Las relaciónes con los indios en la Virginia colonial

0

La chispa que encendió la gran rebelión de 1676 vino del polvorín de las relaciones con los indios. Para explicarlas, primero debemos volver a hacer un mapa de la historia de las relaciones entre indios y blancos en la Virginia del siglo XVII.

Primero, podemos preguntarnos cómo enfrentaban los colonos el trabajo que el Rey Jacobo les había encomendado de «llevar a los infieles y salvajes que viven en aquellas regiones (los nativos indios americanos) a la civilización humana». Generalmente, se podría decir que los nativos indios miraban a los recién llegados con una mezcla de amabilidad fraternal y entusiasmo en hacer contactos con el mundo exterior, aunque a esto se contraponía la hostilidad, que se basaba en un miedo bien fundado a que los colonos pudieran apoderarse de sus tierras.

Los blancos generalmente contemplaban a los indios como poseedores de unas tierras listas para ser expropiadas. Esta actitud de los blancos estaba en parte justificada, ya que la tierra de los indios no estaba generalmente en manos de individuos, sino de la unidad colectiva tribal, y además era inalienable bajo la ley tribal. Esto era aun más cierto en cuanto a la tierra en sí, en contraste con su uso anual. Lo que es más: la ley tribal a menudo decretaba la propiedad de grandes extensiones de terreno que nunca se usaba.

Esta desigualdad de tierras aún no era una excusa para la dispersión física de individuos indígenas lejos de sus hogares y de las tierras que realmente usaban, no digamos ya para el saqueo de sus cosechas o para el asesinato de indios.

Las relaciones con los indios eran, pues, una combinación de hostilidad y amistad que iba por debajo de la implacable prisa de los blancos por avanzar hacia el oeste. Así que, desde el mismo principio de la colonia de Virginia, primero los indios atacaron a los blancos para solo unos pocos meses más tarde acudir al rescate de la hambrienta colonia que estaba naciendo con abundantes regalos de pan, carne, pescado y grano. Unos cuantos años de conflicto fueron seguidos por la paz de 1614, que fue quebrantada dos años después cuando el Gobernador Yeardley se apropió del grano de los indios Chickahominy —un contraste irónico con el abastecimiento de grano que hicieron los indios a la naciente colonia.

A partir de ese punto, las relaciones con los indios empezaron a deteriorarse. El capitán Argall, cuando asumió su cargo como Gobernador, decidió que los colonos estaban siendo demasiado amistosos con los indios y prohibió el que se alquilaran cazadores indios para tirar contra la caza mayor. Aún peor, Argall decretó la pena de muerte tanto para quien enseñara a los indios a usar armas de fuego como para los indios que quisieran aprender.

Así, Argall contribuyó a incapacitar tanto la economía de los blancos como la de los indios; pero quizá el comercio y la educación no se consideraban parte del “proceso de civilización” (las armas de fuego, como es el caso en la mayoría de las armas, pueden usarse tanto para ofender como para defenderse, para propósitos económicos altamente productivos, como la caza, tanto como para la guerra).

Cuando se reunión la primera Asamblea de Virginia en 1619 parte de sus reformas liberales prohibieron cualquier lesión a los indios que pudiera perturbar la paz. A pesar de todo, el breve periodo de coexistencia pacífica fue hecho pedazos en 1622 cuando Opechancanough, cabeza de la confederación Powhatan llevó a cabo un ataque por sorpresa contra los colonos. La colonia sobrevivió, pero la matanza de más de 350 colonos —casi un cuarto de la población de la colonia— enrabietó a los blancos desde entonces, incluso cuando los colonos se apresuraron a destruir tantas cosechas, hogares e indios como pudieron (1). Durante la crisis, cada comunidad permanentemente asentada fue puesta bajo reglas marciales absolutas y así cualquier comunicación con los indios estaba fuera de la ley excepto bajo el consentimiento del comandante.

Quizá el aspecto más desafortunado del asunto fue la agresión blanca que sucedió a finales de 1622 contra los amistosos indios Potomac, debido a que esto tuvo consecuencias a largo plazo al envenenar las relaciones entre indios y blancos en Virginia. La poderosa tribu Potomac se había negado a unirse a los planes de la confederación Powhatan para matar a todos los blancos y habían ayudado a salvar a la colonia avisando a los colonos de los planes de Opechancanough.

