La economía de la prohibición

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La prohibición tiene un impacto siempre creciente en nuestra vida diaria. En Estados Unidos, la prohibición de ciertas drogas, incluyendo “guerras” contra ellas, se ha convertido en uno de nuestros problemas nacionales más visibles y acaloradamente debatidos. El propósito de la siguiente investigación es mejorar nuestra comprensión de los orígenes y resultados de la prohibición y por tanto indirectamente contribuir a que las políticas futuras se rijan por la racionalidad.

En el centro de este libro, una de las primeras investigaciones teóricas de la prohibición, está una teoría económica de la prohibición, que define a la prohibición como un decreto público contra el intercambio de un bien o servicio. Estudios recientes de decretos contra la cocaína, la heroína y la marihuana sugieren que estas prohibiciones producen altos costes y son extremadamente difíciles de aplicar. Más allá de esos costes y aplicaciones, argumento sin embargo que la prohibición efectiva es imposible de alcanzar, porque las consecuencias no pretendidas de la propia prohibición impiden cualquier beneficio.

Sostengo que la única solución a largo plazo a los problemas engendrados por el “mal uso” de un producto es la legalización de ese producto. Con la legalización, frente a la despenalización y otras formas de intervencionismo público, el gobierno trata al producto o servicio mal usado como a las semillas de soja, los chips informáticos o los lápices. El mercado está controlado por el propio interés y las limitaciones legales normales, como la ley de responsabilidad por los productos.

Este libro puede considerarse como un desafío a los prohibicionistas para que presenten una teoría que describa los beneficios de la prohibición. También puede considerarse como un desafío a quienes recomiendan que la prohibición sea reemplazada por alguna forma de despenalización. Aunque pueda ser una buena política de transición, la  despenalización (distribución en establecimientos públicos, altos impuestos, altas multas, etc.) mantendría un mercado negro, es una política inestable y no crea las condiciones necesarias para invertir o limitar el abuso de las drogas.

He hecho uso del análisis histórico y las aplicaciones de la teoría en este libro, incorporando las disciplinas de la economía, la historia, la criminología, la sociología y la ciencia política según se necesitaran. He evitado utilizar cosas como estimaciones de elasticidad y análisis regresivo porque resultan pasajeras, innecesarias y proporcionan una falsa sensación de certidumbre.

La perspectiva histórica transforma lo que podría parecer una postura inverosímil en una esencialmente sensata. Los importantes aspectos históricos que examino incluyen el papel de los economistas en las prohibiciones, los orígenes de las prohibiciones, la calidad del producto, los índices de criminalidad y la corrupción política durante las prohibiciones.

Hay pocas dudas acerca de la importancia de la prohibición en la historia estadounidense y su papel en los problemas sociales. La prohibición del alcohol fue un aspecto crucial del comercio y la tensión con la población india indígena. La sobriedad (junto con la esclavitud) fue el principal movimiento reformista en los Estados Unidos anteriores a la guerra y la prohibición fue un asunto político determinante en nivel estatal y local.

Después de la Guerra de Secesión, el prohibicionismo se extendió de Nueva Inglaterra tanto hacia el oeste como hacia el sur. Aunque a veces se vea como un paréntesis en el avance de la prohibición, el periodo de 1860 a 1900 vio el establecimiento de los cimientos de las prohibiciones nacionales con éxito.

Se descubrió la adicción, se formó el partido prohibicionista, se establecieron grupos como la Women’s Christian Temperance Union y la Anti-Saloon League y se aprobó una ola de prohibiciones a nivel estatal y local sobre alcohol, cocaína, opio, morfina, juego y prostitución.

La Era Progresista (1900-1920) marca la culminación del prohibicionismo estadounidense. Mientras Estados Unidos “progresaba” para convertirse en un poder imperial, lo hacía en parte sobre la prohibición internacional de los narcóticos y la Ley de Narcóticos de Harrison. La ley asimismo ayudó a “progresar” al sector médico y farmacéutico hacia el eminente estatus de monopolio del que ahora disfrutan.

La Era Progresista fue también testigo de la prohibición del alcohol durante la guerra y de la Prohibición Nacional del Alcohol (la Decimoctava Enmienda de la Constitución de EEUU). Nunca tanto han sido engañados tanto por tan pocos. La Decimoctava Enmienda y la Ley Volstead, que establecía el mecanismo de  aplicación de el enmienda, serían factores decisivos y negativos en la vida y cultura estadounidenses durante más de una década.

El fracaso de la Ley Seca ayudó a eliminarla temporalmente de la atención pública. El “noble experimento” no solo era embarazoso, sino que acontecimientos como la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial dominaban las preocupaciones públicas. La prohibición de la marihuana en 1937 fue relativamente insignificante (un mero efecto colateral de las prohibiciones de narcóticos y alcohol).

Las actuales prohibiciones contra los narcóticos se originaron con la guerra y las consideraciones de política exterior en el Extremo Oriente. En la década de 1960 las consideraciones de política exterior que ocasionaron la guerra en Vietnam generaron un aumento en el consumo de drogas y conllevaron una intensificación de la guerra contra las drogas.

Una lección temprana de la historia estadounidense es la inconfundible interacción entre guerra, alcoholismo y prohibición. Evitar la guerra es tal vez lo más importante que puede hacer un gobierno para evitar el alcoholismo, la adicción y el abuso de drogas. Por el contrario, el abuso de drogas y las prohibiciones son un coste significativo a largo plazo de la guerra.

