Guerra, paz y el estado

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El movimiento libertario fue reprendido por William F. Buckley, Jr., por fallar en el uso de su “inteligencia estratégica” a la hora de encarar los problemas cruciales de nuestros tiempos. Hemos, de hecho, sido la más de las veces propensos a “llevar a cabo nuestros atareados mini seminarios acerca de si se debe o no des-municipalizar a los recolectores de residuos” (como desdeñosamente escribiera Buckley), al mismo tiempo que ignorado y fallado en la aplicación de la teoría libertaria al problema más vital de nuestro tiempo: la guerra y la paz. Existe un sentido en el cual los libertarios han sido utópicos en lugar de estratégicos en su forma de pensar, con una tendencia a divorciar el sistema ideal que concebimos de las realidades del mundo en el cual vivimos. En poco tiempo, muchos de nosotros hemos divorciado la teoría de la práctica, y nos hemos conformado con mantener a una sociedad libertaria pura como un ideal abstracto en algún remoto tiempo futuro, mientras que en el mundo concreto del hoy seguimos siendo seguidores no pensantes de la línea “conservadora” ortodoxa. Para vivir la libertad, para comenzar la dura pero esencial lucha estratégica por cambiar el mundo de hoy hacia la dirección de nuestros ideales, debemos darnos cuenta y demostrarle al mundo que la teoría libertaria puede hacerse patente para lidiar con todos los problemas cruciales del mundo. Llegando a comprender estos problemas, podremos demostrar que el libertarismo no solamente es un lindo ideal en algún lugar de Nubelandia, sino que es un cuerpo bien armado de verdades que nos permite tomar posición para hacerle frente a las cuestiones de nuestro tiempo.

Usemos entonces, ante todo, nuestra inteligencia estratégica. A pesar de que, cuando él vea el resultado, Buckley habrá querido desear que nos quedáramos en el reino de la recolección de basura. Construyamos una teoría libertaria de la guerra y la paz.

El axioma fundamental de la teoría libertaria es que nadie puede amenazar o violentar (“agredir”) a otra persona o su propiedad. La violencia sólo puede ser usada en contra de aquél que ha cometido tal violencia; esto es, solamente de manera defensiva contra la violencia agresora de otro. 1 Resumiendo, ninguna violencia debe ser empleada contra un no-agresor. Esta es la regla fundamental de la cual se puede deducir el corpus completo de la teoría libertaria. 2

Dejemos por un momento de lado el problema más complejo del Estado y consideremos relaciones simples entre individuos “privados”. Jones descubre que su persona o su propiedad están siendo invadidas, agredidas por Smith. Es legitimo para Jones, como hemos visto, el repeler esta invasión por medio de su propia violencia defensiva. Pero pasemos a una pregunta más espinosa: ¿tiene Jones el derecho de violentar a terceros como corolario de su legítima defensa contra Smith? Para el libertario, la respuesta debe ser claramente, no. Recordemos que la regla que prohíbe iniciar violencia contra la propiedad o las personas es absoluta: se mantiene independientemente de los motivos de la agresión. Está mal y es criminal violar la propiedad o la persona de otro, incluso si uno es Robin Hood, o está hambriento, o lo hace para salvar a los propios familiares, o si se está defendiendo contra el ataque de una tercera persona. Quizá entendamos y simpaticemos con los motivos en muchos de los casos y situaciones extremas. Tal vez luego mitigaremos la culpa si el criminal es llevado a juicio para ser castigado, pero no podremos evadir el juzgar que tal agresión es tal entendiendo la culpabilidad mayor de C en todo el procedimiento; pero igualmente tendremos que catalogar tal agresión como un acto criminal el cual B tiene el derecho de repeler por medio de la violencia.

Para ser más concretos, si Jones descubre que su propiedad está siendo robada por Smith, el tiene derecho a repelerlo y tratar de capturarlo; pero no tiene ningún derecho a repelerlo mediante el bombardeo de un edificio y el asesinato de gente inocente o de atraparlo disparando una ráfaga de ametralladora a una multitud inocente. Si lo hace, el es tan (o más) un agresor criminal que lo que es Smith.

