Libertad de expresión, libertad de asociación y propiedad privada

0

Stephen Downs fue arrestado llevando una camiseta de “Paz en la tierra, dad una oportunidad a la paz” mientras paseaba con su hijo en Crossgates Mall, cerca de Albany,  Nueva York. Los guardias de seguridad se acercaron a ambos hombres y les dijeron que se quitaran sus camisetas, que se habían fabricado en el centro comercial. El hijo de 31 años acató la orden, pero el padre, de 61, no lo hizo. Los guardias volvieron con un policía que se llevó esposado al padre.

La postura de Downs, que ha sido apoyada por la Unión de Libertades Civiles de Nueva York, es que la Primera Enmienda le da libertad para expresarse. En otras palabras, el centro comercial le negó su derecho a la libre expresión. La postura del centro es que el hombre estaba molestando a otros compradores; además, argumentaban que el centro es su propiedad privada y pueden elegir sus propias reglas.

La propiedad del centro afirma que tiene el derecho sancionado por los tribunales “de restringir acciones y comportamientos incoherentes con su propósito”. Las reglas del Crossgates Mall “prohíben estrictamente arrojar basura, conductas desordenadas o molestas, acoso, leguaje ofensivo, peleas o cualquier actividad ilegal”. La dirección del centro evidentemente creía que las camisetas antiguerra eran ofensivas y podían causar problemas.

En un mercado verdaderamente libre, negocios, parques, bibliotecas, escuelas, estadios, campos de golf municipales y carreteras se financiarían privadamente.[1] Aquí es donde el asunto puede no estar claro: ¿puede un negocio (en este caso, un centro comercial) financiado parcialmente con subvenciones públicas considerarse un negocio privado? Puede argumentarse que un parque o lugar “público” o puede impedir que la gente use sus instalaciones por razones de género, color, opiniones religiosas o creencias políticas porque todos estos grupos de gente han pagado los impuestos para construirlos, pero las decisiones relativas a estos asuntos se determinan en últimos término por consideraciones políticas.

¿Pero qué pasa con un centro comercial privado que ha sido financiado completamente con dinero privado? Entonces la respuesta es sencilla: deberían poder discriminar a quien quieran. Sí, esto significa discriminar a la gente por cualquier razón (color, religión, orientación sexual, opiniones políticas o vestido). ¿Por qué? No porque la discriminación sea moral en el sentido habitual del término.

Como cristiano, se me pide que ame a mi vecino (sin que importe su color, género, religión, etc.). Pero en un mercado libre, es inmoral obligar a la gente a relacionarse. Si un ateo construye un centro comercial sin ayuda del gobierno, tendría todo el derecho a discriminar a los cristianos. Si la persona o grupo de inversores que construye un centro comercial odia a la gente de Oriente Medio o a los hispanos, deberían poder echarlos de él (aunque  eso me impidiera comprar allí, dado que mi padre es de Irán y mi madre de Ecuador).

Hay quien diría que este tipo de “mundo libertario” lleva a la violencia. Por el contrario, no habría incentivo para la violencia porque toda relación sería voluntaria. Como apunta correctamente el economista Edward Stringham:

Los extraños no entran en conflicto entre sí en los campos de golf, porque sólo se permite entrar a los miembros. En los campus universitarios y parques de atracciones como Disney, toda la gente en las instalaciones ha aceptado cumplir las reglas del propietario. Igual de fácilmente, estos propietarios legales de tiendas y restaurantes, así como propietarios de calles y carreteras, crearían reglas privadas para gobernar a sus clientes.[2]

Sin embargo, debe quedar claro que en este “mundo libertario” los racistas, sexistas o cualquier otro “ista” no pueden actuar impunemente. Si dañan físicamente a otra persona o destruyen su propiedad por su odio insensato, la ley debería hacer su trabajo legítimo de perseguir al delincuente y castigarle severamente.