Cuando se encontraba en una expedición en tierras de los Potomac para obtener grano, el Capitan Isaac Madison se permitió el creer, sin pruebas, el falso rumor que difundieron un jefe Potomac exiliado y un renegado intérprete polaco, Robert Poole, acerca de que los Potomac estaban planeando la matanza de la expedición. Madison entonces secuestró al rey de los Potomac y de pronto atacó y mató a todo Indio Potomac al que pudiera echar mano.

Desde ese momento, una traición salvaje marcó las acciones de ambos lados, con lo que las relaciones quedaron permanentemente agriadas. De lo más cruel fue la invitación a los indios por parte de los colonos en 1623 para una propuesta de paz, en la que los blancos envenenaron a doscientos líderes indígenas y mataron a tiros a otros cincuenta, llevándose a casa las cabelleras de muchos nativos. Sin duda, lo peor de eso fue que los colonos adoptaron la bárbara política de buscar y destruir deliberadamente todas las plantaciones de grano de los indios. La guerra total, por todos los medios, era la contraseña y la paz ni siquiera se contemplaba.

Cuando los dirigentes de la Compañía de Virginia expresaron su sorpresa ante tan despreciable método de hacer la guerra rompiendo los tratados o envenenando a los negociadores, los virginianos replicaron que «aunque fuimos aconsejados por ustedes de que se observaran las leyes de la justicia (…) no nos parece que nada injusto pueda llevar a su ruina (…) con estos (enemigos) ni tregua ni cuartel será jamás mantenido».

Años después de la matanza, la actitud de los blancos aún era una agresión continuada hacia los indios, quienes eran simplemente considerados “enemigos irreconciliables”. Se impusieron leyes que prohibían cualquier comercio con los indios. Por un tiempo, la paz era impensable; como hemos visto, uno de los principales cargos contra el Gobernador Harvey fue que hizo la paz con los indios.

Al final, de todos modos, las ventajas de un comercio pacífico y mutuamente benéfico con los nativos empezaron a hacerse claras y las leyes a ser ignoradas por individuos emprendedores de la colonia. Durante la primera administración de Berkeley fue hecho un tratado de “paz y amistad” con los indios en 1642 y las leyes contra el comercio con los nativos fueron revocadas.

Desafortunadamente, las alegres perspectivas de una paz genuina fueron una vez más quebrantadas por el viejo jefe Opechancanough, el mismo que fue responsable de la trágica matanza de veintidós años antes. Opechancanough era partidario de la mano dura, que apostaba por nada menos que la Victoria total sobre los blancos, a quienes contemplaba como invasores de la tierra. Ciertamente, tenía un punto de razón: los blancos eran muy aficionados a apoderarse de tierras, pero el punto no era lo suficientemente bueno.

Un clima de genuina coexistencia pacífica habría permitido la compra voluntaria de tierras indias y el asentamiento de blancos en las tierras que los indios, aunque las reclamaban con grandilocuencia, no estaban utilizando. Pero cuando Opechancanough oyó hablar de una Guerra civil en Inglaterra, decidió que «ahora o nunca era el momento de erradicar a todos los ingleses» y echarlos al mar.

De nuevo, en abril de 1644, Opechancanough organizó una matanza por sorpresa de quinientos colonos —un número mayor que antes, pero desde luego, una muy pequeña proporción de la colonia. Uno de los problemas de la mano dura es que propicia la mano dura de la parte contraria, y esta matanza llegó en el momento en que una paz verdadera estaba al alcance.

Los ingleses contraatacaron rápidamente, incendiando poblados indígenas y arrasando su grano. Opechancanough fue tomado prisionero y muerto por uno de los soldados virginianos de un disparo por la espalda.

Los indios entonces pidieron la paz, pero desafortunadamente el tratado de paz de 1646 en vez de proveer un comercio pacífico y otros contactos entre los dos pueblos, forzó a los indios a entregar territorio y marcar fronteras arbitrarias más allá de las cuales estaba prohibido pasar para ellos. Lo que es más, ni a los virginianos ni a los indios les estaba permitido entrar en el territorio del otro so pena de muy graves castigos, de manera que el comercio solamente podía llevarse a cabo en ciertas fortificaciones especificadas —y por tanto, monopolizadas. Este tipo de casi—paz restringió grandemente la exploración blanca y el poblamiento estable de Virginia al oeste de la “línea de falla” y también el comercio fructífero con los indios.