La aplicación a problemas de guerra o paz se está tornando ya evidente. Mientras que la guerra en su sentido más estrecho es el conflicto entre Estados, en su sentido más amplio podríamos definirla como el estallido generalizado de violencia entre personas o grupos de personas. Si Smith y un grupo de sus secuaces agreden a Jones, y si Jones y sus guardaespaldas persiguen a la banda de Smith hasta su guarida, podremos animar a Jones en su emprendimiento; y nosotros, y otros en sociedad interesada en repeler la agresión, podremos contribuir financieramente o personalmente a la causa de Jones. Pero Jones no tiene ningún derecho, no más del que tiene Smith, a agredir a nadie más durante el curso de su “guerra justa”: a robar la propiedad de terceros en orden de financiar sus fines, a reclutar a otros en su pelotón por medio del uso de violencia, o a matar a otros durante el curso de su lucha por capturar a las fuerzas de Smith. Si Jones hiciera cualquiera de esas cosas, el se convertiría en tan criminal como Smith, y el también seria sujeto de cualesquiera sanciones sean dispuestas contra tal criminalidad. De hecho, si el crimen de Smith fuera el hurto, y Jones se valiera de la conscripción para atraparlo, o matara a otros en su búsqueda, Jones se convertiría en un mayor criminal que Smith, porque los crímenes contra otras personas tales como la esclavitud o el asesinato son ciertamente peores que el hurto. (Mientras que el hurto daña la extensión de la personalidad de otro, la esclavitud y el homicidio dañan, borran y asesinan a la personalidad en sí misma).

Supongamos que Jones, en el transcurso de su “guerra justa” contra los estragos ocasionados por Smith, matara a un par de personas inocentes, y supongamos que él declamara, en defensa de sus asesinatos, que el tan solo estaba actuando bajo el eslogan, “Dadme libertad o muerte”. Lo absurdo de su defensa debería ser evidencia por sí misma, porque el asunto no es si Jones estaba dispuesto a arriesgar su propia vida en su lucha defensiva contra Smith; la cuestión es si él estaba dispuesto a matar otras personas en pos de sus fines legítimos. Por tanto Jones en realidad estaba actuando bajo el indefendible eslogan: “Dadme libertad o dadles a ellos la muerte”, por cierto un grito de guerra mucho mas innoble. 3

La actitud libertaria básica respecto de la guerra debe ser entonces: que es legítimo el uso de la fuerza contra los criminales en defensa de los derechos de la persona y su propiedad; es completamente inadmisible violar los derechos de otra persona inocente. La guerra, entonces, sólo es apropiada cuando el uso de la fuerza se limita rigurosamente en forma individual a los criminales. Podremos juzgar por nuestra cuenta cuantas guerras o conflictos en la historia se han regido por este criterio.

Usualmente se ha sostenido, y especialmente por parte de los conservadores, que el desarrollo de las horribles armas modernas de asesinato masivo (armas nucleares, cohetes, guerra bacteriológica, etc.) constituye solamente una diferencia de grado y no de tipo respecto de las armas de una era anterior. Por supuesto, una respuesta a esta postura es que cuando el grado es el número de vidas humanas, la diferencia entonces es una gran diferencia. 4 Pero otra respuesta para la cual el libertario está particularmente equipado para dar es que mientras el arco y flecha e incluso el rifle pueden ser apuntados, si existe la voluntad de hacerlo, contra criminales específicos, las modernas armas nucleares no. Aquí es donde subyace la diferencia crucial de tipo. Por supuesto que el arco y la flecha pueden ser usados para fines agresivos, pero podrían ser usados sólo contra agresores. Las armas nucleares, incluso las bombas aéreas “convencionales”, no. Estas armas son ipso facto artefactos de destrucción masiva indiscriminada. (La única excepción sería el caso extremadamente raro en donde una masa de gente únicamente formada por criminales habitara una vasta área geográfica). Debemos entonces concluir que el uso de armas nucleares o similares, o la amenaza por medio de las mismas, es un pecado y un crimen contra la humanidad para el cual no existe una justificación.

Por eso es que el viejo cliché de que no es el arma sino la voluntad de usarla lo significativo a la hora de analizar cuestiones de guerra o paz ya no se sostiene. Porque es precisamente debido a las características de las armas modernas que no pueden ser usadas en forma selectiva, que tampoco pueden serlo de una forma libertaria. Por lo tanto, su mera existencia debe ser condenada, y el desarme nuclear se vuelve un bien a perseguir para la causa. Y si de hecho usáramos nuestra inteligencia estratégica, veríamos que tal desarme no es sólo un bien, sino que sería el bien político más alto al que podríamos aspirar en el mundo moderno. Por tanto así como el asesinato es un crimen más atroz que el hurto, el asesinato masivo –de hecho un asesinato tan generalizado que puede amenazar a la civilización humana y la supervivencia de la humanidad– es el peor crimen que cualquier ser humano pudiera cometer. Y ese crimen es ahora inminente. Y el anticiparse a la aniquilación masiva es mucho más importante, a decir verdad, que la desmunicipalizacion de la recolección de basura, por más importante que pudiera llegar a ser. ¿O será que los libertarios se indignen apropiadamente contra el control de precios y contra el impuesto a las ganancias, pero se encogerán de hombros e incluso abogaran en forma favorable respecto del crimen de asesinato en masa?

