En alabanza del 1% capitalista

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La riqueza del 1 porciento provee la calidad de vida del 99 porciento.
La riqueza del 1 porciento provee la calidad de vida del 99 porciento.

Los manifestantes del movimiento Ocupa Wall Street y sus numerosos clones en otras partes del país y en todo el mundo afirman que el 1% de la población posee toda la riqueza y vive a costa del restante 99%. La solución evidente que implica esto es que el 99% se apropie la riqueza del 1% y la use en su beneficio, en lugar de permitir que continúe usándose en beneficio del 1%, que supuestamente son avariciosos capitalistas explotadores que no se la merecen. En otras palabras, el programa implícito de los manifestantes es el del socialismo y la redistribución de la riqueza.

Dejando aparte la hipérbole en la declaración del movimiento, es verdad que una pequeña minoría de gente sí posee la gran mayoría de la riqueza de un país. Las cifras “1%” y “99%”, aunque exageradas, sirven para destacar el hecho de la forma más rotunda posible.

De lo que no se dan cuenta los manifestantes es de que la riqueza del 1% provee el patrón de vida del 99%.

Los manifestantes no son conscientes de esto, porque ven el mundo a través de una lente intelectual que es inapropiada para la vida bajo el capitalismo y su economía de mercado. Ven un mundo, aún presente en algunos lugares y presente en todas partes hace unos pocos siglos, de familias granjeras autosuficientes, cada una produciendo para su propio consumo y sin tener ninguna conexión esencial con los mercados.

En un mundo así, si uno ve el campo de un granjero, o su granero, o su arado, o sus animales de carga, y pregunta a quién sirven esos medios de producción, la respuesta es el granjero y nadie más. En un mundo así, aparte de la recepción de alguna caridad de los propietarios, quienes no son propietarios de medios de producción no pueden beneficiarse de éstos hasta que no se conviertan en propietarios de los mismos. No pueden beneficiarse de los medios de producción de otros, excepto heredándolos o apropiándoselos.

En el mundo de los manifestantes, los medios de producción tienen el mismo estatus esencial como bienes de consumo, que por regla general benefician sólo a sus propietarios. Es por esto por lo que quienes comparten la mentalidad de los manifestantes normalmente pintan a los capitalistas como hombres gordos, cuyos platos tienen montones de comida, mientras que la masas de los asalariados deben vivir cerca de la muerte por hambre. De acuerdo con esta mentalidad, la redistribución de riqueza es meramente quitar de los platos desbordantes de los capitalistas y dárselo a los hambrientos trabajadores.

Al contrario que estas creencias, en el mundo moderno en el que vivimos realmente, la riqueza de los capitalistas sencillamente no existe en buena parte en forma de bienes de consumo. No sólo está abrumadoramente en forma de bienes de producción, sino que esos medios de producción se emplean en la producción de bienes y servicios que se venden en el mercado. Totalmente al contrario que en las condiciones de las familias rurales autosuficientes, los beneficiarios físicos de los medios capitalistas de producción son todos los miembros del público consumidor en general que compran los productos de los capitalistas.

Por ejemplo, sin poseer ni una sola acción en General Motors o Exxon Mobil, todos en una economía capitalista que compren los productos de estas empresas se benefician de sus medios de producción: el comprador de un automóvil de GM se beneficia de la fábrica de GM que lo fabricó; el comprador de gasolina de Exxon se beneficias de sus pozos de petróleo, oleoductos y camiones cisterna. Además, todos se benefician de los medios de producción de los que compran los productos de los clientes de GM y Exxon, ya que sus medios de producción contribuyen a los productos de sus clientes. Por ejemplo, los dueños de tiendas de alimentación cuyos bienes se trasportan en camiones fabricados por GM o usan combustible diésel producido en refinerías de Exxon son beneficiarios de la existencia de las fábricas de camiones de GM y las refinerías de Exxon. Incluso cualquiera que compre los productos de los competidores de GM y Exxon, o de los clientes de estos competidores se benefician de la existencia de los medios de producción de GM y Exxon. Porque los medios de producción de GM y Exxon generan una oferta más abundante y por tanto de precio más bajo del tipo de bienes que vende el competidor.

En otras palabras, todos nosotros, el 100% de nosotros, nos beneficiamos de la riqueza de los odiados capitalistas. Nos beneficiamos sin ser capitalistas o no siendo capitalistas a gran escala. Los manifestantes están literalmente vivos gracias a la riqueza de los capitalistas a los que odian. Como acaba de indicarse, los pozos de petróleo y los oleoductos de la odiada Exxon ofrecen el combustible que da energía a los tractores y camiones que son esenciales para la producción y envío de la comida que comen los manifestantes. Los manifestantes y otros que odian el capitalismo odian los fundamentos de su propia existencia.

