir el control sindical de los trabajadores en apropiación de acciones individuales, se mantiene en el camino hacia el capitalismo total. La China comunista y los hábiles teóricos marxistas de la Monthly Review han comprendido la situación claramente y han hecho sonar la alarma de que Yugoslavia ya no es un país socialista.

Uno pensaría que los economistas de libre mercado celebrarían la confirmación y creciente importancia del pensamiento notable del Profesor Ludwig von Mises de hace medio siglo: que los Estados socialistas, estando necesariamente desprovistos de un verdadero sistema de precios, no podían acudir al cálculo económico y por lo tanto no podrían planificar su economía con éxito alguno. De hecho, un seguidor de Mises predijo en una novela hace algunos años este proceso de des-socialización. Sin embargo, ni este autor ni otros economistas de libre mercado han dado el menor indicio de reconocimiento o aprobación de este proceso en los países comunistas – tal vez la visión casi histérica de la supuesta amenaza del comunismo les impide reconocer cualquier disolución del supuesto monumento amenazante[20].

Los países comunistas, por lo tanto, están cada vez más indeleblemente obligados a des-socializar, y por lo tanto llegarán finalmente al mercado libre. El estado de los países subdesarrollados es también motivo para sostener el optimismo libertario. Para todo el mundo, los pueblos de las naciones subdesarrolladas están dedicados a la revolución para tumbar su antiguo orden feudal. Es cierto que Estados Unidos está haciendo todo lo que esté a su alcance para suprimir el mismo proceso revolucionario que alguna vez los liberó a ellos y a Europa occidental de las cadenas del Antiguo Régimen. Sin embargo, cada vez es más claro que ni siquiera una abrumadora fuerza armada puede reprimir el deseo de las masas de abrirse paso hacia el mundo moderno.

Nos quedan los Estados Unidos y los países de Europa Occidental. Ahí apoyar el optimismo es menos claro, pues el sistema cuasi-colectivista no presenta una crisis tan clara de auto-contradicción como lo hace el socialismo. Y aún así allí también la crisis económica se cierne sobre el futuro y carcome por dentro la satisfacción de los directores keynesianos de la economía: la inflación progresiva, que se refleja en el grave colapso de la balanza de pagos del alguna vez todopoderoso dólar, el progresivo y duradero desempleo, provocado por los controles del salario mínimo, y la profunda y prolongada acumulación de gravosas distorsiones en una permanente economía de guerra. Por otra parte, las crisis potenciales en los Estados Unidos no son meramente de tipo económico. Hay un floreciente e inspirador fermento moral en la juventud norteamericana que se opone a las trabas de la burocracia centralizada, a la educación masiva y uniforme y a la brutalidad y la opresión ejercida por los secuaces del Estado.

Adicionalmente, el mantenimiento de un grado considerable de libertad de expresión y formas democráticas facilita, al menos en el corto plazo, la posibilidad de crecimiento del movimiento libertario. Los Estados Unidos también son afortunados al poseer, aunque casi olvidado por debajo de la cubierta estatista y tiránica de los últimos cincuenta años, una gran tradición de pensamiento y acción libertario. El hecho de que gran parte de este patrimonio se refleja todavía en la retórica popular, incluso aunque despojado de su significado en la práctica, proporciona una importante base ideológica para un futuro partido de la libertad.

