Una teoría libertaria de la guerra

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El movimiento libertario se ha visto reprendido por William F. Buckley, Jr., por no utilizar su “inteligencia estratégica” para afrontar los grandes problemas de nuestro tiempo. Es verdad que a menudo hemos sido demasiado propensos a “perseguir nuestros ajetreados pequeños seminarios sobre si desmunicipalizar la recogida de basuras” (como ha escrito desdeñosamente Buckley), ignorando y dejando de aplicar la teoría libertaria al problema más vital de nuestro tiempo: la guerra y la paz. Hay una sensación de que los libertarios han sido más utópicos que estratégicos en su pensamiento, con una tendencia a divorciar el sistema ideal que concebimos de las realidades del mundo en que vivimos.

En resumen, demasiados de entre nosotros han divorciado la teoría de la práctica y se han contentado con sostener la pura sociedad libertaria como un ideal abstracto para algún remoto tiempo futuro, mientras que en el mundo concreto de hoy seguimos sin pensar la línea “conservadora” ortodoxa. Para vivir la libertad, para empezar la lucha estratégica dura pero esencial de cambiar el mundo insatisfactorio de hoy en dirección a nuestros ideales, debemos darnos cuenta y demostrar al mundo que la teoría libertaria puede ejercer una fuerte presión sobre todos los problemas cruciales del mundo. Al asumir estos problemas, podemos demostrar que el libertarismo no es sólo un bello ideal en lo alto de una nube, sino un cuerpo de ideas bien pensado que nos permite adoptar nuestra postura y ocuparnos de todos los asuntos claves de nuestro tiempo.

Usemos por tanto, nuestra inteligencia estratégica por todos los medios, aunque cuando Mr. Buckley vea el resultado bien podría haber deseado que nos hubiéramos mantenido en el ámbito de la recogida de basuras. Construyamos un teoría libertaria de la guerra y la paz.

El axioma fundamental de la teoría libertaria es que nadie puede amenazar o cometer violencia (“agredir”) contra la persona o propiedad de otro. La violencia puede emplearse sólo contra el hombre que comete dicha violencia, es decir, sólo defensivamente contra la violencia agresiva de otro. En resumen, no puede emplearse ninguna violencia contra un no agresor. Esta es la regla fundamental de la que puede deducirse todo el corpus de la teoría libertaria.

Dejemos aparte el problema más complejo del estado por el momento y consideremos sencillamente las relaciones entre individuos “privados”. Jones descubre que ha sido invadida o agredida su persona o propiedad por parte de Smith. Es legítimo que Jones, como hemos visto, repela esta invasión de violencia defensiva por sí mismo. Pero ahora llegamos a una cuestión más espinosa: ¿Tiene derecho Jones a cometer violencia contra terceros inocentes como corolario a su defensa legítima contra Smith? Para el libertario, la respuesta debe ser claramente que no.

Recordemos que la regla que prohíbe la violencia contra las personas o propiedades de hombres inocentes es absoluta: existe independientemente de los motivos subjetivos para la agresión. Es incorrecto y delictivo violar la propiedad privada o persona de otro, aunque uno sea Robin Hood o esté muriéndose de hambre o lo haga para salvar a un pariente o se defienda contra el ataque de un tercero. Podemos entender y simpatizar con los motivos en muchos de estos casos y situaciones extremas. Podemos más tarde mitigar la culpabilidad si el delincuente es juzgado, pero no podemos evitar el juicio de que su agresión sigue siendo un acto delictivo, y uno que la víctima tiene todo el derecho a repeler, por la violencia si es necesario.

En resumen, A agrede a B porque C está amenazando o agrediendo a A. Podemos entender la “mayor” culpabilidad de C en toda esta situación, pero seguimos teniendo que calificar a esta agresión como un acto delictivo que B tiene derecho a repeler con violencia.

Para ser más concreto, si Jones encuentra que Smith le ha robado su propiedad, tiene derecho a repelerle y tratar de detenerle, pero no tiene derecho a repelerle bombardeando un edificio o matando a gente inocente para atraparle disparando una ametralladora contra una masa inocente. Si lo hace, es un agresor tan criminal (o más) que Smith.

La aplicación a problemas de guerra y paz ya se va haciendo evidente. Pues aunque la guerra en su sentido más estricto es un conflicto entre estados, en el más amplio podemos definirla como la explosión de violencia entre gentes o grupos de gentes. Si Smith y un grupo de secuaces agreden a Jones y Jones y sus guardaespaldas persiguen a la banda de Smith hasta su guarida, podemos alabar a Jones por su trabajo y, junto con otros en la sociedad interesados en repeler la agresión, podemos contribuir financiera o personalmente a la causa de Jones.