Si la guerra nuclear es totalmente ilegitima incluso para individuos defendiéndose contra el asalto criminal, ¡cuanto más lo es la guerra nuclear o incluso “convencional” entre Estados!

Llego el momento de introducir al Estado en nuestra discusión. El Estado es un grupo de personas que han logrado adquirir el monopolio del uso de la violencia en una determinada área territorial. En particular, han obtenido el monopolio de la violencia agresiva, ya que los Estados generalmente reconocen el derecho de los individuos a usar la violencia (claro que por supuesto no en contra de los Estados) en defensa propia. 5 El Estado entonces usa su monopolio para ejercer poder sobre los habitantes de un área y para disfrutar los frutos materiales de ese poder. El Estado, entonces, es la única organización en la sociedad que abierta y regularmente obtiene sus réditos monetarios mediante el uso de la fuerza agresiva; todos los demás individuos y organizaciones (con excepción de las que tienen delegado ese derecho por medio del Estado) pueden obtener riqueza sólo mediante la producción pacifica y mediante el intercambio voluntario de sus respectivos productos. Este uso de la violencia para obtener ingresos (llamados “impuestos”) es la piedra angular del poder del Estado. Sobre esta base el Estado erige una vasta estructura de poder sobre los individuos en su territorio, regulándolos, penalizando las criticas, subsidiando a sus favorecidos, etc. El Estado también cuida de arrogarse para sí el monopolio compulsivo de varios servicios críticos necesarios para la sociedad, para así mantener a la gente dependiente del Estado respecto de esos servicios clave, manteniendo el control de puestos de comando vitales de la sociedad y contribuyendo así a fomentar el mito entre el público de que sólo el Estado puede proveer esos bienes y servicios. Por eso el Estado se encarga cuidadosamente de monopolizar el servicio judicial y de policía, la propiedad de rutas y calles, la provisión de dinero, el servicio postal, y de ejercer en forma efectiva el monopolio del control de la educación, de las empresas de servicios públicos, del transporte, de la radio y la televisión.

Ahora, ya que el Estado se arroga para sí el monopolio de la violencia sobre un área territorial, mientras que sus depredaciones y extorsiones permanecen sin se resistidas, se dice que existe “paz” en esa área, ya que la única violencia es de una sola vía, dirigida desde el Estado en contra de la gente. El conflicto abierto en una determinada área sólo estalla en el caso de “revoluciones” cuando la gente se resiste al uso del poder del Estado en su contra. Tanto el caso tranquilo del Estado sin ser resistido como el caso de una revolución deberían ser denominados como “violencia vertical”: violencia del Estado contra su público o vice versa.

En el mundo moderno, cada área de territorio es gobernada por una organización del Estado, pero hay varios Estados desparramados alrededor de la tierra, cada uno con un monopolio de violencia sobre su territorio. No existe un súper-Estado con un monopolio de violencia sobre el mundo entero; por tanto existe un estado de “anarquía” entre los diversos Estados. (Siempre ha sido una fuente de duda, incidentalmente, para este escritor, el porqué los mismos conservadores que denuncian como lunática la propuesta de eliminar el monopolio de violencia sobre un determinado territorio y por tanto librar a los individuos privados de un jefe supremo, son igualmente insistentes en librar a los Estados de un jefe supremo que pueda saldar disputas entre los mismos. A lo primero se lo denuncia como “anarquismo chiflado”; mientras que a lo último se lo aclama como la preservación de la independencia y de la “soberanía nacional” respecto del “gobierno mundial”). Por tanto, a excepción de las revoluciones, que ocurren sólo en forma esporádica, la violencia abierta y conflicto de dos vías ocurre en el mundo entre dos o más Estados, esto es, la llamada “guerra internacional” (o “violencia horizontal”).