Ya que solamente unos pocos fuertes militares fueron favorecidos con el privilegio del monopolio del comercio con los indios, el comandante de cada uno ocupaba entonces una posición altamente lucrativa y privilegiada en la colonia. El gobierno de Virginia no solamente construía los fuertes, sino que garantizaba a sus comandantes el fuerte y las tierras colindantes.

Un ejemplo típico fue el Capitán Abraham Wood, antiguo trabajador no abonado (*) de Samuel Mathews, que fue colocado a la cabeza del más importante de estos fuertes, Fort Henry, en las cascadas de Appomattox. Establecido allí durante treinta años, Wood explotó su posición como el único comerciante autorizado del área; a menudo tenía que proteger sus caravanas comerciales contra el uso de la fuerza por parte de comerciantes rivales, comprensiblemente resentidos del monopolio obligatorio de Wood en el comercio con los indios. La villa junto al fuerte tomó el nombre de Wood y Wood adquirió más de 6.000 acres de tierra de labor en la vecindad. Fue también, durante muchos años, consejero de la colonia.

Aún así, la inexorable marcha de los asentamientos hacia el oeste no podía detenerse y una vez más los ingleses volvieron a establecerse cerca de los indios. Los arbitrarios términos de paz de 1646 necesitaban claramente una revisión. Felizmente, después de 1656 los indios que fueran encontrados en territorio blanco sin una escarapela no eran reos de un disparo, y a todos los hombres libres se les permitía comerciar con los indios. Otras provisiones de la nueva ley constituyeron un avance algo más limitado: por ejemplo, los niños indios secuestrados como rehenes no podrían ser tratados simplemente como esclavos, sino que debían ser educados en el cristianismo y enseñárseles un oficio. Otras políticas eran tan arbitrarias que igual trataban injustamente a los indios que a los colonizadores blancos. Así, en 1653, como una supuesta compensación a los indios unas tierras en el Condado de York se dejaron apartadas para ellos, aunque esto significaba que los ya habitantes blancos que ya existían tuvieran que ser expulsados por la fuerza.

A pesar de todo, la paz y la justicia con los indios solo llegó hasta ahí. En 1656 varios cientos de indios se habían asentado junto a las cascadas del James River —que los blancos decidieron que debían estar prohibidas a los indios, incluso a los que se asentaran pacíficamente. La Asamblea envió al Coronel Edward Hill con una fuerza armada para expulsar a los indios; aunque se les unieron aliados indios, la fuerza atacante fue machacada por los defensores indígenas cerca del actual Richmond. Hill no recibió simpatía por su derrota, sino que se encontró con una Asamblea iracunda que le juzgó y lo declaró unánimemente culpable de crímenes y debilidades y lo suspendió de sus cargos.

La relativamente honesta paz de 11656 con los indios fue hecha pedazos con el inicio de la segunda administración de Berkeley. No es sorprendente que el ataque de Berkeley contra las libertades y derechos de los virginianos se extendiera hasta las relaciones con los indios. Su primer paso en 1661 fue la supresión del comercio libre con los indígenas y la revitalización del monopolio comercial. La asamblea decretó que de ahí en adelante nadie podría comerciar con los indios sin ser comisionado por el gobernador, quien, desde luego, dría la licencia solo a personas de “probada integridad” mejor que a “diferentes malintencionadas, insustanciales e inhábiles personas” que ejercían por entonces el comercio.

La Asamblea continuo tras esto con un decreto dejando fuera de la ley todo trato de los de Maryland e indios del norte de Virginia con los indios de Virginia, así pues estrechando el monopolio comercial. De una forma irónica, el viejo monopolista del comercio Abraham Wood, ahora coronel, fue el encargado de llevar a cabo la ejecución de esta prohibición.

Al año siguiente el capitán Giles Brent, uno de los principales colonos del territorio del Northern Neck, arrastró a un juicio al jefe de los indios Potomac, Wahanganoche, bajo los falsos cargos de alta traición y asesinato. Y aunque Wahanganoche salió libre de culpa y sus falsos acusadores condenados a pagarle una indemnización por los daños sufridos, la Asamblea arrogantemente requirió a los Potomac y a otras tribus del norte la entrega como rehenes de una gran cantidad de niños indios para ser esclavizados y criados por los blancos.