La historia justifica asimismo la conclusión de que la prohibición es imposible de conseguir en un sentido económico. Los parlamentos sí aprueban prohibiciones y establecen sanciones y oficinas de cumplimiento. Las acciones de estas oficinas para aplicar la prohibición tienen algún efecto y cuando la prohibición sobrevive lo bastante como para aplicarse tiene éxito en un sentido político. Sin embargo, argumento que las prohibiciones no tienen ningún efecto socialmente deseable.

Por supuesto, la prohibición no debería evaluarse con un patrón superior a otras leyes, El asesinato va contra la ley, pero no todos los asesinos son apresados, condenados y castigados. Igualmente, no es realista esperar una prohibición completa o perfecta. Más bien la prohibición se medirá frente a sus intenciones públicas, es decir, reducir el consumo de un bien para reducir indirectamente males sociales (como crímenes, destrucción del libre albedrío, muertes relacionadas con drogas) y promover objetivos sociales (vida familiar, democracia, salud y desarrollo económico).

En la medida en que las prohibiciones producen aumentos de precios, producen aumentos en los delitos y en la corrupción política. Precios más altos para un producto prohibido también producen la sustitución de los productos relacionados y la innovación en sustitutivos más peligrosos. El que los productos prohibidos tiendan a ser más peligrosos que los sustitutivos legales es en muchos aspectos un resultado de la prohibición, no del propio producto.

Por tanto, suponer que sanciones más severas o un mayor rigor en la aplicación producirá una sustitución de los productos prohibidos por los legales es llegar a una conclusión inválida. Por tanto, no tiene fundamento la suposición de que precios más altos suponen haber alcanzado los objetivos de la prohibición. Con todas estas consideraciones, la defensa de la prohibición sigue estando injustificada incluso si existe la conexión indirecta entre el consumo de ciertos productos y males sociales.

El intento de entender toda acción humana (frente a una actividad meramente comercial) como racional representa una revolución en el pensamiento. Aplicada a las decisiones políticas, a esta revolución se le llama la economía de la elección pública, y desde esta perspectiva es inaceptable presentar la prohibición como una política social ignorante, irracional o imposible.

Los economistas sospechan ahora que cualquier pérdida neta para la sociedad producida por políticas públicas es resultado de la búsqueda de rentas en lugar de la ignorancia o la irracionalidad por parte de los políticos. La búsqueda de rentas es una búsqueda de privilegios y ganancias personales a través del proceso político. La búsqueda de rentas se distingue de la corrupción en la primera es legal y la segunda no.

La historia revela que las prohibiciones son en realidad ejemplos clásicos de apropiación de buenas intenciones públicas por parte de buscadores de rentas dentro del proceso político, explicando así la existencia de lo que en principio parecen ser políticas irracionales.

El método del estudio de la acción humana basado en la racionalidad fue llamado praxeología por el economista austriaco Ludwig von Mises. Su alumno F.A. Hayek, premio Nobel, lo llamaba la lógica de la elección. Los economistas contemporáneos reconocerán esta aproximación como desarrollada por Gary Becker. Otros científicos sociales, principalmente politólogos, criminólogos y psicólogos, sin duda reconocerán esta aproximación basada en la racionalidad como algo que se ha convertido en parte de sus propias disciplinas.

Aunque ese resultado no sea intencionado por mi parte, este libro resultará amenazador para muchos. Algunos calificarán la teoría de éste como doctrinaria, apologética, capitalista o liberal. Los especialistas pueden encontrar en él el olvido de papel de la adicción o de dejar de considerar ciertas estimaciones de elasticidad, composiciones químicas concretas o el papel que las circunstancias inusuales han desempeñado en mercados concretos en momentos determinados.

Sin embargo, en realidad muchos de los problemas que han tenido los economistas y otros científicos sociales con la prohibición es que han realizado investigaciones de mercados concretos sin aprovechar una teoría general.

Hace falta una última advertencia que no puede exagerarse. Los mercados en los que se ha implantado la prohibición, como el juego, los estupefacientes y la prostitución, han existido desde hace mucho tiempo y continuarán haciéndolo después de que mi libro y yo nos convirtamos en polvo. La prostitución es la profesión más antigua del mundo; la gente ha estado utilizando estupefacientes desde que la historia guarda registros y hombres y mujeres con criaturas que aman arriesgarse. La mayoría de los seres humanos viven para el ocio, no para el trabajo. El trabajo es meramente un medio para un fin.

No importa lo deplorables que puedan parecer a algunos las actividades anteriores, son “ocio” para otros. El único método de constante éxito para aumentar los patrones del ocio a niveles superiores es permitir que tenga lugar el desarrollo económico. Los individuos que usen ciertos productos o actividades de autodestrucción tienen problemas mucho peores que los visibles. La prohibición de estos bienes o servicios tendrá poco impacto en esos casos.

También es importante reconocer que los problemas en estos mercados (enfermedades, fraude, familias rotas y así sucesivamente) no son resultado de una falta de implicación del gobierno. De hecho, estos mercados se caracterizan históricamente por una gran implicación del gobierno antes de la aprobación de la prohibición.

Espero que este libro anime al debate, tanto en las comunidades académica como política, incluso entre quienes estén en desacuerdo con aspectos del mismo y que mediante ese debate consigamos una política pública más racional.

[Este artículo está extraído del capítulo uno de The Economics of Prohibition]

Publicado el 15 de septiembre de 2006. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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