El beneficio de los medios de producción capitalistas a los no propietarios de medios de producción no sólo se extiende a los compradores de los productos de esos medios de producción, sino asimismo a los vendedores del trabajo que se utiliza para trabajar con ellos. La riqueza de los capitalistas, en otras palabras, es la fuente tanto de la oferta de productos que compran los no propietarios de medios de producción como de la demanda del trabajo que venden dichos no propietarios. De esto se deduce que cuanto mayor sea la riqueza y el número de capitalistas, mayores son la oferta de productos y la demanda de mano de obra y por tanto más bajos serán los precios y más altos los salarios, es decir, mayor será el nivel de vida para todos. Nada interesa más a la persona media que vivir en una sociedad que esté llena de multimillonarios capitalistas y de sus empresas, todos ocupados utilizando su enrome riqueza para producir los productos que compra y compitiendo por el trabajo que vende aquél.

Sin embargo, el mundo que ansían los manifestantes es un mundo en el que se han desvanecido los capitalistas multimillonarios y sus empresas, reemplazados por pequeños productores pobres, que no serían significativamente más ricos de lo que son ellos, lo que equivale a decir que se las empobrece. Esperan que en un mundo de proveedores como éstos, proveedores a quienes les falta el capital necesario para producir mucho de algo, no digamos proveer la producción en masa de los productos tecnológicamente avanzados del capitalismo moderno, de alguna forma estarían mejor económicamente. Evidentemente, los manifestantes no podrían estar más engañados.

Además, de no darse cuenta de que la riqueza del llamado 1% es la base del nivel de vida del llamado 99%, de lo que tampoco se dan cuenta los manifestantes es de que la “avaricia” de los que buscan convertirse en parte del 1% o de aumentar su posición es éste es lo que sirve progresivamente para mejorar el nivel de vida del 99%.

Por supuesto, esto no se aplica a la riqueza que ha sido adquirida por medios como obtener subvenciones del gobierno o impedir la competencia por aranceles proteccionistas y otras formas de intervención pública. Son métodos que se hacen posibles en la medida en que se permita al gobierno alejarse de una política de estricto laissez faire y por tanto recompensar o castigar arbitrariamente a las empresas.

Aparte de estas aberraciones, la forma en que se acumulan las fortunas en los negocios es por medio de altos beneficios generados por la introducción de productos nuevos y mejorados y medios de producción más eficientes y de menor coste, seguidos por un alto ahorro y reinversión de dichos beneficios.

Por ejemplo, la fortuna de 6.000 millones de dólares de Steve Jobs se construyó sobre la base de que Jobs hiciera posible para Apple Computer introducir productos nuevos y mejorados como el iPod, el iPhone y el iPad y luego ahorrando y reinvirtiendo la parte de los beneficios que obtuvo.

Hay que destacar dos puntos relacionados muy de cerca. Primero, las fortunas que se acumulan de esta manera generalmente sirven para la producción a gran escala del mismo tipo de productos que produjeron los beneficios por los que se produjo la acumulación. Así, por ejemplo, los miles de millones de Jobs se utilizaron en buena parte para la fabricación de los productos de Apple. Igualmente, la gran fortuna personal de Henry Ford, ganada por introducir grandes mejoras en la eficiencia de la producción de automóviles, que rebajó el precio de un automóvil nuevo desde alrededor de 10.000$ al principio del siglo XX a 30$ a mediados de la década de 1920, se empleó para hacer posible la fabricación de millones de automóviles Ford.

Segundo, los altos porcentajes de beneficios ganados en productos y métodos de producción nuevos o mejorados son temporales. Tan pronto como la producción del nuevo producto o uso se convierte en norma en un sector, ya no ofrece ninguna rentabilidad extraordinaria. De hecho, otras mejoras constantes hacen que las mejoras anteriores dejen de ser directamente rentables. Por ejemplo, la primera generación del iPhone, que era altamente rentable hace unos pocos años, no es o no será pronto rentable, a causa de que posteriores mejoras la han hecho obsoleta.