Pero Jones no tiene ningún derecho, ninguno más que Smith, a agredir a cualquier otro en el curso de su “guerra justa”: robar la propiedad de otro con el fin de financiar su persecución, reclutar forzosamente a otros en su partida mediante el uso de violencia o matar a otros en el curso de su lucha por capturar a la fuerzas de Smith. Si Jones debe hacer cualquiera de estas cosas, se convierte en un delincuente exactamente igual que Smith y también queda sujeto a las sanciones que se impongan contra la delincuencia.

De hecho, si el delito de Smith fue el robo y Jones debe usar el reclutamiento forzoso para atraparle o matar a otros en su persecución, Jones se convierte en más delincuente que Smith, pues delitos como la esclavitud y el asesinato contra otra persona son indudablemente mucho peores que el robo. (Pues mientras que el robo daña la extensión de la personalidad de otro, la esclavitud daña y el asesinato elimina a esa misma personalidad).

Supongamos que Jones, en el curso de su “guerra justa” contra los estragos de Smith deba matar a una poca gente inocente y supongamos que proclama, para defender este asesinato, que estaba simplemente siguiendo el lema: “Dadme libertad o dadme muerte”. Lo absurdo de esta “defensa” debería ser evidente de inmediato, pues no se trata de si Jones estaba dispuesto a arriesgarse personalmente a morir en su lucha contra Smith: se trata de si estaba dispuesto a matar a otra gente al perseguir su fin legítimo. Como Jones estaba en realidad actuando siguiendo el lema completamente indefendible de “Dadme libertad o dadles muerte”, sin duda un grito de batalla mucho menos noble.

La actitud libertaria básica hacia la guerra debe por tanto ser: es legítimo usar violencia contra criminales en defensa de los derechos propios de persona y propiedad; es completamente intolerable violar los derechos de otra gente inocente. Luego la guerra es sólo tolerable cuando el ejercicio de la violencia se limita rigurosamente a los delincuentes individuales. Podemos juzgar por nosotros mismos cuántas guerras o conflictos en la historia han cumplido este criterio.

Se ha mantenido a menudo, especialmente por los conservadores, que el desarrollo de las horrendas armas modernas de destrucción masiva (armas nucleares, misiles, guerra bacteriológica, etc.) es una diferencia sólo de grado en lugar de tipo respecto de las armas más sencillas de una época anterior. Por supuesto, una respuesta a esto es que cuando el grado es el número de vidas humanas, la diferencia es muy grande. # Pero otra respuesta que el libertario está en disposición de dar es que, mientras que el arco y la flecha e incluso el rifle pueden dirigirse, si hay voluntad, contra los delincuentes reales, las armas nucleares modernas no. Aquí hay una diferencia crucial en tipo.

Por supuesto, el arco y la flecha podrían usarse para propósitos agresivos, pero también podrían dirigirse a su uso contra agresores. Las armas nucleares, incluso las bombas aéreas “convencionales”, no pueden serlo. Estas armas son ipso facto máquinas de destrucción masiva indiscriminada. (La única excepción sería el caso extremadamente raro en que una masa de gente fueran todos criminales habitando una amplia área geográfica). Por tanto debemos concluir que el uso de armas nucleares o similares, o su amenaza, es un pecado contra la humanidad para el que no puede haber justificación.

Por eso ya no se sostiene el antiguo cliché de que no son las armas sino la voluntad de usarlas lo que resulta significativo al juzgar los asuntos de la guerra y la paz. Pues precisamente lo característico de las armas modernas es que no pueden usarse selectivamente, no pueden usarse de una manera libertaria. Por tanto su misma existencia debe ser condenada y el desarme nuclear se convierte en un bien a perseguir por sí mismo.

Y si usáramos realmente nuestra inteligencia estratégica, veríamos que dicho desarme no sólo es bueno, sino el máximo bien político que podemos perseguir en el mundo moderno. Pues igual que el asesinato es un delito más abyecto contra otro hombre que el hurto, el asesinato masivo (en realidad, un asesinato tan extendido como para amenazar a la civilización humana la propia supervivencia humana) es el peor crimen que cualquier hombre pueda posiblemente cometer. Y ese crimen es ahora inminente. E impedir una aniquilación masiva es mucho más importante, en realidad, que la desmunicipalización de la basura, por muy importante que ésta sea. ¿O es que los libertarios van a indignarse adecuadamente acerca de los controles de precios y el impuesto de la renta y aún así encogerse de hombros, o incluso posiblemente defender el máximo delito del asesinato masivo?

Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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