Esta opinión es controvertida, pero no para quienes creen en la libertad. Mientras una persona no viole los derechos de propiedad de otros, no debería haber problema. Y respecto de quienes se enfaden por no poder comprar en un centro comercial, yo diría que la base real de su ira es que creen que tienen derecho a comprar allí.

Los “tengoderechistas” (mi término para quienes creen que tienen derecho a aprovecharse de la propiedad de otros) expresan su ira en el Masters de Augusta. El Augusta National es un club privado de golf que sólo admite miembros masculinos. William “Hootie” Johnson, presidente del Augusta National, defiende esta política.

Liderando el ataque contra Johnson está Martha Burk, presidente de Consejo Nacional de Organizaciones de Mujeres. Steve Wilstein, periodista de deportes de la Associated Press, escribió un artículo titulado “Un cambio necesario en el Augusta National”. En ese artículo dice que William “Hootie” Johnson pelea con un duro oponente como Martha Burk. Burk afirma: “se ha convertido en un emblema del sexismo que sigue existiendo en el deporte y fuera del mundo del deporte. (…) Los presidentes de empresas que sean miembros van a estar bajo un escrutinio extremo”. ¿Por qué? ¿Cuál es el problema? No están dañando a nadie. Para dañar a alguien hay que violar sus derechos.

Los miembros del club de golf están básicamente en una especie de fraternidad. No sólo debería existir el derecho del Augusta National a hacer miembros a quienes quieran, sino que tampoco hay justificación moral para protestar por su política. El único motivo de protesta en este caso es que muchas mujeres creen que tienen derecho a jugar aquí al golf. ¿Por qué no compran terrenos un grupo de mujeres inversoras y abren un club de golf sólo para mujeres? Ahora bien, si el gobierno impidiera esto, habría una razón legítima para protestar.

Wilstein decía que la política de Augusta “no es un asunto privado de un pequeño club privado”. Cree que es una desgracia sostener esta política, igual que Augusta solía excluir a los negros hasta 1990. Burk ha dicho respecto del prominente estatus de muchos de sus miembros, “Son presidentes de grandes empresas estadounidenses y sabemos qué negocios se hacen allí. Su política pone a las mujeres empresarias en desventaja en ese lugar”. ¿Por qué es una desgracia su política? Augusta National es una organización que desarrolla la camaradería entre hombres. Las presidentas tienen derecho a formar sus propios grupos. Incluso aunque no fuera lo mismo porque hay más hombres presidentes, ¿quién dice que hay un derecho moral de una mujer a ser presidenta de una compañía?

Yo pregunto a mis estudiantes que si vinieran a mi puerta y llamaran al timbre y yo acabara diciéndoles que se vayan, ¿deberían demandarme? Unánimemente responden “No, Sr. Malek. Es su casa y su propiedad”. Mi siguiente pregunta es “Entonces, ¿por qué no es mi restaurante o mi centro comercial que construí con mi propio dinero igual que mi casa?” Normalmente seguido con “Si no quiero tener amigos hispanos, ¿deberían demandarme los hispanos?” De nuevo dicen unánimemente “No, usted tienen derecho a elegir a sus amigos”. Normalmente acabo con las preguntas con “Entonces, ¿por qué debería ser demandado por no querer relacionarme con hispanos en mi lugar de trabajo?” Hay quien responde que mis ejemplos no son justos: mi casa y mi restaurante son sitios distintos, uno es público y el otro es privado.

Privado significa un negocio creado sin subvenciones públicas. ¿Quién dice que un restaurante financiado privadamente es público o que un centro comercial es de beneficio público? Mi sitio de trabajo es de mi beneficio. No tienes derecho a comer en mi restaurante o comprar en mi tienda. Sí, por supuesto, entiendo la idea económica de que tengo un incentivo para servir a otros si quiero beneficiarme. De lo que se trata es que el propietario debería ser capaz de decidir quién es su público. No es mi obligación proveer beneficios a otros.