Por consiguiente, la acumulación de grandes fortunas empresariales requiere generalmente la introducción de una serie de mejoras en productos o métodos de producción. Lo que hace falta es mantener un alto nivel de beneficio ante la competencia. Por ejemplo, la capacidad de Intel de mantener alto nivel de beneficio a lo largo de los años ha dependido de su capacidad de introducir una mejora sustancial en sus chips informáticos tras otra. El efecto neto ha sido que los usuarios de informática han obtenido el beneficio de mejoras tras mejoras, no sólo sin un aumento sino con un drástico descenso en los precios de los chips informáticos. En la medida en que los altos beneficios se basan en los bajos costes de producción, la competencia rebaja los precios para corresponderse con el nivel más bajo de los costes, lo que requiere lograr reducciones aún mayores de los costes para mantener los altos beneficios.

Por supuesto, el mismo resultado se aplica no sólo a Intel y a los microprocesadores, sino asimismo al resto del sector informático, donde los gigabytes de memoria y los terabytes de almacenamiento en disco duro se venden hoy a precios por debajo de los de los megabytes de memoria y almacenamiento en disco duro hace solo unas pocas décadas. De hecho, si uno sabe dónde mirar, el principio de cada vez más y mejores productos por cada vez menos precio se aplica a todo el sistema económico. Está presente en la producción de alimentos, ropa y alojamiento, así como en las industrias de alta tecnología y virtualmente en todos los sectores intermedios.

Está presente en estos sectores incluso aunque la inflación monetaria del gobierno haya hecho que los precios de los productos aumenten acusadamente con los años. A pesar de esto, cuando se calcula en términos de la cantidad de trabajo que debe emplear una persona media para ganar el salario necesario para permitirle comprar estos productos, sus precios han caído drásticamente.

Esto puede observarse en el hecho de que hoy el trabajador medio trabaja 40 horas a la semana, mientras que un trabajador hace aproximadamente un siglo trabajaba 60 horas a la semana. Por las 40 horas que trabaja, el trabajador medio de hoy recibe los bienes y servicios que comprenden el nivel de vida medio de 2011, lo que incluye cosas como un automóvil, nevera, aire acondicionado, calefacción centralizada, más y mejor espacio para vivir, más y mejor ropa y alimentos, medicina y odontología modernas, películas, informática, celulares, televisores, lavaplatos, microondas, etc. El trabajador medio de 1911 o no tenía estas cosas en absoluto o tenía mucho menos y de peor calidad.

Si consideramos que los bienes y servicios recibidos por el trabajador medio de hoy por sus 40 horas de trabajo son 10 veces mayores que los recibidos por el trabajador medio de 1911 por sus 60 horas de trabajo, entonces se deduce que, expresado en términos de cantidad de trabajo que necesita realizarse hoy para ser capaz de comprar los bienes y servicios equivalentes para el estándar de vida de 1911, los precios han caído a dos tercios de un décimo de su nivel en 1911, es decir, a un quinceavo de su nivel en 1911, lo que equivale a decir a un 93,3 %.

El capitalismo (el capitalismo de laissez faire) es el sistema económico ideal. Es la encarnación de la libertad individual y la búsqueda del propio interés material. Genera el aumento progresivo en el bienestar material de todos, manifestado en el alargamiento de la vida y los siempre crecientes niveles de vida.

El estancamiento y declive económico, los problemas de desempleo masivo y la creciente pobreza experimentados en Estados Unidos en años recientes son el resultado de la violación de la libertad individual y la búsqueda del propio interés material. El gobierno ha enredado el sistema económico en una red creciente de reglas y regulaciones paralizantes que impiden la producción de los bienes y servicios que quiere la gente, al tiempo que obliga a la producción de bienes y servicios que no quiere y hace que la producción de prácticamente todo sea más cara de lo necesario. Por ejemplo, las prohibiciones en la producción de energía atómica, petróleo, carbón y gas natural, hacen que el coste de la energía sea superior y ante la menor energía disponible para su uso en la producción, requiera la utilización de más trabajo humano para producir cualquier cantidad dada de bienes. Esto genera que haya menos bienes disponibles para remunerar el rendimiento de cualquier cantidad concreta de trabajo.

El gasto público descontrolado y sus consiguientes déficits presupuestarios y créditicios, junto con los impuestos de la renta, de la propiedad y de las ganancias de capital, todos gravando fondos que de otra forma habrían sido ahorrados e invertidos, quitan capital al sistema económico. Así que sirven para impedir el aumento tanto de la oferta de bienes como de la demanda de mano de obra que habrían sido posibles con más capital en manos de los negocios. Han llegado tan lejos como para empezar a reducir realmente la oferta de capital en el sistema económico en comparación con el pasado.

