El precedente del dólar de Ron Paul

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El 14 de noviembre de 2007, agentes federales entraron en las oficinas centrales de una compañía llamada NORFED, National Organization for the Repeal of the Federal Reserve Act and Internal Revenue Code, y se incautaron de sus existencias de oro, plata y cobre, buena parte en forma de monedas mostrando la imagen del congresista de EEUU Ron Paul, de Texas, candidato a la nominación a Presidente de Estados Unidos.

La orden de registro para esta acción alega fraude y lavado de dinero y una declaración de apoyo se refería a las provisiones del Código de EEUU que prohíben la emisión de cualquier moneda destinada a circular como dinero y de cualquier cosa que tenga el aspecto de la moneda de Estados Unidos.

Los detalles del caso son complicados, pero hay dos asuntos de los que puedo ocuparme sin referirme a las acusaciones y contraacusaciones. ¿Cómo es que el gobierno de EEUU tiene el poder de prohibir a la gente usar formas alternativas de dinero (es decir, la primera provisión) y cómo se puede decir que las monedas de la NORFED tienen el aspecto de las de Estados Unidos (la segunda)?

Desde 1934 hasta 1975, estaba prohibido a cualquier estadounidense poseer oro en bruto. Antes de 1934, se pensaba que el Congreso de EEUU no tenía poder para hacer algo ilegal. Por tanto, los prohibicionistas necesitaron en su momento una enmienda constitucional que eliminar nuestro alcohol. Pero, en 1934, el Tribunal Supremo de EEUU decidió, por 5 votos a 4, que el Congreso sí podía hacer ilegal el oro.

Es más, en esta sentencia y otras posteriores, el Supremo decidió que el Congreso podía prohibirnos usar monedas de oro o plata, como las que podrían emitir gobiernos extranjeros o cecas privadas, o billetes emitidos por bancos privados o incluso firmar contratos financieros denominados en oro o en cualquier divisa extranjera o en cualquier forma de indexación. No sólo el gobierno federal podría decidir cuál es la “moneda de curso legal” sino también cuál es la única “unidad de cuenta” y “medio de intercambio” legal. Estos poderes no se encuentran en la Constitución, pero son parte de lo que el Juez Presidente John Marshall, hablando en nombre del Supremo, decía que era el “poder propio” del gobierno.

El que la emisión de cualquier dinero deba ser prerrogativa única del gobierno es algo que ha sido controvertido durante mucho tiempo. Los defensores de un gobierno limitado siempre han argumentado que el dinero debería ser algo de valor, como un material independiente de su uso monetario, aunque muchos han admitido un papel del gobierno en atestiguar el peso y calidad de las monedas y la solidez de los bancos. Los defensores del gran gobierno, por el contrario, siempre han defendido el dinero fiduciario.

En la Grecia antigua, podemos encontrar estas posiciones en los escritos de Platón y Aristóteles. Platón, que defendía la dictadura del “rey filósofo”, decía, en Las leyes, que el dinero de un estado debería consistir en cosas “sin valor para el resto de la humanidad”. En otras palabras, el estado debía crear dinero fiduciario. Además, para obligar a la gente a utilizar sólo su dinero fiduciario, “a ninguna persona privada [se le debería] permitir poseer oro o plata”.

En ese momento, las monedas emitidas por los tiranos de Grecia normalmente consistían en finas tiras de cobre o monedas de metales preciosos. En el caso de la colonia griega de Siracusa, durante el gobierno del tirano Dionisio, que pudo haber sido asesorado por Platón, el dinero consistía en monedas de hojalata. No aceptar esas monedas por su valor facial se castigaba con la muerte. A pesar de esta amenaza terrorista, los estados que imponían sus monedas envilecidas al pueblo sufrían la inflación y sus males asociados. Así, el comediógrafo griego Aristófanes, en Las ranas, decía que “En nuestra República, se prefiere a los malos ciudadanos a los buenos, igual que circula la mala moneda y desaparece la buena”.

Por el contrario, Aristóteles en su Política decía que el dinero debía ser “algo intrínsecamente útil y fácilmente aplicable a los propósitos de la vida, por ejemplo, hierro, plata o similares”. Aristóteles fue asombrosamente visionario acerca del dinero. Defendía el dinero en especie a pesar de reconocer que estaba sujeto a fluctuaciones en valor respecto de otros bienes. En su Ética escribía “por supuesto, también [el dinero en especie] es susceptible de depreciación, pues su poder adquisitivo no es siempre el mismo (…)” (Yo debería apuntar que las fluctuación del dinero en especie son modestas en comparación con las fluctuaciones habituales, siempre a la baja, del dinero fiduciario). Tan dedicada estaba la ciudad-estado de Atenas al dinero en especie que parece que incluso las falsificaciones de sus monedas tenían que ser aceptadas siempre que contuvieran la plata requerida.