Hay quien dice que es justo que un negocio discrimine basándose en aspecto, género o cualquier otra razón si el criterio es esencial para el éxito del negocio. Por ejemplo, si alguien aspira a un puesto de vendedor y el negocio cree que la apariencia de esta persona le costaría beneficios, no debería contratarle. Si Hooter’s sólo quiere contratar a mujeres y sólo a mujeres que se parezcan a la modelo Nikki Ziering, por ejemplo, ningún problema. La mayoría de la gente tampoco tendría ningún problema si una escuela cristiana discriminara a solicitantes que fueran ateos, budistas o musulmanes. Sería un criterio “razonable”. Sin embargo, quienes apoyan estas excepciones siguen equivocándose. Cualquier criterio que elija el propietario es moral desde una perspectiva de libertad.

La realidad es que las empresas que practiquen la discriminación afrontarán un coste: no permitir que cierto segmento de la población gaste su dinero y asimismo perder el dinero de quienes apoyen al grupo “oprimido”. La belleza del libre mercado es que los consumidores son soberanos y pueden castigara a estos establecimientos. Sin embargo, si el negocio discriminador sigue siendo un éxito financiero, que lo sea. La ley debería proteger los derechos de propiedad y no dar a la gente derechos que no tiene.

Downs tiene libertad para expresar sus opiniones y creer en lo que hace. Pero la creencia de Downs de que tiene derecho a expresar sus opiniones en un centro comercial privado es una prueba de que realmente no cree en la libertad.

La última crítica que debe atenderse es que si viviéramos en un mundo de libre mercado, volvería la segregación del pasado. En un mercado libre no tendríamos una segregación dictada por el gobierno. Sin embargo, creo en algunas excepciones como prohibir combatir a las mujeres y no permitir homosexuales en el ejército. Pero ¿qué tiene de malo que la gente quiera asociarse privadamente con otros basándose en su etnia, género u orientación sexual? Si un hombre quiere abrir su propio night club que sólo contrate a mujeres que se parezcan a “las chicas de los vigilantes de la playa”, nadie debería protestar. Si el propietario es homosexual y sólo quiere contratar a homosexuales, no le importa a nadie más. Si el propietario es una mujer que sólo quiere contratar a hombres que se parezcan a actores conocidos como Brad Pitt, Ben Affleck o Vin Diesel, ¿dónde está el problema? No debería haber ninguna ley que impida el derecho del propietario a elegir.

Los propietarios de negocios aman más el verde que lo que odian el negro, el blanco o el amarillo. La mayoría de la gente tiene amigos, hombres y mujeres, de distintos grupos étnicos. No hay ley que nos impida discriminar en lo que se refiere a nuestras amistades y aún así no vemos una segregación estricta. En todo caso, si la gente sólo quiere relacionarse con un grupo homogéneo de gente y segregarse de otros, así debe ser. La libertad significa asociación voluntaria y pacífica. No hay otra forma de evitarlo: estar en desacuerdo con este punto significa creer que la fuerza tendría de que desplazar a la libertad y los derechos de propiedad.

El derecho de los ciudadanos a discriminar es una libertad fundamental. Comprar en un centro comercial, ingresar en un club de golf o trabajar para una empresa no son derechos. Antes de enfadarse por no poder permanecer en el centro comercial, no poder jugar al golf en Augusta o no ser contratado por no dar el tipo, recuerde que no le han quitado nada. Para que le quiten o le nieguen algo, antes debe ser suyo.

[1] Muchos economistas “librecambistas” argumentarían que las carreteras son bienes públicos que debe proveer el gobierno. No discutiré este importante asunto en este artículo.
[2] Edward Stringham, “Market Chosen Law”, The Journal of Libertarian Studies (Invierno 1998-99) 75.

Publicado el 6 de mayo de 2003.

Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

Print Friendly, PDF & Email
Biblioteca Mises
Centro de documentación online
Contenido libre