Los ecologistas golpean Texas

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Todos sabemos cómo los ecologistas, aparentemente decididos a salvar al búho moteado a toda costa, dieron un golpe catastrófico a la industria maderera en el Noroeste. Pero esta bofetada a la economía puede ser trivial comparada con lo que podría pasar a la bella ciudad de San Antonio, Texas, en peligro por la combinación letal y despótica del movimiento ecologista y el poder judicial federal.

La única fuente de agua para la ciudad con 900.000 habitantes, así como su gran extrarradio, es el gigantesco Acuífero Edwards, un río o lago (hay controversia) subterráneo que se extiende por cinco condados. Compitiendo por el agua, junto con San Antonio y las granjas y ranchos del área, hay dos manantiales, el Comal y el Aquarena en el Río San Marcos, que se están convirtiendo en atracciones turísticas. En mayo de 1991, el Sierra Club, junto con la Autoridad del Río Guadalupe-Blanco, que controla ambos manantiales, presentó una demanda en el tribunal federal, invocando la Ley de Especies en Peligro de Extinción. Parece que, en caso de una sequía, cualquier cese del flujo de agua a los dos manantiales pondría en peligro a cuatro raras especies de plantas o animales alimentados por los manantiales: la salamandra ciega de Texas, el arroz salvaje de Texas y dos pequeños tipos de pez: el dardo de manantial y la gambusia de San Marcos.

“Los seres humanos son siempre los últimos de la fila en el universo ecologista, indudablemente muy por debajo del arroz salvaje”.

El 13 de febrero de 1993, el juez federal de distrito Lucius Bunton, en Midland, Texas, dictó su sentencia a favor del Sierra Club: en caso de sequía, no importa la escasez de agua que afecte a San Antonio, habrá agua suficiente fluyendo del acuífero de los dos manantiales para preservar estas cuatro especies. El juez Bunton admitía que, en una sequía, San Antonio, para obedecer a lo establecido, podría tener que ver reducida su agua bombeada desde el acuífero hasta en un 60%. Esto afectaría tanto a los ciudadanos de San Antonio como a los granjeros y rancheros del área: el hombre tendría que sufrir, porque los seres humanos son siempre los últimos de la fila en el universo ecologista, indudablemente muy por debajo del arroz salvaje y del dardo de manantial.

El alcalde de San Antonio, Nelson Wolff estaba lógicamente indignado por la sentencia del juez. “Piensen en un mundo en el que sólo te permitan bañarte dos veces por semana”, exclamaba el alcalde. “Piensen en un mundo en el que necesites un permiso del juez para regar tus cultivos”.

John W. Jones, presidente de la Asociación de Ganaderos de Texas y el Suroeste, se quejaba gráficamente de que la decisión del juez “pone la protección de los bichos de Texas por encima de la de los bebés de Texas”.
En todo caso, ¿cómo se entrometieron los tribunales federales?

Aparentemente, si se considera al Acuífero Edwards como un “río”, entonces quedaría bajo la jurisdicción del la Comisión del Agua de Texas en lugar de bajo los tribunales federales. Pero el pasado año, un juez federal en Austin sentenció que el acuífero es un “lago”, poniéndolo bajo control federal.

Los ecologistas se oponen a la producción y uso de los recursos naturales. Los jueces federales buscan expandir el poder federal. Y hay otro cuyo interés en el juicio tiene que analizarse: la Autoridad del Río Guadalupe-Blanco, de carácter público. Además de los ingresos por turismo que desea mantener, hay otra fuente, oculta y más abundante, de ingresos que puede estar animando a la Autoridad.

La cuestión la planteó Cliff Morton, presidente del Sistema de Aguas de San Antonio. Morton dijo que creía que la Autoridad, durante una sequía, dirigiría el flujo aumentado del manantial hacia una reserva y luego vendería a un alto precio al atribulado San Antonio el agua que habría obtenido de forma mucho más barata desde el acuífero. ¿Es la Autoridad capaz de una tal maniobra maquiavélica? Morton piensa que sí. “De eso se trata”, advierte amargamente. “No de los dardos de manantial”.

Wolff, Jones y otra gente en contra reclaman al Congreso que rebaje las previsiones draconianas de la Ley de Especies en Peligro de Extinción, pero parece haber pocas posibilidades de ello en una administración Clinton-Gore.

Por supuesto, una solución a plazo más largo es privatizar todo el sistema de aguas y derechos sobre el agua en este país. Todos los recursos, en realidad todos los bienes y servicios, son escasos, y todos están sujetos a competencia en su uso. Por eso hay un sistema de propiedad privada y de intercambio en el libre mercado. Si se privatizaran todos los recursos, se asignarían a los usos más importantes por medio de un sistema de precios libres, ya que los ofertantes capaces de satisfacer las demandas de los consumidores de la forma más eficiente son capaces de ofrecer más por estos recursos que los menos capaces.

Como los ríos, acuíferos y agua en general han sido en buena parte socializados en este país, la consecuencia es una red confusa y terriblemente ineficiente de precios irracionales, subvenciones masivas, uso excesivo en algunas áreas y escaso en otras y la extensión de controles y racionamientos. Todo el sistema de aguas es un embrollo y sólo la privatización y los mercados libres pueden curarlo.

Entretanto, sería bueno ver que se modifica o incluso (¡horror!) se deroga la Ley de Especies en Peligro de Extinción. Si el Sierra Club y otros ecologistas desean conservar bichos de distintas formas y tamaños, vegetales, animales o minerales, que usen sus propios fondos y los de sus deslumbrados donantes para comprar terrenos o arroyos y conservarlos.

La ciudad de Nueva York ha decidido recientemente abolir la bonita palabra antigua de “zoo” y sustituirla por el eufemismo políticamente correcto de “parque de conservación de la vida salvaje”. Que el Sierra Club y otros similares conserven las especies en estos parques en lugar de gastar sus fondos en controlar las vidas de la gente estadounidense.

[En abril de 1993, Murray Rothbard escribía sobre el problema del agua en Texas, explicando cómo la política pública seguía una ruta desastrosa que podía llevar a una sequía masiva. Ese día finalmente ha llegado]

Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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