Lo que los marxistas denominarían “condiciones objetivas” para el triunfo de la libertad, existen en todas las partes del mundo y más aún hoy que en cualquier época pasada, pues en todas partes las masas han optado por mejores niveles de vida y la promesa de la libertad, y en ninguna parte los diversos regímenes de estatismo y colectivismo pueden cumplir con estos objetivos. Lo que se necesita entonces es simplemente las “condiciones subjetivas” para la victoria, es decir, un cuerpo maduro de libertarios instruidos que difundan el mensaje a todos los pueblos del mundo de que la libertad y el libre mercado puro proporcionan la salida para sus problemas y crisis. La libertad no puede ser plenamente alcanzada a menos que exista el suficiente número de libertarios para guiar la población por el camino correcto. Pero quizás el mayor obstáculo para la creación de este movimiento es la falta de esperanza y el pesimismo típico del libertario del mundo de hoy. Gran parte de este pesimismo se debe a su equívoca interpretación de la historia y la forma de verse a sí mismo y a su puñado de congéneres como irremediablemente aislados de las masas y por lo tanto de las corrientes históricas. Por lo tanto se convierte en un crítico solitario de los acontecimientos históricos en lugar de sentirse parte de un movimiento potencial que puede y va a hacer historia. El libertario moderno ha olvidado que el liberal de los siglos XVII y XVIII enfrentó posibilidades mucho más abrumadoras que las que afrontan los liberales de hoy. En aquella época antes de la Revolución Industrial, la victoria del liberalismo estaba lejos de ser inevitable. Y aun así el liberalismo de aquel entonces no aspiró a quedarse como una pequeña secta oscura y pesimista. Por el contrario, unió teoría y acción. El liberalismo creció y se desarrolló como una ideología y, liderando y guiando a las masas, hicieron la Revolución que cambió el destino del mundo. Debido a su monumental alcance, esta revolución del siglo XVIII transformó la historia, de una crónica de estancamiento y despotismo, a un movimiento de avanzada hacia una verdadera y duradera utopía de la libertad y la racionalidad y la abundancia. El Antiguo Régimen está muerto o moribundo, y los intentos reaccionarios para regir una sociedad moderna y su economía a través de diversos retrocesos en dirección al Antiguo Régimen, están condenados al fracaso total. Los liberales del pasado han dejado a los libertarios modernos una herencia gloriosa, no sólo de ideología, sino de victorias contra pronósticos mucho más devastadores. Los liberales del pasado también han dejado a los libertarios la herencia de la táctica y estrategia más adecuada a seguir: no sólo liderar en lugar de permanecer al margen de las masas, sino también el evitar caer en el optimismo a corto plazo. El optimismo a corto plazo, siendo poco realista, conlleva de manera inmediata a la desilusión y luego al pesimismo hacia el largo plazo. Del mismo modo, el pesimismo a largo plazo conduce a la concentración exclusiva y contraproducente en asuntos inmediatos y a corto plazo. El optimismo al corto plazo se deriva, por un lado, de una visión ingenua y simplista de la estrategia: que la libertad va a ganar, simplemente, a través de la educación de más intelectuales, que a su vez, van a educar a moldeadores de la opinión pública, que a su vez van a convencer a las masas, después de lo cual el Estado de alguna manera retirará su tienda de campaña y se escabullirá silenciosamente. Las cosas no son tan fáciles, pues los libertarios no sólo afrontan un problema de educación, sino también un problema de poder, y es una ley de la historia que una clase dominante nunca ha renunciado voluntariamente a su poder.

Pero el problema del poder, ciertamente en los Estados Unidos, está en un futuro lejano. La tarea principal del libertario es, por ahora, deshacerse de su pesimismo innecesario y debilitante, andar a la mira de la victoria a largo plazo, y ponerse en marcha hacia la consecución de estos fines. Para ello debe, tal vez primero que todo, restructurar drásticamente su visión equívoca del espectro ideológico, descubrir quiénes son sus amigos y aliados naturales, y sobre todo, quiénes son sus enemigos. Armado con este conocimiento, se le debe permitir proceder con el espíritu de radical optimismo al largo plazo, que una de las grandes figuras de la historia del pensamiento libertario, Randolph Bourne, correctamente identificó como el espíritu de la juventud. Permitamos que las conmovedoras palabras de Bourne también sirvan como guía para el espíritu de la libertad:

‘la juventud es la encarnación de la razón enfrentada a la rigidez de la tradición. La juventud opone preguntas implacables a todo lo que es antiguo y arraigado, ¿por qué?, ¿qué hay de bueno en ello? Y cuando obtiene respuestas ahogadas y evasivas, aplica su propio espíritu de la razón, fresco y limpio, a las instituciones, las costumbres y las ideas, y al encontrarlas estúpidas, vacuas, o venenosas, se vuelve instintivamente a derribarlas y construir en su lugar las cosas con las que sus visiones abundan…

La juventud es la levadura que mantiene todas estas preguntas poniendo a prueba las actitudes que fermentan en el mundo. Si no fuera por esta actividad problemática de la juventud, con su odio a los sofismas y al barniz, y su insistencia en las cosas como son, la sociedad moriría de decadencia absoluta. La política de la generación anterior es, mientras se va adaptando al mundo, ocultar las cosas desagradables en la medida de lo posible, o mantener una conspiración de silencio y una elaborada pretensión de que no existen. Pero mientras tanto las llagas siguen supurando, de la misma manera. La juventud es el antiséptico radical… Arrastra esqueletos de los armarios e insiste en una explicación. No es extraño que la generación anterior tema y desconfíe de la más joven. La juventud es la Némesis vengadora en su camino…