No sorprende el que los indios del norte de Virginia empezaran a sentirse un poco impacientes bajo este tratamiento, una impaciencia que se debía también —como admitió la Asamblea— a “violentas intrusiones de distintos ingleses” en tierras indias. Pero esto fue solamente el principio de la agresión blanca. En 1665—66 la Asamblea puso aún más límites arbitrarios al asentamiento indio, marginándolos una vez más. También prohibió a los blancos cualquier venta de armas y munición a los indios, y decretó que el gobernador seleccionara a los jefes de las tribus indias. Se impuso la militarización de los colonos blancos, ordenándoles ir armados a todos los encuentros públicos, inclusive a los servicios religiosos.

Se llegó a imponer una culpabilidad colectiva sobre los indios, proveyéndose que si un indio mataba a un blanco, toda la gente de la vecindad india “tendría que dar cuentas por ello con sus vidas y libertades”, aunque esta ley pesó en las a menudo elásticas conciencias de los virginianos de entonces y pronto fue abrogada.

Durante el mismo año 1666 el Gobernador Berkeley declaró la guerra a las tribus Doeg y Potomac, como una forma aún más masiva de culpabilidad y castigo colectivo por varios crímenes cometidos a lo largo de los años por individuos indios contra individuos blancos. Pero ya que este acto de matanza fue llamado “guerra” incluso su mayor magnitud no despertó las reprobaciones de conciencia que siguieron al castigo colectivo del año anterior.

A finales de la década de 1660 los indios habían sido tan efectivamente intimidados y reprimidos que la administración creía que tenía la situación en sus manos. En palabras de Berkeley: «los indios están absolutamente sojuzgados, así que no hay miedo de ellos».

Pero pronto el gobernador Berkeley tuvo que aprender que el uso del terror y el sojuzgamiento no siempre aquietan los temores. La tribu Doeg estaba particularmente agraviada, pues habían sido atacados y expulsados de sus tierras por la administración Berkeley. Los Doeg se encontraron con sus nuevos compatriotas, los Susquehanna, una tribu poderosa que había sido expulsada por la nación Seneca de sus tierras en la cabeza de la Bahía de Chesapeake, y que ahora estaban asentadas en unas tierras inadecuadas en el Río Potomac, en Maryland.

En Julio de 1675 los Doeg, que también se habían asentado a lo largo del río, encontraron que un acaudalado colono de Virginia, Thomas Mathew, rehusó pagarles una deuda la cual no estaban permitida que ellos recaudaran según las cortes de Virginia. Entonces, decidieron recaudar por sí mismos la deuda y una partida de Doeg cruzó el río y le quitó algunos cerdos a Mathew. Los virginianos inmediatamente persiguieron a los indios y no solamente recuperaron los cerdos, sino que asesinaron a los indios.

Otra vez, los indios no tenían recursos contra este crimen en las corte de Virginia, por lo cual decidieron ejercer ellos mismos el castigo. Saquearon y devastaron la hacienda de Mathew —tosca aunque inexacta justicia— en el curso de lo cual uno de los pastores de Mathew también fue asesinado.

Una consumada auto—rectitud y un flagrante doble estándar de moralidad son a menudo característicos del lado que posee armas superiores en cualquier disputa, debido a que una parcial versión de la moralidad puede apoyarse por la fuerza de las armas si no se puede por la falta de lógica. Tal fue el caso con los virginianos blancos: asesinar a un grupo de indios cuyo único crimen había sido el robo de unos cuantos cochinos, y esto justificado por ser el único medio de cobrarse una deuda; era, bueno… una de esas cosas. Mientras, represalias compensatorias contra el único blanco responsable de todo el asunto fue aparentemente considerado tan monstruoso que cualquier método de venganza contra los indios estaba justificado.