En el momento de la fundación de Estados Unidos, la disputa sobre la moneda era, para muchos, un asunto muy importante. Varias de las colonias se habían quejado bajo el poder del rey acerca de la emisión de papel moneda. A causa de la Ley de Moneda de 1764 y otras, a las colonias se les restringía la cantidad a emitir. Así que, al declarar su independencia, estas colonias (ahora estados) y el Congreso Continental procedieron rápidamente a emitir papel moneda y, por supuesto, engendraron una hiperinflación. Incluso después del repudio de este papel moneda y el aseguramiento de la paz, una serie de estados volvieron a sus métodos inflacionistas. Aunque no es muy conocido, fue esta segunda ola de inflación, y no la inflación de la Guerra de Independencia, la que estuvo entre las principales motivaciones para diseñar “una unión más perfecta”.

Bajo la consiguiente Constitución de EEUU, a los estados se les prohibió hacer moneda de curso legal a algo distinto del oro o la plata y además se les prohibió emitir billetes (es decir, papel moneda) e interferir en los contratos. Se dio al gobierno federal el poder de acuñar moneda y regular así el valor. También se le dio el poder de pedir dinero prestado.

En ese momento, nadie pensaba que el poder de acuñar moneda fuera un poder otorgado en exclusiva. De hecho, había tres bancos privados (los bancos de Norteamérica, Nueva York y Massachussets) que estaban emitiendo papel moneda (muchos otros lo harían también más tarde) y una amplia variedad de comerciantes privados emitía moneda fraccionaria en forma de monedas de cobre y billetes de baja denominación (shinplasters). Ninguna de estas monedas emitidas privadamente era de curso legal y todas circulaban voluntariamente. Además, casi todas las monedas de oro y plata que circulaban en el país eran españolas y de otros países. Lo que se discutía, en el momento de la fundación, era si el gobierno federal podía privilegiar a un banco.

Es conocido que Alexander Hamilton decía “sí”, pues sería “necesario y adecuado” gestionar la enorme deuda de la Guerra de Independencia de Estados Unidos; Thomas Jefferson decía “no”, pues el dinero podía pedirse prestado directamente a prestamistas o mediante bancos contratados por el estado. George Washington, siguiendo el consejo de James Madison, se alineó con Hamilton. Más tarde, cuando se liquidó la deuda de la Guerra de Independencia y el Congreso quiso aumentar el privilegio del banco privilegiado federalmente, Madison dijo, como Presidente, que como el gobierno federal ya no estaba en deuda, no era “necesario y adecuado” un banco privilegiado federalmente. Estas circunstancias hacían inconstitucional la ley que extendía el privilegio de este banco, por lo que vetó la propuesta.

En contra del pensamiento de Madison, el Tribunal Supremo, en una serie de decisiones, expuso que los poderes monetarios del gobierno federal estaban incluidos en el “poder inherente” del gobierno y en poderes ejercidos por todos los “gobiernos civilizados” no negados al gobierno federal. La idea de que el gobierno tiene “poder inherente”, por supuesto, es un anatema para los libertarios, como lo es la doctrina de que los funcionarios tienen “poderes implícitos”. Cualquier poder que tenga el gobierno, más allá del que el pueblo ha consentido, no es inherente ni implícito, sino que se ha tomado por la fuerza.

No es necesario (no digamos descorazonador) recordar la historia monetaria del país. No hace falta decir que durante el curso de esta historia, el gobierno federal tomó cada vez más poderes monetarios de forma que, hoy, nuestras disposiciones monetarias serían irreconocibles para cualquiera de los fundadores. En particular, nuestras monedas son feas piezas de nada y un constante recuerdo de nuestra degradación. Por citar al profeta Isaías: “han convertido vuestra plata en metal sin valor”.

De 1789 a 1934, una onza de oro equivalía a 20 dólares de EEUU. Luego, con el fin de “reflacionar” el nivel de precios, Franklin Delano Roosevelt pidió al Congreso devaluar el dólar para que una onza equivaliera a 35$, a lo que accedió el Congreso. Y desde 1934, hemos sufrido una inflación continua, a veces a un ritmo rápido y a veces lento, a veces oculto por controles de precios y salarios y el precio de una onza de oro está ahora en torno a 800$ (actualmente en 2011 está a 1745 $).

Avanzando rápidamente varias décadas desde 1934, durante la década de 1970, gracias en buena parte a Jesse Helms, que era en ese momento Senador por Carolina del Norte y el entonces bastante joven congresista de Texas Ron Paul, se derogó la ley que prohibía la posesión de oro por los estadounidenses. Poco después de que nos permitieran poseer oro (gracias, maestro), el Congreso nos permitió asimismo indexar nuestros contratos financieros (gracias otra vez, maestro). Así que Sunshine Mining emitió bonos indexados a la plata y otros prestamistas privados le siguieron con bonos ligados a otros materiales y al Índice de Precios del Consumo. Sin albergo, había una serie de insistentes preguntas acerca de la legalidad de estos bonos ligados a los precios. Durante la década de 1990, el propio Tesoro de EEUU emitió bonos indexados al IPC y la legalidad de los bonos indexados dejó de ponerse en duda.