Ahora bien, existen diferencias cruciales y vitales entre la guerra ínter-Estado por un lado y las revoluciones contra el Estado o los conflictos entre individuos privados por el otro lado. Una diferencia vital es el cambio en la geografía. En una revolución, el conflicto tiene lugar dentro del mismo área geográfica: tanto los subordinados del Estado como los revolucionarios habitan el mismo territorio. La guerra ínter-Estado, por el otro lado, tiene lugar entre dos grupos, cada uno teniendo su propio monopolio sobre un área geográfica; esto es, tiene lugar entre los habitantes de diferentes territorios. De esta diferencia surgen varias consecuencias importantes: (1) en la guerra ínter-Estado el espectro de aplicación para el uso de las armas modernas de destrucción es mucho mayor. Porque si la “escalada” armamentista en un conflicto intra-territorial se vuelve demasiado amplia, cada parte terminara volándose a sí misma con las armas apuntadas hacia el otro. En ningún caso un grupo revolucionario o un Estado combatiendo a una revolución, por ejemplo, puede usar armas nucleares contra el otro. Pero, por otro lado, cuando las partes guerreras habitan diferentes áreas territoriales, el alcance de la aplicación del armamento moderno se vuelve enorme, y el arsenal completo de la devastación masiva puede ser puesto en juego. Una segunda consecuencia (2) es que mientras es posible para los revolucionarios el apuntar sus objetivos y confinarlos a sus enemigos Estatales, y por tanto el evitar agredir a gente inocente, la identificación puntual es mucho menos posible en el caso de una guerra ínter-Estado. 6 Esto es así incluso con armas más antiguas; y por supuesto, con armas modernas no puede existir una individualización de ninguna manera. Además, (3) ya que el Estado puede movilizar a todos los recursos y la gente dentro de su territorio, el otro Estado caracterizará a todos los ciudadanos del país opuesto, al menos en forma temporaria, como sus enemigos y les dará un trato acorde extendiendo la guerra a ellos. Así, todas las consecuencias de la guerra ínter-territorial hacen casi inevitable que una guerra ínter-Estado implique la agresión de cada parte hacia los civiles inocentes –los individuos privados– de la otra parte. Esto inevitablemente se torna un absoluto con las armas modernas de destrucción masiva.

Si un atributo distintivo de la guerra ínter-Estado es la ínter-territorialidad, otro atributo único se deriva del hecho que cada Estado vive de la imposición sobre sus sujetos. Cualquier guerra contra cualquier otro Estado, por lo tanto, involucra el incremento y la extensión de la agresión impositiva sobre la gente propia. 7 Los conflictos entre individuos privados pueden, y usualmente son, librados y financiados voluntariamente por las partes en cuestión. Las revoluciones pueden, y generalmente son, financiadas y peleadas mediante contribuciones voluntarias del público. Pero las guerras de Estado sólo pueden ser libradas por medio de la agresión contra el pagador de impuestos.

Todas las guerras de Estado, por tanto, involucran una agresión contra los pagadores de impuestos del propio Estado, y prácticamente todas las guerras de Estado (todas, en la guerra moderna) involucran una agresión máxima (asesinato) contra civiles inocentes gobernados por el Estado enemigo. Por el otro lado, las revoluciones son financiadas generalmente en forma voluntaria y pueden enfocar su violencia hacia los gobernantes de Estado, y los conflictos privados pueden confinar su violencia hacia los verdaderos criminales. El libertario debe, por tanto, concluir que, mientras algunas revoluciones y algunos conflictos privados podrían ser legítimos, las guerras de Estado son siempre condenables.

Muchos libertarios objetan de la siguiente manera: “Mientras nosotros también deploramos el uso de los impuestos para guerrear, y el monopolio del Estado para el servicio de defensa, debemos reconocer que esas condiciones existen, y mientras lo hagan, debemos apoyar al Estado en guerras justas de defensa”. La respuesta a esto será: “Si, como dicen, desafortunadamente los Estados existen, cada uno teniendo un monopolio de violencia sobre su área territorial”. ¿Cuál debe entonces ser la actitud libertaria respecto de conflictos entre Estados? Debe, en efecto, el libertario decirle al Estado: “Está bien, tú existes, pero mientras tu existas al menos confina tus actividades al área que monopolizas”. En breve, el libertario estará interesado en reducir todo lo posible el área de agresión Estatal contra todos los individuos privados. La única forma de lograr esto, en asuntos internacionales, es que la gente de cada país presione a su propio Estado para que confine sus actividades al área que monopoliza y que no agreda a otros Estados-monopolistas. En breve, el objetivo del libertario será confinar a cada Estado existente al grado de invasión hacia la persona y la propiedad lo más pequeño posible. Y esto implica el evitar por completo la guerra. La gente bajo cada Estado debería presionar a “sus” respectivos Estados para que no se ataquen entre sí, y, si ocurriera un conflicto, el negociar la paz o declarar un alto el fuego lo más rápido que sea físicamente posible.