También se dificulta la acumulación de capital, que puede acabar llevando a una desacumulación de capital mediante los efectos de regulación pública adicional que aumente los costes de producción y reduzca así la eficiencia. Esto se aplica a prácticamente todas las regulaciones impuestas por la Environmental Protection Agency, la Occupational Safety and Health Administration, la Consumer Product Safety Commission, el National Labor Relations Board, la Food and Drug Administration y todas las demás agencias del gobierno. El efecto de sus regulaciones es que para cualquier cantidad de trabajo realizado en el sistema económico, hay menos producto del que se hubiera producido en otro caso.

Todo lo que sirva para reducir la capacidad de producir en general sirve también para reducir la capacidad de producir bienes de capital en particular. A causa de esa interferencia pública, cualquier cantidad concreta de trabajo y bienes de capital dedicada a la producción de bienes de capital genera una producción menor de bienes de consumo. Como mínimo, la oferta reducida de bienes de capital producidos sirve para reducir la tasa de progreso económico. Una reducción en la oferta de bienes de capital producidos suficientemente grande como para impedir la adición de cualquier aumento a la oferta previa existente de bienes de capital y por tanto de acabar con la acumulación de capital, lleva al progreso económico su completa detención. Una reducción aún mayor, una que haga que la oferta de bienes de capital producidos sea menor que la oferta que se emplea en la producción, constituye una desacumulación de capital y por tanto un declinar en la capacidad de producir del sistema económico. Como se ha indicado, Estados Unidos ya parece encontrarse en este punto.

El problema de la desacumulación de capital se ha agravado mucho como consecuencia de la masiva expansión del crédito inducida por el Sistema de Reserva Federal y su política de dinero fácil y tipos de interés artificialmente bajos. Esta política llevó primero a una gran burbuja bursátil y luego a una enorme burbuja inmobiliaria, al entrar en la bolsa y luego en el mercado inmobiliario grandes cantidades de dinero recién creado. Entre estas dos burbujas, se perdieron billones de dólares de capital. En ambos casos, se produjo un enorme exceso de consumo al correr la gente a comprar cosas como nuevos automóviles, grandes electrodomésticos, vacaciones y todo tipo de bienes de lujo que no habrían imaginado poder permitirse en ausencia de los efectos de la expansión del crédito, a menudo endeudándose notablemente en el proceso.

En el caso uno, fue el aumento artificial de los precios de las acciones el que hizo que la gente creyera equivocadamente que podía permitirse estas cosas. En el otro, fue el aumento artificial en los precios de las viviendas el que produjo el mismo resultado. La aparente riqueza se desvaneció con la caída en los precios de las acciones y luego, más tarde, con la caída en los precios de las viviendas. Además, en la burbuja inmobiliaria, se construyeron millones de viviendas para gente que no podía permitirse pagarlas. Todo esto representó una enorme pérdida de capital y por tanto de la capacidad de los negocios para producir y contratar trabajadores. Es esta pérdida de capital la que es responsable de nuestro problema actual de desempleo masivo.

A pesar de esta pérdida de capital el desempleo podría eliminarse. Pero dada la pérdida de capital, lo que haría falta para lograrlo es una caída en los salarios. Sin embargo, esta caída se hace en la práctica ilegal como resultado de las leyes de salario mínimo y la legislación a favor de los sindicatos. Estas leyes impiden que los empresarios ofrezcan los salarios más bajos a los que podrían recolocarse los desempleados.

Así que, por muy irónico que pueda ser, resulta que prácticamente todos los problemas de los que se quejan los manifestantes de Ocupa Wall Street son resultado de la aplicación de políticas que éstos apoyan y en las que creen fervientemente. Es su mentalidad, el marxismo que las impregna, y las políticas públicas que son su resultado, las responsables de aquello de lo que se quejan. Los manifestantes, en realidad, están en la posición de ser flagelantes inconscientes. Se golpean a sí mismos a derecha e izquierda y como bálsamo para sus heridas reclaman más látigos y cadenas. No ven esto porque no han aprendido a hacer la conexión de que al violar la libertad de los empresarios y capitalistas y apropiarse y consumir su riqueza, es decir, utilizando armas de dolor y sufrimiento contra este pequeño y odiado grupo, están destruyendo la base de su propio bienestar.

Por mucho que los manifestantes se merezcan sufrir como consecuencia del daño causado por la aplicación de sus propias ideas, sería mucho mejor si se despertaran al mundo moderno y entendieran la naturaleza real del capitalismo y luego dirigieran su ira hacia los objetivos que se la merecen. En ese caso, podrían realizar alguna contribución real al bienestar económico, incluyendo el suyo propio.

Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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