El auge y el actual declive de la ciudad

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[Triumph of the City: How Our Greatest Invention Makes Us Richer, Smarter, Greener, Healthier, and Happier • Edward Glaeser • Penguin, 2011 • 400 páginas]

El crash inmobiliario y económico de 2008 impidió que más gente se mudara a las ciudades durante la última década. Los datos del Censo de 2010 indican que aunque continúa la urbanización, se ralentizó en la pasada década hasta un 10,6% de crecimiento en áreas metropolitanas de más de 1 millón de personas. Este ritmo de crecimiento ha bajado de un 14,6% en la década de 1990 y un 12,6% en la de 1980.

Catorce de las 15 ciudades más populosas al principio de la década o bien crecieron más lentamente o perdieron población al acabar ésta. Y aunque las 50 áreas metropolitanas más grandes crecieron colectivamente un 3,7% en la década de 1990, ese crecimiento fue menos de la mitad de 2000 a 2010 con un 1,3%.

Es una ralentización enorme de una tendencia que se remonta a 1790. El profesor de economía de Harvard Ed Glaeser escribe en su libro Triumph of the City: How Our Greatest Invention Makes Us Richer, Smarter, Greener, Healthier, and Happier:

En todas las décadas excepto una entre 1790 y 1970, la población urbana de Estados Unidos aumentó en más del 19,5%. Sólo fue durante los años 1930, cuando la economía decaía y los aranceles cerraban en la práctica las fronteras, cuando el crecimiento urbano de Estados Unidos se redujo significativamente.

La ralentización del crecimiento urbano no es algo bueno. Hans Hoppe explica que son la cooperación humana y la división del trabajo los que mejoran la sociedad y el bienestar de todos:

Como consecuencia de este desarrollo y un cada vez más rápido aumento de bienes y deseos que pueden adquirirse y satisfacerse sólo indirectamente, aparecerán los comerciantes profesionales, mercaderes y centros comerciales. Mercaderes y ciudades funcionan como mediadores de los intercambios indirectos entre familias y asociaciones comunales separados territorialmente y así se convierten en el lugar y centro sociológico y geográfico de asociación intertribal o interracial.

El Profesor Hoppe explica que el comercio internacional se centraría en grandes ciudades, donde

como reflejo de este complejo sistema de asignación espacio-funcional, los ciudadanos desarrollarían las formas más refinadas de conducta, etiqueta y estilo personal y profesional. Es la ciudad la que cría la civilización y la vida civilizada.

En Triumph of the City, Glaeser comenta que le “gustan los mercados libres”, pero a quien le interese su libro debería saber al apuntarlo que el gusto del autor por los mercados libres es ligero y que el punto ciego del autor por los mercados y la debilidad por los monopolios públicos impide que un libro interesante sea grande.

El autor empieza bien, apuntando a que las ciudades dirigidas por comerciantes crecen mucho más rápido que las lideradas por príncipes y monarcas. Ciudades como Florencia y Brujas fueron “refugios para la innovación y nodos de una red de comercio global que trajo el conocimiento de Oriente”. Estas “ciudades comerciales desarrollaron las normas legales respecto de la propiedad privada y el comercio que aún nos guían hoy”.

Glaeser comprende que en la era de la información “las ideas son el creador definitivo de riqueza” y que la percepción de que las ciudades sólo sirven para criar una clase inferior de gente pobre no tiene fundamento.

La parte del mundo que es rural y pobre se mueve como un glaciar (…) mientras que la parte del mundo que es urbana y pobre está cambiando rápidamente. Hay oportunidades en el cambio.

Sin embargo, el autor culpa a la Ley Taft-Hartley de 1947 por “permitir” a los estados aprobar leyes de derecho al trabajo, llevando a la desaparición de los negocios del automóvil en Detroit y de ropa de Nueva York. Los altos salarios sindicales no dañaron de inmediato a Detroit en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, pero Glaeser muestra su partidismo escribiendo: “las compañías automovilísticas no estuvieron exentas de tratar de abrir nuevas fábricas en estados con costes laborales menores, por lo que Detroit estaba perdiendo población incluso antes de que la industria automovilística empezara a declinar”.

El autor se refiere a la redistribución de la riqueza como “bienintencionada” en lugares como Detroit, pero se resigna ante el hecho de que los altos impuestos locales enviaron a las empresas y personas ricas a otros lugares.

Al ocuparse de la decadencia de Detroit, Glaeser señala el punto principal de que la fabricación de coches a escala masiva de Henry Ford era “antitética con las virtudes urbanas de la competencia y la conexión”. Pero en la siguiente frase el autor llega a la conclusión defectuosa de que como los fabricantes de coches pueden fabricar coches con empleados de baja capacitación, la ciudad se ve dañada a largo plazo.