Supongamos, además, que estamos ante esa rareza –un caso inusualmente claro en el cual un Estado está realmente tratando de defender la propiedad de sus ciudadanos. Un ciudadano del país A viaja o invierte en el país B, y luego el Estado B agrede a esa persona o confisca su propiedad. Seguramente, nuestro crítico libertario argumentaría, que estamos ante un claro caso en donde el Estado A debería amenazar o iniciar una guerra contra el Estado B en pos de defender la propiedad de “su” ciudadano. Entonces, el argumento continúa, el Estado ha tomado para sí el monopolio de la defensa de sus ciudadanos, por tanto está obligado a entrar en guerra en nombre de cualquier ciudadano, y los libertarios tienen una obligación de apoyar esta guerra como una guerra justa.

Pero nuevamente el punto es que cada Estado tiene un monopolio de violencia y, por tanto, de defensa sólo sobre su propia área territorial. No tiene tal monopolio; de hecho, no tiene poder alguno, sobre cualquier otra área geográfica. Por lo tanto, si el habitante del país A se traslada o invierte en el país B, el libertario debe argumentar que él es quien se está arriesgando con el Estado-monopolista del país B, y por tanto sería inmoral y criminal para el Estado A él cobrarle impuestos a la gente del país A y matar a varios inocentes en el país B en pos de defender la propiedad del viajero o inversor. 8

Debe también señalarse que no existe defensa contra las armas nucleares (la única “defensa” actual es la amenaza de aniquilación mutua) y, por tanto, un Estado no puede proveer ningún tipo de función de defensa mientras este tipo de armamento exista.

El objetivo libertario, entonces, debería ser, sin importar las causas especificas de cada conflicto, el presionar a los Estados para que no lancen guerras contra otros Estados y, si ocurriera una guerra, debería ser el demandar paz y negociar un cese del fuego y tratado de paz lo más rápidamente que fuera posible. Este objetivo, incidentalmente, está consagrado por la ley internacional de los siglos dieciocho y diecinueve, esto es, el ideal de que ningún Estado podría agredir el territorio de otro –básicamente, la “coexistencia pacífica” de los Estados. 9

Supongamos, sin embargo, que a pesar de la oposición libertaria, ha comenzado una guerra y que los Estados guerreros no están negociando la paz. ¿Cuál, entonces, debiera ser la posición libertaria? Claramente, el de reducir el espectro del asalto a los civiles inocentes lo mas que se pueda. La anticuada ley internacional tenía dos excelentes dispositivos para lograr ese fin: las “leyes de guerra”, y las “leyes de neutralidad” o “derechos de los neutrales”. Las leyes de neutralidad fueron diseñadas para mantener a cualquier estallido de guerra confinado a los Estados guerreros, sin que hubiere agresión contra los Estados o particularmente las personas de otras naciones. De ahí la importancia de esos anticuados y ahora olvidados principios americanos tales como “libertad de los mares” o las severas limitaciones respecto de los derechos de los Estados guerreros para bloquear el comercio neutral con el país enemigo. En breve, el libertario intenta inducir a los países neutrales a permanecer neutral en cualquier conflicto ínter-Estado e inducir a los Estados guerreros a observar plenamente los derechos de los ciudadanos neutrales. Las “leyes de guerra” fueron diseñadas para limitar lo mas que se pudiere la invasión por parte de los Estados guerreros sobre los derechos de los civiles de los respectivos países guerreros. Como diría el jurista británico F.J.P. Veale:
El principio fundamental de este código era que las hostilidades entre personas civilizadas fueran limitadas a sus fuerzas armadas comprometidas… Señalaba una diferencia entre combatientes y no-combatientes estableciendo que el propósito único de los combatientes era pelear entre sí y, por consiguiente, que los no-combatientes debían ser excluidos del espectro de las operaciones militares. 10

En la forma modificada de prohibir el bombardeo a todas las ciudades que no se encontraren en la línea de frente, esta regla fue establecida en las guerras de Europa Occidental en las centurias recientes hasta que Gran Bretaña lanzo el bombardeo estratégico contra civiles en la Segunda Guerra Mundial. Ahora, por supuesto, el concepto entero apenas es recordado, el concepto mismo de la guerra nuclear reside en la aniquilación de civiles.

Al condenar todas las guerras, sin importar el motivo, los libertarios saben que bien pueden existir varios niveles de culpa entre los Estados respecto de una guerra especifica. Pero la consideración primordial para el libertario debe ser la condena a todo Estado respecto de la participación en la guerra. De ahí que su política debe ser la de ejercer presión sobre todos los Estados para que no inicien guerras, para que las detengan una vez comenzadas y para reducir el espectro del daño a civiles de cualquier bando o de ningún bando de cualquier guerra que persista.

