Luditas del árbol muerto

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Imagina que vives en el siglo XV. Eres testigo de una revolución que cambiará profundamente el mundo. Esa revolución no implica espadas y cañones sino más bien palabras y libros. La causa de esta agitación es la invención más importante en más de mil años: la imprenta, por Johannes Gutenberg.

En pocas décadas después de su lanzamiento, ves cómo la imprenta transforma el campo de la edición de libros en formas previamente inimaginables. Los libros impresos son más fáciles, rápidos y baratos de fabricar que los libros que los precedieron, que tenían que copiarse laboriosamente, una página cada vez, a mano. En el tiempo que lleva copiar una página a mano, la imprenta puede hacer cientos o miles de copias de la misma página, haciendo por tanto posible por primera vez en la historia que casi todos puedan poseer libros.

En un siglo desde su creación, la impresa se extenderá por Europa occidental, produciendo millones de libros, estimulando el desarrollo económico de sectores relacionados con ella, como la fabricación de papel, y extendiendo el alfabetismo y el conocimiento en todo el mundo. La imprenta hará posible el rápido desarrollo de la educación, la ciencia, el arte, la cultura y el paso de la humanidad del periodo medial a la primera edad moderna.

Imaginemos además que no a todo el mundo en el siglo XV le alegrara esta innovación. Incapaz de igualar las prestaciones de la imprenta, los productores de libros copiados a mano se irritan. Los escribientes se quedan sin trabajo. Las escuelas de pluma que enseñan a los escribientes, los fabricantes que proporcionan sus plumas y los de bancos y meses de escribir que literalmente los soportan están viendo como caen las ventas. Los libros copiados a mano tienen ahora un precio demasiado alto como para competir con la imprenta de Gutenberg, así que sus editores no experimentan ningún crecimiento, sin ningún capital acudiendo a su sector. Los vendedores de los libros copiados a mano están asimismo desesperados, con sus clientes ordenando ahora los libros recién impresos a la gente de Gutenberg y siendo su renta perdida dinero que ya no va a sus comunidades. Después de todo, el monstruo monopolista, la imprenta, está arrasando.

Los intereses del libro copiado a mano se exponen amargamente ante los Grandes Sabios en su Consejo Sagrado de Justicia. “Señores”, gritan, “deben acabar con los precios predatorios y las políticas de tierra quemada de la imprenta de Gutenberg. Está eliminando la competencia. ¿Cómo puede ser esto de interés público?”

Saltamos al siglo XXI y vemos otra revolución que está poniendo patas arriba el sector del libro: la transformación de los libros impresos en electrónicos. Esta revolución tiene como punta de lanza a un Gutenberg moderno, Amazon.com, pionero del libro electrónico, el dispositivo Kindle para leerlo y el mercado en línea para publicarlo y venderlo.

Lo que ha conseguido Amazon es verdaderamente asombroso. Con Kindle, ha eliminado a los intermediarios del sector que estaba entre el escritor y el lector de un libro (de agentes a editores a distribuidores a mayoristas a librerías físicas). Kindle ha eliminado asimismo la necesidad de un inventario físico de libros, con sus altos costes de impresión, almacenamiento y envío. Estas innovaciones han generado libros mucho más baratos ahora disponibles para los consumidores. Y el nuevo mercado de libros electrónicos ha sido especialmente ventajoso para quienes se autopublican que son incapaces de hacer que sus libros se acepten a través de los canales tradicionales, que ahora tienen una vía abierta para llegar directamente a los clientes.

La popularidad de estas grandes innovaciones es enorme, con los libros de Kindle vendiéndose ahora más que el total combinado de todos los libros en rústica y cartoné comprados en Amazon.

Sin ningún intermediario o guardián, sin prácticamente costes y con la posibilidad de mercadotecnia propia a través de medios sociales y otros canales de Internet, la publicación electrónica esta creando un mercado robusto para nuevos escritores y libros. Por ejemplo, una novelista incapaz de encontrar un agente o editor se ha publicado dos de sus noveles en Kindle. Con sus libros a un precio de 2,99$ y una comisión del 70% de Kindle, gana aproximadamente 2$ por libro. Está vendiendo 55 libros al día, o 20.000 libros al año, lo que equivale a vender 60.000$ y obtener comisiones para ella de 40.000$. (Como simple comparación, sin entrar en las complejidades de los contratos de los libros, esta autora podría ganar una comisión de aproximadamente el 10% de un editor tradicional, lo que le obligaría a alcanzar ventas de 400.000$ para ganar tanto dinero como hace autopublicándose en Kindle). A otros autores les va aún mejor, incluyendo dos novelistas autopublicados que se han convertido en miembros del Club Kindle del Millón en ejemplares vendidos. Estos escritores empezaron sin nada (no estaban entre los pocos favorecidos seleccionados por agentes y editores y no tenían publicidad o giras de promoción) y aún así, gracias a la publicación electrónica, se están ganando la vida, con algunos alcanzando un sorprendente éxito.