Cuando se supo el saqueo de la hacienda de Mathew, el Mayor George Brent y el Coronel George Mason —los principales perseguidores del jefe Wahanganoche una década antes— reunieron una fuerza armada e invadieron Maryland. Después de encontrar a los indios, Brent solicitó una negociación de paz, en la cual apresó y luego mató de un tiro al jefe Doeg —continuando la práctica de la traición al relacionarse con indios. Brent continuó esto disparando a otros diez indios más que habían intentado escapar. El grupo de Mason mató a otros catorce indios que huían, muchos de los cuales eran Susquehanna, que hasta entonces habían sido completamente amigos de los blancos y que no habían participado en las acciones de los Doeg. Naturalmente, los Susquehanna quedaron enrabietados.

La traición en los diálogos de paz y el asesinato de 24 indios solo fue el comienzo de las represalias de los blancos. Berkeley ignoró completamente las protestas del gobernador de Maryland contra la invasión por parte de Virginia de sus territorios y el asesinato de indios inocentes. En vez de eso, el 31 de agosto de 1675, Berkeley convocó a los oficiales de la milicia de Northern Neck, que dirigía el coronel John Washington, y los armó con poderes para organizar la milicia y “demandar satisfacción” o llevar a cabo las acciones necesarias contra los indios. Estas podrían incluir «ataque y cualesquiera ejecuciones contra los indios como se estimaren justas y necesarias».

Los oficiales como estaba previsto organizaron la milicia y se aseguraron de la ayuda del gobierno de Maryland. Una completa guerra de agresión contra los indios se desató por parte de Virginia y Maryland. El 26 de Setiembre la fuerza conjunta asedió el fuerte principal de los Susquehannas en el lado del Potomac que da a Maryland, intentando someter a los indios mediante el hambre. Un ejército de mil blancos rodeaba a cien guerreros indios y sus mujeres e hijos.

A invitación del mayor Thomas Truman, cabeza de la fuerza de Maryland, cinco de los jefes Susquehanna salieron a parlamentar y buscar la paz. Cuando preguntaron que estaba haciendo allí ese ejército, el Mayor Truman declaró que estaban tomando represalias por varios ultrajes y procedió a matarles allí mismo. Incluso una medalla de plata que uno de los jefes sostenía —una prenda de supuesto compromiso de protección por parte de un antiguo gobernador de Maryland, no le ayudó a salvar la vida.

El grueso de los hambrientos indios finalmente escapó de sus torturadores lanzándose en una huida por sorpresa una noche, huyendo hacia Virginia, en donde durante el mes de enero tomaron represalias contra muchas de las plantaciones de la frontera. Una de las plantaciones saqueadas fue la de Nathaniel Bacon hijo, un destacado colono y uno de los consejeros de la colonia (2).

Listo para enviar un ejército todavía mayor contra el grupo indio, Berkeley recibió palabra de parte de éstos de que, una vez que hubieran matado diez blancos por cada uno de sus jefes asesinados en la conferencia de paz, estarían dispuestos a declarar la paz y pedir compensación por los daños. Agradecido de tener una oportunidad para detener el derramamiento de sangre que estaba creciendo en espiral, Berkeley desbandó a su nuevo ejército. Pero ya que rechazó categóricamente la oferta de paz como una violación del honor y del interés propio, las incursiones indias continuaron.

En vez de la paz, Berkeley y su Asamblea decidieron sobre un difícil compromiso: una declaración de guerra no solamente contra todos los indios culpables de dañar a personas o propiedades blancas, sino también contra los que habían rehusado ayudar y asistir a los blancos en descubrir y destruir a los indios culpables. De todos modos, Berkeley también decidió llevar a cabo una guerra defensiva más que ofensiva, construyendo —con gran gasto— diez fuertes cara al enemigo a las cabezas de los principales ríos, no atacando a los indios a menos que fueran atacados. La nueva fuerza que se necesitaría como guarnición en estos fuertes fue costeada por medio de nuevos pesadísimos impuestos, que agravaron las quejas de Virginia contra el régimen de Berkeley.

Es otra regla común el que la militarización de una sociedad ostensiblemente para llevar la fuerza mayor contra un enemigo, a menudo también tiene éxito — a veces solamente ese— en llevar dicha fuerza contra la misma sociedad que ha sido militarizada. Así pues, los soldados, conscriptos en las guarniciones, estaban sujetos a muy rígidos artículos de guerra: por ejemplo, cualquier blasfemia, ya fuera “estando borracho o sobrio” era castigada forzando al soldado a correr el terrible “gantlet” (*). Plegarias públicas debían ser leídas en el campo o la guarnición dos veces al día y cualquier soldado que rehusara o no acudiera a escuchar las oraciones o la predicación o no mostrara la adecuada diligencia al leer homilías y sermones debía ser castigado a capricho del comandante.