Un corolario descuidado de la política libertaria de coexistencia pacífica entre Estados es la abstención rigurosa de cualquier ayuda foránea; esto es, una política de no intervención entre Estados (= “aislacionismo” = “neutralidad”). Porque cualquier ayuda dada por el Estado A al Estado B (1) incrementa la agresión impositiva contra la gente del país A (2) agravando la represión del Estado B de su propia gente. Si existe algún grupo revolucionario en el país B, entonces la ayuda foránea intensifica esta represión mucho más. Incluso la ayuda foránea al grupo revolucionario en B –mucho más defendible porque está dirigida a un grupo voluntario que se opone al Estado en lugar del Estado oprimiendo a la gente– debe ser condenada (por lo menos) como un agravante de la agresión impositiva contra la gente en casa.

Veamos como nuestra teoría libertaria se aplica al problema del imperialismo, el cual podría ser definido como la agresión del Estado A contra la gente del país B, y el subsiguiente mantenimiento del poder de este gobierno foráneo. La revolución de la gente de B contra el gobierno imperial de A ciertamente es legítima, tomando la precaución de que el fuego revolucionario sea dirigido sólo contra los gobernantes. A menudo se ha sostenido –incluso por libertarios– que el imperialismo Occidental sobre países subdesarrollados debería ser apoyado debido a que es más cuidadoso de los derechos de propiedad de lo que lo puede ser cualquier gobierno sucesor nativo. La primer respuesta sería que el juzgar lo que sobreviene como si fuera el status quo es puramente especulativo, mientras que el gobierno imperialista existente es demasiado real y culpable. Más aun, aquí el libertario comienza su enfoque por el lado incorrecto -alegando el supuesto beneficio para el nativo del imperialismo. El libertario debería, por el contrario, concentrarse primeramente en el pagador de impuestos Occidental, el cual es multado y cargado para pagar las guerras de conquista, y luego para el sostenimiento de la burocracia imperial. Solamente sobre esta base, el libertario debe condenar al imperialismo. 11

¿Significa la oposición a toda guerra que el libertario nunca pueda promover el cambio –esto es consignar al mundo a un estado congelado permanente de regímenes injustos? Ciertamente que no. Supongamos, por ejemplo, que el hipotético estado de “Waldavia” ataca a “Ruritania” y anexa la parte occidental de ese país. Los Ruritanios del Oeste ahora querrán reunirse con sus hermanos Ruritanios. ¿Cómo podría lograrse esto? Por supuesto, existe la vía de la negociación pacífica entre ambos poderes, pero supongamos que los imperialistas Waldavios se mantuvieran firmes. O que, Waldavianos libertarios presionaran a su gobierno para que abandonen esa conquista en el nombre de la justicia. Supongamos que esto tampoco funcionase. ¿Qué entonces? Debemos mantener aún la ilegitimidad respecto de Ruritania para entrar en guerra contra Waldavia. Las vías legitimas entonces serían (1) un levantamiento revolucionario por parte de la gente oprimida de Ruritania del Oeste, y (2) ayuda por parte de grupos Ruritanos privados (o, para el caso, amigos de la causa Ruritana en otros países) a los rebeldes del Oeste –ya sea en la forma de equipo o personal voluntario. 12

Hemos visto a lo largo de este tratamiento la importancia crucial, para cualquier programa de paz libertario de los tiempos presentes, de la eliminación de los métodos modernos de aniquilamiento masivo. Estas armas, contra las cuales no existe defensa, aseguran un máximo de agresión contra cualquier civil en cualquier conflicto con el claro prospecto de la destrucción de la civilización e incluso de la raza humana entera. La prioridad más alta de cualquier agenda libertaria, por tanto, debe ser el presionar a todos los Estados para que acuerden una política de desarme general hasta niveles policiacos, con particular presión respecto del desarme nuclear. En breve, si fuéramos a usar nuestra inteligencia estratégica, debemos concluir que desmantelar la amenaza más grande que ha confrontado a la vida y la libertad de la raza humana es por cierto más importante que des-municipalizar el servicio de recolección de basura.