¿Por qué los pobres y poco capacitados se mudan a áreas urbanas? Como explica Glaeser: “La densidad urbana hace posible el comercio, permite los mercados”. Pero es más importante que las ciudades “ofrecen una amplio rango de trabajos, a veces miles: una gran ciudad es una cartera diversificada de empresarios”. Este amplio rango de oportunidades laborales permite a los empleados descubrir qué se les da bien, algo que no es posible en un entorno rural.

El autor amplía este punto en su capítulo acerca de Londres. Los actores británicos, de Shakespeare a Olivier aprendieron su técnica teatral de otros actores en esa ciudad. Esto se extiende a todas las áreas del comercio, pero especialmente a los restaurantes. Vayamos a una gran ciudad y, como escribe Glaeser, habrá disponible “una amplia gama de restaurantes ofreciendo una vertiginosa cornucopia de estilos culinarios, rangos de precios y ambientes”.

El profesor de Harvard incluso aporta algunas cifras. Aunque en todo Estados Unidos haya casi el doble de gente trabajando en tiendas de alimentación frente a restaurantes, en Manhattan hay 4,7 veces más empleados en restaurantes que en tiendas de alimentación. Y durante los años del auge de 1998 a 2008, el empleo en restaurantes en la Gran Manzana aumentó un 55%.

Las ciudades no sólo ofrecen oportunidades laborales, sino también de relaciones sentimentales, como apunta Hoppe. Glaeser escribe: “Para la gente de Manhattan es mucho más probable que para otros estadounidenses estar solteros teniendo entre veinticinco y treinta y cuatro años”.

Tener citas y trabajar no son las únicas actividades que fomentan las ciudades. El interés por la economía austriaca derivó del seminario de Mises en la Universidad de Nueva York al que acudían Hans Sennholz, Israel Kirzner, George Reisman, Henry Hazlitt y los miembros del Círculo Bastiat, Murray Rothbard, Ralph Raico, Leonard Liggio y Robert Hessen. Al mismo tiempo, el movimiento objetivista empezaba en el apartamento de Nueva York de Ayn Rand.

Glaeser se refiere a Jane Jacobs muy a menudo, afirmando que “muchas de las ideas de este libro aprovechan la sabiduría de la gran urbanista”. Sin embargo, mientras que Jacobs argumenta en contra de la planificación local, creyendo que las ciudades se desarrollan mejor cuando se dejan al orden espontáneo, Glaeser busca que el gobierno ofrezca policía, educación e infraestructuras públicas para hacer que prosperen las áreas urbanas.

El autor está correctamente en contra de rescatar industrias antiguas y gastar en proyectos innecesarios de infraestructuras. Pero cree que los pobres deberían ser rescatados. Así que mientras que defiende la idea de que los pobres se trasladan a las ciudades en busca de oportunidades de empleo y formación, al poner a esta gente bajo asistencia social y pública detiene el muy dinámico proceso que ofrecen las ciudades.

Y aunque reconoce que las ciudades prosperan cuando los negocios están dominados por pequeñas empresas en competencia, también defiende un fuerte monopolio público local que limpie las calles de delincuentes, ofrezca agua potable segura y eduque a los niños.

Hoppe, por el contrario, reconocía que para que prospere la gente en las ciudades:

Se crearía ley y orden dentro de una gran ciudad, con su intrincado patrón de integración y separación física y funcional, una gran variedad de jurisdicciones, jueces, árbitros y fuerzas de seguridad, además de autodefensa y protección privada. Habría lo que podríamos llamar gobernanza en la ciudad, pero no habría gobierno (estado).

Hoppe identifica la razón por la que algunas ciudades están perdiendo población: “El delicado equilibrio de cooperación pacífica interracial, interétnica e interfamiliar, alcanzado a través de un intrincado sistema de integración y separación espacial y funcional, se vería perjudicado” con un monopolio del gobierno.

Al tiempo que empresarios y creadores aprovechan la energía creativa que ofrecen las áreas urbanas, las burocracias de las grandes ciudades sólo se dedican a gravar con impuestos excesivos mientras las infraestructuras se desmoronan, las escuelas públicas no enseñan y el sistema judicial se centra en encerrar a gente por delitos imaginarios. No puede esperarse menos de un proveedor monopolístico.

Tampoco sorprende que el crecimiento urbano haya declinado después de que Richard Nixon cortara el último hilo que tenía el dólar con el oro en 1971. Al no estar limitado por el metal amarillo (u otra cosa), la Reserva Federal ha desatado una corriente inflacionista, cuyo resultado es un constante desmoronamiento de la división del trabajo.

Glaeser acaba con una floritura propia de Hoppe:

Nuestra cultura, nuestra prosperidad y nuestra libertad son en definitiva dones de gente que vive trabaja y piensa junta, el triunfo en definitiva de la ciudad.

Sin embargo, el hombre de Harvard ignora lo que Hoppe deja claro:

El estado (un monopolio judicial) debe ser reconocido como fuente de incivilización: los estados no crean la ley y orden, la destruyen. Las familias deben ser reconocidas como fuente de civilización.

Publicado el 16 de junio de 2011. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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