Los bajos precios de los libros electrónicos, desdeñados por los intereses de las editoriales tradicionales, son el naciente nuevo billete de admisión del escritor en el sector del libro. Mientras que los lectores pueden ser muy reticentes a arriesgar 25$ en una librería para probar un trabajo en tapa dura de un nuevo escritor, están comprando los libros electrónicos de los nuevos escritores con precios de 2,99$ o similares en Kindle. Los escritores están encontrando sus seguidores y haciendo dinero a estos precios y los lectores, a juzgar por las “reseñas de clientes” de Amazon, están contentos con estos libros de bajo coste.

El escritor-editor en Estados Unidos se remonta a nuestra fundación, promoviendo un vigoroso emprendimiento de libre expresión e intelectual. El Almanaque del pobre Richard, de Benjamin Franklin y El sentido común, de Thomas Paine, ambos superventas en su tiempo, fueron autopublicaciones. Si el sueño americano empieza sin nada salvo el talento propio, la motivación y el trabajo duro y a partir de ahí se alcanza el éxito, entonces en tiempos recientes este sueño se ha cerrado esencialmente a escritores que no hayan conseguido ganarte el favor de agentes y editores. Antes de la revolución del libro electrónico y la mercadotecnia en línea estimulados por Amazon, había un estigma unido a la autopublicación, a pesar de su larga y distinguida tradición en Estados Unidos. Los principales críticos no tendrían en cuenta un libro autopublicado, lo que significaba que bibliotecas y librerías, que hacen sus pedidos basándose en reseñas, no los incluirían en ellos. Pero los libros electrónicos no solo están quitando el estigma de la autopublicación sino que probablemente están haciendo de ella la vía preferida. Amazon ha abierto la vía para seguir de nuevo el sueño intelectual americano.

Pero los mismos ataques medievales antes indicados contra la imprenta se están lanzando hoy contra Amazon, con los atacantes implorando a los “sabios” actuales en el Departamento de Justicia que detengan la nueva amenaza llamada Amazon.

Liderando la carga de vuelta a la Edad Media está el New York Times. Dos artículos aparecidos en la portada de su sección de negocios el 16 de abril de 2012 muestran qué ocurre cuando los luditas (es decir, los hostiles al desarrollo tecnológico) se juntan con los estatistas (es decir, los que quieren alcanzar sus fines a través de la fuerza del gobierno).

Daring to Cut Off Amazon”, de David Streitfeld, alaba a un editor-distribuidor por sacar a sus libros de Amazon. (Amazon hace descuentos no solo en libros electrónicos sino asimismo el los libros editados que vende con éxito). La empresa es Educational Development Corporation, cuyo CEO, Randall White, lamenta: “Amazon está echando a todos del negocio. (…) Es una depredadora. Estamos mejor sin ella”.

Una de las preocupaciones de Mr. White es que sus vendedores estaban perdiendo negocio porque sus clientes estaban comprando los libros de la empresa más barato en Amazon. La consultora de ventas Christy Reed comenta acerca de sus clientes locales: “Si consiguen los libros por menos [en Amazon]. Pero mis ganancias revierten en la comunidad. Las de Amazon, no”. Aparentemente no se le ocurre que al comprar libros más baratos en Amazon sus antiguos clientes tienen más dinero a gastar en su comunidad y el personal de Amazon que le reemplazó tiene más dinero para gastar en sus comunidades. Pero dónde tiene lugar o no el gasto no es lo principal económicamente. Lo importante de verdad es que por el mismo gasto total en el sistema económico en general, la gente obtiene ahora más libros y le queda más dinero para comprar más de otras cosas.

Book Publishing’s Real Nemesis”, de David Carr, cita la reciente demanda antitrust del Departamento de Justicia contra cinco editores y Apple, acusándoles de fijar precios de libros electrónicos. En lugar de condenar esta acción política contra la producción y el comercio, Mr. Carr lamenta el hecho de que el fuerte brazo de la ley no llegue lo suficientemente lejos como para incluir al “monolito monopolista” de Amazon, que “ha usado su poder en el mercado para acosar y dictar”. Mr. Carr considera abusar y dictar cuando una empresa privada (Amazon) establece sus condiciones y otros intervinientes (los editores) son libres de hacer negocios con ella o no. ¿Pero no es abusar y dictar cuando el poder compulsivo del estado interviene para establecer condiciones económicas y sancionar arbitrariamente a las empresas?