Poco después de levantarse las limitaciones sobre el oro y la indexación, se permitió a los bancos ofrecer a los clientes cuentas denominadas en oro, cosa que hizo el Republic Bank of New York. Y, durante la década de 1990, además se autorizó a los bancos a ofrecer cuentas en divisas extranjeras y hoy lo hacen un número creciente de éstos (pero esto es a causa de la globalización, no por preocupaciones acerca de la inflación).

Así que debería estar claro que es legal que individuos, bancos y otros posean monedas de Ron Paul para intercambiarlas con otros como quieran y por cualquier razón que acuerden, hacerlo transfiriendo físicamente la posesión o por papel o transferencia electrónica de monedas en cuentas de depósitos y realizar depósitos de monedas en cuentas. Lo que es ilegal, por razón de la Sección 486 del Capítulo 25 de la Parte I del Título 18 del Código de EEUU, es fabricar, entregar o dar cualquier moneda de metal, incluso de diseño original, pretendiendo que circule como moneda actual. Además de la acción de los federales contra el acuñador privado de monedas de Ron Paul, está el asunto de emitir monedas que se parezcan a las emitidas por el Tesoro de EEUU y puede haber asimismo asuntos de fraude como sucede en las estafas.

Respecto del asunto de si las monedas emitidas por NORFED se parecen a las emitidas por el Tesoro, en la declaración que apoyaba la orden de registro por la que el FBI entró en las oficinas de NORFED, se dice que las monedas imitan a las de Estados Unidos. Por ejemplo, se muestra una moneda de diez centavos con la imagen de Franklin Delano Roosevelt en una cara y tres fasces en la otra. Respecto de los símbolos, las monedas de NORFED anteriores a la de Ron Paul mostraban imágenes de Columbia, la diosa de la Libertad, y por tanto se parece a las acuñaciones históricas de Estados Unidos y las monedas de oro conmemorativas emitidas por el Tesoro de EEUU bajo una ley escrita por el congresista Ron Paul. Estas monedas de oro conmemorativas tienen el estatus de moneda de curso legal por parte del Congreso de EEUU, que hacen antieconómico su uso como dinero (por ejemplo, la moneda de una onza tiene un valor legal de 20$), son vendidas por el Tesoro a precios mucho mayores y por tanto no son realmente parte de las acuñaciones actuales de los Estados Unidos.

En términos de palabras, la acuñación de Estados Unidos muestra las palabras “Liberty”, “United States of America”, “In God we trust” y “E pluribus unum”. Las monedas anteriores a Ron Paul de NORFED muestran las palabras “Liberty”, “USA” y and “Trust in God”.

Aunque no se explica en la declaración, sabemos que la acuñación de Estados Unidos consiste en muchas piezas de basura, realizadas con cinc o plomo o cualquier metal base que el gobierno encuentre por ahí en el centro de reciclaje y pulido para que parezca plata. La moneda de NORFED se parece a una moneda estadounidense en parte porque la moneda de NORFED está hecha de plata y la estadounidense está pulida para que parezca de plata.

Respecto de cómo se parecen la totalidad de las imágenes, palabras, tamaño, peso y tacto de las monedas de NORFED a las de Estados Unidos, el asunto (me parece) podría haberse resuelto sin irrumpir en los negocios de la empresa. Cuando el Tesoro de EEUU enviara un aviso a la compañía para que renunciara, está presentaría un recurso en los tribunales buscando un requerimiento judicial permanente. Pero en lugar de seguir este camino, los federales simplemente aparecieron y cerraron la empresa.

Hay quien ha dicho que alguna gente que compró la moneda de plata de Ron Paul se vio defraudada porque compraron algo que valía 10$ en plata al precio de 20$. Mientras que hay maneras de comprar monedas de oro y plata con sobrecostes muy pequeños (podrían llamarse “monedas lingote”), se sabe que la gente compra monedas conmemorativas con sobreprecios importantes sobre el valor de fundición. Los compradores de monedas conmemorativas, como las que muestran a la Torres Gemelas y a la Princesa Diana, ven en las monedas algo de valor emocional y están dispuestos a pagar una prima.

Este caso no trata realmente de la empresa o los detalles de sus prácticas concretas de negocio o de si podría haber engañado a sus clientes respecto de lo que compraban o hasta qué punto. Supongo que alguna gente piensa que es un tonto quien esté dispuesto a pagar un sobreprecio por una moneda de plata de Ron Paul, pensando que representa algo importante que una vez defendía este país. La historia está repleta de otra clase de tontos: los que creen que el papel moneda puede crear riqueza y que la moneda fuerte nos lleva al atraso. Debería decir que escribí el prólogo a un libro editado por el jefe de NORFED hace cuatro años, por el que recibí un certificado por una onza de oro con un valor marcado de 500$. En ese momento, el oro se vendía aproximadamente a 320$ la onza. Y En ese momento pensé que recibir el certificado era divertido. Ahora me pregunto qué están haciendo los federales con mi oro.

Publicado el 26 de noviembre de 2007. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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