Nuestros ancianos son siempre optimistas en su concepción del pasado y pesimistas en su concepción del futuro. La juventud es pesimista hacia el presente y gloriosamente llena de esperanzas hacia el futuro. Y esta esperanza, que es la palanca del progreso – es, por decirlo así, la única palanca del progreso…

El secreto de la vida es entonces que este fino espíritu juvenil nunca se pierda. Junto con la turbulencia de la juventud debe venir este fino sedimento- un espíritu cuerdo, fuerte y agresivo, de atrevimiento y acción. Tiene que ser un espíritu flexible y en desarrollo, con gran hospitalidad hacia nuevas ideas, y una aguda percepción de la experiencia. Mantener las propias reacciones preparadas y verídicas, es haber encontrado el secreto de la eterna juventud, y la eterna juventud es la salvación[21].


Traducido del inglés por Beatriz Salamanca. El artículo original se encuentra aquí.

[1] Gertrude Himmelfarb, Lord Acton (Chicago: University of Chicago Press, 1962), pp. 204-205.

[2] Ibid., p. 209.

[3] Cf. Carl Becker, The Declaration of Independence (New York: Vintage Books ed., 1958), Capítulo VI.

[4] La información sobre Comte y Dunoyer, al igual que la totalidad del análisis del espectro ideológico, se lo debo a Mr. Leonard P. Liggio. Para un énfasis en el aspecto positivo y dinámico del ímpetu utópico, tan traducido en nuestro tiempo, veáse Alan Milchman, “The Social and Political Philosophy of Jean-Jacques Rousseau: Utopia and Ideology,” The November Review (November, 1964), pp. 3-10. También cf., Jurgen Ruhle, “The Philosopher of Hope: Ernst Bloch,” en Leopold Labedz, ed., Revisionism (New York: Praeger, 1962), pp. 166-178.

[5] Joseph A. Schumpeter, Imperialism and Social Classes (New York: Meridian Books, 1955), p. 175. Schumpeter, por cierto, se dio cuenta de que, lejos de ser una etapa inherente al capitalismo, el imperialismo moderno fue un retroceso al imperialismo pre-capitalista de otros tiempos, pero con una minoría de capitalistas privilegiados que ahora se unían a las castas feudales y militares en su promoción de una agresión imperialista.

[6] Bernard Semmel, Imperialism and Social Reform: English Social-Imperial Thought, 1895-1914 (Cambridge: Harvard University press, 1960).

[7] Leopold S. Amery, My Political Life (London, 1953), citado en Semmel, op. cit., pp. 74-75.

[8] El punto no es, por supuesto, el que estos hombres fueran producto de alguna “conspiración Fabiana”, sino que, por el contrario, el fabianismo, al cambio de siglo, fue un socialismo tan conservador como para estar estrechamente alineado con las otras tendencias neo-conservadoras dominantes en la vida política británica.

[9] De esta manera véase Horace B. Davis. “Nations, Colonies, and Social Classes: The Position of Marx and Engels,” Science and Society (Winter, 1965), pp. 26-43.

[10] El ala cismática del movimiento trotskista encarnada en el Comité Internacional de la IV Internacional es ahora la única secta dentro del marxismo-leninismo que sigue haciendo énfasis de manera exclusiva en la clase obrera industrial.

[11] Véase el mordaz artículo de Alexander J. Groth, “The ‘Isms’ in Totalitarianism,” American Political Science Review (December, 1964), pp. 888-901. Groth dice: “Los comunistas… por lo general han adoptado medidas directa e indirectamente dirigidas al desarraigo de elites socio-económicas existentes: la nobleza terrateniente, los negocios, grandes sectores de la clase media y los campesinos, al igual que las elites burocráticas, militares, el servicio civil, el poder judicial y el cuerpo diplomático… En segundo lugar, en todos los casos en que el comunismo se ha apoderado del poder se ha producido un significativo compromiso ideológico-propagandístico hacia un estado proletario o de los trabajadores… (el cual) ha estado acompañado por oportunidades para la movilidad social ascendente para las clases más bajas económicamente, en términos de educación y empleo, que, invariablemente, han superado considerablemente las oportunidades disponibles bajo regímenes anteriores. Por último, en todos los casos los comunistas han intentado cambiar el carácter de los sistemas económicos que cayeron bajo su influencia, por lo general de una economía agraria a una economía industrial… El fascismo (tanto en su versión alemana como italiana)… fue desde el punto de vista socio-económico, un movimiento contra-revolucionario… Sin duda, no despojó ni aniquiló elites socio-económicas existentes…Todo lo contrario. El fascismo no detuvo la tendencia hacia las concentraciones privadas monopolísticas en los negocios, sino que por el contrario, la aumentó…