Mr. Carr cita al presidente del Gremio de Autores y autor superventas Scott Turow, a quien le preocupa que disminuya el club de autores y editores. (¿De verdad?) “Es impresionante retroceder y ver esto y creer que esto sea de interés público”, se queja Mr. Turow respecto del éxito de Amazon. También se pregunta si Amazon pondrá tan bajos los precios de los libros que no quedará “nadie para competir con ella”. Aparentemente, el “interés público” no incluye los millones de clientes que eligieron comprar las veta madre de libros electrónicos asequibles en Amazon que pueden no agradecer su solícita preocupación acerca de los bajos precios que están pagando. Y aparentemente el “interés público” no incluye la nueva cosecha de nuevos autores que florece a través de los libros electrónicos, sin beneficiar a los grandes editores y golpes de suerte que tuvo éste.

El tono ludita de los ataques contra Amazon suena así: La luz eléctrica reemplazará a la vela. El automóvil reemplazará al caballo con carro. La cura de la tuberculosis echará del negocio a los sanatorios. La computadora reemplazará a la máquina de escribir.

El elemento estatista reside en el deseo del atacante de utilizar el poder policial del estado para impedir la competencia y potenciar artificialmente sus negocios.

Es verdad que puede ser realentador y doloroso para aquellos cuyos trabajos están disminuyendo o convirtiéndose en obsoletos  debido a los avances tecnológicos, pero eso no puede justificar la intrusión del gobierno, La moralidad está del lado de la gente dedicada al comercio voluntario y contra quienes piden al Departamento de Justicia su intervención en el sector. Las acusaciones contra Amazon (de depredadora, monopolista, abusadora, etc.) realmente no se aplican a una empresa dedicada al comercio voluntario, sin que importe el tamaño de su participación en el mercado, sino más bien a quienes tratan de preservar sus intereses a través de la acción del gobierno.

En el caso de Amazon, los que tratan de restringir el comercio son los propios atacantes. Además, no solo la moralidad está del lado de Amazon, sino que asimismo está el interés propio material a largo plazo de todos en el sistema económico. Todos los que trabajen ganarán dinero, pero, gracias a Amazon y todos los demás innovadores de mejores productos o métodos de producción más eficientes, el poder adquisitivo del dinero que ganen será mayor. Los enemigos de los innovadores productivos son, por la misma razón, enemigos antisociales del público comprador en general.

Las quejas expresadas contra Amazon serían inocuas si quienes las expresan no pudieran usar al gobierno para progresar en su causa. Pero pueden, mediante leyes antitrust. Estas leyes dan al estado el poder de evaluar el precio de un producto de una empresa en relación con su competencia y a castigar a empresas (severa y arbitrariamente) por precios considerados como inaceptables. Si el precio de una empresa para sus bienes se considera demasiado bajo, puede castigársele por ser depredadora y destructora de la competencia. Si el precio se considera que es el mismo que el sus competidores, puede castigársele por colusión y fijación de precios. Si el precio se considera demasiado alto puede castigársele por ser monopolista.

Utilizar las leyes antitrust contra la industria del libro genera un grave peligro adicional sobre su uso contra otros sectores. Como la industria del libro representa la divulgación del conocimiento y las ideas, un intento de regular el precio de los libros condensa el libre flujo de ideas y viola nuestra Primera Enmienda de derecho a la libertad de prensa.

Quien esté interesado en la supervivencia de una industria robusta del libro (o de cualquier otra) con el libre flujo de productos, la creatividad de nuevos métodos de negocio y la preservación de la libertad económica, debe apoyar la abolición de estas leyes opresivas.

El mercado (que comprende las decisiones voluntarias de millones de personas libres) determina los precios de los libros, la forma que tendrá un libro, el dispositivo en el que se leerá, los ganadores y perdedores de la competencia. Si el mercado elige una tecnología innovadora y una nueva dirección, así debe ser. ¡Dejemos que los fabricantes medievales de libros copien sus libros a manos y sus equivalente contemporáneos utilicen innecesarios papel y tinta, almacenes, camiones de reparto y librerías, adopten los avances o renuncien!

Completamente al contrario que la competencia en el mundo animal, en el que los perdedores son comidos o mueren de hambre, los perdedores en una competencia económica no mueren. En el peor de los casos, deben reubicarse en el sistema económico a un nivel más bajo. Pero en un sistema económico suficientemente libre como para progresar rápidamente, como ha sido el nuestro durante la mayoría de los últimos dos siglos y medio, incluso los trabajadores peor pagados disfrutan de un nivel de vida que sobrepasa al de reyes y emperadores de eras anteriores. Por eso a los Gutenberg del mundo se les debe dejar libres para soñar, para crear y para comerciar sin miedo al castigo.


Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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