Muchísimos virginianos, lanzados por la histeria de la guerra, por acendrado odio a los indios y por el deseo de apropiarse de tierras indias, empezaron a acusar a Berkeley de ser blando con los indios. La blandura estaba supuestamente motivada por intereses económicos, ya que el monopolio de Berkeley en el comercio de pieles le proporcionaba supuestamente un interés creado en la existencia de indios con los que comerciar. La expresión común de aquellos días era que “una bala no hiere pieles de castor”. La acusación, si era acusación, era tal vez parcialmente correcta, al menos tanto en cuanto que el comercio entre pueblos generalmente funciona como un disolvente de odios y agitaciones hacia la guerra. De alguna manera, haciendo caso a esos cargos, la Asamblea revocó el comercio de Berkeley y los que tenían licencia de él y transfirió la autoridad para expedir licencias a los jueces de paz del condado.

La política a medio camino de la guerra defensiva, de todos modos, fue probablemente el menos político de los procedimientos que Berkeley podía haber tomado. Si hubiera firmado la paz, habría acabado con las incursiones indias, y por lo tanto eliminado el disparadero constante del frenesí guerrero de los blancos. Tal como estaba, la costosa política de construcción de poderosos fuertes defensivos prolongaba la guerra y no hacía nada para terminarla, y de aquí la irritación. El único resultado fue, por lo que concierne a los de Virginia, una costosa red de fuertes y altísimos impuestos para pagarlos. Por lo demás, se sabe que Berkeley reaccionó con su habitual manera tiránica contra varias peticiones de tropas armadas contra los indios, declarando fuer de la ley tales peticiones bajo pena de castigos muy duros.

Con la paz todavía sin concluir, los virginianos de la frontera se encontraron sufriendo incursiones indias y a pesar de ello negándoseles una fuerza armada gubernamental por parte de Berkeley. Finalmente, en abril, tomaron la decisión de formar su propio ejército y combatir a los indios por sí mismos. Aunque tres de los dirigentes de este esfuerzo eran colonos de la frontera en los ríos James y Appomatox, apenas eran más que pequeños granjeros; por el contrario, estos tres se contaban entre los principales grandes hacendados de Virginia.

El principal líder era el elocuente Nathaniel Bacon hijo, de 28 años, descendiente de Francis Bacon, primo de Lady Berkeley y miembro del selecto Consejo de Virginia. Los otros líderes eran William Byrd, fundador de la dinastía de hacendados Byrd y el capitán James Crews, otro gran hacendado y vecino de Bacon. El esfuerzo rápidamente surgió no como una nueva fuerza armada, sino como un motín contra el gobierno de Virginia.

Cuando los tres fundadores y sus amigos iban a visitar una cercana fuerza de milicianos en Jordan’s Point, en el Condado de Charles City, los soldados decidieron amotinarse y seguir a «¡Bacon, Bacon, Bacon! jurando sobre la condenación de sus almas el serle fieles».

La poderosa Rebelión de Bacon había comenzado.

NOTAS:
(1). La masacre fue también incorporada como una de las excusas de la Corona para desautorizar a la Compañía de Virginia.

(2). Algunos escritores atribuyen este incidente a la hostilidad de Bacon hacia los indios. Sin embargo, ya en el otoño anterior, Bacon había capturado algunos indios Appomattox, acusándoles falsamente de robar grano aunque el grano en cuestión no era suyo ni de sus vecinos.

(*) Trabajador no abonado:  http://es.wikipedia.org/wiki/Trabajador_no_abonado  y http://en.wikipedia.org/wiki/Indentured_servant (Nota de la Traductora).

(*) Se refiere al mismo castigo que en las milicias españolas se llamaba “carrera de baquetas” (http://usuarios.multimania.es/historiaymilicias/html/oterinorefranero.htm) (N. de la T.)

Traducido del inglés por Carmen Leal. El artículo original se encuentra aquí.

Instituto Mises
Organización educativa no lucrativa.
Contenido libre