Sin lugar a dudas, el sistema económico fascista no era una economía de libre mercado, y por lo tanto no era “capitalista”, si se desea restringir el uso de este término a un sistema de laissez-faire. Pero, ¿acaso no funcionó… con el propósito de preservar su ser y mantener las recompensas materiales de las élites socioeconómicas existentes?” Ibíd., pp. 890-891.

[12] Para ejemplos acerca de las ideas colectivistas fascistas y de ultra derecha, y los planes para los grandes empresarios norteamericanos en nuestros tiempos, véase Murray N. Rothbard, America’s Great Depression (Princeton: Van Nostrand, 1963). También cf. Gaetano Salvemini y George LaPiana, What To Do With Italy (New York: Duell, Sloan, and Pearce, 1943), pp. 65ff.

Acerca de la economía fascista, dice Salvemini de una manera muy observadora: “Es un hecho real que el Estado, es decir, el contribuyente, es quien se ha vuelto responsable ante la empresa privada. En la Italia fascista el Estado paga por los errores de la empresa privada… El beneficio es privado e individual. La pérdida es pública y social.” Gaetano Salvemini, Under the Axe of Fascism (London: Victor Gollancz, 1936), p. 416.

[13] Al respecto, veáse Rothbard, passim.

[14] R. Palme Dutt, Fascism and Social Revolution (New York: International publishers, 1934), pp. 247-251.

[15] Véase Gabriel Kolko, The Triumph of Conservatism: A Re-interpretation of American History, 1900-1916 (Glencoe, Ill.: The Free Press, 1963), pp. 173 y passim. Como ejemplo de la manera en la que Kolko ya había comenzado a influenciar la historiografía Norteamericana, véase David T. Gilchrist y W. David Lewis, eds., Economic Change in the Civil War Era (Greenville, Del.: Eleutherian Mills-Hagley Foundation, 1965), p. 115. La obra complementaria y confirmadora de Kolko en relación con los ferrocarriles, Railroads and Regulation, 1877-1916 (Princeton. Princeton University Press, 1965) llega demasiado tarde para ser considerada aquí. Un breve escrito acerca del rol monopolizador del ICC sobre la industria del ferrocarril es el de Christopher D. Stone, “ICC: Some Reminiscences on the Future of American Transportation,” New Individualist Review (Spring, 1963), pp. 3-15.

[16] Kolko, Triumph of Conservatism, p. 274.

[17] Arthur Jerome Eddy, The New Competition: An Examination of the Conditions Underlying the Radical Change That Is Taking Place In the Commercial and Industrial World–The Change from A COMPETITIVE TO A COOPERATIVE BASIS (7th Ed., Chicago: A. C. McClurg and Co., 1920).

[18] Kolko, Triumph of Conservatism, p. 214.

[19] Ibid., pp. 286-287.

[20] Una feliz excepción es la de William D. Grampp, “New Directions in the Communist Economies,” Business Horizons (Fall, 1963), pp. 29-36. Grampp dice: “Según Hayek la planificación centralizada dará lugar a la servidumbre. De ello se sigue que una reducción de la autoridad económica del Estado alejaría la servidumbre. Los países comunistas pueden demostrar la verdad de ello. Sería una forma de abolir el estado con la que los marxistas no han contado aún y que tampoco ha sido anticipada por aquellos que están de acuerdo con Hayek.” Ibid., p. 35. La novela en cuestión es Henry Hazlitt, The Great Idea (New York: Appleton-Century-Crofts, 1951).

[21] Randolph Bourne, “Youth,” The Atlantic Monthly (April, 1912); reimpreso en Lillian Schlissel, ed., The World of Randolph Bourne (New York: E. P. Dutton and Co., 1965), pp. 9-11, 15.

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