No podemos terminar nuestro asunto sin decir al menos una palabra respecto de la tiranía domestica que es la compañía inevitable de la guerra. El gran Randolph Bourne concluyo que la “guerra es la salud del Estado”. 13 Es en la guerra que el Estado realmente se define: hinchado de poder, en número, en orgullo, en dominio absoluto sobre la economía y la sociedad. La sociedad se convierte en un rebaño, buscando matar a sus presuntos enemigos, acabando y suprimiendo todo disenso respecto del esfuerzo oficial de guerra, traicionando alegremente la verdad en favor del supuesto interés público. La sociedad se transforma en una campo armado, con los valores y la moral -como dijera alguna vez Albert Jay Nock– de un “ejército en marcha”.

La raíz mitológica que permite al Estado engordar gracias a la guerra es la falsa idea de que la guerra es la defensa por parte del Estado de sus sujetos. Los hechos, por supuesto, son precisamente lo opuesto. Pues si la guerra es la salud del Estado, también es su mayor peligro. Un Estado sólo puede “morir” en la derrota de la guerra o en una revolución. En la guerra, por tanto, el Estado moviliza frenéticamente a la gente para que pelee por el contra otro Estado, bajo el pretexto de que él es quien está peleando por ellos. Pero todo esto no debiera ser ninguna sorpresa; lo hemos visto en otros aspectos de la vida. ¿Cuáles categorías de crímenes es que el Estado persigue y castiga con mayor intensidad –aquellas contra el ciudadano privado o aquellas contra sí mismo? Los crímenes más graves en el léxico Estatal son casi invariablemente no las invasiones a las personas o la propiedad, sino los peligros contra sí mismo contemplados por ejemplos como traición, deserción de un soldado al enemigo, faltar al llamado de reclutamiento al servicio militar, conspiración para derrocar al gobierno. El asesinato se persigue a trochemoche salvo que la victima sea un policía, o Gott soll hüten (Dios se haga cargo), un asesinado Jefe de Estado; la falla en el pago de una deuda privada es, casi, hasta alentada, pero la evasión del impuesto es punida con la mayor severidad; el falsificar el dinero del Estado se persigue con mayor implacabilidad que la falsificación de cheques privados, etc. Toda esta evidencia demuestra que el Estado está mucho más interesado en preservar su propio poder que en defender los derechos de los ciudadanos privados.

Una palabra final respecto de la conscripción: de todas las formas en que la guerra agranda al Estado, esta es tal vez la más flagrante y despótica. Pero el hecho más sorprendente respecto de la conscripción es lo absurdo de los argumentos que se presentan a su favor. Un hombre debe ser reclutado para defender su (¿o la de algún otro?) libertad contra un Estado malvado mas allá de las fronteras. ¿Defender su libertad? ¿Cómo? ¿Siendo coaccionado para ingresar a un ejército cuya misma raison d’être es el expurgar la libertad, el pisotear todas las libertades de la persona, la calculada y brutal deshumanización del soldado y su transformación en una maquina eficiente de asesinar a capricho de su “oficial comandante”? 14 ¿Puede algún Estado extranjero hacerle algo peor que lo que “su” ejercito le hace para su supuesto beneficio? ¿Quién está ahí, Señor, para defenderlo de sus “defensores”?

Este articulo, que fue introducido originalmente en The Standard de Abril de 1963, forma parte de la recopilación El igualitarismo como revuelta contra la naturaleza y otros ensayos.

Traducido del inglés por Matias Walkoski. El artículo original se encuentra aquí.


1 Hay algunos libertarios que irán mas allá y dirán que nadie puede emplear la violencia incluso defendiéndose contra la violencia. Sin embargo, incluso tales Tolstoyanos, o “pacifistas absolutos”, concederán el derecho del defensor a emplear violencia defensiva y se limitaran a meramente instarlo a no hacer uso de ese derecho. Ellos, entonces, no estarán en contra de nuestra perspectiva. De la misma manera, un templado abogado libertario no desafiará el derecho de un hombre a beber licor, sólo su sabiduría al ejercer tal derecho.

2 No intentaremos justificar ese axioma aquí. La mayoría de los libertarios e incluso los conservadores están familiarizados con esa regla e incluso la defienden; el problema no radica en llegar a esa regla sino en perseguir consistentemente sin temores sus numerosas y asombrosas implicancias.

3 O traigamos a colación otro famoso eslogan anti-pacifista, la cuestión no es si “estamos dispuestos a usar la fuerza para prevenir que violen a nuestra hermana”, sino que, para prevenir esa violación, estamos dispuestos a matar gente inocente y tal vez incluso a nuestra hermana también.

4 William Buckley y otros conservadores han propuesto la curiosa doctrina moral de que no es peor el matar a millones de seres humanos que el matar a sólo uno. Quien haga cualquiera de estas dos cosas, es por cierto un asesino; pero por supuesto que hace una gran diferencia a cuantas personas se mate. Podemos ver esta cuestión encarando el problema de esta forma: ¿después de que un hombre ha matado a una persona, hace alguna diferencia el si deja de matar o si continua sus desmanes y mata a varias docenas más? Por supuesto que la hace.

5 El profesor Robert L. Cunningham definió al Estado como la institución que “tiene el monopolio para iniciar la coerción física”. O, como Albert Jay Nock definiera en forma similar aunque más cáusticamente, “El Estado clama y ejercita el monopolio del crimen… Impide el asesinato privado, pero por sí organiza el asesinato a una escala colosal. Castiga el hurto, pero por sí mete mano inescrupulosamente sobre todo lo que quiere”.

6 Un ejemplo notable de individualización por parte de los revolucionarios es la practica invariable por parte del Ejercito Republicano Irlandés, en sus primeros años, de asegurarse que sólo las tropas británicas y solamente la propiedad del gobierno británico fuera atacada y que ningún civil inocente Irlandés fuera lastimado. Una revolución guerrillera que no cuente con el respaldo general de la gente, por supuesto, es mucho más probable que agreda a civiles.

7 Es posible objetar que una guerra podría teóricamente ser financiada únicamente bajando los gastos del Estado no relativos a la guerra, entonces la respuesta seguirá siendo que la imposición permanece siendo mayor que lo que podría ser sin no se considerara el efecto de la guerra. Más aún, el propósito de este artículo es el de que los libertarios se opongan a los gastos del gobierno cualquiera sea la aplicación, guerra o no guerra.

8 Existe otra consideración que aplica en lugar de la defensa “domestica” dentro del territorio de un Estado: cuanto menos pueda un Estado defender en forma exitosa a los habitantes dentro de su área contra el ataque de criminales, más podrán aprender estos habitantes respecto de la ineficiencia operacional del estado, y por tanto más tenderán a utilizar métodos no-Estatales para la defensa. La falla del Estado en defender, entonces, tiene un valor educativo para el público.

9 La ley internacional mencionada en este escrito es la vieja ley libertaria como emergiera voluntariamente en centurias anteriores y no tiene nada que ver con la moderna acrecencia estatista de la “seguridad colectiva”. La seguridad colectiva fuerza a un máximo de escalada respecto de cada guerra local en una guerra mundial –precisamente el reverso del objetivo libertario de reducir lo mas que se pueda el alcance de cualquier guerra.

10 F.J.P. Veale, Advance to Barbarism (Appleton, Wis: C.C. Nelson, 1953), p. 58.

11 Otros dos puntos respecto del imperialismo Occidental: primero, su gobierno no es ni cercanamente todo lo liberal o benevolente que muchos libertarios quisieran creer. Los únicos derechos de propiedad que se respetan son los de los Europeos; los nativos sufren el robo de sus mejores tierras en manos de los imperialistas y su fuerza laboral es coercionada mediante la violencia para trabajar en los vastos latifundios adquiridos por medios de este robo.

Segundo, otro mito sostiene que la “diplomacia de buques de guerra” de fines de siglo fue una heróica acción libertaria en defensa de los derechos de propiedad de los inversores Occidentales en los países atrasados. Aparte de nuestras estenosis en contra de ampliar cualquier área territorial de monopolio del Estado, está siendo soslayado que la mayoría de los movimientos de buques de guerra fueron en defensa, no de inversiones privadas, sino de tenedores Occidentales de bonos gubernamentales. Los poderes Occidentales coercionaron a los pequeños gobiernos para que incrementen su agresión impositiva sobre su propia gente, en orden a pagar a los tenedores extranjeros de bonos. De ninguna manera imaginable fue esto una acción en favor de la propiedad privada –más bien lo contrario.

12 El ala Tolstoyana del movimiento libertario podría urgir a los Ruritanos del Oeste a entrar en una revolución no-violenta, por ejemplo huelgas de impuestos, boicots, negación en masa a obedecer órdenes gubernamentales o una huelga general –especialmente en fabricas de armas. Cf. el trabajo del revolucionario Tolstoyano, Bartelemy De Ligt, The Conquest of Violence: An Essay On War and Revolution (New York: Dutton, 1938)

13 Ver de Randolph Bourne, “Unfinished Fragment on the State”, en Untimely Papers (New York: B.W. Huebsch 1919)

14 A la vieja mofa militarista lanzada contra el pacifista: “¿Usarías la fuerza para prevenir la violación de tu hermana?” la réplica apropiada es: “¿Violarías a tu hermana si así te lo ordenara tu oficial comandante?”

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